Relación de Michoacán
SEGUNDA PARTE XX. Cómo Taríacuri buscaba sus sobrinos Hirípan y Tangáxoan que se habían ido a otra parte y de la pobreza que tenía su madre con ellos. |
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Dicho se ha arriba, cómo Taríacuri tenía dos primos, hijos de hermano el uno llamado Zétaco y el otro Aramen. Estos tuvieron dos hijos, el uno llamado Hirípan y el otro Tangáxoan, destos dos primos hermanos de Taríacuri, no se hace más mención, donde paresce ser muertos, porque sus hijos quedaron huérfanos, y fuéronse con su madre a otro lugar, durante la persecución de Taríacuri, que sus enemigos le hacían; pues dice agora la historia: Llegando Taríacuri a Pátzcuaro, nunca hacía, sino preguntar por sus sobrinos, hijos de Zétaco y Aramen. Y llamó sus viejos y díjoles: «Chupítani, Tecacua, Nuriuan, sábeme y pregunta dónde se fueron mis sobrinos Hirípan y Tangáxoan.» Y llamó a su hijo llamado Curátame, que había habido en la señora de Curínguaro, y díjole: «Hijo, yo te quiero casar; vete a tu pueblo de Curínguaro, donde nasciste, y allí está el dios Urendequauecara; trae leña para sus cues, y verás que todos se emborrachan en Curínguaro. No tomes ejemplo para hacer tú lo mesmo, y ya has visto mi vida, cómo voy por la leña para los cues, y como traigo leña todo el día y toda la noche, y echo encienso en los braseros de los dioses. Ya lo sabes todo. Trae leña para Urendequauécara y no te emborraches.» Y después que su padre le hubo avisado, envióle acompañado a Curínguaro y como hizo su asiento, empezó a emborracharse, y súpulo su padre, y tenía mucha pena por ello, y dejóle. Y nunca hacía sino preguntar por sus sobrinos Hirípan y Tangáxoan. Dejemos ahora a Taríacuri, y contemos lo que les sucedió, después que dél se partieron. Como eran muchachos, fuéronse con su madre a un lugar llamado Pechátaro, y de allí llegaron a los pueblos siguientes: a Siuinan, y Cherán, y a Sipíato y a Matoxeo y a Záueto, donde había un mercado, y había allí unos pocos de chichimecas que estaban en el monte, y fuéronse allá a vellos, y como no tuviesen que comer, fuéronse los muchachos al mercado, y siendo hijos de señores, andaban huérfanos y comían lo que hallaban caído por el mercado, de raíces ruedio mascadas que se hallaban, y, de algarrobas que estaban medio pisadas, que traía la gente entre los pies, y aquello comían. Si estaban comiendo en el mercado, en alguna parte, llegábanse allí entre medias, y, cogían de las migajas que dejaban los otros, y ruciábanlos con caldo los que estaban comiendo, y, dábanles de papirotes. Y su madre, con otra hija suya, andaba por otra parte así pobremente mendigando. Y acaso llegose una mujer de uno llamado Niníquaran a ellos y, paróselos a mirar, y díjoles: «Hijos, no comáis eso que coméis, que lo train entre los pies, y se ensucian por ahí.» Y díjoles: «¿De dónde sois, hijos?» Respondieron ellos enojados: «Hermana, no sabemos de dónde somos; ¿por qué nos lo preguntas?» «¿Cómo os llamáis?» Respondieron ellos: «Hermana, no sabemos cómo nos llamamos. ¿Por qué nos lo preguntáis?» Dijo ella: «No lo digo sino por preguntar. Cómo, ¿no tenéis madre? ¿Ella no os dice vuestros nornbres?» Respondieron ellos: «Sí hermana, madre tenemos, y ella nos dice nuestros nombres.» Dijo ella: «Hijos, no habléis así enojados, que no lo digo sino por preguntar.» Entonces dijo Tangáxoan: «Sí hermana, ¿qué es lo que dice mi hermano? Yo me llamo Tangáxoan y él se llama Hirípan.» Y la mujer oyendo esto les dijo: «¿Qué es lo que decís, hijos? Que vosotros sois mis sobrinos, yo soy sobrina de vuestro padre, que eran hermanos de vuestro padre y el mío.» Respondieron ellos: «Así es, hermana: el uno dicen que se llamaba Zétaco y el otro Aramen, los que nos engendraron.» Y dijo ella: «Ay, señores, yo os quiero llevar a mi casa; vamos allá.» Dijeron ellos: «Vamos, hermana.» Y dijo ella: «Allí tengo un maizal que están las mazorcas verdes que me comen los tordos: allí los oxearéis y comeréis allí cañas verdes de maíz». Y llevolos a su casa, y guardábanle aquel maizal y daban voces a los tordos oxeándolos: Y como estuviesen allí algunos días, oyó decir dellos un señor de Hetúquaro, llamado Chapa y envió unos viejos y díjoles: «Id por dos chichimecas, que dicen que están en unlugar llamado Hucaríquaro, que están con la mujer de Niníquaran, que dicen que son muy hermosos, ytienen una hermana muy hermosa. Traedlos aquí, y el uno será sacerdote y el otro sacrificador y su hermana hará ofrendas para Curicaueri.» Y como fueron allá los viejos, escondiólos su tía y ansí fueron cuatro veces, y tantas los escondió y díjoles su tía: «Íos a vuestra tierra, hijos, lléveos vuestra madre: Tomad mazorcas de maíz verde, y hazé alguna comida para el camino.» Y hiciéronles comida para el camino, y dijo a su madre: «Torná a llevar a tus hijos, como los truxiste, que ya dicen que es venido Taríacuri a Pátzquaro, porque no venga aquí Taríacuri a poner señales de guerra, y los maten a vueltas. Llévatelos, y yo luego me iré tras vosotros.» Y vínose la madre con sus hijos y trújolos a un lugar llamado Sipiaxo, y de allí a otro llamado Matoxeo, y de allí los trujo a otro lugar llamado Timban, y dijeron a su madre: «Madre, ¿dónde vamos?» Y dijo ella: «Hijos, bien tenemos de ir aquí: Iremos a un lugar llamado Erongaríquaro. Allí está uno llamado Cuinba, un hermano mío, que es vuestro tío.» Dijeron ellos: «Vamos, madre.» Y llegaron a Erongaríquaro, y entraron en casa de Guinba y dijéronle: «Señor, aquí te asaremos la caza que tomares, y te traeremos leña del monte para quemar en casa, y haremos tus sementeras, y traeremos tus hijos a cuestas, si quieres que estemos aqui en tu casa.» Dijo él: «Seáis bien venidos, hijos.» Y envió que les barriesen un aposento, y aposentolos allí, y los mancebos no entendían en ninguna cosa de las que habían prometido, porque cada día iban al monte a traer leña para los cúes, todo el día e la noche, y andaban todas las tierras, buscando leña. Y dormían en el monte y perdió la esperanza del servicio que le habían de hacer Cuinba, su tío, y dijo: «¿Dónde se han ido mis sobrinos? ¿Cómo cumplen lo que me dijeron? Son unos locos y por eso andan todos ellos por los montes, que no tienen casas los chichimecas. Y mandó que echasen la madre de su casa, y que se fuese donde quisiese. Y echaron la madre de los mancebos de su casa, y la pobre había tornado a hilar, y había molido harina, y habíanle dado un poco de maíz, que tenía en unas ollas, y echáronselo todo de casa. Y tenía allí unas mantillas viejas, y echáronlos de casa, a ella y a su hija, y las ollas de maíz, que estaba todo derramado por el patio, y cogiolo con unas mantas viejas, y púsolo al pie de un cerezo, y allí puso sus alhajuelas pobres, y abrazábase con su hija, y lloraban la madre y la hija, y vinieron los hijos que traían las espaldas desolladas de la leña que habían traído para los cúes, que se les entraban los ganchos de la leña por las espaldas, y traían las cintas muy metidas en las tripas, con el hambre que habían pasado, y traían unas piedras en las manos, con que cortaban la leña, que no tenían herramienta. Y entraron en casa, y hallaron desamparado el aposento donde estaba su madre con su hermana, y dijeron: «¿Dónde será ida nuestra madre? Ve, hermano Tangáxoan, pregúntalo.» Y topó con una moza de casa, y díjole: «Hermana, quiérote preguntar un poco.» Respondió ella: «¿Qué quieres, señor, que te diga?» Dijo él: «¿Viste ir una vieja que estaba aquí? ¿Dónde fue?» Respondió ella: «¡Ay señor, muy desagradecidos sois! ¿Cuándo habíades de hacer lumbre en casa? ¿Y cuándo habíades de traer los niños a cuestas, según que prometistes cuando entrastes en esta casa? Dicen que por eso andáis todos, como andáis los chichimecas, por los montes que no tenéis casas.» Esto le dijeron a vuestra madre y hermana, y por eso las echaron de casa. Allí están entrambas, al pie de un cerezo.» Y dijo Tangóxoan: «Sea así, hermana; ya nos vamos.» Y fueron por unos herbazales, y empezó a llorar muy recio su madre, cuando los vido que traían todas las espaldas desolladas y los ganchos de la leña que les habían entrado por las espaldas, que no tenían qué ponerse a las espaldas, ni tenían cincho, que ataban unas raíces unas con otras, para atar la leña, y entrabánseles aquellos ñudos en las espaldas. Y abrazose su madre con todos ellos y empezó a llorar con ellos, y dijeron ellos: «Calla madre, que nos haces saltar las lágrimas. ¿Cómo dejiste, madre, que aquél era nuestro tío?» Dijo ella: «Así es la verdad, hijos, mas de mezquino y ingrato lo hace.» Dijéronle los hijos: «Pues ¿dónde iremos madre?» Dijo ella: «Aquí tenéis otro tío, en Urichu, que se llama Ambaua. Allí iremos.» Y llegaron al pueblo de Urichu y prometieron allí lo que antes habían prometido en casa del otro su pariente, que harían fuego en casa, y le harían sus sementeras. Y mandoles barrer un aposento, y entró allí su madre, y ellos fuéronse al monte, y de continuo traían leña para los cúes. Y mandólos echar de casa también aquel su tío, que se fuesen donde quisiesen, y vinieron sus hijos con las espaldas desolladas como primero, y hallaron a la madre fuera de casa y dijeron: «¿Qué trabajo es éste, madre? Cómo ¿no dejiste que era nuestro tío? Dijo ella: «Así es la verdad, hijos, mas de mezquino lo hace.» Dijeron ellos: «Vámonos de aquí. ¿Dónde iremos?» Dijo la madre: «Vamos aquí, a otro lugar, llamado Pareo, que aquí tenéis otro tío llamado Zirútame.» Y fueron a casa de aquel su tío, pariente de su madre, y prometieron lo mesmo que en las otras partes, y oyéndolo aquel su pariente, lloró muy fuertemente, y abrazóse con ellos y díjoles: «¡Ay señores Hirípan y Tangáxoan, seáis muy bien venidos: Traé leña para los cúes. ¿Cuándo los señores se suelen alquilar y ir al monte por leña? Yo os trairé leña del monte a vosotros, y haré vuestras sementeras, y traeré vuestros hijos a cuestas y seré vuestro eclavo y os buscaré hachas y cinchos para que traigáis leña para los cúes.» Este los recibió de verdad y díjoles: «Ahí está nuestro dios Curicaueri, en Pátzcuaro, y los señores chichimecas sus hermanos. Id, llevadles leña a sus cúes.» Y empezaron de traer leña del monte, y llevábanlo a los cúes de Curicaueri a Pátzcuaro. Y como preguntase de contino Taríacuri por sus sobrinos Hirípan y Tangáxoan, y como trujesen leña a los cúes de Pátzcuaro, ponían la leña a la puerta donde estaba el sacrificador, el cual dormía a la sazón, y tomaron unos cañutos de sahumerios, y fuéronse a su casa. El siguiente día trujeron también leña a los cúes, y así otras dos noches. A la tercera noche que traían su leña, cuando la trujeron, no dormían los sacerdotes viejos, llamados Chupítani, Tecacua y Nuriuan, y dijeron entre sí: «Mirá aquellos mancebos, cuán hermosos son.» Y como a la media noche trujesen su leña, pusiéronta allí, y empezaron a tomar sus sahumerios como era de costumbre en las casas de los papas. Y levantóse Chupítani con un cañuto de aquellos en la mano, y fuése para ellos y dijoles: «Bien seáis venidos, hijos.» Y ellos le saludaron así mesmo. Y díjoles: «¿Dónde venís? ¿Dónde sois?» Y dijéronle: «De un lugar llamado Pareo.» Y preguntoles: «¿Cómo os llaman, hijos?» Dijo Hirípan: «¿Por qué nos lo preguntas, agüelo? No sé cómo nos llaman, que así llamaban a los sacerdotes.» Y dijo él: «No lo digo, sino por preguntar.» Dijoles Chupítani: «No respondáis con enojo, hijos: ¿Cómo os llamáis? ¿No tenéis alguna vieja que os lo diga?» Respondió Tangáxoan: «¿Por qué no, agüelo? Madre tenemos. ¿Por qué responde con enojo mi hermano? Yo me llamo Tangáxoan, y mi hermano se llama Hirípan, y mi padre se llama Aramen, y Zétaco se llamaba el padre de mi primo.» Dijo el viejo: «¿Qué decís, hijos? He allí donde está vuestro tío: aquel es vuestro padre, y cada día pregunta por vosotros.» Respondieron ellos: «Así debe de ser, agüelo.» Dijo el viejo: «Quiéroselo ir a decir.» Dijeron ellos: «Ve, agüelo, y díselo.» Y dijo Tangáxoan a su primo hermano: «Vámonos, que quizá se lo dirá, y nos tomarán aquí.» Y fuéronse. Estaba Taríacuri en la casa de la vela, a un rincón, velando en la oración con unas orejeras de oro en las orejas, y unas cotaras en los pies, de cuero colorado. Y llegó atentando Chupítani al rincón, y como lo sintió Taríacuri, dijo: «¿Quién anda ahí?» Díjole Chupítani: «Señor, despierta un poco, que han venido tus sobrinos Hirípan y Tangáxoan.» Y dijo Taríacuri: «¿Pues qués dellos?. Dijo Chupítani: «Señor, allí están asentados a la puerta.» Díjole Taríacuri: «A ver, llámalos.» Y fuélos a llamar, y ya se habían ido, que no había nadie a la puerta. Y dijo Taríacuri: «Pues ¿qué hay?» Dijo Chupítani: «Señor, no hay nadie aquí: ya son idos.» Enojose Taríacuri, y dijo: «¿Qué es lo que dicen éstos? ¿Por qué los dejastes ir? ¿Dónde dicen que partieron?» Dijo Chupítani: «Señor, dicen que de Pareo.» Díjoles Taríacuri: «Id en riendo el alba, por ellos.» Y antes que amanesciese, fueron por ellos, y llevaron mantas y tomáronlos en los brazos a ellos y a su madre y hermana, y trujéronlos a Taríacuri y él desque los vio, lloró muy fuertemente, y echolos los brazos encima y díjoles: «Ay, señores: seáis bien venidos.» Y abrazándolos lloraba con ellos, y ellos le saludaron, y díjoles Taríacuri: «Señor Hirípan y señor Tangáxoan: ¿por dónde fuistes?» Y contáronle todo su camino y toda su vida, que habían tenido, por dónde andovieron, y cómo habían vuelto. Y díjoles Taríacuri: «Seáis bien venidos, señores.» Y contoles él todos sus trabajos y persecuciones de sus enemigos, y su vuelta, y dijo de sí: «¿Qué he hecho yo, Taríacuri? ¿Por qué no me dejan de perseguir? Ya me han dejado de perseguir mis enemigos, los de Curínguaro, y ahora tengo persecuciones de mis parientes, los chichimecas, los que se llaman Cuetzeecha, y el otro llamado Simato y otro llamado Quirique, y otro Quacángari y otro Angariqua, y otros muchos parientes que tenemos, que nos persiguen, por vernos desfavorescidos: que os persiguen a vosotros y a mí. Seáis bien venidos, hijos. Todos seremos a una, y muramos todos juntos.» Dijéronle ellos: «No estés triste, senor; venga quien viniere, nosotros seremos espías de la guerra.» Y trujéronles de comer, y comieron, y fuéronse a sus casas que les habían mandado hacer su tío, días había en Yauacuitiro, y casas de los papas, para que velasen. Y allí traían leña para los cúes, y avisábalos su tío Taríacuri.