Relación de Michoacán
SEGUNDA PARTE II. De cómo empezaron a poblar los antecesores del Cazonci. |
Empenzaba ansí aquel sacerdote mayor: Nosotros los del linaje de nuestro dios Curicaueri, que habéis venido, los que os llamáis Eneani y Tzacapu-hireti, y los reyes llama dos Uanacaze, todos los que tenéis este apellido, ya nos habemos juntado aquí en uno, donde nuestro dios Tirípe-me- Curicaueri se quiere quejar de vosotros, y ha lástima de sí. El empenzó su señorío, donde llegó al monte llamado Uringuaran-pexo, monte cerca del pueblo de Tzacaputacanendan. Pues pasándose algunos días como llegó aquel monte, supiéronlo los señores llamados zizambanecha. Estos que aquí nombro, eran señores de un pueblo llamado Naranjan cerca desta cibdad. También es de [...] saber, que lo que va aquí contando en todo su razonamiento este papa, todas las guerras y hechos atribuía a su dios Curicaueri que lo hacía, y no va contando más de los señores, y casi las más veces nombra los señores, qué decían, o hacían, y no nombra la gente, ni los lugares, dónde hacían su asiento y vivienda y lo que se colige desta historia es que los antecesores del cazonci vinieron, a la postre, a conquistar esta tierra y fueron señores della. Extendieron su señorío, y conquistaron esta provincia, que estaba primero poblada de gente mexicana, naguatatos y de su misma lengua, que parece que otros señores vinieron primero y había en cada pueblo su cacique con su gente y sus dioses por sí. Y como la conquistaron, hicieron un reino de todo, desde el bisagüelo del cazonci pasado, que fue señor en, Mechuacán, como se dirá en otra parte.
Dice pues la historia: Sabiendo pues el señor de aquel pueblo de Naranjan, llamado Ziranzirancamaro que era venido a aquel monte susodicho Hireti-ticátame y que había traído allí a Curicaueri su dios en Uringuaran-pexo, dijeron a este señor de Naranjan: «Hireti-ticátame trae leña para los fogones de Curicaueri.» Todo el día y la noche ponen encienso en los braseros o piras los sacerdotes y hacen la cirimonia de la guerra y van a los dioses de los montes.
Dijo a los suyos: «Mirad que muy altamente ha sido engendrado Curicaueri y con gran poder ha de conquistar la tierra. Aquí tenemos una hermana; llevádsela y ésta no la damos a Hireti- ticátame, mas a Curicaueri y a él le decimos lo que dijéramos a Hireti-ticátame, y hará mantas para Curicaueri y mantas para abrigalle y mazamorras y comida para que ofrezcan a Curicaueri y Hireti-ticátame, que trairá leña del monte para los fogones: tomarále el cincho y el petate que se pone a las espaldas y la hacha con que corta la leña, porque de contino anda con los dioses de los montes, llamados Angamu-curacha, para hacer flechas para andar a caza. Y tomarále el arco cuando venga de caza, y después que hobiere hecho mantas y ofrenda a Curicaueri, hará mantas y de comer para su marido Ticátame, para que se ponga a dormir al lado de Curicaueri, y le aparte el frío y le haga de comer, después de hechas las ofrendas, porque tenga fuerza para llegarse a los dioses de los montes llamados Angamu-curacha. Esto diréis al señor Hireti- ticátame porque ha de conquistar la tierra Curicaueri. Y como fueron los mensajeros, llevaron aquella señora a Ticátame, y díjoles: «¿A qué venís, hermanos?» Dijéronle ellos: «Tus hermanos llamados Zizambanecha nos envían a ti, y te traemos esta señora que es su hermana». Y contáronle todo lo que decíen, y respondió él: «Esto que dicen mis hermanos, todo es muy bien: seáis bien venidos.» Y pusieron allí la señora y díjoles «Muy liberalmente lo dicen mis hermanos: he aquí esta señora que habéis traído, y esto que me habéis venido a decir, no lo decís a mí, mas a Curicaueri, que está aquí, al cual habéis dicho todo esto, que a él ha de hacer mantas y ofrendas, y después me las hará a mí, para que le ataje el frío puesto a su lado, y de comer, para que tenga fuerza para ir a los dioses de los montes llamados Angamu-curacha, como decís.
Asentaos y datos han de comer». Y como les diesen de comer, metieron la señora, y después de haber comido, pidieron licencia los mensajeros y dijeron: «Señor, ya habemos comido: danos licencia que nos queremos tornar.» Respondió Ticátame: «Esperaos, sacarános algunas mantas.» despidiólos y díjoles a la partida: «Una cosa os quiero decir, que digáis a vuestros señores, y es que ya saben cómo yo con mi gente ando en los montes trayendo leña para los cúes, y hago flechas y ando al campo por dar de comer al sol y a los dioses celestes, y de las cuatro partes del mundo, y a la madre Cuerauáperi, con los venados que flechamos, y yo hago la salva a los dioses con vino, y después bebemos nosotros en su nombre, y acontece algunas veces, que flechamos algunos venados sobre tarde, y seguímoslos y así los dejamos y por ser de noche, ponemos alguna señal por no perder el rastro, y atamos algunas matas. Mirá que no toméis aquellos venados que yo he flechado, porque yo no los tomo para mí, mas para dar de comer a los dioses. Juntaos todos y avisaos unos a otros desto que os digo, y mirad que no me los toméis, ni llevéis, porque sobre esto temernos rencillas y reñiremos. No lleguéis a ellos, mas en topando algunos destos venados heridos, cobrildos con algunas ramas, y bien que comeréis la carne y haréis la salva a los dioses, mas no llevéis los pellejos, y los en buen hora.» Pasados algunos días que moraba en aquel monte Hiretiticátame, tuvo un hijo en aquella señora, llamado Sicuirancha, y yendo un día a caza Ticátame, flechó un venado en aquel dicho monte de Uringuaran-pexo y no le acertando bien, fuese herido y siguióle y como fuese de noche ató unas matas por señal y vínose a su casa y fuese a las casas de los papas, a velar aquella noche, y ala mañana andaba aparejando para tornarse a buscar su venado herido, y como la anduviese buscando por el rastro, no le hallaba, porque se fue a una sementera de Queréquaro a morir, lugar cerca de Tzacapu. Y era por la fiesta de Uapánsquaro a veinte e cinco de Otubre y salieron a coger mazorcas de maíz las mujeres para la fiesta, y dieron sobre él y viéronle que estaba muerto en aquella sementera, y entrando en su casa las que lo vieron, dijeron: «Andad acá; vamos, que está un venado muerto en la sementera.» Y hiciéronlo saber a su cacique, llamado Zizamban y fue toda su casa y asieron el venado y metiéronle en su casa, y como anduviese en el rastro del venado Hireti-ticátame por el rastro, y viese unas aves como milanos que andaban en torno de donde había estado el venado, que iba buscando por rastro; y así de improviso llegó a donde había estado el venado, que estaba todo aquel lugar ensangriento, y dijo: «Ay, que me han tomado el venado; aquí cayó; ¿dónde le llevaron?» Y iba mirando por donde llevaron el venado, y llegó de improviso donde le estaban desollando, y no le sabían desollar, que hacían pedazos el pellejo; y llegando a ellos, díjoles: «¿Que habéis hecho, cuñados? ¿Por qué habéis llegado a mi venado, que ya os avisé dello, que no me tocásedes a los venados que yo flechase, con mi gente? Y no se me diera nada que os comiérades la carne, que no era mucho; empero mas lo he por el pellejo, porque le habéis rompido todo, que no es pellejo, ni sirve de pellejo, sino de mantas, porque los cortimos y ablandamos y envolvemos en ellos a nuestro dios Curicaueri.» Respondieron los otros señores: «¿Qué decís, señor? Cómo ¿no tenemos nosotros arcos y flechas, y las traemos con nosotros para matar venados?» Díjoles Hireti-ti-cátame: «¿Qué decís? He aquí mis flechas, que yo las conozco.» Y fuése al venado y sacóle una flecha que tenía en el cuerpo, y díjoles: «Mirá esta flecha que yo la hice.» Y los otros enojándose de oír aquello, empujáronle y dieron con él en el suelo, y Ticátame, como quien era águila Uacúsecha, enojóse y sacó una flecha de su aljaba, armó su arco y tirósela a un cuñado suyo de aquéllos, y hirióle en las espaldas, y luego a otro y tornóse a su casa. Y saludóle su mujer y díjole: «Seáis bien venido, señor padre de Sicuirancha.»
él, así mesmo, la saludó y díjole: «Toma tu hato, y vete a tu casa, a tus hermanos, y no lleves a mi hijo Sicuirancha, que yo te tengo de llevar conmigo, que me quiero mudar a un lugar llamado Zichaxúquaro, y llevaré allí a Curicaueri: Vete a tu casa.» Respondióle su mujer y dijo: «¿Qué decís, señor? ¿Por qué me tengo de ir?» Y díjole Ticátame: «No, sino que te has de ir, porque he flechado a tus hermanos.» Díjole ella: «¿Qué dices? ¿Por qué los flechaste? ¿Qué te hicieron?» Díjole Ticátame: «¿Qué me habían de hacer? No fue más, de que me llegaron a un venado que les había avisado que no me tocasen a los venados que yo flechase. Sube en la trox y entra dentro y saca a Curicaueri, que le quiero llevar.» Díjole su mujer: «Señor, yo no me quiero ir a mis hermanos, mas contigo me tengo de ir. ¿Cómo no se hará hombre mi hijo Sicuirancha y quizá me flechará con los míos?» Y díjole Ticátame «Sí, anda acá, vámonos.» Y sacando el arca donde estaba Curicaueri, lióla y echósela a las espaldas. Y su mujer tomó el hijo a cuestas y así se partieron y abajaron del monte, y llegando a un lugar llamado Queréquaro, díjole su mujer: «Señor, tú llevas a Curicaucri en tu favor e ayuda, ¿pues, qué será de mi? En mi casa está un dios llamado Uazoríquare: ¿no te esperaríes aquí un poco y subiré hacia el monte, y tomaría siquiera alguna manta de mi dios, y la pondría en el arca para tener por dios y guardalla?» Díjole Ticátame: «Sea así como dices: ve que también ese dios que dices es muy liberal y da de comer a los hombres.» Y como fuese la mujer, subió por un recuesto y llegó al lugar donde estaba aquel dios, y no solamente tomó, como ella dijo, una manta, mas tomó el ídolo y envolvióle en la manta y trájole a donde estaba Ticátame, el cual le dijo: «Seas bien venida, madre de Sicuirancha.» Y ella asimesmo le saludó y díjole Ticátame: «¿Traes la manta por que fuiste?» Dijo ella: «Sí, y traigo también al dios Uazoriquare». Y díjole Ticátame: «Tráigale en buen hora: muy hermoso es; estén aquí juntos él y Curicaueri.» Y púsole en el arquilla que iba Caricaueri, y ansí moraron en uno y llegaron al lugar donde iba, llamado Zichaxúquaro, donde hicieron sus casas y un cu que está hoy en día derribado.