Relación de Michoacán
TERCERA PARTE XXIX. Cómo vino Nuño de Guzmán a conquistar a Xalisco y hizo quemar el cazonci. |
Pues vinieron mensajeros como Nuño de Guzmán venía a la conquista de Xalisco, con la gente de guerra, y antes que se partiese, vieron los indios en el cielo una gran cometa, y llegó a Mechuacán con toda su gente. Ya estaban hechos los jubones de algodón que mandó hacer, cuatrocientos dellos y cuatrocientos arcos, y doscientas flechas de casquillos de metal, hachas y mucho número de las otras de cobre. Y tenían recogidas cuatro mil cargas de maíz y infinidad de gallinas. Y saliéronle a recibir los señores, y traía consigo el cazonci, y díjole Guzmán: «Ya has venido a tu casa. ¿Dónde quieres estar? ¿Quieres que estemos juntos en mi posada, o irte a tu casa?» Y díjole el cazonci: «Bien querría ir un poco a mi casa, y veré mis hijos.» Y díjole Guzmán: «¿A qué has de ir? Ya no has venido a tu tierra, y estas casas no son tuyas donde estás agora. Haz llamar aquí a tus hijos e tu mujer, que ningún español entrará en tu aposento, y aquí te entoldarán una cama y estarás allí.» Díjole el cazonci: «Sea ansí. ¿Cómo tengo que quebrar tus palabras? Sea como quieres. Bueno es eso que dices.» Dijo el cazonci a sus criados: «Id a decir a los viejos y a mis mujeres que ya no me verán más: que las consuelen los viejos; que no siento bien de mi hecho: que pienso que tengo que morir: que miren por mis hijos y no los desamparen, que cómo me ha de ver aquí, y que se aparejen y den de comer a los españoles, porque no me echan a mí la culpa los españoles si hay alguna falta: que ahí están los prencipales que tienen en cargo la gente para lo que fuere menester.» El siguiente día llevaron a Guzmán los jubones de algodón, y todo lo que había mandado hacer y enojóse y dijo: «¿Por qué traes tan pocos?» Y dijo al cazonci: «Todos los has llevado a Cuinao, y por eso traes tan poco.» Y sacó la espada y dio despaldarazos con ella a don Pedro, y hizo echar prisiones al cazonci y a don Pedro y hizo llevar al cazonci a las casas de don Pedro al nauatlato Pilar, y a Godoy, para que los amedrentasen y que dijese del tesoro que tenía. Y como le llevaron de noche, empezáronle a preguntar: «¿Es verdad que fueron ocho mil hombres de guerra a Cuynapan, y que llevaron allá todos los jubones de guerra y armas? Decí la verdad. ¿Cómo es aquella tierra? ¿Por que camino habemos de ir?» Respondió el cazonci y don Pedro y dijéronles: «No sabemos el camino.» Dijéronles los españoles: «Cómo, ¿no sois amigos los de Cuynaho y vosotros y entráis a ellos?» Dijeron ellos: «No sabemos esa tierra.» Dijéronle los españoles al cazonci: «Cómo has venido aquí. No tienes vergüenza, cómo estés. ¿Cuándo, pues, le has de demostrar el tesoro que tienes a Nuño de Guzmán, questá muy enojado, y tienen allí un brasero de ascuras?» Haciendo ademán que le querían quemar los pies, dijo el cazonci: «¿Dónde tengo de traer más oro? Dijéronle los españoles: «Cómo, ¿quieres morir?» Y empezaronles a dar tormento y colgábanlos, y estaba allí un señor de la nauatlatos, llamado Juan de ortega, y diéronle tormento en sus partes vergonzosas con una verdasca y súpolo el padre fray Martín, que era guardián en la dicha cibdad, que se lo hicieron saber los muchachos, y tomó un crucifijo y vino a la casa de don Pedro, y los españoles que les estaban dando tormento dejáronlos y echaron a huir. Y díjoles el padre: «¿Por que lo traéis desta manera?» Respondieron los españoles: «No nos quieren decir del camino que les preguntamos, y por eso los tratamos ansí.» Díjoles el padre al cazonci y a don Pedro: «¿Pues sabéis el camino?» Respondieron ellos: «No lo sabemos ¿habemos de decir lo que no sabemos?» Díjoles el padre: «Pues ¿por qué los tratáis desta manera?, pues no saben el camino.» Dijeron ellos: «Nosotros no les hacemos mal.» Y tornóse el padre al monesterio, y dijeron los españoles al cazonci y a don Pedro: «Vamos donde está Nuño de Guzmán.» Y hiciéronlos llevar a cuestas y lleváronlos donde se había aposentado Nuño de Guzmán y prendieron a Abalos y a don Alonso y estaba muy enojado Guzmán y díjoles: «Bellacos ¿quién lo dijo al padre? ¿tengoos de dejar de llevar a la guerra, aunque el padre vaya tras vosotros? Y queríase partir Guzmán, y pidió al cazonci ocho mil hombres, y díjole al canzonci: «Envía por todos los pueblos; si no traes tantos como te digo, tu lo pagarás.» Dijo el cazonci: «Señor, envié vosotros por los pueblos, pues son de vosotros.» Díjole Guzmán: «Tú solo has de inviar ¿cómo, no eres señor? Entonces invió el cazonci por todos los pueblos sus prencipales, y díjoles también Guzmán: «Haz traer todo el oro de los pueblos.» Díjole el cazonci: «No lo querrán dar, aunque envíe ¿por qué tengo de inviar? Díjole Guzmán: «Si no tuvieren oro, dales tú una trox a los caciques, para que me traigan.» Y trujeron ocho mil hombres de los pueblos y contáronlos y mostráronselos a Guzmán: «Basta; bien está. Mirá que no se huya nadie: que no han de hacer más de llevarme hasta donde voy y se volverán; de aquí a tres días me partiré. Ya no tengo de hablar más en esto.» Y empezaron a tomar los españoles los ocho mil hombres que habían traído, y repartillos entre sí, quien más podía, sin contallos, y huyóse mucha gente, y echaron presos los señores, y al cazonci llevaronle en una hamaca con unos grillos. Y partiéronse todos los españoles y llegaron a un río de los chichimecas, doce leguas de la cibdad, y asentaron allí cabe aquel río. Ya el cazonci estaba descolorido, y no quería comer nada Y estaba como negro el rostro. Y mostráronle los prencipales las cargas cómo venían todas, que no habían dejado los tamemes ninguna en el camino, y dijo: «Bien, está, bien está, guardadlas bien.» Y lleváronlos a la posada del mayordomo de Nuño de Guzmán, y echaron también prisiones a los nauatlatos y a Abalos echáronle unos grillos dos días y llevaron unos españoles al cazonci apartado, donde no andaban españoles, a unos herbazales, a la ribera del río y empezáronle a preguntar y decir: «Muestra los pellejos de los cristianos que tienes; si no los haces traer aquí, aquí te tenemos de matar. Si los hicieres traer iráste a tu casa, y serás señor como lo eras, y también has de decir la verdad si fueron ocho mil hombres a Cuynao, si llevaron los jubones de guerra y arcos y flechas y si verdad que habéis hecho allí hoyos, donde caigan los caballos.» Díjoles el cazonci: «Señores, no es verdad nada deso.» Dijéronle los españoles: «Di la verdad.» Y atáronle las manos y echábanle agua por las narices y empezaron a preguntarlle por el tesoro que tenía y un ídolo de oro grande y decíanle: «Es verdad que tienes un ídolo grande oro.» Díjoles el cazonci: «No tengo, señores.» Dijeron: «Cómo: ¿no tienes más oro?» Díjoles el cazonci. «Yo lo preguntaré a ver si hay más.» Dijéronle los españoles: «Nosotros iremos por ello: ¿dónde está?» Díjoles el cazonci: «No se si hay algún pozo en Pátzcuaro.» Y llevaron los indios cuatrocientas lunetas de oro y rodetas y ochenta tenacetas de oro al cazonci, y dijo que no diesen a Guzmán más de doscientas de aquellas joyas y hizo a los indios que volviesen lo otro. Y enojóse Guzmán de ver tan poco y dieron tormento también a don Pedro, que muestra hoy en día los cordeles en sus brazos. Ansí mismo dieron tormento a don Alonso y a Abalos y pídianles el ídolo de oro, y de los hoyos, y dijeron: «Nosotros, no sabemos nada desto.» Dijéronles: «Ya ha dicho la verdad de todo el cazonci, y de aquí a tres días se ha de volver a su casa; si vosotros decís la verdad también os iréis vosotros a vuestras casas. Decí qué tanto oro tiene el cazonci.» Dijeron ellos: «Nosotros no lo habemos visto, ni sabemos nada desto que preguntáis.» Dijéronles los españoles: «Dicen que tiene mucho oro.» Dijeron ellos: «Quizá sí tiene: nosotros no se lo habemos visto». Dijeron los españoles: «Cómo, ¿no tiene oro? y él os ha dicho que no digáis dello.» Dijeron ellos: «Nunca se lo habemos visto.» Y dejáronles de preguntar Guzmán y los alguaciles y un nauatlato desta lengua corcobado; y hizo llevar los viejos y los sacerdotes antiguos y preguntóles también Guzmán sobre el oro, y dijeron ellos: «¿Qué habemos de hablar nosotros que somos viejos? ¿Cómo habemos de saber nada desto? ¿No somos una cosa por ahí sin provecho?» Y no les preguntaron más y dio sentencia Guzmán contra el cazonci, que fuese arrastrado vivo a la cola de un caballo y que fuese quemado. Y atáronle en un petate o estera e atáronle a la cola de un caballo y que fuese quemado, y iba un español encima, y iba un pregonero diciendo a voces: «Mirá, mirá gente, éste que era bellaco, que nos quería matar: ya le preguntamos y por eso dieron esta sentencia contra él, que sea arrastrado. Miralde y torná ejemplo. Mirá gente baja, que todos sois bellacos.» Y desatáronle del petate o estera, que aún no estaba muerto, y atáronle a un palo y dijéronle: «Di si fueron otros contigo en este maleficio: ¿cuántos érades? ¿has de morir tú solo?» Díjoles el cazonci: «¿Qué os tengo de decir? No sé nada.» Y diéronle garrote y ahogáronle, y ansí murió y pusieron en rededor dél mucha leña y quemáronle. Y sus criados andaban cogiendo por allí las cenizas y hízolas echar Guzmán en el río. Y echó a huir la gente por su muerte de miedo. Todavía algunos criados suyos trujeron de aquellas cenizas y las enterraron en dos partes: en Pátzcuaro y en otra parte, y con las que enterraron en Pátzcuro pusieron una rodela de oro y bezotes y orejeras, según su costumbre, y todas las uñas y cabellos que se había cortado desde chiquito, y cotaras y camisetas que había tenido cuando pequeño porque esta costumbre era entrellos, y en otra parte dicen también que enterraron de aquellas cenizas, y que mataron una mujer no se sabe dónde. Después de la muerte del cazonci, echaron prisiones a la gente porque se huía, y don Pedro faltó poco que no se diese sentencia contra él de muerte. Decía, quel contador Albornoz escribió una carta a Nuño de Guzmán, que le requería que se perdiría Mechuacán si mataba a don Pedro. Y partióse para Xalisco, y con el ejército, y llegó al pueblo de Cuinao, donde decían que tenía el cazonci los ocho mil hombres, y miraron el asiento del pueblo, y dieron una grita los del pueblo, y dijo Guzmán y los españoles: «Cierto es que tenía aquí el cazonci gente de guerra.» Y prendieron los señores; echáronles prisiones y quitaron a toda la gente de los tamemes los arcos que llevaban para la guerra y flechas, y guardábanlos los españoles, y partiéronse de mañana y huyeron todos los de Cuinao. Fuéronse y no hallaron ninguna gente en el pueblo, y decíanles a los señores de Mechuacán Guzmán: «¿Por qué no queréis decir la verdad? Cómo, ¿vosotros no se lo inviastes a decir que se huyesen, y por eso se fueron todos?» Y díjoles: «Busca entre vosotros los más valientes hombres, y id a buscar el señor del pueblo.» Dijéronle los señores: «¿Dónde habemos de ir?; que no sabemos la tierra.» Díjoles Guzmán: «Ir tenéis, ¿cómo, no os conocéis unos a otros?» Y fueron veinte prencipales, y llegaron a un pueblo donde se había huido la gente del pueblo de Cuinao y habíanlos sacrificado allí a todos los de Cuinao, en aquel pueblo donde huyeron, y volviéronse los prencipales y hiciéronlo saber a Guzmán y partióse para allá con su ejército y vieron allí los cuerpos de los sacrificados, y destruyó aquel pueblo y allí creyó quel cazonci no había puesto gente de guerra, ni hallaron los hoyos que le habían dicho. Fue más adelante con su ejército a otro pueblo llamado Acuyzeo y ansí iban conquistando. Y como halló adelante un nauatlato de la lengua de Mechuacán, recelóse y pensó que había gente de Michuacán allí de guerra. Y venía don Pedro atrás preso, y hizo que le llevasen donde él estaba preso, y no halló nadie llegando al pueblo.
Y llevóle hasta Xalisco, conquistando, donde le tuvo allá y a don Alonso y a otros prencipales, hasta que fueron allá unos religiosos de San Francisco a ver aquella tierra de Xalisco, fray Jacobo de Testera y fray Francisco de Bolonia, y ellos le rogaron a Guzmán que dejase venir aquellos señores a Mechuacán, y así volvieron donde están agora, y don Pedro por gobernador de la cibdad.