Relación de Michoacán
SEGUNDA PARTE IX. Cómo los de Curínguaro quisieron matar a los señores de los chichimecas en una celada, e se libraron della y después murieron en otra celada. |
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Pasándose algunos días, dijeron los de Curínguaro: «Poco faltó que no los matamos, y como son chichimecas no saben olvidar la injuria. id a los isleños y decidles que les envíen unos mensajeros que les digan como que sale dellos: «Vuestros suegros nos envían a vosotros, que estas vuestras mujeres por amor de vosotros, no quieren comer, y se mueren de hambre. ¿Cómo, riñeron con ellas, ni ellas con ellos? Paresce que se quieren bien y eran buenos casados, y nunca se hicieron mal, aun emborrachándose, ni nunca se mesaron, y ahora danos mucha pena y estamos tristes por ellas. Id a los señores nuestros hermanos. Decidles cómo no venían aquí por ellas, y las llevarían y pasarían la laguna, que no en una sola parte suelen llevar las mujeres a morar lejos, fuera de sus pueblos. Esto les diréis, y nosotros entonces estaremos en celada a la orilla de la laguna. Y vernán los chichimecas: no dejarán de venir porque no son discretos, y ansí los mataremos. Diréisles más a los isleños: que si aquí trujesen su pesquería a Curínguaro, llevarían maíz a sus islas, a la laguna». Y fueron con este mensaje a los isleños, y respondieron: «Que nos place: ciertamente que iremos». Y los isleños trujeron un presente de pescado y pasaron la laguna y llegaron donde estaba Uápeani y Pauácume y asentáronse, y estaban haciendo flechas y dijeronles: «Seáis bien venidos isleños ¿qué es a lo que venís?» Respondieron ellos: «Señores, vuestros suegros y padres nos envían y dijéronnos: «Id a nuestros yernos y decidles, que estas nuestras hijas nos dan mucha pena y estamos tristes por ellas, que están todo el día llorando. Pues decir ahora, ¿qué, riñeron alguna vez con ellas? No riñeron, sino que eran buenos casados, ni tampoco bebiendo vino, nunca se asieron de los cabellos; paresce que se trataban bien ¿Cómo no vendrían por ellas? Que no es de ahora que las mujeres se lleven lejos a morar. Esto es a lo que venimos, señores». Y dijo Uáepani a su hermano: «Hermano, sin duda que habemos de ir». Dijo Pauácume: «Vamos entrambos.» Y compusiéronse, entiznáronse y pusieronse sus guirnaldas de cuero en la cabeza que usaban, y sus aljabas a las espaldas encima unos jubones de guerra, y pusiéronse unas uñas de venados en las piernas; tomaron sus arcos e flechas en las manos, y como los viesen adrezar para el camino los sacerdotes de los cúes llamados Chupítani, Nuriuan, Tecacua, dijéronles: «Hijos, ¿qué haceis? ¿A dónde queréis ir?Respondieron ellos: «Vinieron de la laguna e dicen que vamos por las mujeres.» Dijeron los sacerdotes: «Qué decís, hijos. Mejor sería que no fuésedes que esas palabras no son de los de la laguna; mas son de los de Curínguaro. Mirá que si vais, nos veremos en trabajo. Si queréis ir algún cabo aholgar id a otra parte, y no allí». Dijeron ellos: «No, mas allá hemos de ir». Dijeron los viejos: «Pues id, hijos, y cada uno de vosotros tome un mancebo gran corredor y vayan delante por el camino, y vosotros id atrás bien lejos, para que no os veáis en peligro en alguna parte». Y dijeron ellos: «Así será, ya nos vamos». Y partiéronse para ir y vinieron por un lugar llamado Tzacapu-hacurucu y iban algún tanto delante los corredores, y abajaron a lo bajo de la cuesta, donde se turbaron, porque los de Curínguaro que estaban en celada, se levantaron todos a una. Entonces Uápeni y Pauácume, paráronse y no pasaron más adelante y dijeron: «Así es la verdad, que las palabras eran de los de Curínguaro». Dijo a su hermano: «Tornémonos». Y tornáronse a sus casas.
Pasados algunos días, dijeron los de Curínguaro: Muchas injurias les habemos hecho a los chichimecas. ¿Cómo olvidarse han dellas los señores? Id a nuestros hermanos los isleños, y diréisles que les lleven este mensaje a los chichimecas. Estas nuestras hijas nos dan mucha pena y hacen estar tristes, porque por amor dellos no quieren comer, y se mueren de hambre, y ponense en lo alto del cu llamado Puruaten, y nunca hacen sino llorar, todo el día mirando los humos de las chichimecas, y nunca hacen sino mirar allá, y nunca quieren comer, y no crean que hay en alguna parte peligro como el pasado, cuando nos quisimos flechar, y no supimos cómo venieron los de Curínguaro y se pusieron en celada y nosotros los hallamos allí. Y decidles que no lleguen aquí a la isla, que nosotros les sacaremos fuera las mujeres a un lugar llamado Xanoato-hucatzio, y allí se las trairemos y que vengan allí por ellas, y que las lleven si quisieren, porque las mujeres van a morar lejos. Y nosotros les diremos un poco que nos quejaremos a ellos, de los de la isla de Pacandan, que ponemos nuestras redes a la orilla a secar, y nos las rompen, y las canoas nos las hacen pedazos y los remos. Así nos tratan. ¿Quién son ellos para hacer esto, siendo tan pocos en una isla, que una mañana que nos juntásemos, ellos y nosotros, les destruiríamos en el pueblo. Por la pena que nos dan; pues yo tengo necesidad de su ayuda, porque son valientes hombres, y decírnoslo por tener confianza en sus arcos y flechas. Esto les irán a decir; ellos vernán, y no dejarán de venir que no son discretos». Esto es lo que les dijeron a los isleños, y respondieron ellos: «Ciertamente iremos a ellos y se lo diremos.» Y hicieron un presente de pescado para llevar a los señores, y venieron donde estaban, y pusieron delante su presente de pescado y asentáronse e dijéronles Uápeani y Pauácume: «Pues ¿qués lo que queréis, isleños? ¿A qué venís?» Respondieron ellos: «Señor, vuestros suegros nos envían» y relataron toda su embajada. Dijo Uápeani a su hermano: «Hermano, sin duda habernos de ir allá, pues que dicen que nos han de decir un poco. Ellos por destruir los pueblos andan. De verdad que habemos de ir entrambos». Y armáronse y los dichos sacerdotes les dijeron: «Hijos, ¿en que andáis? ¿dónde queréis ir?» Respondieron ellos: «Venieron de la isla de la laguna, y dicen que nos sacarán fuera las mujeres aquí cerca, a un lugar llamado Xanoato-hucatzio, las han de traer, y nosotros que vamos allí por ellas». Dijeron los sacerdotes: «Hijos, bien querríamos que no fuéredes, que esas palabras no son de los isleños, mas de los de Curínguaro.» Dijeron ellos: «No agüelos, mas han de decirnos un poco, que dicen que habernos de destruir la isla de Pacandan». Respondieron ellos: «Bien, sea así en buena hora hijos y toma aca dos mancebos buenos corredores, y vayan delante, e id mirando por el camino a todas partes, porque no os veáis en algún peligro y no pensemos que es un juego, y no nos burlemos, e id mirando por el camino. Y como se partiesen, tomaron los corredores y enviáronlos delante y como estuviesen puestos en celada los de Curínguaro en tres partes, dejaron pasar delante los corredores y espías y Uápeani y Pauácume iban detrás, y pensando que no había celada, pasaron delante hasta la tercera celada y allí flecharon a Uápeani y le mataron. El otro hermano menor era muy ligero, y empezó a correr hacia los suyos, y alcanzáronle a la sobida de un monte que está aquí en Pátzcuaro llamado Tzacapuhacurucu, donde moran los naguatatos, y allí le flecharon y juntáronlos a entrambos. Y como lo supiesen los sacerdotes, sus parientes, tomaron un collar de oro, llamado Cazarétaqua, e unos plumajes y fueron con ello donde estaban los de la isla, alrededor de los dos señores flechados, Uápeani e Pauácume, que los estaban mirando y estábanles dando con los remos de punzadas. Y llegaron los viejos y dijéronles: «Pues hijos, ya habéis peleado, según el rencor que teníades y malquerencia. Ya os habéis tomado y despojado». Respondieron ellos: «Agüelos, nosotros no los matamos, que no habíamos tomado puerto cuando ya estaban muertos, y parece ser que ya estaban aquí los de Curínguaro en celada, y ellos los mataron». Dijeron los sacerdotes: «Hijos, ¿por qué decís eso? Basta, que ya os flechastes. Rogamos os que nos los queráis dar. Tomá estos plumajes para que os los pongáis en las fiestas y este collar de oro, para que os los pongáis al cuello». Respondieron los de la laguna: «¿Y nosotros, a qué propósito, habemos de llevar estos plumajes? Matámoslos por ventura nosotros? No los habemos de tomar. Llevaos vuestros señores. Helos ahí, donde están, que nosotros se los quitamos a los de Curínguaro, que los llevaban a su pueblo.» Dijeron los sacerdotes: «¿Por qué decís esto hijos, de no querer llevar los plumajes? Llevadlos para poneros en las fiestas.» Dijeron los isleños: «Sea como decís: llevémoslos.» Y fuéronse a sus casas. Y los sacerdotes trujeron los señores a Pátzcuaro, al lugar donde se edificaron sus cúes, encima de aquel asiento llamado Petatzequa, y allí los quemaron, y tañen allí las trompetas y pusieron las cenizas en unas ollas, y después en las ollas, por de fuera pusiéronles dos máscaras de oro, y collares de turquesa, y ataviáronles muy bien pusiéronles plumajes verdes encima de los bultos, y tocando las trompetas los enterraron.