Relación de Michoacán
TERCERA PARTE XXVIII. Cómo fue preso el cazonci y del oro y plata que dio a Nuño de Guzmán. Esta relación es de don Pedro Gobernador. |
Después que vinieron a esta provincia españoles, estuvo el cazonci algunos años, y mandó la cibdad de Mechuacán, y todavía tenían reconoscimiento los señores de los pueblos que era su señor, y le sirvían secretamente. Invió el señor Marqués a la cibdad, un hombre de bien llamado Caicedo, que tuviese en cargo los indios de la cibdad. Y tenía consigo un intérprete, buena lengua, español, según dicen, y por mal tratamiento que hacía a los indios, estando el cazonci ausente, questaba en Pátzcuaro, emborracháronse aquellos prencipales, y tomaron sus arcos y flechas y fueron tras él, que huyó, y era gran corredor, y alcazáronle cuatro dellos y flecháronle, y él antes que le flechasen, dio de puñaladas a uno dellos, y matóle. Después súpolo la justicia, y vino a hacer justicia desde México el bachiller Ortega, y aporreó aquellos prencipales, que habían sido en la muerte de aquel mancebo intérpetre. Como vinieron los religiosos de San Francisco, bautizóse el cazonci y llamóse don Francisco y dio dos hijos que tenía, para que los enseñasen los religiosos. Ansí mismo los españoles no trataban bien los indios y desmandábanse, y mataron otro español en Xicalán, pueblo de Uruapan, y el bachiller Ortega hizo muchos dellos esclavos, y despobláse casi aquel pueblo, y ansí mismo murieron más españoles en otros pueblos. Decían que lo mandaba el cazonci. Él se excusaba, y decía que matasen a los indios que los habían muerto; que él no los había mandado matar. Por esto, y por el servicio que le hacían los indios de los pueblos, los españoles concibieron contra él ira, y quejáronse dél, que mandaba matar los españoles, y que bailaba con los pellejos de los españoles vestido: que robaba los pueblos; que había hecho gente de guerra contra los españoles: que la había inviado a un pueblo llamado Cuinao, que la tenía allí para matar los españoles. En este tiempo, vino por presidente desde Pánuco, Nuño de Guzmán. Aquí se contará la relación que don Pedro dio, ques agora gobernador, de la muerte del cazonci, que se halló en ella, y súpolo todo cómo pasó, y es esta siguiente:
Vino Nuño de Guzmán a México por Presidente. Antes que llegase envió el Marqués a Andrés de Tapia, al cazonci, y díjole: «El Marqués me envía y dice que viene otro señor a la tierra, que ha de estar en México y ha de ser gobernador, que se lo haga saber de su venida, y que si le pidiere oro o plata, que no se lo dé, que envíe todo su tesoro de oro y plata donde yo estoy, que no se esconda nada ni que dé nada, que si se lo pidiere Nuño de Guzmán que le diga que ya me lo invió a mí, para llevar al Emperador». Pues como viniese Tapia y dijese esto al cazonci, díjole el cazonci: «Así debe ser la verdad: aun quedó un poco de oro y plata de lo pasado que nos dejaron; llévalo ¿para qué lo queremos nosotros? Del Emperador es.» Y trujéronle por dos veces oro y plata en cantidad, que llevó al Marqués y fuese Tapia. Llegó Nuño de Guzmán a México. En llegando, invió por el cazonci, y vino a prendelle Godoy, ques agora alguacil mayor en esta cibdad, y prendió al cazonci y a don Pedro, y a otro señor llamado Tareca de Xanoato, pueblo de Oliver, diciendo que era muy prencipal y que era pariente del cazonci; y a otros muchos, y llevólos al pueblo de Cuyxeo, y decíales que no estuviesen tristes, que los llamaban el presidente Nuño de Guzmán. Dijo el cazonci: «Vamos, ¿por qué habemos de estar tristes? quizá nos quiere decir algo.» Díjoles Godoy: «No os tardaréis allá mucho; se holgará con vuestra vista.» Pues llegaron a México y holgóse mucho Nuño de Guzmán con el cazonci y con don Pedro y díjoles: «Seáis bien venidos; yo os hice llamar: mañana hablaremos, íos a holgar y veníos aquí luego por la mañana.» Luego por la mañana invió Nuño de Guzmán por ellos y fueron delante dél y díjoles: «¿Cómo venís desnudos? ¿qué me traéis? ¿Cómo, no sabéis que soy venido? Dijeron ellos: «Señor, no te traemos nada, porque nos partimos luego» Díjoles Nuño de Guzmán: «¿Quién de vosotros verá a Mechuacán?, que tengo un negocio grande: Cómo, ¿no habéis oído dónde se llama Tehuculuacan [...] y otro pueblo llamado Ciuatlan donde hay mujeres solas?» Respondiéronle ellos: «No lo habemos oído.» Díjoles Nuño de Guzmán: «¿No os lo dijeron los viejos vuestros antepasados» Dijeron ellos: «No nos dijeron nada.» Díjoles Nuño de Guzmán: «Pues allá habernos de ir, a aquellas tierras: hacé muchos jubones de algodón y muchas flechas y rodelas y veinte arcos con sus casquillos de cobre, e muchos alpargates e cotaras: encomendadlo a uno de vosotros que vaya a entender en ello.» Díjole el cazonci: «Este irá, ques mi hermano, don Pedro.» Díjole Nuño de Guzmán: «Quédate tu aquí y espérame y iremos juntos, que tengo de ir a la guerra. Envía por el oro que tienes allá en Mechuacán.» Díjole el cazonci: «Señor, no tengo oro, ya lo trajo todo Tapia.» Díjole Nuño de Guzmán: «¿Por qué se lo distes?» Dijole el cazonci: «Porque nos lo pidieron como agora tú.» Díjole Nuño de Guzmán: «¿Por qué creístes a Tapia?» Díjole el cazonci: «También irá don Pedro y entenderá en buscar si ha quedado algo, para traerte.» Díjole Nuño de Guzmán: «Aquí has de quedar tú, entre tanto, y un cristiano ha de estar contigo que te guarde; no tengas pena: cómo ¿no estás aquí en tu casa, estando en la mía?» Díjole el cazonci: «Mejor sería que fuese a otra parte a posar.» Díjole Guzmán: «No quiero que vayas: bien estás aquí en mi casa. Si quisieres ir alguna parte, paséate por ese terrado.» Díjole el cazonci: «Bien, basta lo que dices.» Y metióle un español en un aposento y despidió a don Pedro y díjole: «Ve hermano allá a nuestra tierra: gran cosa es ésta: no lo quiere hacer con nosotros mansamente y despacio; busquemos un poco de oro que le demos. Pregunta allá quién tiene oro y envíalo aquí, para que le demos.» Díjole don Pedro: «Señor, ¿dónde lo habemos de traer?» Díjole el cazonci: «Allá lo platicareis vosotros.» Y dispidióse del cazonci y díjole: «Señor, quédate en buen hora: esfuérzate, come, que de nosotros es padecer, y que nos traten desta manera.» Díjole el cazonci: «Ansí será; vete en buen hora.» Y vino a Mechuacán, y hizo saber lo que pasaba a los prencipiantes y empezaron a llorar todos y buscaron oro y plata y llegaron seiscientas rodelas de oro y otras tantas de plata, y dábale priesa un intérpetre de Guzmán llamado Pilar, al cazonci, porque no traía el oro y díjole: «Cuando lo traigan, muestrámelo a mí primero.» Y como llevaron todo aquel oro y plata a México, mostráronlo al nauatlato susodicho llamado Pilar, y tomó secretamente, sin sabello Nuño de Guzmán, doscientas rodelas de aquellas ciento de oro y ciento de plata y díjoles a los prencipales: «Seáis bien venidos: yo hablaré por el cazonci; no tengáis miedo.» Y mostraron el otro oro a Nuño de Guzmán, y dijo el cazonci: «¿Por qué traéis tan poco?; eres muchacho: envía por más, Y era de noche cuando se lo llevaron y dijo que lo metiesen dentro en su aposento, y no dejaban entrar ningún prencipal donde estaba el cazonci. Y estaba allí Abalos solo con él por nauatlato y nunca salía fuera el cazonci y el carcelero español o aquella guarda que tenía, pidíale oro al cazonci, y decía que le dejaría salir y pagábaselo. Cada vez que había de salir, le daba dos tazas de oro y otras dos de plata, y no le dejaba salir más de a la puerta a hablar con sus prencipales y después le hacía entrar dentro. Tornó a inviar el cazonci y dijo a los prencipales: «Id otra vez a mi hermano don Pedro y decidle: Qué, ¿te tengo de hermano? Cómo, ¿no soy hombre? questos me tienen ansí. Que traiga más oro.» Y vinieron los mensajeros y hiciéronlo saber en Mechuacán cómo estaba el cazonci, y dijeron los prencipales: «¿Qué haremos? ¿Dónde lo habemos de haber? Busquémoslo por ahí.» Y buscaron cuatrocientas rodelas de oro y otras tantas de plata y lleváronlo a México, y mostráronlo al nauatlato Pilar, como les tenía mandado, y tomó secretamente cien rodelas de oro y ciento de plata, y dijéronle los prencipales: «Señor, ¿qué haremos?: pues que tú tomas todo esto. Cómo ¿no hablarías por nosotros y iríamos con nuestro señor el cazonci a una casa fuera de aquí en la cibdad, donde nos habemos de ir? Díselo a Nuño de Guzmán.» Díjoles el nauatlato: «Vamos, no tengáis miedo, yo se lo diré.» Y mostraron el otro oro y plata a Guzmán, y díjole el cazonci: «¿Por qué traéis tan poco? no tenéis vergüenza. Cómo, ¿no soy yo señor?» Díjole el cazonci: «¿Dónde lo habemos de haber? ¿Es otra cosa de por ahí? Ya, ¿no lo han traído todo?» Díjole Guzmán: «Mucho hay, eres tu señor pequeño si no me lo traes, yo te trataré como mereces, que tú eres un bellaco y desuellas los cristianos. Pues sabiendo yo esto, ¿cómo te he tratado? ¿para qué quieres el oro? Tráelo todo, porque los cristianos todos están enojados contra ti, que dicen que les hurtas de los pueblos los tributos y les robas los pueblos y dicen que te mate por la pena que les das. Yo no los creo. ¿Por qué no me crees esto que te digo? ¿quieres morir?» Díjole el cazonci: «Pláceme de morir.» Dijo Guzmán: «Bien está, metedle allá dentro, que quiere morir, y no salga fuera. ¿Por ventura reíste de lo que te digo, porque no te he maltratado?» Y metiéronle dentro en un aposento donde él estaba, y empezó a llorar y dijo: «¿Qué haremos? Id otra vez a don Pedro, mi hermano, que pida el oro questá en Uruapan, lo que ofresció a los dioses mi agüelo, y lo questá en Tzacapu y lo de pueblo de Naranxan y lo de Cumanchen, y lo questá en Uaniqueo porque aquello es mío y no se lo tomo a los caciques. Quizá los caciques desos pueblos no mirarán la miseria en que estoy y no lo darán sabiendo lo que dicen que robo los pueblos de los españoles, que aquí se han quejado a Guzmán. Y llegaron los mensajeros a Mechuacán y fueron por los pueblos susodichos y hicieron saber a los caciques lo que decía el cazonci, y dijeron los caciques: «¿Por qué no lo habemos de dar? De verdad, que suyo es lo que está aquí.» Y trujéronlo todo a Mechuacán, doscientas rodelas de oro y doscientas de plata y lunetas de oro y orejeras y brazaletes y lleváronlo a México y el nauatlato Pilar tomó secretamente, sin que lo viese Guzmán, como solía, cien joyas de aquellas, entre brazaletes de oro y lunetas y orejeras; y llevaron lo otro a Guzmán, y como lo vio Guzmán, arrojólo en el suelo y dióle con el pie. Y era de noche cuando se lo llevaron. Y estuvo el cazonci en México preso nueve lunas. Cada luna es veinte días.