Memorias de un Pobre Diablo
I PARTE
| Capítulo 1. Como y en donde he nacido |
En la Provincia de Tucumán, en el pueblo de Monteros, en el año 1847, el 8 de febrero, —según mi madre—, era domingo de carnaval, cuando ella me lanzó a este mundo. Soy hijo natural de Josefa Urquizo 1. Mi madre tenia 16 años cuando me dio a luz. Era una palomita que apenas había acabado de emplumar, cuando cayó en las garras del gavilán. Mi dicho padre se llamaba don Ceferino Molina. Era arriero de profesión, un sensualista, caballerito muy bien puesto y elegante. Era muy ducho para enamorar y arrastrar el ala a las mozas y a las viejas, ricas o pobres. No perdonaba ni pelo ni marca. Siempre andaba bien emprendao en su recado y en su atuendo. Repartía lisonjas almibaradas a todas las pollitas de su barrio. Era un “tenorio” consumado.
Mi madre era una pobre sirvienta de doña Estefanía López. Era huérfana de padre. Allí la sedujo; le llenó la barriga con el que algún día debía ser el autor de tus días y no cumplió con ella ni cubrió su honor.
¡Hijo de una infeliz sirvienta! Cuando vine al mundo, no tuve más calor ni amparo que el regazo de mi criatura (joven) madre.
A esa edad una mujer es aún una criatura. Mi cuna fue la orilla del fogón, mis pañales, unos “pingajos”.
Mi desventurada madre soportó todos los vejámenes inherentes a su deshonra. La patrona llegó hasta pegarle una paliza a mi pobre madre. ¡Tiempos bárbaros aquellos en que se castigaba a la víctima y se dejaba impune al verdugo! La patrona quiso que mi madre me regalase a una vieja solterona que me pedía para criarme como guachito y, que, si salía bueno, me dotaría con unos bienes de su fortuna. Mi infeliz madre contestaba que la matasen, que ella no se separaba de su hijito, porque era el único ser en el mundo que la había de querer y la había de proteger y no la despreciaría cuando llegue a ser hombre. ¡Pobres madres, predestinadas por la providencia a llorar y sufrir vejámenes! ¡Existencias truncas que no gustan nunca las dichas de la vida! Tuve la suerte de vivir para no defraudar sus esperanzas... Estas madres serían más dignas de ser amparadas porque todo el mundo les vitupera sus faltas. Es tan dulce para una madre querer aún con preferencia al hijo desgraciado. De igual modo, los hijos de madres desdichadas amamos con ternura a esas madres que viven en la eterna noche de sus “cuitas” y pesares. El que desprecia a sus padres, se desprecia a sí mismo.
No tengas vergüenza, Gregorio, porque nuestro origen sea tan pobre. La figura humana más grande y más pura, la única sin mancha, nació en un pesebre y fue hijo de una madre humilde; su padre (nutricio), un pobre carpintero. La bárbara y estéril Palestina fue la Patria de ese hombre colosal, llamado Jesús de Nazaret.
Ser humilde, nacer pobre, no es una afrenta. Haber nacido en un palacete hijo de un magnate no determina ni la felicidad ni la virtud, ni la sabiduría ni la nobleza del alma. Es el comportamiento que observamos durante nuestra existencia lo que da méritos y honores a los hombres. Los méritos de los padres son méritos para los hijos, siempre y cuando siguen el camino de la virtud y buena moral de sus mayores. Los hijos no son responsables de las faltas de sus padres. Pero serán muy criticados si, teniendo padres buenos, ellos son unos bribones. Ten presente que la mayoría de los hombres de valer en todos los ramos del saber y de las artes e industrias han salido de las bajas capas sociales empujados por la necesidad...
En 1852 tenía cinco años. Desde esa fecha empiezan mis recuerdos de mi vida precaria y llena de miserias. En ese año se produjo la caída del tirano Rosas. Mi pueblo era muy unitario, muy adicto a los próceres esclarecidos de la Patria. Los magnates de Monteros, los Aráoz, Rocas y López, familias feudales, habían sido arruinadas por el Gobernador Celedonio Gutiérrez, teniente gobernador del tirano 2. Ocho días duraron las fiestas que mi pueblo celebró con regocijo por la caída del “monstruo”. Yo andaba en faldas de camisa; este era mi único traje. Seguía a los músicos y a los patriotas viejos que gritaban y aullaban en contra de los satélites de la Mazorca. (Enséñales, Gregorio, a mis nietos a odiar a los tiranos y déspotas... y a los corrompedores de la justicia.)
Como acabo de deciros, mi traje hasta los seis años era una camisa de lienzo. Andaba en patas con los talones rajados. Llevaba el pelo largo lleno de mugre y roña con bastante hacienda mansa. Jamás me lavaba la cara. Era de carácter malo, atrevido, zafado, urguete y entrometido. Me juntaba con otros pihuelos de la misma calaña. No tuvimos freno de ninguna clase ni ejemplos moralizadores; vegetábamos en un ambiente malo. Todo era oscuridad sin una luz que me guiara hacia mi futuro. Yo era un desheredado de la fortuna.
Pongamos, hijo, paralelas nuestras vidas. Compara mi vida con la tuya y verás la diferencia. Apenas llegastes a este mundo, tuviste de todo: cochecito, cunita, una madre que te dedicaba todos los cuidados, un padre que se constituyó en tu esclavo para procurar que nada te faltara, vigilando tu bienestar a todas las horas, acariciándote y estrechándote en sus brazos y bebiendo en tus inocentes labios el néctar de la dicha. Tú eras dichoso en tu niñez y yo feliz por tu inocencia. Oh, hijo querido: ¿Vivirás siempre sobrado de todo? ¿A cuántas alternativas te someterá el destino? ¿Cuál será el término de tu vida?
Te he dicho que te iba a contar todos los incidentes de mi vida, principalmente aquellos que encierren un fondo de verdad, de enseñanza y de experiencia. Este es el primer incidente de mi largo “martirologio” (martirio), o de la larga serie de amarguras que sufrí desde mi más tierna edad. Al año, más o menos, de la caída del Tirano, yo andaba aún en faldas de camisa. Una mañana me encontré con los niños Dalmiro Beltrán y Silvano Aráoz, dos niños de las principales familias del pueblo. Nos encontrábamos en los fondos de la casa parroquial del cura Domingo del Campo 3. En esos fondos de la casa había varios árboles frutales, entre ellos, dos higueras, a llenarse el seno de higos e irse a sus casas a comerlos. Al momento se subieron a una de estas higueras; y yo hice lo mismo. Me subí al árbol que tenía los gajos más bajos. El cura había criado un negrito, llamado Manrique. Este tenía entonces unos dieciséis años y era forzudo. El niño Dalmiro tendría unos diez años y Silvano unos ocho. El Negro, apenas había visto subirnos a las higueras, corrió a avisarlo al cura. Este vino con el Negro y nos tomó “in fraganti”. El niño Silvano se echó a llorar y Dalmiro se echó a reír y yo pegué un salto desde arriba de la higuera y quise poner los pies en polvareda. Pero el Negrito, de un zarpazo, me cazó de las mechas y me mantuvo bien aprisionado. El cura hizo callar al niño Silvano y lo acarició al igual que a Dalmiro. Les hizo dar una docena de higos a cada uno y los mandó a sus casas diciéndoles que no era propio de niños de familias nobles que anduvieran usurpando frutas de huertas ajenas. Que eso sólo lo podía hacer el guachilingo plebeyo —les dijo, señalándome a mí. Este es un cacharino y un osmeta, dijo el cura—, y le voy a aplicar el castigo merecido. Al Negrito mandó cortar un mechón de ortigas y que me las refregara bien en el cu. cu. ru. cú. Y el mismo cura me encajó un punta pie. Y yo salí, como alma que se llevan los diablos, con dirección a mi guarida. Llegué a mi rancho desesperado por el escozor de las ronchas que me causaron las ortigas. Me zambullí en el arroyo (El Tejar) que corría a pocos pasos de mi guarida. Fue peor el remedio que la enfermedad. Con la humedad del agua las ronchas se pusieron más bravas. Salí del arroyo corriendo, dando gritos, saltos y corcovos, como un chivito cuando retoza. Mi madre preguntó qué tenía. Le contesté que el curita Campo me había agasajado con una buena refregada de ortigas y con un puntapié en el culo porque le había ido a robar higos en su quinta. Mi madre me dijo: “¡Bien hecho! Me alegro, para que no tomes esa mala costumbre. Antes de agarrar las cosas ajenas, se pide y se suplica, pero nunca se roba”. Mi madre me dio una buena fricción de unto sin sal y se me calmó el escozor.
¿Hizo bien el cura en castigarme? Yo creo que sí. ¿Pero porqué se particularizó conmigo? Porque era un pobrecito desheredado de todo: de padre, de dinero, de espectabilidad y por eso me llamó plebeyo y me deprimió con ese castigo, mientras a los otros dos niños, como eran hijos de ricos, de la mejor sociedad de Monteros, los acarició y les dio higos. Es decir, les premió sus malas acciones, los aduló llamándoles nobles. Esta ha sido siempre la vara de la justicia social.
Así se deslizaba mi infancia en el rancho de mi infeliz madre. Ella trabajaba de día y de noche para subvenir a las necesidades más apremiantes de nuestra vida. A duras penas ganaba para alimentamos 4. Tejía randas de noche y de día; tejía frazadas y cojinillos. Los domingos elaboraba empanadas para venderlas en la recova o en el mercado. A la edad de 22 años, ya estaba vieja, con la cabeza canosa y bastante demacrada por el eterno llorar y sufrir.
Hijo mío, no te avergüences de tu padre. Sé indulgente con este provinciano que en su infancia sufría desnudez y afrentas. Quiera Dios que no se cumpla en vos la palabra del magno Judío (Jesús), cuando dijo: “Muchos de los que fueron los últimos, serán los primeros y muchos de los que fueron los primeros, serán los últimos”
Notas:
1 En el archivo parroquial de Monteros se lee el acta de bautismo en el libro 9?, página 183. En él consta que Electo José nació el 8 de febrero de 1847 como hijo natural de Josefa Manuela Urquiza. Fue bautizado a los seis días por el cura propietario Dr. Lucas Alejandro Córdova. Don Efecto firmará siempre Electo Urquizo y no Urquiza.
2 Gutiérrez fue Gobernador durante 20 años, amigo e incondicional instrumento de Rosas. Fue depuesto por sus conciudadanos el 14 de junio de 1852 y reemplazado por M. A. Espinosa. Pero dos veces produjo un motín y sólo fue vencido por las tropas al mando del Cura José María del Campo (21 de octubre de 1853), quien sería el nuevo gobernador. En esa oportunidad Monteros, su pueblo, debe haber celebrado otra fiesta popular.
3 En Monteros había tres curas del Campo. El más famoso fue José María del Campo, Cura propietario del pueblo Medina y teniente cura de Monteros. Tres veces fue Gobernador. Y como Capitán General de la Provincia llevó las tropas a derrotar en “Los Laureles" (1853) al Gobernador federal depuesto Celedonio Gutiérrez.
4 En Monteros había tres curas del Campo. El más famoso fue José María del Campo, Cura propietario del pueblo Medina y teniente cura de Monteros. Tres veces fue Gobernador. Y como Capitán General de la Provincia llevó las tropas a derrotar en “Los Laureles" (1853) al Gobernador federal depuesto Celedonio Gutiérrez.