Memorias de un Pobre Diablo
| Capítulo 10. Sigue mi viaje, a pie a Villa María, a Rosario y a San Nicolás |
Yo traía un capitalito de 60 pesos bolivianos. Cada peso valía cuatro pesetas. Calculaba que en 60 días llegaríamos al Rosario y me propuse no gastarme más que dos pesetas por día. Estos eran mis gastos: compraba un poco de maíz pisado por un real y pan negro y áspero por otro. Este me parecía blando como manteca. El maíz servía para acompañar la ración de carne que se daba a un peón. Cada cinco días carneaban una res. A cada peón se le daban 10 libras de carne, es decir, dos libras por día y nada más. No dieron ni sal ni yerba. Yo gastaba dos reales más para comprar un poco de grasa, leche de cabra y zapallos, para variar un poco nuestra comida. Lo pasábamos relativamente bien.
El pobre picador, mi patroncito, era un joven santiagueño, fuerte y duro para el frío y el hambre. Me tomó mucho cariño. Me dejaba el puesto de más abrigo o reparo para dormir en la carreta. Yo lo compadecía a aquel infeliz más desgraciado que yo, condenado a vivir agobiado por el trabajo duro. En todos los arroyos y ríos que había que cruzar desde Tucumán hasta Villa María, yo lo ayudé a cuartiar picando una yunta de bueyes de las diez o quince que se uncía en cada carreta para pasarla por el río. Esos pasajes principiaban siempre a la madrugada. Como estábamos en junio y julio, en muchos arroyos y ríos había que quebrar previamente la escarcha y sumergirse hasta la cintura en aquella agua helada. Allí se notaba palpablemente la mano de la Providencia. No hubo ni un resfriado, ni un constipado, entre aquellos veteranos infelices. Si a ti, mi hijito mimado, te hubiera tocado una de esas patriadas, estoy seguro que habrías sucumbido. El sueldo de estos peones eran 18 pesos bolivianos por viaje. El viaje podía durar un mes hasta tres meses y recibían el mismo sueldo. Y ellos contentos de haber encontrado trabajo.
En el paraje llamado Saladillo, en la Provincia de Santiago del Estero, gasté parte de mi capitalito que creía no precisar hasta llegar al Rosario. Pues compré cinco cojinillos a cuatro pesos, porque me decían que en Rosario valían el doble y más.
Por fin, después de 56 días de viaje al tranco de buey, llegamos a Villa María cabecera del ferrocarril. Fue el 30 de julio. Hacía pocos días que había llegado un tren del F. C. Argentino a este Pueblito. El patrón dispuso descargar las carretas, porque las boyadas estaban muy flacas.
El 1* de agosto me despedí de los compañeros de mi viaje, porque desde allí tomé el tren para Rosario. Cargué mis cojinillos y unas alforjas que eran todo mi equipaje y un ponchito calamaco que era mi única cobija. El coche de segunda del F. C. Central era una plataforma cubierta (una zorra o vagón abierto). Por más males, ese día sopló un pampero furioso, que nosotros, los pasajeros de la segunda solo acostados y envueltos en nuestros calamacos podíamos aguantar. A las cuatro de la tarde llegamos al Rosario, todos bien engarrotados de frío. Bajamos de la zorra. Yo cargué mis alforjas y cojinillos al hombro y me dirigí a la ciudad buscando la casa de un conocido de Monteros. Ese era un sastre pobre quien me recibió cariñosamente en su pobre choza. Esa misma noche fuimos a vender mis cojinillos, los liquidé a ocho pesos cada uno, doblando así mi capitalito. Al día siguiente quise buscar una colocación (trabajo), pero mi paisano se opuso diciéndome que tenía que conocer primero el Rosario y divertirme un poco; hacerme relaciones y ponerme en contacto con la civilización; que él me iba a presentar a otros comprovincianos. En unos pocos días me hizo gastar o me hizo comer casi toda mi plata. Gracias a Dios, pude colocarme como empleado en una tienda de un oriental llamado don Juan Díaz de La Guerra, hombre falaz y muy tacaño. Allí estuve como un mes. Ya no me era posible aguantar el hambre que este patrón nos hizo pasar, tan relumbroso y ostentoso para vestir, para aparentar en la calle y tan mísero en su casa. Pedía la vianda en un fondín para una persona y éramos tres para comer: el patrón, un cadete y yo. Me tocaba un cucharón de sopa, la tercera parte de un plato con guiso y la parte de un puchero de fonda. Toda la ración era poca para una persona de buen apetito. Una galleta, —se necesitaba seis para una libra—, era el pan que nos daba para el almuerzo y la cena. Por la mañana, dos mates amargos, cuando de la yerba sólo habían quedado los palos. Este era nuestro desayuno. El cadete y yo sentíamos una especie de fiebre continua; era de hambre. Al cumplir el mes pregunté al patrón qué sueldo me asignaba. Quise decirle que me pagara cinco o diez pesos menos y me aumentara la alimentación. Me contestó: Usted ganará al mes 15 pesos, los tres primeros meses. Después le aumentaré el sueldo.
—Estoy conforme con el sueldo; pero la alimentación es poca.
—No hay una casa en el litoral de la República en que se coma mejor que en la mía, —fue su respuesta.
Un gruñido se escapó de mi pecho. “¿Será posible? —exclamé—. En mi país nos dan por lo menos mazamorra a discreción. ¡Hágame el servicio de arreglarme mi cuentita, señor!” —le dije. Y me salí de la casa con hambre y nueve pesos en el bolsillo. Según otros prácticos, mi sueldo debían haber sido 30 pesos. Me dijeron también que ese señor sólo tenía dependientes recién venidos de las provincias o de España y que gustaba aprovecharse de ellos y hacerlos bramar de hambre.
Busqué otra colocación y no pude encontrar ninguna. Se me acabaron los pocos pesos que traía y tuve que emplearme provisionalmente y por la comida en un fondín de trabajadores. Lavaba platos y vasos y servía la comida. Pero a los pocos días me tocó hacer ya de todo: con una canasta inmensa iba al mercado a buscar carne y verduras a la distancia de unas quince cuadras. Me cargaban como una burra. Me hacían lavar los pisos. Hasta las doce de la noche tenía que estar de pie y a las cinco de la mañana tenía que volver al mercado. Todo ese trabajo hacia por la comida. Yo mismo me lavaba la ropa en el fondo de la casa. ¡Toma nota de mis padecimientos y miserias!
Un día, un trabajador me dijo que en la esquina de Santa Fe y Calle de la Aduana (hoy Maipú) se había derrumbado una casa por fallas de construcción y que necesitaban peones para sacar los escombros y que pagaban seis reales por día. Allí me conchavé. Había trabajado seis días, cuando pararon los trabajos por disidencias entre el arquitecto y el constructor, porque ni el uno ni el otro quiso pagar. Hacía dos días que vivía del aire y dormía en casas en construcción. Entonces se edificaba el Departamento de la Policía en Rosario. A la mañana encontré al capataz y le dije: Deme dos pesos y le firmo el recibo por saldo de seis reales de los seis días (6 $ y 4 reales). El capataz me dijo: “No tengo más que un peso. Si lo quiere, bien o sino déjelo”.
Lo acepté firmándole el recibo por cuatro pesos y medio. El necesitado pasa por toda clase de humillaciones; se adapta a toda clase de horcas y aguanta los martirios más duros. ¡Ah, hijos mimados de la suerte, tampoco son felices del todo! Para poder apreciar las comodidades es precisos conocer las incomodidades.
En posesión del peso boliviano, me fui a una panadería. Después de dos días de ayuno, me pegué un atracón de tortas y galletas y tomé un jarrazo de agua. Después me senté en un banco de la plaza. Eran las siete de la mañana en el reloj de la iglesia.
De súbito una idea me asaltó: “¡A que me voy a Buenos Aires de a pie! ¿Qué inconvenientes tienes?” —me dije. No tenía más que lo puesto. Las ropitas de repuesto me las habían robado en el fondín, cuyo dueño se había enojado cuando me fui a trabajar de albañil.
¡Cómo se batía el autor de tus días, cuerpo a cuerpo, con toda clase de desventuras! Pero triunfé, sin hacer daño a ninguno.
El día 14 de octubre de 1868 hacía dos meses y diecisiete días que había llegado al Rosario. Ahora estaba más pobre que cuando había llegado; estaba casi desnudo. La mejor prenda que tenía era mi calamaco (un ponchito vicharaco provinciano que se tejen en los hogares de los pobres). No pude encontrar trabajo y sólo cuatro reales me quedaban. Me levanté con coraje y con bríos agarré la calle de Buenos Aires en dirección a la Plaza López. Me preguntaba qué razón me impedía para no ir a Buenos Aires y a pie. Ya que había venido a pie de Tucumán a Villa María, el cuádruplo de la distancia que medía entre Rosario y Buenos Aires. Aquí hacia el sur había muchos poblados. Los campos estaban abiertos y los porteños, según se decía, de una generosidad proverbial, de mucha hospitalidad. ¿Qué inconvenientes podía tener entonces? Llegado a la Plaza López, pregunté por el camino que conducía a la Estancia de Palacios en la costa del Arroyo de Pavón. Un paisano me lo indicó y comencé a andar a tranco de milico, mis botines al hombro sobre el calamaco.
Estaría como a una legua de Rosario, cuando me encontré con dos jóvenes paisanitos que me pararon y me preguntaron a dónde iba y por qué iba a pie. Les expliqué mi triste situación y se compadecieron de mí. Me regalaron una peseta, cada uno. Lágrimas de gratitud humedecieron mis ojos. Di las gracias a aquellos jóvenes generosos y seguí mi camino. Hacía mucho calor. El campo estaba verde como una lechuga. Esto me infundió valor para mi peregrinación. Verde es el color de la esperanza.
Como a las diez de la mañana llegué a un puesto para tomar agua. Me encontré con un inglés que cuidaba una majada de ovejas. Sin devolverme el saludo, me preguntó:
—¿Usted, almorzar?
—No señor —le contesté.
—Sentar ahi —me dijo, señalándome una cabeza de vaca forrada con un cuero de oveja. Trajo un asador que estaba en una pequeña cocina y que exhaló un olor que me puso el estómago en revolución. Me dio una galleta diciéndome: —¡Comer!
Yo no tenía cuchillo. El inglés al notarlo se levantó y me buscó un fillingo viejo (marca Villiger). Nos devoramos el asado sin hablar una palabra. Es decir, yo dos veces le había dirigido la palabra, pero él no se dio por aludido. Concluido el asado, me dio una taza de té. Después me levanté. El entonces levantó el brazo en dirección al camino, diciéndome:
—Usted seguir su camino.
Yo le di las gracias y me marché bendiciendo a este buen hombre tan caritativo y tan discreto. No me ha preguntado ni de dónde venía ni adonde iba. A la distancia de una legua, más o menos, divisé un ombú a orilla del camino. Allí me dirigí alargando el tranco, porque el calor me apuraba. Serían las doce cuando llegué —siempre de a pie a la sombra del ombú. Allí tendí mi calamaco y dormí como un angelito hasta las tres de la tarde, más o menos. Me despertó un paisano que pastoreaba una majada. Le pregunté si estaba lejos del Arroyo de Pavón y me contestó:
—Ahí, al otro lado de ese médano lo tiene.
—¿Aquella estancia que se ve a la distancia es la de Palacios?
—Es verdad —me dijo.
—¿De modo que aquí es el campo de la batalla que, hace siete años se libró?
—Es verdad —volvió a contestarme.
Un “¡Viva la Patria unida!” se escapó de mis labios. A pesar de mi triste situación, la Patria hacía vibrar las cuerdas sensibles de mi alma. Me encontré en el campo de batalla en el cual el general Bartolomé Mitre venció al último caudillo regionalista y vástago de Rosas, al general Urquizo. En Pavón se habían enfrentado los adictos del Tirano, de Quiroga, el frayle Aldao, Ibarra, López, Ramírez, Artigas y otros caudillos de menos reputación con Don Bartolo, el general del progreso y de la civilización. Todos los proceres y mártires de la libertad estuvieron representados por este ilustre general a quien la victoria coronó ese día 17 de setiembre de 1861. Después de este soliloquio (reflexión), me incorporé, sacudí, mi calamaco y le pedí un cigarrilo a mi paisano. Luego seguí mi camino. En el mismo paso del Arroyo de Pavón había una cruz. Me hinqué de rodillas y recé un Padre Nuestro por el alma de todos aquellos que sucumbieron en aquel día, unos en defensa de la justicia y otros en defensa del caudillaje; pero todas han sido hermanos. ¡Guerras injustas y fratricidas!
Terminada mi oración atravesé el Arroyo, siguiendo mi camino en dirección a San Nicolás. Como a distancia de dos leguas de Pavón, divisé una pulpería. Me dirigí allí. El sol estaba próximo a su ocaso. Llegué al almacencito y pedí un refresco. El pulpero me miraba con ojos recelosos. Buscaba hacerme hablar como para cerciorarse de quién era; parecía desconfiar de mí. Yo lo comprenda y le dije la verdad: “Para que vea que no soy mal individuo, sino un desgraciado”. Le mostré la cintura para que viese que no traía ni cuchillo con que cortar un churrasco. Esa franqueza lo tranquilizó; era español.
Cuando se entró el sol, llegaron tres paisanos al negocio; eran peones de la casa. Uno de ellos, el más introducido, me dijo:
—Diga la verdad. Si es desertor, le daremos un matungo y unas caronas para que llegue más pronto a sus pagos.
—Se equivoca, amigo —le dije—. Soy un pobre desvalido y voy a San Nicolás en busca de trabajo.
Ese paisano se llamaba Nazario Loisa. Me invitaron a pasar a la cocina y participé de la cena de aquellos pobres peones; pobres pero más ricos que yo, puesto que tenían trabajo y techo, mientras que yo era un pobre peregrino sin hogar que mendigaba caras y voluntades. Loisa me prestó luegos unas caronas (parte del recado) para que me tendiera sobre ellas. Al otro día, cuando aún estaba oscuro, nos fuimos a tomar mate. Y en cuanto aclaró, ellos se fueron a su trabajo y yo, después de darles las gracias, seguí mi camino.
A las diez de la mañana llegué a un rancho donde estaban horneando unas tortas a la criolla. Parecían muy apetitosas. Dijeron que las vendían cada una por medio boliviano (que son tres centavos y medio de hoy). Compré dos; las comí y me tragué un balde de agua encima. Hacía mucho calor. También pedí; permiso para quedarme durante la siesta a la sombra del rancho, lo que me concedieron. Allí, pues, tendí mi calamaco, me puse una cabeza de vaca de cabecera y mi sombrero encima y así dormí un rato tranquilo. Siete centavos me habían bastado para almorzar y no gasté más que un poco de sombra.
¡Qué contrastes tiene la vida! Si en aquella época, tan triste y amarga por el infortunio, una voz secreta me hubiera dicho: dentro de 38 años estarás bien cómodo, rehinchado de pesos, con casas quintas en Bragado, Los Toldos y Liniers, con galerías, parrales y frutales y una casa de altos en Buenos Aires con una pequeña bodega de vinos exquisitos, importados de Jerez exclusivamente para vos, teniendo además un montón de casas que te producirán rentas suficientes para poder nadar en la abundancia... Serás el fundador de un lindo pueblo. Lo habrás dotado de iglesia, cementerio, colegios, plazas, bancos y faroles y bustos de los cinco proceres más queridos, para la plaza de ese pueblo, obras de mármol talladas en Génova bajo tu dirección y costeadas por tu peculio... Tendrás recursos de sobra para ir y volver a la vieja Europa, aunque hoy, el 15 de octubre de 1868 no tenes ni una sombra que te pertenezca para descansar en tu expedición a macho talón... ¿Qué le habría respondido a sus preguntas? Cuando estés en esa alta posición: ¿no te pondrás orgulloso? ¿No vas a ser de esos “piojos resucitados” a los que el dinero ha puesto inaguantables? ¿Te harás merecedor de tales mercedes? ¿Te acordarás de cuando vagabas a pie con hambre y lleno de miserias? ¿Sabrás ayudar a tus semejantes y a los que te ayudaron a labrar tu fortuna o serás un gran egoísta?... 38 años son una hora en la carrera de los siglos”.
Ahora que los recorrí, tengo la ambición de que, si las generaciones venideras de Los Toldos llegan a leer la descripción de mis desventuras, sepan hacerme justicia.
La presente generación no me hace justicia, la ciega la envidia, el egoísmo la ofusca. La ingratitud es la moneda más presta para pagar los beneficios de los que se sacrificaron por el bien público.
Sigo mi narración interrumpida: Habrá sido como a las dos de la tarde, cuando me puse en marcha, no antes de haber dado las gracias por la sombra prestada. Después de caminar una hora, llegué a un rancho para pedir agua y me encontré con una vieja muy “emperejilada” y curiosa. Me convidó con mate dulce y me invitó a que me quedara a pasar la noche. Y que si quería descansar algunos días... que ella era una señora sola que vivía con un hijo quien solo los sábados venía. Yo le di las gracias manifestándole que tenía necesidad de llegar ese día a San Nicolás.
Desde allí se divisaron las barrancas del Arroyo del Medio. Habrán sido las cinco de la tarde cuando llegué al borde del famoso Arroyo que divide la rica provincia argentina del resto de sus hermanas. Me desnudé; me bañé, me raspé la roña de las provincias y puse mi humilde planta en el suelo de la Provincia de Buenos Aires, mi soñada Meca. Puede decirse, Gregorio, que llegué desnudo a tu provincia natal. Para ser exacto, digo que mi capital constituyeron cinco reales (39 centavos de hoy). Desnudo como Adán parado en la barranca del Arroyo miré en dirección a las provincias. ¡Cuánto he caminado, —me decía—, desde Tucumán hasta aquí! ¡Ya estoy en la tierra de promisión tantas veces soñada en mi niñez y durante mi viaje tan duro! ¿Cuál será mi suerte?...
Me vestí y me puse en marcha en dirección a San Nicolás. A poca distancia me encontró un paisano, llamado Nicolás Gutiérrez. Me preguntó a dónde iba. Le satisfice su pregunta y sin más me dijo: “Muente (monte) en ancas de mi flete. Lo llevo a mi rancho. También yo soy pobre; pero tengo un techo para abrigo y un matungo para que me porte el bulto, una guitarra para desechar penas, un churrasco cada día y el cimarrón para llenarme el buche”. (Pero hagamos un capítulo nuevo.)