Relación de Michoacán
TERCERA PARTE XXIV. Cómo oyeron decir de la venida de los españoles, y cómo mandó hacer gente de guerra el cazonci, y, cómo fue tomado don Pedro que la iba a hacer a Taximaroa. |
Pues vinieron las nuevas al cazonci, cómo los españoles habían llegado a Taximaroa, y cada día le venían mensajeros, que venían doscientos españoles, y era por la fiesta de Cahera-cósquaro a diez y siete de julio, cuando llueve mucho en esta tierra, y venía por capitán un caballero llamado Cristóbal de Oli. Sabiendo su venida el cazonci, cómo venía de guerra, temió que le habían de matar a él y a toda su gente, y juntó los viejos y los señores y díjoles: «¿Qué haremos?» y estaban allí estos señores Timas que le llamaba tío el cazonci, que tenía mucho mando, y no era su tío, y otro llamado Ecango; otro Quezequampare, y Tashauaco, por otro nombre llamado Uitzitziltzi, y Cuinierángari, don Pedro, que eran hermanos él y Tashaucao, y otros señores, y díjoles: «¿Qué haremos? Decid cada uno vuestro parecer: ¿de quién habernos de tomar consejo? ¿de otros?» Dijeron ellos: «Determínalo tú, señor, que eres rey. ¿Qué habernos de decir nosotros? Tú solo lo has de determinar». Díjoles el cazonci: «Vayan correos por toda provincia, y lléguese aquí toda la gente de guerra, y muramos, que ya son muertos todos los mexicanos, y ahora vienen a nosotros. ¿Para qué son los chichimecas y toda la gente de la provincia? que no hay falta de gente. Aquí están los matlacingas y otomíes y uetama y cuytlatecas y escamoecha y chichimecas, que todos estos acrecientan las flechas a nuestro Curicaueri. ¿Para qué están ahí, sino para esto? aparéjese a sufrir el cacique señor de todos los pueblos que se apartare de mí y se revelare.» Y fueron los correos por toda la provincia, y señores y sacerdotes a hacer gente, y llamó el cazonci a Don Pedro, que su padre había sido sacerdote y díjole: «Ven acá, que yo te tengo por hermano en quien tengo de tener confianza, que ya son muertos los viejos mis parientes, ya van camino: irán lejos y iremos tras ellos: muramos todos de presto y llevemos nuestros estrados de la gente común. Ve a hacer gente de guerra a Taximaroa y a otros pueblos.» Respondióle don Pedro: «Señor, ansí será como dices, no quebrantaremos nada de lo que mandas, pues que lo has mandado, no quebraremos nada de tus palabras, yo iré, señor.» Y partióse don Pedro, que agora gobernador, con otro principal llamado Muzúridira, y en día y medio llegó a Taximaroa, desde la cibdad, que son diez y ocho leguas, y juntóse toda la gente de Ucareo y Acámbaro y Araró y Tuzantlan, y estaban todos en el monte con sus arcos y flechas, y topó don Pedro en el camino un principal llamado Quezequampare, que venía de Taximaroa, donde estaban los españoles, todo espantado, y saludóle y díjole: «Señor, seas bien venido» y no le respondió aquel principal. Después dijole: «¿Pues qué hay?» Díjole don Pedro: «Envíame el cazonci a hacer gente y otros prencipales han ido por toda la provincia a hacer gente de guerra, y envióme a estos pueblos, a Taximaroa y a Ucareo y a Acámbaro y Araró y a Tuzantla: a esto vengo.» Díjole aquel principal: «Ve si quisieres, yo no quiero hablar nada, ya son muertos todos los de Taximaroa. Y despidiéronse y llegó a Taximaroa don Pedro, y no halló gente en el pueblo, que todos se habían huído, y fue preso de los españoles y mejicanos por la tarde y luego por la mañana le llevaron delante el capitán Cristóbal de Olí, y hizo llamar un nauatlato o intérpetre de la lengua de Mechuacán, y vino el intérpetre llamado Xanaqua, que era de los suyos, y había sido cativado de los de México y sabía la lengua mexicana y la suya de Mechuacán y venía por intérpetre de los españoles y preguntóle Cristóbal de Olí: «De dónde vienes? Dijole don Pedro: «El cazonci me invía». Díjole Cristóbal de Olí. «¿Qué te dijo?» Díjole don Pedro: «Llamóme y díjome, ve a rescibir los dioses (que ansí llamaban entonces a los españoles a ver si es verdad que vienen: quizá es mentira; quizá no llegaron sino hasta el río y se tornaron por el tiempo que hace de aguas; velo a ver, házmelo saber y si son venidos, que se vengan de largo hasta la cibdad. Esto es lo que me dijo.» Díjole Cristóbal de Olí: «Mientes en esto que has dicho; no es ansí, mas queréisnos matar; ya os habéis juntado todos para darnos guerra: vengan presto si nos han de matar o quizá yo los mataré a ellos con mi gente» que traía mucha gente de México. Díjole don Pedro: «No es ansí, ¿por qué no te lo dijera yo?» Díjole Cristóbal de Olí: «Bien está, si en así como dices, tórnate a a cibdad, y venga el cazonci con algún presente y sálgame a rescibir en un lugar llamado Quangaceo, questá cerca de Matalcingo, y traiga mantas de las ricas, de la que se llaman catzángari y curitze y tzitzupu y echere-atácata y otras mantas delgadas y gallinas y huevos y pescado de lo que se llama cuerepu y acumarani y urápeti y thiro y patos: traígalo todo a aquel dicho lugar, no deje de cumplillo, y no quiebre mis palabras.» Díjole don Pedro: «Bien está, yo se lo quiero ir a decir.» Y ahorcaron dos indios de México porque habían quemado unas cercas de leña que tenían en los cúes de Taximaroa y díjole Cristóbal de Olí: «Dí al cazonci, que no haya miedo, que no le haremos mal.» Y fuéronse a oír misa los españoles, y estaba allí don Pedro, y como vio al sacerdote con el cáliz y que decía las palabras, decía entre sí: «Esta gente todos deben ser médicos, con nuestros médicos que miran en el agua lo que ha de ser y allí saben que les queremos dar guerra», y empezó a temer. Acabada la misa, hizo llamar Cristóbal d' Olí cinco mexicanos y cinco otomíes, y díjoles que fuesen con don Pedro a Mechuacán, y dijo aquel intérprete, que traín los españoles llamado Xanaqua, a don Pedro a la partida: «Ve señor en buena hora, y dí al cazonci que no dé guerra, que son muy liberales los españoles y no hacen mal, y que haga llevar el oro que tiene huyendo y la plata y mantas y maíz, que ¿cómo se lo ha de quitar a los españoles después que lo vean?: que desta manera hicieron allá en México, que lo escondieron todo.» Díjole don Pedro: «Basta lo que me has dicho; muy deliberalmente lo dices, en lo que me has dicho; yo lo diré ansi al cazonci» y partióse con aquellos mexicanos y otomíes, y llegaron con él hasta un lugar llamado Uasmao, obra de tres leguas antes de Matlzingo, y díjoles: «Quedaos aquí, y yo me iré delante» y hacíalo porque no viesen la gente de guerra. Y vínose delante de priesa y halló ocho mil hombres de guerra en un pueblo llamado Indeparapeo y venía un capitán con ellos llamado Xamando, y díjoles don Pedro: «Dividíos, y los de aquí que no vienen enojados los españoles, mas vienen alegres; que el cazonci ha de venir a recibillos a Quangaceo, que ansf me lo dijeron que se lo dijese, y a esto vengo; íos a vuestras casas.» Y despidióse de aquella gente, y vino más adelante a un lugar llamado Hetuquaro, unos cúes questán en el camino viejo de México, y hallo también ahí otros ocho mil hombres en una celeda, y díjoles: «Levantaos, dividíos, que yo tengo.» Díjole el capitán: «Por qué nos habemos de ir? ¿qués lo que quieren los españoles? ¿qué dicen?» Díjole don Pedro: «No vienen enojados mas alegres, y el cazonci ha de salir a recebillos a un lugar llamado Quangaceo» y díjole el capitán «Pues por qué nos metió miedo a todos Quezequampare, que vino delante, y dijo que habían muerto todos los de Taximaroa?»: Díjole don Pedro: «No lo sé; no me quiso hablar cuando le topé.» Y el capitán questaba con aquella gente se llamaba Tashauaco, por otro nombre Uitzitziltzi, hermano mayor desde don Pedro, y díjole: «Aguija hermano, que damos mucha pena al cazonci, que no está esperando sino las nuevas que tú le trujeres; yo en amanesciendo me voy a la cibdad con la gente.»