Arqueología Cronológica de Venezuela
Introducción
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| Introducción |
| Estilos y Complejos |
Nuestra unidad clasificatoria básica es el estilo, palabra con la que designamos un conjunto de caracteres cerámicos aislados en un yacimiento típico o cabecero, conjunto que se repite en otros yacimientos (Rouse, 1952:326-7). En el yacimiento cabecero y en las demás estaciones homogéneas en las que el estilo no se presenta mezclado con otros, se incluyen todos los caracteres cerámicos de material, forma y ornamentación, reflejando así la totalidad de las costumbres referentes a la alfarería poseídas por un pueblo o grupo durante un período de su historia.
En esta relación un estilo corresponde a un fase cultural, de acuerdo con el uso que hacen del término Kidder (1944:81) y otros (p. ej., Rouse,1955:713-14), aunque existe la diferencia de omitirse en el estilo los caracteres no cerámicos de la fase. Hemos preferido utilizar el concepto de estilo en lugar del de fase porque poseemos tan escaso material no cerámico en la mayoría de nuestras estaciones que nos ha parecido preferible definir las unidades culturales que proponemos en término de los artefactos que poseemos, esto es, especialmente de la alfarería. Cuando se disponga de mayor cantidad de material no cerámico, será quizás posible volver a definir nuestros estilos considerándolos como fases.
Estos estilos no deben ser confundidos con los tipos cerámicos de Kidder (1944:53) y de otros (p. ej., Ford y Willey, 1949:38-43). Todo grupo social deberá poseer normalmente un estilo cerámico único durante un determinado período de tiempo, excepto en los períodos de transición entre estilos. Por otro lado, todo grupo usa generalmente varios tipos cerámicos, aun dentro del mismo estilo. Desde este punto de vista, el estilo es más parecido a las manufacturas (wares) de otros arqueólogos (op. cit.) que a sus tipos. Igual que una manufactura, puede dividirse en diversos tipos.
No hemos intentado subdividir nuestros estilos en tipos en el estudio actual por varias razones. En primer lugar, la cantidad de información de que disponemos en relación con muchos estilos es aún demasiado escasa como para permitirnos distinguir tipos. En segundo término, y ello es aún más importante, la alfarería venezolana —al igual que la de las Antillas— es tan rica y está ornamentada de manera tan variable que es difícil establecer las clases fijas y rígidas de combinación de material, forma y adorno que se subsumen bajo el nombre de tipos. Muchos caracteres varían de tal modo que sería necesario un número casi infinito de tipos para recoger todas las combinaciones presentes. Por lo indicado, el concepto de estilo nos ha resultado más útil que el de tipo, con la posible excepción de la alfarería de la Guayana venezolana y de la región amazónica de las que no tratamos aquí. En estas zonas al concepto de tipo es quizás el más útil ya que la forma y la ornamentación son mucho más sencillas y ofrecen menor variación.
De acuerdo con la costumbre de los arqueólogos norteamericanos, hemos dado nombre a los estilos de acuerdo con el de las estaciones cabeceras. En ciertos casos podíamos haber utilizado términos etnográficos, cuando es posible relacionar un estilo con una tribu india histórica, pero hemos preferido no hacerlo así puesto que la experiencia ha mostrado que es difícil encontrar correspondencia unívoca entre estilos y tribus o troncos lingüísticos en la investigación arqueológica (p. ej., Sears, 1952:108; Rouse, 1953b:24-6).
No deben considerarse como definitivos los estilos que proponemos, sino más bien como hipótesis de trabajo sometidas a cambio a medida que vaya obteniéndose nueva información. Algunos de ellos, como el Barrancas, están basados en un trabajo de excavación relativamente grande y es de esperar que no sean modificados por la aportación de nuevos datos. Otros, como el de La Pitia, han tenido que ser definidos en términos de colecciones pequeñas y posiblemente no homogéneas, por lo cual están sometidos a revisión. En el primer proyecto de esta monografía, intentamos marcar la diferencia entre ambos grupos reservando el término "estilo" para las unidades bien definidas, pero posteriormente decidimos que tal método no resultaba práctico. El lector podrá juzgar, a la vista de nuestras descripciones, acerca de qué estilos están relativamente bien fundamentados y de cuáles están basados en material menos digno de confianza.
El hecho de que definamos a nuestras unidades culturales solamente en términos de estilos cerámicos no significa que ignoremos el material no cerámico. Antes de tratar de cada estilo describimos yacimientos y añadimos luego una descripción de los "artefactos asociados", descripciones todas ellas breves aunque tan completas como nos ha sido posible. Al decidir acerca de la cronología, hemos usado, igualmente, tanto todo el material no cerámico de que disponíamos como el de alfarería.
Hemos tenido la fortuna, por otra parte, de descubrir las primeras estaciones no cerámicas de Venezuela en las cuales no es aplicable el concepto de estilo. Al tratar de tales paraderos, hemos tenido la necesidad de definir nuestras unidades culturales en términos de la clase del yacimiento y de los artefactos encontrados. No consideramos a tales unidades como fases, no obstante, porque ello podría inducir al lector a creer equivocadamente que la definición de las mismas es mejor de lo que resulta en realidad. Hemos preferido, por tanto, usar el término "complejo", tomado a la arqueología paleo-india (p. ej., Wormington, 1953:34), para indicar así al lector que al clasificar nuestras estaciones no cerámicas para definir la existencia de culturas, hemos tenido que manejar en número relativamente pequeño de yacimientos y de tipos de artefactos que en ocasiones no ha sido mayor de dos o tres.
En la primera versión de la presente monografía hacíamos una distinción entre las unidades no cerámicas basadas sobre un número relativamente grande de estaciones y de tipos de artefactos y las que poseían un número pequeño de tales elementos, reservando el término "complejo" para las primeras, pero, posteriormente, como sucedió con los estilos, vimos que el procedimiento no resultaba práctico y lo abandonamos. Con ello violamos el principio de Brew contrario a la definición de "culturas" —equivalente de nuestros complejos— a base de un número reducido de tipos (Tax, Eiseley, Rouse y Voegelin, 1953:245), pero hemos de advertir, a manera de justificación, que consideramos los complejos definidos de la manera que aquí lo hacemos como puramente provisionales. Seguramente, una vez se disponga de mayor cantidad de material, será necesario unir entre sí algunos de estos complejos. Entre tanto, el lector podrá concluir de nuestras descripciones qué complejos de los propuestos poseen base digna de confianza y cuáles no.