Memorias de un Pobre Diablo
| Capítulo 9. Mi viaje a San Juan y Buenos Aires |
Anteriormente les dejé el relato de nuestra evacuación de Monteros, por el amago de invasión del Chacho, y nuestro traslado a Tucumán. Vueltos a Monteros, abrimos de nuevo la tienda, pero, en vez de prosperar en el negocio, íbamos en descenso. Don Telésforo (García) resolvió entonces vender la tienda antes de que se fuera todo en humo. Se la negoció a don Federico López, habilitado de don David Ferrari 1. Yo fui a continuar mis servicios para el joven López. Este nuevo patrón era muy diferente a don Pedro García. No era ni manoteador ni coceador; pero tampoco era hombre de experiencia, de consejos, de gobierno, como lo había sido don Telésforo. Era un infeliz romántico, un soñador, un muchacho atolondrado de veinticinco años, sin las nociones que un hombre de su edad debe haber adquirido. Había sido dependiente hasta ese momento. Otro había pensado por él; porque un dependiente o empleado, en cualquier ramo que sea, no es más que un instrumento y obedece al que mande. Cuando llegan a ser patrones es cuando se puede apreciar si tienen condiciones para el gobierno, si son administradores. El joven López, como otros tantos, había sido muy bueno como dependiente, pero resultó un fracaso como patrón. Estaba tan enamorado de sí mismo, que volcó todo su afán al cuidado de su presencia; debía estar bien mudado, bien afeitado, lustrado como un figurín. Para nada se ocupaba del negocio. “Es preciso aprovechar. Hay que gozar de la juventud —decía—. El hombre debe lucirse, máxime cuando Dios le ha dado una inteligencia sobresaliente”. Le daba por ser orador y literato; pero decía cada disparate...
A los dos meses de haber estado con él, fui a La Quinta a visitar a don Telésforo. Le referí sobre la marcha del negocio y la conducta del joven López. Don Telésforo me dijo que esa tienda llegaría a mal término. Y así fue. A los seis meses de estar yo con mi patrón orador y literato, vino don David, el socio capitalista, para efectuar un balance. El resultado fue desastroso. Vendió, pues, el negocio y aventó al romántico a las lomas de Fóngora para que fuera a brutear a la casa de su más querida prenda.
Yo me coloqué en la tienda de don Adolfo Ybáñez, otro habilitado de don David Ferrari. Este era muy diferente al joven López; más formal, más práctico, más comerciante. Pero en vez de inclinarse a la lírica, se inclinó a pegar buenas tundas. Parecía una segunda edición de mi ex patrón don Pedro García. Era duro de boca. Por una insignificancia mordía el freno y empezaba a repartir patadas. Casi siempre andaba encrespando la cola como gato montés. Para arrimársele había que andar con muchas precauciones, porque largaba cada zarpazo ... Apenas pude estar dos meses con éste ...
Un día me tocó atender a un cliente muy amarrado; no le pude vender un sombrero de lana del país que costaba a la casa cuatro reales, o sea 32 centavos de nuestra moneda. El paisano se empacó en su oferta de tres reales y medio, o sean 28 centavos m/n. y no hubo otro remedio que dejarlo ir sin haberle vendido el sombrero. Mi patrón, que lo había observado, empezó a bufar y a decirme que no debía dejar salir a los clientes sin venderles nada; que él me mantenía y me iba a pagar ocho pesos bolivianos por mes (que vendría a ser 5,12 $ m/n. en 1907). En el mes de febrero de ese año 1863 yo había cumplido 16 años y recién me ofertaron un sueldito que, por causa de mi disparada a todo correr, no me pagaron nada.
En 1862 cayó a Monteros un italiano genovés, llamado don Juan Bautista Podestá. Excelente hombre por su carácter e instrucción. Este señor trajo varios libros, entre ellos uno que se intitulaba: La ayuda propia. Se lo trajo a mi patrón para que lo leyera, pero mi patrón no era aficionado a la lectura. Yo me lo devoré a hurtadillas. En ese libro conocí las nociones del socialismo razonado. En un párrafo decía que no era el patrón el que pagaba a su empleado u operario, que eran éstos los que pagaban al patrón. Si el patrón pagaba, por ejemplo, diez pesos mensuales o por día, el trabajador regular dejaba a su patrón con su trabajo libre el importe de su sueldo o jornal, además un 25 % sobre el capital y su mantención. De modo que era el jornalero u operario el que le pagaba al patrón y no el patrón a sus peones, a sus obreros.
Cuando mi patrón me retó por haber dejado ir a un cliente sin venderle, yo me acordé de lo que decía el libro. Me hice una libretita y comencé a apuntar lo que vendía yo: el costo de la mercadería y el valor de la venta. Al mes sumé las columnas de costo y de venta. Las entradas dieron un superávit de 47 pesos bolivianos, limpios de polvo y de paja. Yo me hice este cálculo: Ocho pesos de sueldo y cinco pesos para mi mantención. (Mi comida era la siguiente: Tres matecitos de leche en el desayuno; el almuerzo, un plato de locro o un plato de arroz con unas cuantas migas de carne y un jarrazo de agua. La cena era otro plato de locro del que había sobrado en el almuerzo u otro plato de arroz de la misma procedencia y otro jarrazo de agua. Esa comida y esa cena me servían arriba del fogón de parado. El locro y el arroz de la tarde yo mismo me lo calentaba. Calculé pues que ese desayuno, el almuerzo y la cena costarían en total y por mes a lo sumo cinco pesos bolivianos.) Mis gastos, entonces eran 13 pesos bolivianos y yo con mi trabajo le había dado 47 pesos en un mes. Deduciendo mi sueldo y mis consumos, quedaban como producto líquido 34 pesos. Era yo, pues, el que pagaba a mi patrón conforme a las teorías del libro La ayuda propia. Llegó el día de arreglar las cuentas: Se presentó en nuestra tienda un cliente igual al que anteriormente nombré, más duro que una piedra. Venia a comprar un par de calzoncillos de lienzo. Costaban dos reales o sean 16 centavos moneda legal. El cliente se empacó y no quiso pagar más que un real y medio y cuartillo, o sean 14 centavos m/legal. No hubo más remedio que dejarlo ir. Mi patrón volvió a la carga con su sermón de que me pagaba ocho reales y me daba de comer. “¡Señor, —le dije—, arrégleme mis cuentas! Yo no quiero seguir pagándole a usted para trabajarle y darle por mes tres veces más de lo que usted me da”. Y le tiré la libreta sobre el mostrador. El se puso furioso. Agarró la vara de medir que era de algarrobo y saltando el mostrador me dijo: “¡Ahora te voy a enseñar, hijo de una gran flauta, a andar doctoriando!”. Y me sacó cortito, amenazándome con deslomarme a palos. Yo me largué a cien kilómetros por hora y lo corté a luz. Llegué a casa de mi madre jadeante y con los pelos de punta por el jabón que me dio mi amable patrón. Ni a cañonazos quise volver a la tienda. Volví a ver don Telésforo. Le conté la historia. Se echó a reír. Luego me colocó en la casa de don Juan Vicente Aráoz, uno de los hombres más caballeros y nobles que yo he conocido. Yo había encontrado en él otra alma compasiva. Dios es misericordioso. Se compadece de los que sufren las amarguras y rigores causados por hombres injustos.
A los dos meses de estar en la casa del señor Aráoz estaba desconocido. El me vistió bien. Conocí por fin medias en mis pies, aunque no ganaba sueldo. En 1863, a los 16 años y nueve meses de andar en el mundo, conocí por primera vez un traje nuevo de gambrona. Hasta esa fecha sólo me vestía con las ropas viejas de mis patrones. Don Juan Vicente era un hombre excelente para mandar. Era de un carácter amable. Me hacía comer en la mesa de su familia. Hasta entonces había comido en la cocina y de parado.
En marzo de 1864, mi dicho padre me mandó llamar, —era una noche de diciembre—, que tenía que hablar conmigo asuntos que me interesaban. Pedí permiso a mi patrón y fui a donde se encontraba. El corazón quiso salirme por la boca, tal era la emoción que sentía, pues por primera vez en mi vida iba a sentir la voz del autor de mis días en tono amable y cariñoso. Yo sólo conocí su voz iracunda, cuando me apostrofó por haberle llamado “Tatita”. Llegué a la casa. Me recibió muy amablemente. Y después de intercambiar algunas palabras sin importancia, me dijo: “Yo he vivido extraviado en mi modo de pensar respecto a vos. Sos mi hijo. Quiero recogerte para que me ayudes a administrar mis bienes. Yo ya voy haciéndome viejo y necesito un joven de confianza a mi lado”.
Se me llenó el alma de gozo y contento al oírle llamarme hijo y le contesté:
—Con el mayor gusto, señor. Yo le serviré a usted todo lo mejor que pueda, si don Telésforo es gustoso que yo esté con usted.
—Por eso no habrá inconveniente, —me dijo—. Yo mismo iré a verlo y le diré que quiero recoger a mi hijo.
Consentí, ya que don Telésforo me había dicho: si es tu gusto, anda. Al fin es tu padre. El señor Aráoz me había dicho: andá, hijo, con tu padre. Este buen hombre tenía la costumbre de llamar hijos a todos sus empleados. “Pero te advierto —me decía— que te va a pesar. El día en que nacistes no conociste a tu dicho padre. Hoy te lleva a su lado, porque ya estás criado y puedes serle útil”. Mi madre, a su vez, era contraria a que dejara a tan buen patrón. “Pero es tu padre —me dijo—. Quizás Dios le haya tocado en su corazón y quiera hacer algo por vos, ya que nunca se acordó de tirarte un pedazo de pan, cuando tú no te lo podías ganar. Amas, trabajar de balde como trabajas, no te conviene. La comida la ganarás en cualquier parte. Ya sos mocito. Pronto empezarás a sufrir de distinto modo del que hasta la fecha has sufrido”.
Yo tenía muchos deseos de conocer Catamarca, La Rioja, San Juan y Mendoza, de ver mundos. A los 17 años de edad, todos los horizontes son estrechos para el joven, máxime para un infeliz como lo era yo. A mi pueblo le debía sólo hambre, frío y patadas. Tenía como un hambre de irme de Monteros.
Era a principios de mayo que marchamos juntos a San Juan. A los dos meses de estar al lado del autor de mis días, ya me pesaba haber dejado mi buen patrón en mi pueblo. Mi dicho padre era muy terco para mandar. Se sulfuraba por bagatelas. Era duro en su lenguaje. A los seis meses estábamos completamente distanciados. El sólo esperaba una oportunidad para deshacerse de mí. Y yo no sabía cómo zafarme de él. Lo que más nos distanciaba eran las opiniones políticas. El era un federal neto, un mazorquero y yo era un unitario intransigente, un salvaje unitario. El defendía a todos los mazorqueros degolladores, ladrones y bandoleros, los gauchos picaros y montoneros: a Artigas de la Banda Oriental, Ramírez de Entre Ríos, López de Santa Fe, Quiroga de La Rioja, Ibarra de Santiago, Gutiérrez de Tucumán, Benavídez de San Juan, Aldao de Mendoza. Estos fueron, según él decía, los héroes preclaros de la Patria. A estos ilustres hombres les debía el país su libertad. Yo me ponía furioso cada vez que oía semejantes juicios. Yo, a mis cortos años, ya tenía conciencia formada de los que habían sido los verdaderos libertadores y bienhechores de la Patria. Cuando yo le retrucaba diciendo que San Martín, Belgrano, Rivadavia, Lavalle, Güemes, La Madrid, Paz y demás redentores o mártires eran a quienes debíamos recordar con cariño y gratitud, le relampagueaban los ojos de ira y me apostrofaba: salvajón. Y retrucándome decía que todos ellos no habían sido más que unos cajetillas disparadores, cuando los federales los habían corrido. Con respecto a los hombres políticos de entonces, los Urquiza, Derqui, Mitre y Sarmiento, decía que el primero era un porteño botarate y el segundo un loco rematado. Desde que había dado mis primeros pasos en el camino de mi vida, triste y lleno de abrojos, siempre había oído hablar bien de los próceres de la Patria. Se me nombraban los Aráos, los Córdobas, los Campos, los Garcías, los López, los Beltrán, los Núñez, los Norris, los Pérez, los Robles, los Martínez, los Toledos, los Abregos, los Morenos, los Torres, los Romanos, los Riartes, los Macedos, los Gómez, los Sánchez, los Sorosas, los Andujas, los Alvarez, los Albornoz, los Camperos, todos ellos hombres y familias de mi pueblo eran unitarios; los más educados y los más caracterizados en lo político, social, comercial y los agricultores, eran unitarios. Siempre había oído recordar con cariño y gratitud a los próceres de la Patria, en cambio “exsacraban” a los caudillos, los montoneros y al Tirano, llamándolos bandidos y facinerosos. No pude oír de mi dicho padre sino malos conceptos de mis queridos próceres. En cambio, don Telésforo me había inculcado desde mi niñez un odio profundo a los tiranos, los caudillos, a los déspotas. Eramos dos metales distintos imposibles de unirlos en ligación. No congeniamos. Desde entonces comprendí lo funesto que puede ser el fanatismo y el odio político.
No nos quedaba más camino que el de la separación. El hizo una permuta; vendió suelas por artículos de tienda y nos vinimos a Tucumán. Allí cambiamos esos artículos de tienda por tabaco. Las ganancias del negocio iban a medias. Efectivamente resultó una ganancia de trescientos y pico de pesos bolivianos, de los cuales me tocaron 150, (alrededor de 108 $ m/n). Yo me creí un Creso por tal cantidad. Le dije a don Ceferino, mi dicho padre que, si me lo permitía, yo iba a quedarme para establecer un negocito en Monteros. Al momento, me dijo que sí. Y nos separamos para siempre.
Me establecí, pues, un almacencito en Monteros. Tenía 18 años. “El campo se me hizo orégano y las vizcacheras me parecían playas”; creí que la grasa era caldo y que el espinazo era cadera. Entonces comencé a arrastrar el ala a todas las pollitas de mi barrio. Me puse a cantar la vidalita, a retozar, a relinchar y brincar. Mi almacencito era el punto de reunión de todos los “guacamayos”, “mequetrefes” y “botarates” de Monteros. Tenía amigos, por manadas, relaciones a granel. No había “un palangana” que no iba a tomar mate en mi boliche o a almorzar o a cenar. Mi boliche llevaba el mismo rumbo que la tienda manejada por don Pedro y la de don Federico, distintos caminos que terminaron en la bancarrota. Para remachar el clavo, se me había dado por aprender a tocar la guitarra y a cantar. Me había enamorado de una muchacha llamada Lucinda Olea. Este era mi primer amor. Le tomé un cariño extraordinario. Jamás he vuelto a amar con tanta pasión y vehemencia como la amé a esta mujer. Después de 46 años aún siento palpitar mi corazón al recordar esa ilusión perdida.
Mi negocio se había convertido en una bolsa de gatos. Guitarras por la mañana y guitarras por la noche. ¡Oh inexperiencia! Pero los errores nos sirven más tarde de experiencia. Nadie escarmienta en cabeza ajena... A los seis meses, mi almacencito estaba liquidado. Mi capital de 150 pesos bolivianos se había hecho humo, sólo quedaban las pertenencias de mis acreedores. Llamé entonces a mi principal acreedor y le dije: No tengo más nada, sólo queda lo de usted. Cargue con todo. Pague a fulano y a sutano. Y si algo quedo debiendo me avisa, y si sobra, lo mismo. Iré a trabajar para pagar lo que deba. Así se liquidó. Mi almacencito resultó con una falta de 14 $ y 3 reales bolivianos, alrededor de 9 $ m/n. Corté a tiempo mis farras. No fue tan grande mi primera brecha. Había fracasado por cantar la vidalita, por haber engordado flacos y haber regalado cartuchos de alfeñiques a mi dulcinea. Yo era el potro fogoso que había estado atado durante diez años al carro del trabajo, de estrecheces, vejámenes y miserias, largado de golpe al campo abierto con un poco de inverné que eran los 150 grullos que creí que nunca se acabarían. Me desboqué, me llevé un poste por delante y quedé con la raíz para arriba. Mi primera rodada comercial.
Apenas cerré mi negocito, mi adorada Lucinda me dio con la puerta en las narices. No quiso llevarme más el apunte. Mis amigos me cuerpiaron. Y aquellos que más se atracaron o más chuparon de arriba, fueron los que más pronto me olvidaron. Solo mi madre me quedó fiel; mi madre comprendió mi bancarrota y me consoló.
Desde niño soñaba con venirme a Buenos Aires. Esta era mi Meca soñada. Me propuse trabajar primero para pagar mis catorce pesos y tres reales que quedaba debiendo por mi rodada y los pagué a razón de un peso por mes. Le agradezco a don Eusebio Acuña que me haya indicado este modo de abonar en esas pequeñas mensualidades. De otro modo me hubiera sofocado, pues mi sueldo era como más adelante voy a detallar. Han cambiado los tiempos y los hombres. En aquella época precisé catorce meses para pagar 9 $ m/n., de hoy. No pudo ser más precaria mi situación financiera.
Me trasladé, entonces a la ciudad de Tucumán buscando trabajo. No quise volver a ver al señor Aráoz por delicadeza. Yo me había ido de su lado sin razón. Tan bien estimado estaba en su casa como nunca lo había estado en casa alguna. En Tucumán me coloqué de mozo en el Café de Valladares, hoy Hotel Colón. Ganaba seis pesos bolivianos que serían 4 $ y 68 centavos de hoy, en 1907; un sueldo mezquino. Pero no hay nadie como la necesidad para enseñarnos a vivir. Con algunas propinas que los clientes me dieron, reunía 12 $ por mes. De éstos hacía la siguiente repartición: 3 $ para mi madre; 3 $ para vestir y calzar; 1 $ mensual para amortizar la deuda y 3 $ para la alcancía (que era un pequeño cajoncito de madera “herméticamente” cerrado. Arriba tenía una pequeña abertura para echar monedas de plata); 2 $ para el lavado, planchado, corte y afeite del pelo. Este fue el presupuesto de mi “ministerio de hacienda”, en mayo de 1866. ¡Doce pesos bolivianos eran toda la renta del futuro fundador de un pueblo en la rica y feraz Provincia de Buenos Aires!
Me gané la estima de mis compañeros y de mi patrón y de la concurrencia por mi humildad, mi actividad servicial y mis modales atentos para con ricos y con pobres. Algunos de mis amigos de Monteros que también llegaron a la ciudad querían reanudar nuestra amistad; pero me había hecho el propósito de tener pocos amigos y bien reconocidos como leales y sinceros; respetarlos para ser respetado.
Al año de estar en el Café de Valladares, fui solicitado por el dueño del Café Colón, nuevo en aquella época. Me ofertó 15 $ por mes y yo me fui “de boca”, como decimos. Me trasladé al nuevo Colón. Allí, al mejorar el sueldo, mejoré también en propinas, porque nuestra clientela provenía de la crema de la sociedad tucumana: de los Avellanedas, Rocas, Padillas, Nougués, Posse, Ledesma, Vázquez, Gallos, Colombres. Cossio, Méndez, Paz, Zavalía, Zabaleta, Garmendia, Huelgueras, Muñoz, Estévez, Olmos, García, Aráoz; todo lo más granado de la histórica “Sultana del Norte”, favorecía al Café Colón. Mi sueldo llegó, entre propinas y mensualidad a 30 $ por mes. Para mí esto era un sueldo soberbio. Por consiguiente hice nuevas asignaciones en mi “ministerio de hacienda”: 10$ para mi madre; 10$ para vestir y calzar, 8 para la alcancía y 2 para lavado y planchado. Pronto había levantado la deuda de mi bancarrota.
Cuando el 25 de abril de 1866 salía de Monteros, calculé que necesitaría tres años para reunir los pesos necesarios para trasladarme a Buenos Aires. Cada día que transcurría, tenía más deseos de ponerme en marcha, porque leía los diarios que llegaban al Café: La Tribuna, de Varela, La Nación Argentina, de don Bartolomé Mitre; La Reforma Pacífica, de Calvo; El Nacional, de D. F. Sarmiento. Conocí ya la Metrópolis como si hubiera estado en ella. En aquellos tiempos una galera hacía semanalmente un viaje al sur. Un pasaje hasta el Rosario de Santa Fe costaba 80$ sin incluir los gastos de manutención. La galera era un vehículo caro para los pobres.
Por fin, en mayo de 1868, resolví dejar el terruño tucumano para ir a Buenos Aires. Rompí, entonces, mi alcancía y me encontré con 130 $ bolivianos. Le di la mitad a mi madre y con 65 $ en el bolsillo me metí de agregado entre la tropa de carretas de don Leocadio Paz, que debía partir del Bajo de la Chacarita a la madrugada del 4 de junio. Llegó el momento de decirle adiós a mi pobre madre, a mi abuela a quien no volvería a ver, a mis hermanas que eran todas chicas 2. Me arrodillé delante de mi madre para que me diese quizás la última bendición. Todos llorábamos a lágrimas vivas. Mi madre extendió su mano sobre mi cabeza diciéndome: Anda, hijo querido, a mendigar caras y voluntades. Sólo te pido que no hagas daño a nadie de ninguna manera. ¡ Cumplí bien con Dios y con los hombres! Si formas familia, que sea dentro del orden matrimonial. No tengas hijos naturales. Lo ves en tu propia vida, cuántas vergüenzas tienen que arrostrar los que nacen en condiciones irregulares. ¡ Sé siempre humilde e íntegro! ¡Perdona siempre a los que te hayan causado daños! ¡Nunca te vengues! El perdón es dulce; la venganza, amarga. ¡Al que no puedas brindar un servicio, no le hagas perjuicio! ¡No te olvides de tu origen humilde, por más encumbrado llegue a elevarte la fortuna! ¡ No te mofes de la desgracia de nadie, porque vos has salido de ella! La virtud es el aroma, el vicio es la putrefacción.
Les di, pues, el último abrazo y salí de aquella humilde morada llorando como un chiquillo. Así volví a dejar a mi madre por segunda vez, dejando también una buena colocación para correr un albur desconocido sin más amparo que la Providencia, sin más recursos que mi trabajo personal. Iba a luchar en tierras desconocidas donde no me esperaban ni amigos ni parientes ni conocidos. Era un soldado aventurero del trabajo que marchaba a las márgenes del Plata en busca de mejor suerte, de mayores alicientes, donde el trabajo estaría mejor remunerado; donde los hombres eran ciudadanos y no súbditos como se estaba entonces en las provincias. Mi única compañía era la esperanza, que solo abandona al hombre al borde de la tumba.
El día 4 de junio (de 1868) a las cuatro de la mañana, la tropa de carretas se puso en marcha. Se componía de 18 carretas cargadas todas de suelas. Ese día apenas pudimos pasar el río Salí. Cada carreta se hacía pasar con diez yuntas de bueyes. Pernoctamos en la banda opuesta desde donde se divisaban aún las torres de los templos y la del Cabildo. Yo parado en la barranca del río, contemplé por última vez, según creía entonces, aquella gloriosa ciudad que en 1816 iluminara los horizontes de medio mundo con su grito de Independencia. “Si la suerte no me es adversa, te volveré a ver” —me decía. ¡ Adiós Tucumán querido! ¡ Adiós, Monteros, mi pueblo natal y lugar de mis sufrimientos! ¡Adiós, mi madre querida! No te olvidaré. Tus mismas desgracias me obligan a quererte. ¡Adiós, Lucinda amada! Difícilmente volveré a amar como te he amado a vos. Tú has marchitado el aroma amorosa de mi alma. ¿Cuál será tu suerte en otros brazos? ¿Cuál, la mía? Tengo 21 años, me decía. Me quedan, si Dios quiere, cincuenta años más de lucha hasta llegar a los 70. Un hombre avezado a la lucha puede seguir en la brecha. ¿Cuántas caras iré a mendigar? ¿Cuánta saliva amarga tragaré? ¿Dónde estará el fin de mis afanes? Aún veía obscuro mi porvenir, nublados los horizontes. Cerró la noche y me incorporé al peón que picaba la carreta a la cual yo me había agregado. Cenamos y dormimos hasta el alba del otro día. A las cuatro de la mañana se unieron de nuevo los bueyes y luego seguimos nuestra marcha al paso del buey. ¿Cuántos días echaremos hasta el Rosario? Unos calculaban un mes; otros, dos y los más pesimistas, tres meses.
Querido Gregorio, comparemos nuestras vidas a los 21 años, yo en 1868 y tú en 1898. A esa edad eras gerente y socio industrial de una casa de comercio cuyo capital fue de ciento cincuenta mil pesos; 12 empleados a tus órdenes; vendías de a quinientos mil pesos al contado diariamente. Eras el comerciante mimado de Bragado. Y yo en el camino sembrado de espinas y miserias. Yo miraba entonces una peseta boliviana (16 centavos) con más cariño y cuidado que vos un billete de cien pesos m/n. Tres veces por día te sientas a una mesa rica y espléndida; yo comí un mísero churrasco revolcado, y eso cada veinticuatro horas. Vos tenés pan de harina especial. Yo sólo tuve un poco de mazamorra o un pan negro de última clase. Vos nadaste en la abundancia. Yo me hundí en estrecheces. Vos viajabas en ferrocarril en primera clase. Yo viajé agregado a una tropa de carretas, se puede decir de a pie, porque sólo en las madrugadas hacía uso de la carreta. Tan pronto como aclaraba el día, yo estaba de pie. El 90 % del camino desde Tucumán hasta Villa María, lo hice de pie con los botines al hombro para que no se me gastaran. Vos tenes casa cómoda en Buenos Aires para ir a pasear; tenés casa quinta en Bragado y otra en Los Toldos, cómodas y frescas, sombreadas por árboles y rodeadas por frutales. Allí veranean tus padres y te reciben contentos con besos y abrazos. De todo tuviste, cuando a mi me faltaba todo. Mis únicos conocidos o mi único amparo fueron unos pocos pesos bolivianos que traía en mi bolsillo.
¿Te acompañará esa abundancia hasta el fin de tu vida? ¿Serás capaz de conservar tantas dádivas que te ha otorgado la Providencia? ¡No te vaya a pasar lo de la chicharra: cantar durante el verano de la vida, para gemir en el invierno de la vejez!
Sigo el relato de mi viaje en otro capítulo.
Notas:
1 A éste ha dedicado un capitulo aparte. Ver capítulo 45.
2 Aquí habla por primera vez de sus hermanos, que más tarde dirá que eran siete.