Aproximación al Horizonte Mítico de los Tobas

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plusAproximación al Horizonte Mítico de los Tobas. Edgardo J. Cordeu (1969)

I. Introducción

II. Hierofanías y figuraciones vinculadas al espacio.

III. Hierofanías y figuraciones vinculadas al tiempo.

IV. Reinterpretaciones sincréticas

V. Síntesis y conclusiones

Nómina de informantes

Denominación de la fauna chaquense mencionada en el texto

Bibliografía

III. Hierofanías y figuraciones vinculadas al tiempo.

Cataclismos Cosmogónicos

Significado y síncresis en los mitos apocalípticos

El esquema de las narraciones apocalípticas es bastante semejante, en especial, el de los tres primeros tipos que tratáramos. Vale decir, la condición pecaminosa en que ha caído una determinada creación o generación de la humanidad, es expresada en el mito en el desconocimiento de la figura, presencia o palabra de una deidad; la misma se presenta siempre bajo una apariencia muy humilde o insignificante; son equivalentes en los distintos relatos del ciclo, el perro sarnoso, la garza y el anciano andrajoso y enfermo como sus figuraciones principales. Solamente un hombre y su familia, o en otro relato el mismo Metzgoshé 190, el Antecesor en las reelaboraciones sincréticas, la acogen bondadosamente; únicamente ellos son a quienes la deidad anuncia la próxima destrucción y les confía los medios para salvarse. Una vez transcurrida la catástrofe, un pequeño pajarito, o más correctamente su Madre, escarba de la tierra aún desnuda la simiente de la primera vegetación y la siembra; y, poco a poco, el mundo vuelve a reingresar en sus condiciones de siempre.

Pertenece asimismo al esquema de los relatos del género, el episodio de la prescripción de un período de permanencia en el sitio o vehículo de salvación una vez finalizada la acción apocalíptica, con la consiguiente transformación en animales de aquellos que la violen 191. Algunos de sus detalles, tal vez, nos permitan aclarar algo más el sentido de ese lapso de prohibición que, como tiempo en el cual vuelve a constituirse nuevamente el universo, pudiera entroncar en esencia con el de la sequedad inicial de los mitos cosmogónicos. Efectivamente, durante su transcurso, tanto las garantías de la individuación como las de la arquitectura cósmica, sino totalmente suspendidas parecen subsistir precariamente al menos; los seres humanos pueden transmutarse en otras especies, y, correlativamente, las capas del mundo se confunden en el seno de la hecatombe. En esta perspectiva nos parecen equivalentes dos episodios distintos de las versiones de Yorqui y Gómez de las catástrofes ígnea y diluvial: la transformación en animal, en una, correspondería con la inmersión en el piso subterráneo, en la otra. Ahora bien, si tenemos en cuenta las homologías entre la constitución estratificada del universo, la noción cultural de la condición humana y las clasificaciones del orbe animal, en que la identidad de las respectivas especies se liga en cada caso con una determinada región del espacio, no podemos dejar de lado el posible enlace, en la trama del mito, entre la abolición temporaria de la diferenciación de los planos cósmicos, por una parte, y la pérdida de la especificidad humana de los que abandonan antes de tiempo el reducto de salvación señalado por la deidad. Este se erige así en un verdadero microcosmos donde, al preservarse lo humano en su identidad esencial, se asegura la prosecución de su existencia histórica, una vez purificada y devuelta a sus cauces normativos luego de cada destrucción del mundo.

Es de destacar por otra parte la transformación, obligada forzosamente por el tranvase hacia otro tipo de horizonte mítico, de la actitud de la visión cazadora ante los animales. Se inserta en los mitos la noción de algunos Padres de las especies, pero, el origen de los animales, a excepción del curioso caso de los domésticos donde se mantiene (Relato N° 64), escapa a los lineamientos de la cosmovisión más antigua. En los mitos presuntivamente más filiados con la misma, hombres y animales descienden desde el cielo; su origen común es ratificado por relaciones solidarias durante el tiempo mítico, apuntaladas por la indistinción de figura que caracteriza todas las especies; asimismo, el drama de la diferenciación los alcanza a todos como copartícipes por igual. En cambio, en la cosmovisión más reciente, si bien persiste aún el recuerdo de la homogeneidad primordial de lo viviente, anterior a la mutación cósmica, el universo animal luego de acaecida, es homologado a los términos de un sector frustrado o relegado de la realidad; no sabemos si el nexo entre la desobediencia y el castigo es en verdad tan directo como lo sugiere el mito, o, en otro sentido, dicha valoración de los animales viene a testimoniar también, en un nivel mucho más inmediato a la existencia, la fuerte temibilidad que siempre acompaña la idea de la deidad del cielo. En todas formas, llama la atención que aparentemente estos mitos no tengan correlatos en el plano de los ritos y costumbres de caza; ello pudiera explicarse, tal vez, atendiendo a su origen exógeno, que al no desplazar totalmente las pautas más antiguas de relación con los animales, ha permitido que siguieran enmarcadas en la tradición anterior, y más integrada, del Señor de los Animales.

En tal forma, entre los hombres y los demás seres se va delineando una doble dicotomía bastante profunda: la que subraya el mito y la que con ella pueda producir la perduración de concepciones más antiguas. La ruptura parcial de las estructuras cognitivas y valorativas del cuño cultural fundamental, implicada por la primera, posiblemente tenga algo que ver con la incerteza de sus patrones de relación, con la actitud ambigua de los indígenas ante la realidad. En otras épocas, la debilitación de la visión cazadora, paradójicamente puede que facilitara la asimilación del complejo ecuestre, y, consiguientemente, la organización de un aparato económico-social más rígido y con fuerte orientación militar. Hoy en día, la complejidad revelada por el horizonte mítico en virtud de sus múltiples fuentes de integración, nos permite mayor conciencia acerca de que la penetración occidental transita por sobre una rica historia cultural, a la cual se superpone indudablemente como el factor más emocionante, pero no el único de los que han modelado el carácter actual de los Tobas y su cultura.

Por otro lado, precisando algo más la estructura fenomenológica de esas entidades mítico-religiosas, no podemos dejar de traer a colación los rasgos marcadamente "dema" 192 de los personajes y temporalidad propios de los mitos apocalípticos. Las narraciones, en efecto, aluden en todos los casos a un período primigenio durante el cual el mundo plasmó su fisionomía del presente; no importa, a nuestro entender, su recurrencia cíclica, ya que no varía la trama esencial del desarrollo sucesivamente desplegado en cada caso. La mayor parte de los personajes, incluyendo en cierta medida a la deidad del cielo, dada su relativa ociosidad fuera de las épocas de trastorno cósmico, no son divinidades omnipresentes -como las animalísticas- sino que su actuación se limita exclusivamente a ese período; en forma más estricta, y más de acuerdo aún con su carácter de demas, a los lapsos finales del mismo. En función de aquellos actos es explicada la constitución de determinados fenómenos y relaciones fundamentales, como la diferenciación de hombres y animales o la aparición de la vegetación cuyo autor, Boleh o Pocoleh, es también el portador de normas culturales y bienes técnicos. Debemos recalcar asimismo, que la indistinción de figura de los personajes del tiempo mítico anterior a la catástrofe o, lo cual es equivalente, la acentuación del episodio de la emergencia de las distintas especies y, sobre todo, la inclusión de sus motivos bajo el concepto de una ruptura dramática del orden más antiguo, constituyen notas esenciales de la noción de Dema.

En resumen, creemos posible desechar definitivamente la sospecha que la narrativa apocalíptica actual, sobre la que más tarde volveremos, resultara solamente de recientes influencias cristianas. Recordemos por un lado que el ciclo cosmogónico de las culturas andinas, cuya preservación parcial en la mitología toba creemos haber demostrado, no es sino un ejemplo de un tipo de intuición del mundo común a todas las civilizaciones protohistóricas, y entre ellas también a los judíos bíblicos. Por el otro, limitándonos a algunas particularidades de la temática toba, los mitos testimonian divergencias profundas con las versiones bíblicas homologas. En el caso del relato diluvial, por ejemplo, los personajes salvados de la destrucción se refugian en la pequeña canoa sin llevar animales; las aguas crecen hasta la bóveda celeste, y luego de chocarla, la canoa penetra en la misma; el crecimiento posterior de la vegetación no es espontáneo, sino que se produce por medio de un Tesmóforo, que además es trasmisor de bienes culturales y mensajero divino; y, los animales adquieren su identidad definitiva recién después de la catástrofe, en castigo de una transgresión en la que se fundamenta además su condición de seres diferentes al hombre.

Es de acotar, por último, que la recurrencia periódica, inherente a su noción del hecho apocalíptico, es uno de los rasgos más característicos de la espiritualidad indígena actual. Disoluciones y reintegraciones del universo han acaecido desde siempre y seguirán ocurriendo en el futuro, posiblemente sin término. A diferencia de las cosmogonías de las altas culturas, ni siquiera asignan especial valor al incidente o al agente que en cada caso las provoca; han sucedido por medio de fuego, agua, hambre y obscuridad, terremotos e inversiones del plano terrestre, y también por causas que no nos relataron en Miraflores 193, en número y orden que no se determinan demasiado. Más adelante, han de volver a asolar a la humanidad, sea por los mismos medios o sino por uno nuevo como es la guerra. Sólo la condición culposa que caen de tanto en tanto los hombres o, mejor dicho, la autoconciencia de la frustración cultural, es lo que asegura inexorablemente la destrucción; esto, al entender de los indios, parece ser el caso en las condiciones de la actualidad.

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Notas:

190 Ver Relato N° 76. El mismo incluye el tema de la inmersión en el piso subterráneo al que se alude más abajo.

191 En las versiones andinas, es mucho más común el tema de la conversión en piedras que en animales, como castigo de la desobediencia a la deidad.

192 Ver nota 159.

193 Así, el cataclismo diluvial, según los relatos de Métraux (1946b: 29-30), fue acarreado por la violación de la prohibición de contacto con el agua de las mujeres menstruantes. Tampoco hemos recogido en Miraflores los temas apocalípticos descritos por Métraux bajo los nombres de El Gran Frío y La Mujer Estrella. Palavecino (1964: 292), sin indicar procedencia, publica un mito muy sintético sobre el derrumbamiento de la bóveda celeste, del que no disponemos versión.