Relación de Michoacán
SEGUNDA PARTE XXV. Cómo Taríacuri dio a su sobrinos y hijo una parte de su dios Curicaueri, y cómo los quiso flechar, por unos cúes que hicieron, y de la costumbre que tenían los señores entre sí, antes que muriesen. |
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Después que estuvieron allí algunos días, desta manera pasaron la laguna, y llevaron un presente a su tío, y él como los vio, rescebiolos muy bien y díjoles Taríacuri: «Vení acá, hijos, ¿qué lugar es donde traéis leña para los fuegos de los dioses?» Respondieron ellos: «Padre, no hacemos sino traer leña y ponella por allí.» Díjoles Taríacuri: «Yo os quiero dar una parte de Curicaueri, ques una navaja de las que tiene consigo, y ésta pondréis en mantas, y la llevaréis allá, y, a ésta traeréis vuestra leña, y hareisle un rancho y un altar donde pondréis esta navaja.» Y partiéronse con su navaja y pasaron la laguna y empezaron a hacer un cu, y, una casa de los papas, y la casa llamada del águila, y una trox a la navaja que les dio Taríacuri. Y después que fue todo acabado, dijeron los dos hermanos: «¿Qué haremos, que ya está todo acabado? Vámosselo a decir a nuestro tío.» Dijeron pues: «¿Quién irá? Vaya Hiquíngare.» Dijo Hiquíngare: «¿Yo para qué tengo que ir? ¿Suélome yo por ventura llegar a él, ni tengo conversación con él? Id vosotros, vaya Tangáxoan.» Y no osando ir Tangáxoan, dijo que fuese Hirípan. Y después determinaron de ir todos juntos y que oyesen todos lo que les diría. Y pasaron la laguna, y llegaron donde estaba Taríacuri y díjoles: «Seáis bien venidos, hijos. Paresce que venís tristes: decidlo presto lo que queréis si os ha acontecido algo.» Hirípan contole, cómo habían hecho el cu y la casa de los papas, y la casa del águila, que era la casa donde hacían la salva a los dioses, y la trox donde se habían de guardar sus atavíos, y estaban todos tres juntos, cuando se lo contaba, y oyéndolo Taríacuri, se enojó mucho, y empenzó a deshonrarlos y díjoles: «Bellacos, ¿qué soberbia os tomó? Mochachos, mocosos, ¿quién os dijo id haced cúes? Ya los habéis hecho? ¿Qué habéis de sacrificar en ellos? ¿Han de ser algunas mantillas que habéis de poner en la puerta? ¿Es por ventura nuestro dios Curicaueri, como los otros dioses comunes y como los dioses primogénitos, que te habéis de echar vino en una taza y ponérsela a la puerta, o algunos tamales que le habéis de poner en ofrenda a la puerta, o pan de bledos? ¿Qué soberbia os tomó? ¿Qué habéis de hacer de los cúes que habéis hecho? Que los han visto ya los dioses desde el cielo, y los dioses de las cuatro partes del mundo, y el dios del infierno y la madre Cuerauáperi.» Y tomando su arco y flechas que tenía a la entrada de su aposento, dijo: «Estos bellacos; yo estoy para flecharos a todos.» Y puso una flecha en el arco, y como ellos lo viesen, lavantáronse todos de presto, y saliéronse de casa, y soltó la flecha tras ellos y dio un golpe en la pared y resurtió, y Hiquíngare volvió la cabeza atrás a ver si le había herido, y fuéronse a sus casas, y iban tristes, y no hablaban ninguno dellos. Y iba delante dellos Hirípan, y llegando a su casa, pusiéronse todos mustios, las cabezas bajas, y después fueronse por leña para los cúes. Era ya media noche y estaba Taríacuri en la casa de los papas a un rincón arrimado, en su vela, y llamó sus viejos y dijo: «Chupítani, Tecaqua, Nuriuan, vení acá, decí, ¿qué haremos por lo que han hecho mis hijos?» Dijeron los viejos: «Mándalo tú, que eres señor.» Dijo Taríacuri: «¿Qué tengo de decir?, ¿que mis hijos no tienen culpa?, ¿que no lo hicieron de su autoridad, sino que yo les di aquella piedra? Pues ve,Chupítani al señor de la isla de Pacandan, llamado Uarápeme: dile que ya somos viejos y cansados, y que queremos ya ir al dios del infierno; pues que dónde tomaremos a la partida gente que llevemos con nosotros para nuestro estrado, y dirasle que te señale dónde ha de ser la pelea, en una sementera de maíz verde, a la ribera, y que si yo matare allí a los suyos, que aquellos que murieren será mi cama y estrado para mi muerte, y que si él matare de los míos, que también será estrado para su muerte. Que dónde los habemos de llevar a la partida.» Acostumbran los señores e señoras cuando moría de matar mucha gente consigo, que decían que los llevaban para el camino, y que aquellos eran su estrado y cama y encima dellos los enterraban. Mataban algunos hombres, y echábanlos en la sepultura y, encima de aquéllos ponían al señor inuerto, y, sobre él, ponían más muertos, así que no llegaba la tierra a él. Aquellos muertos decían que era estrado de aquel señor que moría. Por eso Taríacuri envió al señor de Pacandan que era viejo, que tuviesen pelea los suyos unos con otros, por tener estrado de sus gentes, cuando los enterrasen, y hacíanlo también porque le diese el señor algunos de los suyos para sacrificar en aquellos cúes, que habían hecho sus sobrinos, como se los dio de miedo, o por aquella costumbre que tenían entre sí los señores. Y envió de los suyos, por traición, para que los cativasen la gente de Taríacuri, para el sacrificio y dióselos para que no le matase toda su gente. Pues partió Chupítani, y tomó puerto a la media noche, y cuando llegó, ya dormían todos, y el señor de la isla estaba en la casa de los papas, a un rincón, en su vela. Y llegóse Chupítani y empezó de atentar y dijo: «Señor, despierta un poco, que vengo a ti.» Dijole Uarápeme: «¿Eres Chupítani?» Respondiole e dijo: «Sí, señor.» Díjole Uarápeme: «¿A qué vienes?» Y contóle lo que decía Taríacuri y oyéndolo enpenzó a llorar y dijo: «Muy mal lo hace Taríacuri, que no mira la miseria que tenemos, que quiere que nosotros seamos principales de los que se han de sacrificar en el cu nuevo de Michuacán, que aún no ha conquistado ningún pueblo, y yo con los míos empienzo primero a estrenar los cúes, y tenemos de ser sacrificados en el cu de Querétaro. Pues sea así: ¿qué tengo de hacer? Ya se lo ha hecho saber Taríacuri a los dioses del cielo, del sacrificio que quiere hacer de los míos. Dile a Taríacuri que tengo una sementera de maíz de regadío, a la ribera de la laguna; que enviaré cien hombres, que como los pasare la laguna un prencipal, que enviaré con ellos uno llamado Zipin-canaqua que él y los remeros cuando se volvieren alzarán el agua con los remos hacia arriba, que aquel alzamiento tenga por señal que está la gente a la riba, regando la sementera, y que así cativará de los míos.» Y volviose con la respuesta Chupítani, y hízolo saber a Taríacuri y arrepentiéndose el señor de la isla de lo que había dicho, dijo: «Yo desatiné en lo que dije.» Entonces envió aquel dicho prencipal llamado Zipin-canaqua, y díjole: «Ven a Hirípan y Tangáxoan, que dicen que están en Quereta-ychahrsicuyo, y dirasles que no sean más de sesenta.» Y partiose Zipin-canaqua con otros y llegó donde estaban Hirípan y Tangáxoan y entrando en su aposento, dijeron ellos: «¿Quién anda ahí?» Que era de noche. Y respondió Zipin-canaqua: «Señor, nosotros somos.» Dijéronle Hirípan y Tangáxoan. «¿Qués lo que queréis?» Respondieron ellos: «Señores, envíanos Uarápeme, señor de Pacandan y díjonos: «Id a Hirípan y Tangáxoan, que dicen que están aquí cerca. Qué desatino, que señaló ciento; que no sean tontas, mas sesenta.» Respondieron ellos: «No sabemos lo que os decís. No os entendemos. ¿Qué cosa es ciento?» Dijo Zipin-canaqua: «Señores, no lo sé: desta manera me lo dijeron.» Dijeron ellos: «¿Y lo que decís de sesenta?, no sabemos nada. Ve a nuestro tío, que quizá él lo sabrá.» Dijo Zipin-canaqua: «Señores, no tengo de ir, allá no me dijeron que fuese a vuestro tío; id vosotros a decídselo.» Dijeron ellos: «Vete de ahí.» Dijo Zipin-canaqua: «Señores, si vosotros no se lo fuéredes a decir, basta que yo os lo digo a vosotros.» Y fuese con su remo al hombro a su casa, y dijo Hirípan a Tangáxoan: «Hermano, mira que se va aquél; ¿qué haremos? Ve, pase la laguna Hiquíngare y váyaselo a hacer saber a nuestro tío. Ya entendiste lo que dijo aquél.» Y dijo Hiquíngare: «Yo no tengo de ir; vaya Tangáxoan.» Y Tangáxoan no quiso ir. Dijo que fuese Hirípan y determinaron de ir todos tres. Y pasaron la laguna y llegaron donde estaba Taríacuri y a la sazón que llegaban, estaba Chupítani contando la respuesta de Uarápeme, señor de la isla de Pacandan. Y ellos empezaron a contárselo lo que había venido a decir Zipin-canaqua. Díjole Taríacuri: «¿Pues qué les dejistes?» Respondieron ellos: «No le dijimos nada, enviábamos él para que te lo hiciésemos saber, y no queríamos venir.» Dijoles Taríacuri: «¿Pues qué le dejistes?» Respondieron ellos: «No le dijimos nada.» Dijo él: «Discretos sois: vení acá, y mandaros he lo que habéis de hacer. Estas palabras que oistes, mías son. El señor de Pacandan señaló cien hombres, y paresce que torna ahora a decir, que sean sesenta. ¿Cómo lo habiades de entender? Id a Araueni, donde señalan que han de venir a regar una sementera. Y tu Hirípan óyeme. Tú que eres el mayor, irás por la ribera de la laguna a un lugar llamado Patuquen, y por otro lugar llamado Hiuatzi-harata, y tomaras otro lugar llamado Syuango, y allí pondrás tu celada. Y tú Tangáxoan, que eres el menor, irás por el camino derecho, y irás por Hiuatzi-xanchacuyo, y darás sobre ellos y mirareis a la laguna aquel principal llamado Zipiri-canaqua que estará en la laguna en una canoa, y alzará el agua con los remos, que será señal cómo está gente a la ribera, y así los cativaréis.» Respondieron ellos: «Así será como nos dices, señor.» Y pasaron la laguna y luego de mañana hicieron flechas y en anocheciendo, partiéronse a la guerra y fueron por donde les dijo Taríacuri. Que era todo muy fragoso que estaba cerrado el camino con zarzas y pusiéronse en sus celadas, y amanesció y venieron los de la isla a regar su sementera, y habían ya pasado todos, que estaban en la ribera sesenta hombres, y tornose con las canoas Zipin-canaqua y estando en medio de la laguna, alzó el agua hacia arriba, como estaba concertado. Entonces levantáronse todos a una, y dieron todos grita, y como no tenían donde ir los de la isla, cativaronlos a todos, y lleváronlos al cu nuevo de Querétaro. Y iban todos haciendo gran ruido y cantando, y trujeron cuarenta a Pátzquaro para sacrificar en los cúes, y sacrificaron veinte en el nuevo, para la dedicación de aquel cu, y así pasó aquella fiesta de la dedicación de aquel cu. Y empezaron otra vez a traer leña para los cúes, y tornaron a cativar más de la dicha isla, y hicieron otra entrada en un pueblo de Curínguaro llamado Itziparámucu, y cativaron cien hombres.