Relación de Michoacán
SEGUNDA PARTE XXVIII. Cómo los del pueblo de Itziparamucu pidieron ayuda a los de Curínguaro y del agüero que tuvieron los de Itziparamucu. |
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Estaba una población llamada Itzi-parámucu que era de los de Curínguaro, cerca donde estaba Tangáxoni, y vían los fuegos y ahumadas que hacían en Pureperio, y, estaba un señor en el dicho pueblo, llamado Tzititzuni y temió los fuegos, y llamó sus viejos y díjoles: «Id a mis sobrinos Candó y Huresqua, señores de Curínguaro, que pues somos tanto gente, que nosotros somos solos, ¿Qué no sería bueno que tomásemos algunos de nosotros y se pusiesen en un lugar alto llamado Xaripitío, y fuesen allí a morar, y harían allí un cu y harían allí también fuegos y ahumadas, y también harían otro cu en otro lugar, llamado Acumba-paratzicuyo y casas de los papas y allí también habría fuegos y ahumadas y así nos entenderíamos y viviríamos? ¿Por qué está aquí Hirípan y hace ahumadas en lo alto del monte, y Tangáxoan aquí cerca en el monte Preperio y que miren los fuegos de Hiquíngare, y ahumadas que dónde quiere ir? Que ellos no lo hacen sino por ir a otras partes, y que quieren venir contra nosotros. Esto diréis a mis sobrinos, y que si no lo quisieren creer, que se abra la puerta por mi pueblo de Itzi-parámucu, que yo con gente estábamos hechos una cerca y pared muy gruesa, con que está atada la puerta, y que me abriré y me quitaré de ser puerta y me iré con mi gente, y pasando adelante de sus términos, haré mi asiento con mi gente. Si no creyeren esto que les digo, esto les diréis a la partida.» Este señor en estas palabras toma semejanza de las puertas que ellos usan en sus casas hechas de tablas, atadas con cordeles. Dice que se quitará de ser puerta y cerradura del paso donde está, y que entrarán a ellos y los conquistarán. Y partiéronse los mensajeros, y llegaron donde estaban los dichos señores, y saludáronlos y dijéronles «Señores, ¿a qué venis, viejos?» Y contáronles su embajada y dijeron esto. «Dice nuestro tío: ¿por miedo de quién dice esto? ¿Quién nos ha de quis que aquello que dice no es humo, por miedo del cual dice esto mirando la humadas? Todos los que las hacen, pueden andar: si no veinte hombres en cada parte. Si fuésemos a ellos, habría para que tomásemos cada uno el suyo. Si fuésemos a ellos cada ciento de nosotros ¿no tomaría el suyo porque aquí falta o carestía de gente? Porque nosotros solos lo ocupamos todo y estamos hechos un piélago. ¿Dónde es de agora ser Curínguaro? Porque de todo en todo es población divina y tine canas de muy antigua población, y las piedras de los fogares han echado muy hondas raíces. ¿Quién ha de venir a destruirnos? Esto es lo que diréis.» Dijeron los mensajeros: «Sí señores, y por esto dice vuestro tío, que vayan cada cien hombres a tomar dos asientos, y harían fuegos y ahumadas a los dioses por vivir algún tiempo y que habría cúes en Acumbaparatzicuyo y que estuviesen allí cien hombres.» Respondieron ellos: «Viejos, ¿qué provecho será quien viene aun a destruirnos?» Dijeron ellos: «Así es, señores; por eso dice vuestro tío que abra la puerta por su pueblo de Itzi-parámucu, que él estaba con su gente hecho puerta muy gorda, y que se abrirá, y que se irá, adelante de nuestros terminos a tomar asiento con su gente.» Dijeron ellos: «¿Qué dice nuestro tío? ¿A qué ha de ir, quien nos viene a destruir los pueblos?» Y tornáronse los mensajeros, y llegando al señor de Itzi-parámucu, saludoles y díjoles: «¿Pues qué dicen?» Dijeron los viejos: «Señor, no lo creen.» Dijo Tzintzuni: «Basta lo que han hablado: ven acá, tabernero.» Y veniendo, díjole: «Señor, ¿qué quieres?» Díjole Tzintzuni: «¿Hay algún vino?» Respondió el tabernero: «¿Por qué no, señor. Sí hay.» Díjole Tzintzuni: «Traedlo y beberemos.» Y hizo llamar todos los principales y los que tenían en cargo la gente, y toda la gente común, y mujeres y mochachos y díjoles desta manera: «Oídme, gente: moradores de Itzi-paramucu, matá los perros y las gallinas y papagayos grandes y comeoslo todo. ¿Cómo lo podréis llevar huyendo con ello? Qué, ¿no habemos de estar aquí, yo y vosotros, más de cinco días? Tomá todos masa o harina y secadla, y, otros quien quisiere hacer otro matalotaje, hágalo. Cómo habéis de llevar con vosotros nada desto? Mirá que me tengo de ir con vosotros, y mudar a otra parte y hacer nuestro asiento.» Y fuese la gente a sus casas, y empenzaron a emborracharse todos, y el señor llamó su mayordomo, y díjole: «Ven acá, daca los plumajes verdes de las plumas largas que trujeron de Pátzquaro por rescate de Tamapu-checa, hijo de Taríacuri, que cativamos.» Y bajaron de una trox una arca de aquellas plumas verdes, y tomábanlas todos en manojos, y compusose él y todos los principales, con brazaletes de oro y orejeras de oro, y collares de turquesas, y plumajes ricos, y díjoles: «Señores que estáis aquí, moradores de Izti-parámucu, gran deleite es emborracharse y beber. Pongámonos un poco los plumajes que han de ser de Hirípan y Tangáxoan y Hiquíngare. Esto que tenemos aquí, todo ha de ser suyo; traigámoslo un poco de tiempo.» Y empezaron todos a llorar y hacer gran ruido llorando, y empezaron a traer vino y emborracharse todos. Y dijeron: «Emborrachémonos para consolarnos.» Y vino una vieja, que no se sabía quien era con unas naguas de manta basta de hierbas, y otra manta de lo mismo, echada por el cuello, y las orejas colgando muy largas, y entró en casa de un hijo de Tzintzuni, que tenía un hijo que criaba su mujer y como la vio su mujer, díjole: «Entrá agüela», que ansí dicen a las viejas. Dijo la vieja: «Señora, ¿queréis comprar un ratón?» Díjole la señora: «¿Qué ratón es aquél?» Dijo la vieja: «Señora un topo es, o tuza.» Dijo la señora: «Dale acá, agüela.» Y tomósele de la mano, y era todo bermejo, muy grande y largo, Díjole la señora: «¿Qué demandáis, agüela?» Dijo la vieja: «Señora de hambre vengo ansí: dame algunas mazorcas de maíz.» Dijo la señora: «Agüela, tráigasle en buen hora yo te le compraré, que mi marido se está emborrachando, y yo se le coceré para que coma; asiéntate, entretanto.» Y diéronle de comer, y una cesta de maíz, y despidiose la vieja y dijo: «Ya me voy, señora,» Y fuese y chamuscó la señora aquel topo y lavole, y echole en un puchero, y púsole al fuego, y coció su hijo en aquel puchero, que había engendrado su marido Hopótacu, y estaba la cuna con las mantillas liadas que parescía que estaba allí el hijo. Y a la tarde fuese a su casa su marido Hopótacu y entrando en su casa, llamó a su mujer y díjole: «Señora, tengo hambre, ¿qué tengo de comer?» dijo ella: «Señor, allí tengo que comas, que te compré un ratón o tuza.» Y lavó de presto una sical y púsole allí en ella tamales, y tomó el puchero y echó el caldo en otro xical, y como quisiese echar el topo cocido, paresció ver su hijo y dio gritos, llorando, y dio en el suelo con el puchero. Y estaba todo blanco de cocido el niño, y saltó encima la cama y desató la cuna que estaba liada, y estaba vacía, y como no halló el niño, turbose y empienza a dar gritos la madre y díjole el marido: «¿Qué has?» Y como viese el niño díjole: «¡Oh bellaca, mala mujer!» Y como era valiente hombre, tomó su arco y flechas, y puso una flecha en el arco, y tiró la cuerda y flechó a la mujer por las espaldas y matóla. Y era de noche. En amanesciendo, fueron todos los principales en casa del señor, y recontaban todos lo que les había acontecido, estando borrachos, y díjoles Tzintzuni, el señor: «¿Quién ha hecho mal en esta borrachera?» Y uno decía: «Yo», y otro, «yo he hecho mal». Y cada uno contaba lo que le había acontecido. Y dijo el señor: «Mucho nos emborrachamos. ¿Cuál es más deleite, emborracharse o dormir con mujeres? ¿Por qué no hacen ansí en Curínguaro?» Y dijo al tabernero: «Haz más vino en los mayores maguéis, que será perdido que los chichimecas los gocen o hagan vino dellos.» Y dijo Hopótacu: «Padre yo no sé que me ha acontecido: he flechado a la madre de mi hijo, Tzintziari.» Dijo el señor: «¿Por qué la flechaste, hijo? ¿Qué te hizo?» Dijo Hopótacu: «Padre, cociome a mi hijo, el que tu pusiste nombre; que no sé qué vieja trujo a mi casa a vender un topo o tuza, que dicen que traía una naguas de una manta de hierbas basta, y otra mantilla de lo mismo cobijada, y traíele revuelto en la mano, y que de hambre, traía aquel topo a vender, y pensando que era así, le compró mi mujer y como no era topo, sino mi hijo, el que yo engendré, por esto la mate.» Oyendo esto su padre, dijo: «Ah; aquélla no era vieja; mas es de las tías de los dioses del cielo. Aquélla se llama Auicanime, e ya los dioses de todo en todo, están muertos de hambre, y no tenemos con nosotros cabezas. Sea así, gente: «Vámonos hacia alguna parte.» Y emborracháronse cinco días y fuéronse del pueblo. Acostumbraba esta gente, cuando tenían alguna aflicción, decir: «No tenemos cabezas con nosotros»: diciendo que sus enemigos los tomarían e cativarían a todos, y los sacrificarían, y que sus cabezas pondrían en varales. Y hacían cuenta que los habían tomado. Por eso dice aquí el señor de Itzi-parámucu, que no tenían cabezas consigo.