Relación de Michoacán
TERCERA PARTE XXVI. Del tesoro grande que tenía el cazonci, y dónde lo tenía repartido; y cómo llevó don Pedro al marqués docientas cargas de oro y plata, y de cómo mandó matar el cazonci a unos principales porque le habían querido matar. |
Tenía pues el cazonci de sus antepasados, mucho oro e plata en joyas de rodelas y brazaletes, y medias lunas, y bezotes y orejeras, que tenía para sus fiestas y areitos. E inquiriose de los que lo guardaban, qué tanta cantidad sería, y dellos dijeron, y otros aun no han dicho, tenía en su casa cuarenta arcas, veinte de oro y veinte de plata, que llamaban chuperi, dedicado para las fiestas de sus dioses. Mucha cosa debía de ser. Tenía ansí mismo joyas suyas en su casa, en otra parte, llamada Ychechemirenba, en gran cantidad; tenía ansí mismo, en una isla de la laguna llamada Apúpato, diez arcas de plata fina en rodelas; en cada arca doscientas rodelas y mitras para los cativos que sacrificaban, y mil e seiscientos plumajes verdes Curicaueri, otros tantos la diosa Xarátanga, y otro su hijo Manouapa, y cuarenta jubones de pluma rica, y cuarenta de pluma de papagayos. Estos habían puesto allí sus bisagüelos del cazonci. Tenía ansí mismo en otra casa, otras diez arcas de rodelas; en cada arca doscientas rodelas, que no era muy fina la plata, y habíala puesto allí su padre del cazonci muerto llamado Zuanga; y cuatro mil e setecientos plumajes verdes, y cinco jubones de aquella pluma rica llamada chatani, y cinco de papagayos. En otra isla llamada Xanecho tenía ocho arcas de rodelas de plata, y mitras llamadas angáruti, plata fina: cada docientas rodelas en cada arca y mitras de plata, y unas como tortas redondas llamadas curinda cuatrocientas, y esta plata había puesto allí su padre llama Zuangua, dedicadas a la luna.
Ansí mismo tenía en otra isla llamada Pacandan, cuatro arcas de rodelas de plata fina, cada cien rodelas en cada arca, y veinte rodelas de oro fino que estaban repartidas en aquellas arcas: en cada arca, cinco. Estaban allí sus guardas y de padres a hijos venía por su subcesión guardar este tesoro. Y hacían sementeras y ofrescíanlas a aquella plata y había un tesoro mayor sobre todo.
Así mismo tenía en otra isla llamada Urandeni otro tesoro de oro en joyas. No me han dicho el número que era.
En la misma isla de Apúpato tenía otro tesoro de plata.
Dice adelante la historia: Pues como entraron los españoles en sus casas del cazonci, donde estaban las cuarenta cajas, veinte de oro y veinte de plata en rodelas, empezaron a hurtar de las cajas, que debían de ser algunos mozos, y metíanlas debajo las capas, y viéronlos las mujeres del cazonci y salieron tras ellos con unas cañas macizas y empezáronles de dar de palos. Aunque estaban con sus espadas, no les osaron hacer mal. Mas ponían las manos en las cabezas por defenderse de los palos, y a unos se les caían por huir: otros las llevaban, y estaban por allí los principales y las mujeres empezáronlos a deshonrar diciéndoles que para qué traían aquellos bezotes de valientes hombres, que no eran para defender aquel oro y plata que llevaba aquella gente, que no tenían vergüenza de traer bezotes. Y los principales dijéronles que no les hiciesen mal, que suyo era aquello de aquellos dioses que lo llevaban. Sabiendo Cristóbal de Olí de aquellas arcas, hízolas sacar fuera, y llevaronlas a las casas de los papas, donde ellos posaban, y abriéronlas y empezaron a escoger las rodelas más finas; y las que no eran tanto, poníanlas en otra parte, y partíanlas por medio con las espaldas, y pusiéronlas en unas mantas y hicieron doscientas cargas dellas, y mandó el capitán Cristóbal de Olí a don Pedro, que llevase todo aquel oro y plata a México al gobernador, el señor Marqués del Valle. Y dijo que fuesen de veinte en veinte indios, que si viesen unos a otros por el camino: y pusieronles unas banderillas encima de las cargas, y dijéronles a los tamemes, que se viesen unos a otros por el camino, y que viesen aquellas banderillas. Y llegó don Pedro y unos españoles que iban con aquellas cargas y presentáronlo al Marqués que estaba a la sazón en un pueblo de México llamado Cuyacan, y contaron las cargas, y preguntó el Marqués a don Pedro, que dónde estaba el cazonci, que dónde había ido. Díjole don Pedro: «Señor, ahogóse en la laguna, pasándola por venir de presto a saliros a rescibir.» Díjole el Marqués: «Pues ques muerto, ¿quien será señor? ¿no tiene algunos hermanos?» Díjole don Pedro: «Señor, no tiene hermanos.» Díjole el Marqués: «Pues ¿qué se ha hecho de Uitzitziltzi? ¿qué parentesco tiene con él?» Díjole don Pedro: «No tiene parentesco con él: yo y él somos hermanos de un vientre.» Díjole el Marqués: «Ese será señor: seas bien venido.» Entonces dióle unos collares de turquesas, y díjole: «Estos tenía para dalle al cazonci: empero pues se ha ahogado, echalo allí donde se ahogó, para que lo lleve consigo.» Después que le mandó dar de comer, díjole el Marqués: «Ve a México y verás cómo le destruímos». Y lleváronle unos prencipales a México, que nunca había ido allá, en toda su vida ni sus antepasados muchos tiempos había, y saliéronle los señores a rescibir y diéronle flores y mantas ricas, y dijéronle a él, e a otros prencipales que iban con él: «Bien seáis venidos, chichimecas de Mechuacán; ahora nuevamente nos habemos visto: no sabemos quien son estos dioses, que nos han destruido y nos han conquistado: ¡Mira esta cibdad de México, nombrada de nuestro dios Tzintzuuiquixo, cuál está toda desolada! A todos nos han puesto naguas de mujeres. ¡Cómo nos han parado tan bien! ¿Os han conquistado a vosotros que érades nombrados? Sea ansí como han querido los dioses. Esforzaos en vuestros corazones. Esto habemos visto e sabido nosotros que somos muchachos. No sé qué supieron y vieron nuestros antepasados. Muy poco supieron. Nosotros lo habemos visto y sabido siendo muchachos.» Respondióles don Pedro y dijo: «Ya, señores, me habéis consolado con lo que nos habéis dicho: ya nos habéis visto: ¿cómo nos viéramos y visitáramos, si no nos trataran desta manera? Seamos hermanos por muchos años, pues que ha placido a los dioses que quedemos nosotros y escapamos de sus manos, sirvámoslos y hagámoslos sementeras. No sabemos qué gente vendrá: mas obedezcámoslos. Baste esto y tornémonos a Cuyacan al Marqués, pues habemos visto a México. Y diéronse unos a otros mantas ricas, y otras joyas, y volvió don Pedro con los suyos a Cuyacan y envió el Marqués que los saliesen a rescibir. Y habían traído unas cartas de la cibdad de Mechuacán, que decían haber hallado al cazonci, y llamó el Marqués a don Pedro y díjole: «Ven acá: ¿por qué me dejiste que era ahogado el cazonci, que dicen questá en el monte escondido? Que dos prencipales amedrentaron y ellos lo descubrieron.» Díjole don Pedro: «Quizá ansí es como dicen; quizá salió a alguna parte de la laguna en alguna isla pequeña, y se iría huyendo y no le vimos cuando se fue.» Y empezó a llorar de miedo que le habían de mandar matar y díjole el Marqués: «No llores: ve a tu tierra, mañana te daré una carta y de aquí a tres días, te irás. Díjole don Pedro: «Sea ansí, señor, bien es lo que dices.» Y al siguiente día diéronle una carta, y dióle muchos charchuis y turquesas para él y díjole: «Di al cazonci, que venga donde yo estoy: que no tenga miedo, que se venga a sus casas a Mechuacán; que no le harán mal los españoles, y vendráme a visitar.» Y despidióse, y vino a Mechuacán, y juntáronse los señores y caciques, y contóles cómo les había ido, y lo que decía el Marqués y holgáronse mucho, y fueron por el cazonci, Uitzitzilti y dos españoles, y adelantóse de los españoles y llegó a Uruapan, donde estaba el cazonci, y díjole: «Señor, vamos a la cibdad, que vienen por ti dos españoles, y yo me adelanté: no hayáis miedo, esfuérzate.» Y díjole el cazonci: «Vamos hermano, no sé donde me hicieron venir los que me han tratado desta manera por rencor que tienen conmigo, que de verdad no son mis parientes.» Y como se quisiese partir, dijéronle aquellos prencipales que le habían quisido matar: «Señor, ¿qué haremos?» Díjoles: «Allá voy a Mechuacán» y quedáronse allí aquellos prencipales, y toparon con los españoles y abrazáronle y dijéronle: «No hayas miedo que no te harán mal; que por ti venimos.» Díjoles el cazonci: «Vamos, señores.» Y llegaron a Pátzcuaro, y salióle a recibir don Pedro y saludóle, y díjole: «Señor, seas bien venido». Díjole el cazonci: «Y tú también, seas bien venido, hermano. ¿Cómo te fue? ¿dónde fuiste?» Díjole don Pedro: «Muy bien me fue, y no hay ningún peligro: todos los españoles están alegres: dice el capitán que vayas a velle allá a México.» Dijo el cazonci: «Vamos, pues, que va me traen.» Y llegaron a la cibdad, y empezaron a ponelle guardas al cazonci, porque no se les escondiese otra vez y pidiéronle oro y llamó sus prencipales y díjoles: «Vení acá, hermanos: ¿dónde llevaron el oro que estaba aquí?» Dijeron: «Señor, ya lo llevaron todo a México.» Díjoles el cazonci: «¿Dónde iremos por más? Mostrémosles lo que está en las islas de Pacandan y Urandén. Y envió unos prencipales que se lo mostrasen a los españoles, y vinieron los españoles de noche y ataron todo aquel oro en cargas y hicieron ochenta cargas de aquel oro de rodelas y mitras y lleváronlo de noche a la cibdad y dijo Cristóbal de Olí al cazonci: «¿Por qué das tan poco? trae más, que mucho oro tienes ¿para qué lo quieres?» Y decía el cazonci a sus prencipales: «¿Para qué quieren este oro? débenlo de comer estos dioses, por eso lo quieren tanto». Y mandó que mostrasen a los españoles más oro y plata questaba en una isla llamada Apúpato y hicieron sesenta cargas dello, y en otra isla llamada Utuyo, diez cajas, que hicieron de toda aquella vez trescientas cargas de oro y plata, y dijo el cazonci: «¿Qué haremos, que ya nos lo han quitado todo?» Dijo a los españoles que no tenían más y díjoles: «Esto que estaba aquí no era nuestro, mas de vosotros que sois dioses y ahora os lo lleváis porque era vuestro.» Díjole Cristóbal de Olí: «Bien está: quizás dices verdad que no tienes más; mas tu has de ir con estas cargas a México.» Díjoles el cazonci: «Que me place, señores, yo iré.» Y partióse para México con todos los señores y prencipales y caciques de la provincia y iba llorando por el camino y decía a don Pedro y su hermano Uitzitziltzi: «Quizás no me dijistes verdad en lo que me dejistes que estaban alegres los españoles en México: escapéme de las manos de aquellos prencipales que me querían matar, y vosotros me queréis hacer matar allá en México; y me habéis mentido.» Dijéronle ellos: «Señor, no te habernos mentido: la verdad te dijimos; cómo, ¿no llegarás allá y lo verás? mucho se holgarán con tu venida: di esto que dices allá, después que hayas llegado, y no aquí, y allá verás si mentimos, y allá creerás lo que te dijimos.» Y llegó a Cuyacan, donde estaba el Marqués, y holgóse mucho con él y rescibióle muy bien y díjole: «Seas bien venido; no rescibas pena; anda a ver lo que hizo un hijo de Moctezuma; allí le tenemos preso porqué sacrificó muchos de nosotros.» Y hizo llamar todos los señores de México el Marqués, y díjoles cómo era venido el señor de Mechuacán, que se alegrasen, y que le hiciesen convites, y que se quisiesen mucho y señalarónle al cazonci unas casas donde estuviese, y fue a ver el hijo de Moctezuma, y tenía quemados los pies y dijéronle: «Ya le has visto como está por lo que hizo; no seas tú malo como él.» Y estuvo allí cuatro días y hiciéronle muchas fiestas los mexicanos y alegróse mucho el cazonci y dijo: «Ciertamente son liberales los españoles, no os creía.» Y dijéronle los prencipales: «Ya, señor, has visto que no te mentíamos; no nos apartaremos de ti: nosotros entenderemos en lo que nos mandaren los españoles y los nauatlatos: come y huelga y no rescibas pena; veamos lo que dirán y nos mandarán. Y llamóle el Marqués y díjole: «Vete a tu tierra, ya te tengo por hermano. Haz llevar a tu gente estas áncoras; no hagas mal a los españoles que están allá en tu señorío, porque no te maten. Dales de comer y no pidas a los pueblos tributos, que los tengo de encomendar a los españoles.» Y díjole el cazonci que ansí lo haría, que ya le había visto díjole: «Yo vendré a visitarte.» Y partióse con sus prencipales y venía holgando y jugando al patol por el camino y llego a Mechuacán y los españoles no le hicieron mal y díjole el capitán: «Huelga en tu casa y reposa.» Y ninguno entraba en su casa porque lo había ansí mandado el capitán que no entrasen, sino sus prencipales. Y envió el cazonci a don Pedro con aquellas áncoras a Zacatula, que era por la fiesta a catorce de noviembre del presente año, y fueron a llevar las áncoras, mil e seiscientos hombres y dos españoles y dijéronle en el camino a don Pedro, que se compusiese, porque le viesen los señores de Zacatula. Y púsose muchos collares de turquesas al cuello y llevaron las áncoras, y volvióse a Mechuacán con mucho cacao que le dieron los españoles para Cristóbal de Olí. Luego como vino Pedro, llamóle el cazonci y díjole: «Ven acá ¿qué haremos de aquellos prencipales que me quisieron matar, por la soberbia que tuvieron que me escapé de sus manos? Ellos no escaparán de las mías: ve y mátalos que eres valiente hombre.» Díjole don Pedro: «Señor, sea como mandas.» Y partióse y llevó cuarenta hombres consigo, cada uno con sus porras, y pasó la laguna en amanesciendo y aquel prencipal llamado Timas, habíase huido a Capacuero y tenía sus espías puestas por los caminos. Ya sabia cómo le quería hacer matar el cazonci y estaba esperando quien le había de ir a matar. Y llegó don Pedro con la gente que llevaba, y hallóle asentado con collares de turquesas al cuello y unas orejeras de oro en las orejas, y cascabeles de oro en las piernas y una guirnalda de trébol en la cabeza, y estaba borracho. Y don Pedro llevaba una carta en la mano, y como le vio aquel prencipal, díjole: «¿Dónde vas?» Díjole don Pedro: «A Colina vamos, que nos envían allá los españoles». Y llegose a él y díjole: «El cazonci ha dado sentencia de muerte contra ti.» Díjole aquel prencipal «Por qué: qué hecho yo?» Díjole don Pedro: «Yo no lo sé: inviado soy.» Díjole el prencipal llamado Timas: «¿Por qué viniste tú? ¿Eres tu valiente hombre? peleemos entrambos. ¿Con qué palearemos? Con arcos y flechas o con porras.» Díjole don Pedro: «Con porras pelearemos.» Díjole aquel prencipal: «¿Qué, eres muy valiente hombre? ¿dónde estuviste tú en el peligro de las batallas, donde pelean enemigos con enemigos? ¿Dónde mataste tú allí alguno? ¿a qué veniste tú? Seas bien venido, pues que mi sobrino el cazonci lo manda, sea ansí. Yo, poco faltó que no le maté a él; íos vosotros, que no me habéis de matar: yo me ahorcaré mañana o esotro día, que sois muy avarientos los que venís y codiciosos los que me venís a matar. Díjole don Pedro: «¿Dónde me has inviado tú, que haya robado a nadie? Tú eres el que robaste al cazonci y a sus hermanos, y mataste todos los señores, ¿por qué tienes vergüenza de morir?» Y entróse aquel prencipal en un aposento de su casa, y hízole saber a sus mujeres, y quemaron mucho hilo y de sus alhajas para llevar consigo, y mató una de aquellas mujeres, para llevar consigo, y tornó a salir donde estaba don Pedro y la gente que le venían a matar, y empezóles a dar de beber. Y tomó el vino don Pedro y arrojólo en el suelo y, díjole aquel prencipal: «¿Por qué lo derramaste? ¿qué tenía?» Díjole don Pedro: «¿Vínete yo por ventura a visitar, para que me dieses a beber? Yo hambre tenuo y no sed.» Díjole aquel prencipal: «¿Quién no sabe que eres valiente hombre, y que conquistaste a Zacatula?». Y díjole don Pedro: «Burlas en lo que dices que conquisté yo a Zacatula. ¿No la conquistaron los españoles?» Y llegóse a él con todos los que llevaba consigo y asieron dél, y decía: «,Paso, paso»; y acogotáronle con las porras, y quebráronle la cabeza y lleváronle arrastrando antes que muriese, y no supieron sus mujeres de su muerte, que pensaron que no le matarían tan presto. Y todos los que estaban con él huyeron de miedo, y entraron a su casa de los indios que llevaba don Pedro consigo, y empezaron a quitar las mantas a las mujeres, porque aquella costumbre era cuando mataban alguno, que le robaban todo cuanto tenía en su casa. Y díjoles don Pedro: «¿Por qué les quitáis las mantas?» Dijeron ellos: «Esta costumbre es, señor.» Y mandóselas tornar y tornáronles sus mantas, y empezaron a llorar sus mujeres a aquel prencipal muerto, y a decir: «Ay señor; espéranos, que queremos ir contigo.» Y díjoles don Pedro: «No lloréis, quedaos aquí, que a él sólo matamos; no vais a ninguna parte: estaos con sus hijos, y no hayáis miedo», y trujeron su hacienda y enterraron aquel prencipal, en un lugar llamado Capacuero, y tornóse a la cibdad y tornóle a inviar el cazonci a matar los otros prencipales que le habían quisido matar, y quitóles toda su hacienda. Y fueron luego los españoles a conquistar a Colima y hasta las mujeres les llevaban las cargas, y fue por capitán de la gente que fue de guerra Uitzitziltzi y conquistaron a Colima, y no murió ningún español, y mataron y murieron muchos de Colima y sus pueblos. Y los indios de Mechuacan iban a la guerra con sus dioses vestidos como ellos solían en su tiempo, y sacrificaron muchos de aquellos indios y no les decían nada los españoles. Y volvieron los españoles y Uitzitziltzi a Pánuco con más gente, y después con Cristóbal de Olí a las Higueras y allá murió. Y vinieron los españoles desde a poco a contar los pueblos y hicieron repartimiento dellos. Después de esto, fue el cazonci a México y díjole el Marqués si tenía hijos o don Pedro, y dijeron que no tenían hijos, qué prencipales había que tenían hijos. Y mandólos traer para que se ensiñasen en la doctrina cristiana en San Francisco, y estuvieron allá un año quince muchachos, que fueron por la fiesta de Mazcoto a siete de junio, y amonestóles el cazonci que aprendieren, que no estarían allá más de un año. Y desde a poco hubo capítulo de los padres de San Francisco de Guaxacingo, y enviaron por guardián un padre antiguo muy buen religioso, con otros padres a la cibdad de Mechuacán, llamado fray Martín de Chaves, y holgáronse mucho los indios. Tomóse la primera casa en la cibdad de Mechuacán, habrá doce años o trece, y empezaron a pedricar la gente y quitalles sus borracheras; y estaban muy duros los indios. Estuvieron por los dejar los religiosos dos o tres veces. Después vinieron más religiosos de San Francisco y asentaron en Ucareo, después en Tzinapéquaro y de allí fueron tomando casas y hízose el fruto que Nuestro Señor sabe en esta gente. De tan duros como estaban, se ablandaron y dejaron sus borracheras y idolatrías y cirimonias y babtizáronse todos cada día van aprovechando y aprovecharán con la ayuda de Nuestro Señor.