Relación de Michoacán
TERCERA PARTE XIX. De los agüeros que tuvo esta gente y sueños, antes que viniesen los españoles a esta provincia. |
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Dice esta gente que antes que viniesen los españoles a la tierra, cuatro años continuos, se les hendían sus cúes, desde lo alto hasta bajo, y que los tornaban a cerrar, y luego se tornaban a hender y caían piedras como estaban hechos de laxas sus cúes, y no sabían la causa de esto, mas de que lo tenían por agüero. Ansí mismo dicen que vieron dos grandes cometas en el cielo, y pensaban que sus dioses habían de conquistar o destruir algún pueblo, y que ellos habían de ir a destruille, y miraba esta gente mucho en sueños. Decían que sus dioses les aparescian en sueños, y hacían todo lo que soñaban, y hacíanlo saber al sacerdote mayor, y aquél se lo hacía saber al cazonci. Decía, que a los pobres que habían traído leña y se habían sacrificado las orejas, les aparescían en sueños sus dioses, y les decían qué habían dicho, que les darían de comer, y que se casasen con tal o tal persona y si era alguna cosa de agüero, no la osaban decir al cazonci. Díjome un sacerdote, que había soñado, antes que viniesen los españoles, que venían una gente y que traían bestias, que eran los caballos que él no conocía, y que entraban en las casas de los papas, y que dormían allí con sus caballos, y que traían muchas gallinas que se ensuciaban en sus cúes, y que soñó esto dos o tres veces, con mucho miedo, que no sabía qué era, hasta que vinieron a esta provincia los españoles y llegando a la cibdad posaron en las casas de los papas con sus caballos, donde ellos hacían su oración y tenían su vela, y antes que viniesen los españoles, tuvieron todos ellos viruelas y sarampión, de que murió infinidad de gente y muchos señores, y cámaras de sangre de las viruelas y sarampión. Toclos los españoles lo dicen a una voz, los de aquel tiempo, y fue general esta enfermedad en toda la Nueva España, por eso les es de dar crédito desto que dicen del sarampión y viruela. Dicen que nunca habían tenido estas enfermedades y que los españoles las trujeron a la tierra. Ansí mismo el sacerdote susodicho me dijo, que habían venido al padre del cazonci muerto, los sacerdotes de la madre Cuerauáperi questaba en un pueblo llamado Zinapéquaro, y que le habían contado este sueño o revelación siguiente, del destruimiento y caída de sus dioses, que aconteció en Ucareo. El señor de aquel pueblo de Ucareo llamado Uiquixo tenía una manceba entre las otras mujeres que tenía, y vino la diosa Cuerauáperi, madre de todos los dioses terrestres, y que tomó aquella mujer de su misma casa. Decía esta gente, que todos sus dioses entraban muchas veces en sus casas, y tomaban la gente para sus sacrificios. Pues llevó esta diosa a aquella mujer, un rato hacia el camino de México allí en el dicho pueblo, y tornóla a traer hacia el camino de Araró. Entonces púsola allí y desatóse una xicala como escudilla, que tenía atada en sus naguas, y tomo agua, y lavó aquella xical, y echó un poco de agua en ella y echó dentro de la xical una como simiente blanca e hizo un brebaje, y dióselo a beber a aquella dicha mujer, y mudóle el sentido y díjole: «Vete, que yo no te tengo de llevar; allí está quien te ha de llevar; aquél que está allí compuesto; yo no te tengo de hacer mal ni sacrificar, ni tampoco aquél que te lleva te ha de hacer mal, y oirás muy bien lo que se dijere donde te llevare, que ha de haber allí concilio, y haráslo saber al rey que nos tiene a todos en cargo, Zuangua. Y fuese por el camino aquella mujer, y luego se encontró en el camino con una águila que era blanca, y tenía una berruga grande en la frente, y empezó el águila a silbar, y a enherizar las plumas, y con unos ojos grandes que decían ser el dios Curicaueri, y saludóla el águila, y díjole que fuese bien venida, y ella también le saludó, y díjole: «Señor, estés en buen hora.» Díjole el águila: «Sube aquí, encima de mis alas, y no tengas miedo de caer.» Y como subiese la mujer, levantóse el águila con ella, y empieza a silbar, y llevóla a un monte, donde está una fuente caliente, que hay en ella piedra zufre, y, llevóla por aquel monte volando con ella, y era ya quebrada el alba, cuando la llevó al pie de un monte muy alto, que está allí cerca, llamado Xanoato-hucatzio, y levantóla en alto, y vio aquella mujer que estaban asentados todos los dioses de las provincia, todos entiznados: unos tenían guirnaldas de hilos de colores en la cabeza: otros estaban tocados; otros tenían guirnaldas de trébol; otros tenían unas entradas en las molleras y otros de muchas maneras, y tenían consigo muchas maneras de vino tinto e blanco de maguey y de ciruelas y de miel, y llevaban todos sus presentes y muchas maneras de frutas a otro dios, llamado Curita-caheri, que era mensajero de los dioses y llamábanle todos agüelo, y parescíale aquella mujer que estaban todos en una casa muy grande, y díjole aquel águila: «Asiéntate aquí, y de aquí oirás lo que se dijere.» Y era salido el sol, y aquel dios Curita-caheri se lavaba la cabeza con jabón y no tenía el tranzado que solía tener. Tenla una guirnalda de colores en la cabeza y unas orejeras de palo en las orejas, y una tinazuelas pequeñas al cuello y una manta delgada cubierta, y vino su hermano llamado Tirípemequarencha con él: estaban todos muy hermosos y saludáronle todos los otros dioses y decianles: «Señores, seáis bien venidos» y respondía Curita-caheri: «Pues habéis venido todos: mirá no se haya quedado alguno por olvido que no hayáis llamado» y respondían: «Señor, todos habemos venido.» Tornaba también a preguntar: «¿Han venido también los dioses de la mano izquierda?» Decíanle: «Todos han venido, señor.» Tornó a decir: «Mirá no se os haya olvidado de llamar alguno.» Respondieron ellos: «Todos hemos venido, señor.» Dijo: «Pues dígalo mi hermano lo que se ha de decir y yo me quiero entrar en casa.» Y dijoles Tirípemequarencha: «Acercaos acá, dioses de la mano izquierda y de la mano derecha; el pobre de mi hermano dice lo que yo diré. El fue a Oriente do está la madre Cuerauáperi y estuvo algunos días con la diosa Cuerauáperi y estaba allá Curicaueri nuestro nieto y Xarátanga y Hurendequauécara y Querenda-angápeti: todos estaban allá los dioses, y probaron de contradecir los pobres a la madre Cuerauáperi, y no fueron creídos los que querían hablar, y fueron rechazadas sus palabras, y no les quisieron recibir lo que querían decir: «Ya son criados otros hombres nuevamente y otra vez de nuevo han de venir a las tierras»; esto es lo quellos querían contradecir que no se hiciese, y no fueron oídos, y dijéronles: «Dioses primogénitos, esforzaos para sufrir, y vosotros, dioses de la mano izquierda: sea ansí como está determinado de los dioses, ¿como podemos contradecir esto questá ansí determinado? no sabemos ques esto: a la verdad no fue esta determinación al principio, questaba ordenado que no anduviésemos dos dioses juntos antes que viniese la luz, porque no nos matásemos, y perdiésemos la deidad, y estaba ordenado entonces, que de una vez sosegase la tierra que no se volviese dos veces, y que para siempre se habían de estar ansí, que no se había de mudar. Esto teníamos concertado todos los dioses antes que viniese la luz, y agora no sabemos que qué palabras son éstas: los dioses probaron de contradecir esta mutación, y en ninguna manera los consintieron hablar: «Sea ansí, como quieren los dioses, vosotros los dioses primogénitos y de la mano izquierda, íos todos a vuestras casas, no traigáis con vosotros ese vino que traís, quebrá todos esos cántaros, que ya no será de aquí adelante como hasta aquí, cuando estábamos muy prósperos: quebrá por todas partes las tinajas de vino: dejá los sacrificios de hombres, y no traigáis más con vosotros ofrendas, que de aquí adelante no ha de ser ansí: no han de sonar más atabales: rajaldos todos, no han de parescer más cúes, ni fogones, ni se levantarán más humos. Todo ha de quedar desierto, porque ya vienen otros hombres a la tierra; que de todo en todo han de ir por todos los fines de la tierra, a la mano derecha y a la mano izquierda, y de todo en todo, irán hasta la ribera del mar y pasarán adelante, y el cantar será todo uno, y que no habrá muchos cantares como teníamos: mas uno solo por todos los términos de la tierra. Y tú, mujer, que estás aquí, que nos oyes, publica esto, y háganselo saber al rey, que nos tiene a todos en cargo, Zuangua.» Respondieron todos los dioses del concilio, y dijeron que ansí sería, y empezaron a limpiarse las lágrimas, y deshízose el concilio: y no paresció más aquella visión. Y hallóse aquella mujer puesta al pie de una encina, y no vio en aquel lugar ninguna cosa cuando tornó en sí mas de un peñasco que estaba allí, y vínose a su casa por el monte y llegó a la media noche y venía cantando, y oyóla venir un sacristán de la diosa Cuerauáperi, que abrió la puerta, y despertó los sacerdotes y decíales: «Señores, levantaos, que viene la diosa Cuerauáperi, que ya ha abierto la puerta.» Decía esta gente,que cuando aquella diosa Cuerauáperi tomaba alguna persona, que entraba en ella y que comía sangre; por eso dice este sacristán, o guarda, que había venido la diosa Cuerauáperi, y estaban todos desnudos los sacerdotes, y asentados con sus guirnaldas de trébol en las cabezas y todos entiznados, y entróse aquella mujer de largo en la casa de los papas, y dio cuatro vueltas y levantóse y paso el fuego y tendióse de la otra parte del fuego, y los sacerdotes empezaron a sacrificarse de las orejas y decía la mujer: «Padres, padres, hambre tengo», y empezaron a dalle sangre, y tenía la boca abierta y tragaba aquella sangre que le daban que sentían ellos que la pasaba por la garganta, y tenía todos los bezos ensangrentados de la sangre que le daban. Y empezaron a tañer sus trompetas y atabales y echaron encienso en los braseros, y trujéronla en una procesión cuatro vueltas cantando con ella y bañáronla y ataviáronla. Pusiéronle unas naguas muy buenas y otra camiseta encima, y pusiéronle una guirnalda de trébol en la cabeza, y pusiéronle un pájaro contrahecho en la cabeza y unos cascables en las piernas, y trujeron mucho vino, y empezáronle a dar de beber, y fueronselo a decir a su marido, que era el señor de Ucareo, questaba haciendo la cirimonia de la guerra, echando encienso en los braseros, y díjoles. «¿Pues qué hay, viejos?» dijéronle ellos: «La señora es venida». Dijo él: «Ay, ay, ¿a que hora vino?» Dijéronle ellos: «Señor, ahora poco ha vino.» Dijo él: «Bien está, hacéselo saber al sacerdote de Araró, llamado Uaricha y al de Tzinapéquaro: id y calentá los baños.» Y era de noche, y fuese a su casa, y bañóse en un baño caliente, y salió luego por la mañana y vinieron los sacerdotes que fueron a llamar y díjoles: «Agüelo, dicen que es venida la señora, ya la tornamos a ver a la diosa Cuerauáperi; vámosla a saludar.» Y vistióse, que se había bañado, y fueron los sacerdotes a llevalle ofrenda y mantas y vino y encienso, y ofreciéronselo todo a aquella mujer y desnudáronla y vistiéronle otros vestidos nuevos, y saludáronla diciendo: «Señora, seas bien venida», y ella les tornaba a saludar y preguntáconle: «Señora, ¿cómo te halló la diosa?» Dijo la señora: «En casa estaba y allí me vio.» Dijéronle: «¿Qué te dijo? cuéntalo aquí, ¿qué habemos de decir al rey?» Respondió ella: «¿Qué me había de decir, agüelos? Como me vio allí, no me hizo mal, mas un águila me llevó y oí en lo alto del monte donde había un concilio de los dioses, dicen que otra vez han de venir hombres de nuevo a la tierra.» Y contóles todo lo que había oído en el monte llamado Xanoato-hucatzio, y apartáronse todos los sacerdotes en el patio y abajaron las cabezas en corrillos y dijo el señor de Ucareo: «Agüelos, ¿cómo esta mujer no lo dice de mala ques?, dice que han de venir otra vez hombres a la tierra: ¿dónde han de ir, los señores questan? ¿quiénes nos han de conquistar? ¿han de venir los mexicanos o los otomíes a conquistarnos, o los chichimecas? Dice que todo el reino ha de estar solo y desierto; idlo a decir al rey; no pienso que le placerá dello ¿cómo no os descuartizará vivos? ¿cómo no os sacrificará? Aparejaos a sufrir; yo no quiero ir por agora a la guerra mas estarme aquí, porque no me maten en la guerra. Mátenme aquí los que vinieren, sacrifiquenme aquí y cómame la diosa Cuerauáperi. Id por que reñirá el rey.» Y partiéronse aquellos sacerdotes, y vinieron en tres días a la cibdad de Mechuacán, y el cazonci llamado Zuangua, estaba a la sazón cerca de su casa, en un lugar llamado Aratáquaro, y estaba borracho, y saludó a los sacerdotes y díjoles: «Madres, seáis bien venidas»: porque desta manera decían a los sacerdotes de la madre Cuerauáperi, y ellos ansí mismo le saludaron. Díjoles: «¿Pues qué hay, viejos? ¿cómo venístes?», y contáronle todo lo que habían visto y oído a aquella susodicha mujer, y respondió Zuangua, y díjoles: «Por qué dijo eso el pobre de Uiquixo. ¿Es él rey? ¿por qué se turba? Cómo, ¿no es de baja suerte, y huérfano? ¿por qué os había de descuartizar, viejos? ¿Dónde vino? ¿es el rey?; cómo, ¿no es esclavo de los cativos?; y vosotros, ¿quién sois? Que de nosotros es la pérdida del señorío, que somos señores, y no de nosotros solos, mas empero de todas las provincias; yo no lo oiré, que primero moriré y no será luego, porque aun estaré algunos días y seré rey. Aquí están mis hijos, que les partiré el señorio y serán señores. Ahí está mi hijo Tzintzicha, que es el mayor y Tirimarasco, Cuini, Sirangua, Chacinisti, Timas, Taquiani, Patamu, Chuycico: todos estos hijos tengo, y no sé quién será el que señalare por rey, nuestro dios Curicaueri. Aquél oirá todo esto, y el pobre no será mucho tiempo senor, porque será maltratado, pobre de la gente baja: cuatro años será maltratado, después de los cuales sosegará el señorío, y yo no lo oiré, que primero moriré. ¿Esto es a lo que venís, viejos? Quiero os dar a beber y buscaros algunas mantas. Y sacáronles naguas de mujer, y otros atavíos y guirnaldas de oro para la diosa y plumajes, y diéronselo y díjoles: «Yo os quiero también contar a vosotros otra cosa, viejos; estas mismas palabras que vosotros habéis traído, trujeron de Tierra Caliente, y dicen que andaba un pescador en su balsa pescando por el río con anzuelo, y pico un bagre muy grande, y no le podía sacar, y vino un caimán, no sé de donde, de los aquel río, y trajo aquel pescador, y arrebatóle de la balsa en que andaba y sumióse en el agua, muy honda, y abrazóse con el caimán, y llevóle a su casa aquel dios-caimán, que era muy buen lugar, y saludó aquel pescador y díjole aquel caimán: «Verás que yo soy dios: ve a la cibdad de Mechuacán, y di al rey que nos tiene a todos en cargo, que se llama Zuangua, que ya se ha dado sentencia, que ya son hombres, y ya son engendrados los que han de morir en la tierra por todos los términos: esto le dirás al rey. Esto es, agüelos, lo que acontenció allá en Tierra Caliente, que me hicieron saber, y todo es uno lo de Tierra Caliente y lo que vosotros traéis.» Y despidiéronse los sacerdotes y tornáronse al señor de Ucareo, y contáronselo lo que decía Zuangua padre del cazonci muerto.