Memorias de un Pobre Diablo

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Capítulo 25. La invasión de 1876

Concluida la revolución sangrienta del año 1874, las cosas quedaron quietas. Nuestro negocio prosperaba. Pasamos el año 1875 sin más novedad de parte del desierto que su constante amenaza de invasión. En nuestra casa vivíamos sin embargo en un continuo infierno moral, porque don Juan era fastidioso. Cuando no se peleaba con un cliente, se peleaba con los hermanos de día y de noche. Al almorzar y al cenar estábamos en un continuo disputar. Yo era una especie de comisario apaciguador. Yo no sé cómo no nos carnearon aquellos gauchos forajidos con quienes don Juan se peleaba por una copa de cuatro centavos. ¡Cuántas veces pienso en esos tiempos tan amargos! Muchas veces, sentado en los bancos en los Campos Elíseos en París o en las ruinas del Foro Romano o en la Alhambra en Granada he pensado en esos tiempos tan ingratos y me tuve que decir: aquellas amarguras te han traído estas dulzuras. Doy gracias a Dios que me ha hecho probar lo amargo para que pudiera apreciar mejor lo dulce.

En el mes de junio de 1876 se nos nubló feo nuestro horizonte comercial. Nos anunciaba la última prueba, la más peligrosa. Don Justo Coliqueo se había puesto loco, loco de atar. Principió con alborotar a la tribu con correrías al uso pampeano y borracheras a toda hora. Quiso irse tierra adentro a pelear a los malones y después a pelear al doctor Alsina, porque lo había tenido preso un tiempo por instigación de don Ataliva. Fue el momento en que el doctor Alsina, Ministro de Guerra del Presidente Avellaneda, llevaba las fronteras a las puertas de las tribus de indios malones, fundando a Trenque Lauquen por el Coronel Villegas, a Guaminí por el Comandante Freire, a Carhué por el Coronel Levalle y a otros pueblos al norte y al sud por otros jefes. Se trabajaba activamente en la construcción de la famosa Zanja de Alsina. Se preparaban las expediciones a las mismas tolderias de los indios, preliminar de la ocupación de la linea del río Negro.

El diablo se le había metido en la mollera a don Justo (Coliqueo). Durante los meses de junio, julio y agosto no nos dejó vivir tranquilos amenazando con lancearnos, saquearnos e irse tierra adentro. Vivíamos en continua zozobra. La vida la teníamos en un hilo. Estábamos a merced de este loco furioso. Teníamos al enemigo en casa. La azotea de poco nos podía servir. Si nos negábamos a dejarlo entrar en casa, estaba mal y si lo dejábamos entrar también, porque andaba cargado de armas y siempre iba acompañado de tres o cuatro indios criollos de los más criminales. Cada día, a cada momento esperábamos el fin de esta mísera existencia. Estábamos prevenidos. Caro le íbamos a vender la vida. Don Simón y don Antonino estaban de cantón en el Fuerte General Paz, porque habían quedado desguarnecidas las fronteras viejas por el avance de las tropas para establecer las nuevas. La mayor parte de los indios de pelea de la tribu estuvo en el Fuerte Paz y en los fortines de la línea. Don Justo en su locura decía que Simón y Antonino lo querían matar para que ellos fuesen los caciques, chisme que le propinaba su cuñado José Platero. Este era un indio criollo bribón y criminal.

El 26 de agosto parecía que habían decidido darnos el golpe. Don Justo vino a casa como a las diez de la mañana acompañado de cuatro capitanejos: Chaima, Calfuqueo, Güenchual y Levicué, todos ellos indios araucanos puros muy valientes pero muy prudentes y honrados y pacíficos. A Chaima lo desconocí, tanto estaba su semblante demudado. Don Justo pidió una botella de vino carlón y se pusieron a tomar. Todos ellos le aconsejaron a don Justo que no bebiera mucho vino. Este en su locura les decía: “Ustedes se encargan de matar a éste y a Ignacio y yo me encargo de matar a Juan y al dependiente. Hacía mucho tiempo que Ignacio Arzuaga y yo teníamos cuatro revólveres cargados en un estante de la tienda. Con don Juan y el dependiente, un tal Modesto, no había que contar. Todo lo que don Juan tenía de gritón fastidioso y camorrero con los clientes, era muy flojo para defender el bulto en un caso como éste.

“Ya es tiempo”, dijo don Justo a los capitanejos. Se levantó, pasó al almacén donde se hallaba Juan. Yo me puse un revólver en la cintura e Ignacio hizo lo mismo. Rápidamente le dije a Ignacio: “Vos aseguras a don Justo. Yo me encargo de estos otros”. Ignacio, efectivamente, siguió a don Justo. Este, apenas había llegado adonde estaba don Juan, echó mano al puñal sobre tablas e Ignacio le puso el revólver en la sien derecha tocándole a don Justo la cara con el cañón diciéndole: “¡Si se mueve, lo mato como a un perro!”

Don Juan, al solo amago y al ver que don Justo echaba mano al puñal, quedó como petrificado, sin atinar un movimiento. Yo también saqué el revólver, apunté al grupo de los capitanejos que permanecían sentados en la trastienda y me paré en la puerta divisoria para impedir que ellos entrasen a proteger a don Justo y de manera que yo pudiera herirlo por la espalda, “1Mándense a mudar, pronto —les dije a los capitanejos—, o los mato a todos!” Y les apunté con el revólver, levantando el gatillo.

Don Justo, al sentir el cañón del revólver en sus sienes, retrocedió, sacó la mano del mango del puñal, perdió la serenidad y, a pesar de su locura y de estar algo ebrio, se abatató. Yo volví a insistir con una nueva amenaza, acompañada de una interjección criolla. Entonces se levantaron.

Chaimá (Coliqueo) me dijo al salir: “Haces bien, hermano, en defender tu vida”. Mientras tanto don Justo se dirigió a la trastienda. Al pasar cerca de mí, me miró como pidiéndome disculpas. Yo le abrí paso diciéndole: “Usted no volverá a entrar aquí, porque lo vamos a arder a balazos. Usted quiere matarnos y nosotros tenemos que defendernos”.

Los capitanejos se habían parado como a diez pasos del corralón y desde allí llamaba a don Justo que, intimidado por mi revólver y el de Ignacio que siempre le apuntábamos, salió de la casa a la que no volvería a entrar en su vida.

¡Pobre Justo Coliqueo! No era mal hombre, cuando no estaba ebrio ni atacado de la locura. Era honrado, íntegro y leal con su patria. Quería a los cristianos de corazón. ¡Cuántos bribones he conocido y conozco que no han valido ni valen lo que fue Justo Coliqueo! El ha prestado muchos servicios a la patria. Su lanza y su tribu estuvieron en Pavón a favor de Buenos Aires. Desde 1862 estuvo siempre al cuidado de las fronteras, defendiendo los intereses del pueblo. Era generoso con los indios y con los cristianos. Era caritativo con el desvalido. De mucho agasajo en su casa. Incapaz de apropiarse de un alfiler ajeno. No era rencoroso, ni vengativo. Era noble en sus procederes, franco en sus tratos. No era cargoso en sus reclamos al gobierno. Llevaba con dignidad la noble y valerosa sangre de Caupolicán en sus venas, pues según la tradición verbal que se ha conservado entre ellos, los Coliqueos eran descendientes directos de ese héroe araucano cantado por Ercilla. Los indios criollos le enseñaron a ser borracho y lo volvieron loco con sus intrigas. Mucho contribuyeron las felonías que les habían hecho los jefes de fronteras, bajo cuyo mando militar estaban. Según órdenes del Ministerio de Guerra, la tribu debía recibir cada seis meses 500 vacas o yeguas o 2.000 ovejas (porque prestaban servicio militar). Les entregaban sólo 200 yeguas flacas, viejas y bien cerdiadas o 200 terneras o vacas viejas, y esto cada siete u ocho meses. Si reclamaban al jefe de la frontera o al ministro, contestaban con evasivas o que pronto vendría lo que faltara. Nunca atendían los pedidos ni reclamos, era que pedían las raciones de víveres que tenían que darles cuando estaban de cantón o la yerba, el azúcar y el tabaco; o si no todo era basura, una burla que hacían los civilizados con estas nuestras víctimas. Don Justo percibía un sueldo de 400 $ m/c. por mes, don Simón 300 $ y don Antonino 250 $ y cada capitanejo tenía 150 ? m/c. Los soldados no percibían sueldos, servían gratuitamente, no les dieron ni sueldo ni vestuario, ni armas, ni caballos, y las pocas raciones eran basura. ¡Qué bárbaros y qué crueles hemos sido los cristianos con los pobres nativos de América, dueños de tantos campos!

¡Cómo los hemos explotado; les hemos quitado sus tierras y los que se han sometido a nuestras leyes, los convertimos en nuestros esclavos obligándolos a que peleasen contra sus hermanos para que nos ayudasen a sostener los derechos de nuestras conquistas y de abusos de toda clase! ¡Soldados sin sueldos, sin armas, cercenadas las raciones!

Y estos infelices, a pesar de todas esas iniquidades, no se sublevaron sino en un solo caso excepcional, en el año 1875, en que don Justo y parte de su tribu fueron a tierra adentro.

Como dije, el sueldo de los Coliqueo y de los capitanejos no fue pagado en todos los doce meses que tiene el año, sino se les pagaba tres o cuatro meses. Los demás sueldos se repartían entre el comisario pagador y el jefe de la frontera. Y era inútil reclamar; de modo que el cacique venía a recibir un sueldo de 1.200 $ m/c. por año. Ves que han sido soldados baratos, víctimas de nuestras canalladas y después todavía les cargamos el “mochuelo” (mote) de indios picaros, canallas, ladrones y cuántos epítetos más injuriosos... Don Antonino, hermano de don Justo, recibió un silletazo en la cabeza por el coronel J. C. Boerr, jefe de la frontera en 1871, el que le decía a la vez: “¡Toma, indio trompeta, para que no seas cargoso con tus reclamos! ¡Y gracias que no te mando a fusilar!” Así eran tratados estos servidores gratuitos de la patria.

Vuelvo a mis pesares. Una vez que se habían ido don Justo y sus cuatro capitanejos, cerramos la puerta del corralón y la de la tienda. Sólo dejamos abierta la ventana de la ramada que servía para el despacho. Ya ves vos, mi hijito, con qué peligros y peripecias tuve que luchar. Si en ese día don Justo en su locura consumara sus proyectos, nos hubiera asesinado, saqueado la casa, cautivado a tu madre y a tu hermana Fortunata y a tu parienta Celedonia y las hubiese llevado tierra adentro, vos y tu hermana Gregoria habrían nacido en la pampa y habrían sido indios malones, pues tu madre estaba embarazada de vosotros dos mellizos. Faltando yo, ¿quién habría mirado por tu bien?

Ese mismo día hicimos un chasque a don Simón Coliqueo al Fuerte Paz. Don Justo, al saber que habíamos mandado un chasque al Fuerte Paz, creyó que nosotros habíamos dado cuenta al jefe de la frontera de la tentativa de asesinato (no quiso asumir las consecuencias). El 27 reunió a los pocos capitanejos y soldados que habían quedado en Los Toldos, los intimó a que lo siguieran tierra adentro y que él personalmente lancearía al que se negara a seguirlo 1.

El día 28 los mismos estuvieron de aprontes (en preparativos). Don Justo hacía correr la voz de que se iban a boleadas de avestruces. Compraron muchos vicios como para una campaña de un mes. Esa misma noche se pusieron en marcha. Acompañaron a don Justo unos cincuenta indios entre jóvenes y viejos. En Los Toldos quedaron aún unos veinte indios de pelea, la mayor parte de ellos pertenecía al capitanejo Peinequeo. El día 29 por la noche vino don Simón a Los Toldos y el 31, don Antonino. En seguida mandaron un chasque al coronel Matoso, jefe de la frontera, dándole cuenta de la fuga del cacique principal y de los capitanejos que habían estado con él y demás indios. No había que dudar de que don Justo volvería con una invasión, pues habían dejado a sus familias.

Don Simón y don Antonino dispusieron hacer unas obras de defensa. Se hizo un foso alrededor de la azotea. Se trajo un cañoncito de la estancia de Sapatín, hoy chacra de Molfi. Le fabricamos una cureña de sauce. Se pidieron armas y municiones al jefe de la frontera y al Ministro de Guerra. Se le pidió auxilio de hombres al comandante Roca en Junín. Se hizo el mismo pedido al coronel Garmendia, jefe del Batallón Guardia Provincial. Ninguno contestó. No nos hicieron caso. Nos contaron como un caso perdido. Creo que todos querían que nos llevaran los diablos ...

A mediados de septiembre mandé a tu madre a Bragado. Andaba enferma por efecto del embarazo y de los sustos y sinsabores que tuvimos que tragar a cada momento. Desde que don Justo se había ido, no dormíamos ni de noche ni de día; estábamos alertas y “¿a qué hora, candil, te apagas?”. Si cantaban mucho los gallos y ladraban demasiado los perros o gritaban los teros, de todo nos alarmábamos; todos estaban sobresaltados. No había tranquilidad posible. Yo vivía con dos revólveres a la cintura y un “yerra fuego” de paleta a paleta. Era un castillo fotificado. Ignacio era una trinchera; llevaba un trabuco, un revólver y un “Dios te guarde” a la cintura. ¡Qué vida, qué infierno, qué tiempos tan llenos de amargura! Sólo el pobre don Juan era incapaz de agarrar un arma. Don Simón y don Antonino vivían en nuestra casa. Desconfiaban de los pocos indios que habían quedado en Los Toldos. Ni se fiaban de sus mujeres.

Cuando había ayudado a tu madre a subir al carro de don Antonio Arzuaga, que era en esos tiempos nuestro único ferrocarril, y habían subido mi hija Fortunata y Celedonia para ir al Bragado y las veía marcharse, recién entonces quedé tranquilo. “Ahora puedo morirme tranquilo —me dije—. Ya no tengo estorbos ni quien me llore. Acabaremos con esta existencia triste, oscura e insoportable”. ¡Qué vida la mía! Yo iba a cumplir treinta años de continuo calvario, podría decirse. Cuando creía tocar el término de mis ayes y lamentos para ir a gozar un poco de tranquilidad en el seno de la abundancia después de tantos sacrificios, se me volvió a nublar mi porvenir de un modo tan lúgubre; porque nos contábamos perdidos. Nadie quiso auxiliarnos con nada. ¡Ah, hijo, tú te quejas de tu vida! ¡Compárala con la mía! ¡No te quejes de tu vida sin necesidad! Tú estás harto de goces y placeres. Yo estaba harto de sufrir y de llorar.

Don Simón y don Antonino estaban desesperados; no sabían a quién apelar ya para pedir una ayuda y protección. Decían que iban a defenderse hasta morir. “Sólo muertos nos llevarán tierra adentro”.

El 20 de septiembre apareció el coronel Matoso, jefe de la frontera acompañado de 20 soldados y 10 indios. Todas sus disposiciones se limitaron a tomar declaraciones a algunos indios sobre la fuga de don Justo. Mandó una comisión de cuatro indios a buscar en el desierto a don Justo para amonestarlo a que volviese a Los Toldos. Si Matoso no hubiera venido habría sido mejor, porque nos privó de cuatro soldados para el día de la defensa.

A los tres días, el coronel Matoso se fue al Fuerte Paz. Don Simón le había pedido que por favor le dejara 10 soldados de los veinte que le acompañaban. No se dio ni por entendido, ni le contestó palabra alguna. Apenas le dijo adiós. Tampoco pagó el gasto que él y su escolta habían hecho. Nosotros éramos los proveedores gratuitos.

El 25 de septiembre don Simón escribió a don Guillermo Dolí del Bragado pidiéndole un socorro de hombres y de armas, que le mandara algunos Guardias Nacionales para defender la azotea que era nuestro fuerte. Don Guerrillero, al fin, atendió el pedido o más bien la súplica de don Simón Coliqueo. El día 1º de octubre llegaron 20 Guardias Nacionales armados a Remington y 20 armados con lanzas. Estos hombres eran todos hombres de trabajo, más bien para mancera, lazo y boleadora; ninguno conocía el manejo de Remington ni de la lanza. Pero para nosotros era un cuerpo poderoso de ejército, unidos a los 20 indios fieles con los que Coliqueo podía contar. Ya podríamos hacer una defensa con probabilidad de salvar nuestras vidas haciéndoles ruido con los Remingtones. Los Guardias Nacionales venían al mando de un paisano valiente, llamado Pablo Monje, que dragoneaba entonces de capitán de nuestro gran ejército. Los oficiales eran Pío Bracamonte y Pablo Acosta, todos hombres de trabajo, pero con los pechos henchidos de ese valor legendario del porteño generoso. Los cristianos y los indios nos pusimos a terminar los fosos que eran nuestra obra de defensa.

El día 6 de octubre se supo que el 1* una invasión de indios había pasado la Zanja de Alsina y que pasaban de mil calculados por la rastrillada. Habían borrado la zanja como dos cuadras de largo. Esa rastrillada se dirigía a Junín o a Nueve de Julio. La noticia se había transmitido de Trenque Lauquen a Guaminí por chasque y de este último punto a Buenos Aires por telégrafo. Por el mismo medio llegó a Bragado y de allí don Guillermo Dolí mandó un chasque a Coliqueo dándole aviso de la novedad. No cabía la menor duda de que esta invasión vendría a Los Toldos. No nos hicimos ilusiones. Esos mil y pico de indios no nos sacaríamos fácilmente de encima. No había más remedio que hacer la pata ancha, como decimos los criollos viejos. ¿De dónde pudimos esperar auxilio? Don Ataliva de Junin era el más poderoso y próximo; pero ni pensarlo que vendría a ayudarnos. Este bribón estaba empeñado en que llevaran a Coliqueo a la trampa para que él pudiera coparse las seis leguas de campo. Don Ataliva tenía en Junín un regimiento de 350 hombres de caballería armado de Remington y sables y como 350 hombres de la Guardia Nacional y ni siquiera le contestó a Simón Coliqueo cuando le pidió auxilio dos veces.

Por fin llegó el momento supremo, tan esperado y tan temido.

El 9 de octubre de 1876, como a las ocho de la mañana, se nos presentó un joven de apellido Figallo que venía a todo correr a avisarnos que los indios malones estaban llegando a Los Toldos. Apenas hubo tiempo para prepararnos y para cerrar la casa. Si no fuera por este pobre muchacho, nos agarraban sin perros, como se dice vulgarmente, porque los Guardias Nacionales se ocuparon en jugar al truco y a la taba; otros en cantar y en escuchar a los demás, como sucede en tropa recluta. Estábamos sin una guardia, sin una descubierta que escudriñara el desierto. Apenas hubo tiempo para colocar cantones de a cinco hombres armados a Remington y lanza en cada esquina del foso. En la esquina más próxima a la azotea se colocó don Simón en cantón.

Habría transcurrido un cuarto de hora, cuando se sintió una descarga del cantón de Simón Coliqueo. Su cantón hizo fuego sobre su hermano Justo que venía en delantera acompañado de los capitanejos Leviqué, Güenchual y tres indios malones. Se venían dirigiéndose a la azotea como quien va a su casa. La descarga fue a boca de jarro, como se dice, a quemarropa cinco varas de distancia de los invasores, el foso de por medio. Ni una sola bala dio en el blanco. He dicho que los que manejaban los Remington eran soldados del trabajo, sabían manejar los instrumentos de labranza; pero las armas de fuego en sus manos sólo servían para asustar gente y caballos.

Don Justo se desvió entonces del camino junto con sus compañeros y se metió en un saucedal que había enfrente, mientras que seguían haciéndole fuego. Los otros cantones también abrieron fuego en las mismas condiciones y con los mismos resultados: ruidos y espantadas de caballos y jinetes y nada más. Los indios se contuvieron y se reunieron a una distancia de unas cinco cuadras de la azotea para parlamentar.

El cacique invasor que acompañaba a don Justo era el terrible cacique Pincén (dice Picen), a quien vos conociste veinte años después juntando maíz en las chacras de San Emilio. Este monarca pampeano, destronado por las armas conquistadoras de la civilización. Mientras los indios invasores parlamentaban allí reunidos, se pudo apreciar la cantidad de indios invasores: pasaban los mil indios de pelea sin contar la chusma que venia para arriar haciendas y cuidar tropillas.

Entonces comenzó a tronar nuestra artillería, el cañoncito atado a la cureña de sauce manejado por un tal Urbano Reinoso. Hizo diez disparos, los que fueron sentidos en Rauch por la parte de Bragado, en la estancia de Oros por la parte del Nueve de Julio y en la estancia de Sosa, hoy Quimo Costa. El estampido de cañón era el medio más rápido para anunciar las novedades en el desierto.

Eran las once de la mañana, más o menos, cuando se terminó el parlamento de los malones. Al mismo tiempo destacaron a un indio con bandera blanca en la punta de su lanza. Este vino al tranco del caballo hacia la azotea; llegó y pidió hablar con don Simón de parte de su hermano Justo y de parte del poderoso cacique Picen. Don Simón salió de la azotea y se colocó como a cinco varas del diplomático pampeano. Y este principió su discurso o arenga (en araucano). En todas las épocas, en todos los países y en todos los idiomas, desde los pueblos más civilizados hasta los más salvajes, ha habido y habrá hombres más inteligentes, con más facilidad de expresarse en palabras, tribunos nacidos, sin más elocuencia que la natural, sin otro artificio en su palabra que la fuerza que le había otorgado la Providencia.

El tribuno pampeano principió su peroración. Después de los saludos, de costumbre entre ellos, dijo más o menos estas palabras en su arenga: “Hermano y Cacique Simón, hijo de cuna ilustre, noble descendiente de Caupolicán y de sus sucesores, valientes defensores de nuestras libertades. En tus venas corre la sangre de Lautaro, Painé y Yanquetrú y de otros tantos valientes caciques que han defendido la tierra que nos vio nacer. Los ríos, los bosques y las montañas de la Araucanía y de nuestra rica y amada Pampa están cubiertos de cadáveres de nuestros hermanos que prefirieron sucumbir luchando como leones en defensa del suelo patrio antes de inclinar la frente y sufrir el yugo del bárbaro cristiano que nos ha despojado de nuestros campos que nuestro Dios nos ha legado. Nosotros nunca hemos atravesado los mares para invadir las tierras de los padres de estos perros cristianos (huinca trehuá). Nosotros no los hemos mandado llamar, ni deseamos sus costumbres corrompidas, sus deslealtades, pues nunca cumplen lo que prometen, siempre faltan a la verdad. Si nosotros somos borrachos, ellos nos enseñaron a ser borrachos y jugadores. De ellos hemos aprendido a robar mujeres ajenas, a cautivar criaturas, a incendiar poblaciones o pueblos enteros. Ellos nos han enseñado a arrear vacas y yeguas ajenas. Todos nuestros vicios los aprendimos de ellos. Si matamos a los maridos o a los padres de los que cautivamos, es porque ellos nos dieron el primer ejemplo y hasta hoy son más crueles y bárbaros que nosotros. Cuando asaltan una toldería de indios, no dan cuartel ni a los inocentes. Ellos dicen que (nosotros) los invadimos, cuando es lo contrario: son ellos los que nos van quitando nuestras tierras. Ya ves adonde han ido a poblar: a Guaminí y a Carhué, quitándonos los únicos campos buenos que nos habían quedado."

“En nombre de tus ilustres antepasados te rogamos que nos sigas al desierto. A eso hemos venido. No queremos guerra con vos. Juntos combatiremos a estos perros cristianos, pues sólo lo esclavitud podés esperar de ellos. Nunca guardan fidelidad en sus tratos. Son y serán siempre unos ladrones de campos, de mujeres y de hijos.”

Más o menos éstas fueron las palabras con que nos agasajó el Cicerón indígena cuya arenga duró como media hora. Don Simón consultó entonces a don Antonino y éste tomó la palabra desde arriba diciéndole a su hermano: “Decile que nuestro padre juró defender la bandera de la Patria Argentina, la que cobijó nuestra cuna, y que al tiempo de morir nos hizo jurar a nosotros diciéndonos que muriésemos defendiendo la Patria en donde reposan sus despojos. Es inútil que nos busquen para amigos en la forma salvaje que lo hacen, invadiéndonos en alianza con nuestro hermano Justo, que está hecho un loco de atar. Nosotros no queremos volver al desierto a la vida indígena. Somos cristianos y nunca faltaremos a nuestro juramento. No obstante, le pedimos dos horas de plazo para combinar algún arreglo con nuestro hermano Justo respecto a su familia, arreglo amistoso para que no haya efusión de sangre”. Y por último dijo al Demóstenes pampeano: “Decile a mi hermano Justo que algún día tendrá que llorar lágrimas de sangre para mitigar la rabia y el dolor que sentirá por haber renegado de su Patria y traicionado a su bandera”.

Don Antonino, al pedir dos horas de plazo para hacer algún arreglo, pensaba ganar tiempo y entretener a los invasores en la esperanza que llegara algún socorro de Junín, de Bragado o de Nueve de Julio.

Como a la una de la tarde los indios nos habían encerrado completamente. Se habían colocado como a cinco cuadras de distancia. Volvimos de nuevo a disparar nuestro cañoncito, cargándolo con pedazos de ollas de fierro y con atados de “puntas de París” que era nuestra metralla. Así se consiguió matar a un indiecito malón y herir dos más. Serían las dos de la tarde, cuando nos trajeron un ataque general. Conseguimos contenerlos, porque los caballos se asustaron por los disparos del cañón y de los Remingtones. Estos últimos no hicieron ningún daño en las filas de nuestros enemigos. Han disparado como trescientos tiros sin haber dado con uno solo en el blanco. También los malones trajeron unos veinte tiradores de Remington, pero tuvieron mala puntería como los nuestros. Apenas consiguieron matar a un Guardia Nacional que estaba arriba en la azotea parado sirviéndonos más bien de estorbo. Una bala perdida lo atravesó. Yo estaba parado a su lado, cuidando que no subiera algún malón ni trepase algún cristiano de los que venían con ellos al galpón de la barraca. Cuando el infeliz sintió que el tiro le había alcanzado, dijo: “Me han muerto”. Lo agarré antes de caer, pero ya era cadáver. Fue una muerte feliz, sin sufrimiento.

A las tres de la tarde, los malones nos dieron otro ataque más decisivo. Se desmontaron unos cien indios. A pie, arremangados los brazos y las piernas y lanza en ristre, saltaron el foso. Arrollaron a nuestros defensores, o mejor dicho, éstos se apretaron las de bailar. Este fue el momento más crítico. Se formó una confusión tremenda. Los indios que atacaban, los cristianos que se refugiaban en el corralón confundiéndose con todas las familias de los asaltantes, pues éstos eran sus maridos, hijos, padres, nietos y parientes. Los indios que seguían a don Justo fueron los más decididos en el ataque y mostraron ser los más valientes, afanados por rescatar a sus familias, las que habíamos encerrado en el corralón, como también las familias de los indios fieles, las que habíamos subido a la azotea.

El capitanejo Chaima se había adelantado a los demás asaltantes, acompañado de quince indiecitos criollos, todos de Los Toldos. Ya estaban por trepar al corralón que era hecho de duelas de pipas de vino carlón, cuando se presentó don Antonino y le dijo a su tío Chaima con voz potente: “Mi mallé (tío), ¿algún día, mi padre, su hermano, le dijo que usted había de venir a pelear en contra de sus hijos y de la patria a quien usted juró defenderla con su vida? ¿Cómo será posible que en su vejez usted, haya aprendido a quebrantar su palabra? Los que descienden de Caupolicán no saben faltar a su juramento y usted será el único y el primero que lo hace conscientemente”.

Chaima largó un hondo suspiro, bajó la cabeza y se echó a llorar y ordenó a los valientes indiecitos dar la vuelta. También ellos lloraron de despecho por el duro apostrofe de don Antonino. Todos volvieron tristes y abatidos a repasar el foso.

Mientras tanto, la pelea se había concentrado al pie de la azotea. Se nos estaban acabando las municiones de los Remington, que sólo servían para hacer ruido. No nos quedaron ni pólvora, ni ollas de fierro, ni clavos para cargar nuestro cañón. Nos parecía que había llegado el momento de morir y dejar para siempre este eterno valle de lágrimas. Por fin iba a ver el fin de mis interminables sufrimientos. Hasta este momento, toda mi vida no había sido más que una continua lucha sin goces (tregua) de ninguna clase. Yo, ciertamente, era un predestinado para sufrir. Estaba esperando el momento de morir para ser más feliz. Hubo momentos, pienso yo, que la Providencia me puso a prueba para darme más tarde la paz, la tranquilidad y la abundancia.

Los momentos eran críticos. Ya un cristiano enemigo quiso subir al galpón y yo lo desmayé de un ladrillazo. Al mismo tiempo mataron a dos indios quienes, lanza en ristre, venían a entrar al corralón por la puerta principal del foso. Venían en compañía de José Platero, quien demostró ese día ser un indio valiente.

Este indio criollo, uno de los que más instigaron a don Justo a irse a la pampa, era cuñado de Coliqueo por partida doble, pues estaba casado con Anita y doña Agustina Coliqueo. El era natural del 25 de Mayo, de la tribu de Rondeau. Una hermana suya (Catalina Cayumill o Platero) era casada con Justo Coliqueo. Platero era valiente hasta la temeridad, estaba dotado de todos los vicios del gaucho y de ninguna de sus cualidades nobles. A pesar de ser cristiano por nacimiento, de haber sido cristianado, aborrecía de muerte a los argentinos y se embravecía como un tigre sediento de sangre cuando veía a un europeo. Este día demostró ser un tigre, tanto en la paz como en la guerra. Pues atropelló el portón. Tenía una vincha en la cabeza. Venía arremangado hasta los sobacos y hasta las rodillas. Blandía una tremenda lanza, haciendo mil contorsiones como quien baila la jota, para que no pudieran hacer puntería fija en su cuerpo. Así atropelló gritando: “¡Cristianos perros, salgan a toparse con un toro si son toros!”

El capitán Monje salió, entonces, a su encuentro. Envolvió su poncho en un brazo, se echó el sombrero a la nuca y con el yerra fuego (el facón) en la mano, le dijo: “¡Atropellá hermano, que de antojo no vas a cortar!”

En ese momento los dos compañeros de Platero cayeron al suelo (muertos por sendos trabucazos) y don Simón Coliqueo e Isidoro Catricura salieron a ponerse a la par de Monje. Entonces Platero emprendió la fuga.

Esos dos indios fueron los únicos que se mataron al pie de la azotea. A uno lo había muerto Urbano Reynoso desde arriba de la azotea y al otro lo mató el cordobés Almadale. Por el momento los asaltantes se retiraron como a tres cuadras de la azotea. Los malones se habían apoderado ya de la hacienda vacuna y yeguariza de los Coliqueo, como de mil cabezas. Los habían encerrado en un gran potrero lindero al foso. Se habían llevado ya todos los caballos de los indios fieles y de los Guardias Nacionales, de manera que quedamos completamente a pie y cercados por todas partes, sin balas, sin pólvora. No tuvimos ya municiones de ninguna clase. Estábamos a merced de los invasores. Los Guardias Nacionales estaban desalentados, sólo esperaban que viniera pronto la noche para escaparse en la oscuridad de a pie. Una gran tormenta venía aproximándose del este y del sur. Se oían sus truenos, se veían los relámpagos como para hacernos más amargos nuestros momentos supremos próximos.

Los defensores, don Simón y don Antonino (Coliqueo), Ramón Cayún, Catricura, Lincoqueo, Antonio Sangre, el capitán Monje, Ignacio (Arzuaga) y este pobre diablo (Electo Urquizo) juramos pelear hasta morir. Don Antonino decía: “No hay que pensar en capitular. Aquí están los huesos de nuestro padre. Aquí quedarán los nuestros”.

El pobre don Juan era una momia. Apenas respiraba del jabón (susto) que tenía. Había ocho o diez indios más con quienes podíamos contar y que estaban dispuestos a no rendirse. Estos fueron el capitanejo Juan Peynequeo, Bartolo Ulluán, Manuel Trompa (Traripa), Dionisio Rozas, José Carranza, Vicente Coifin, Antón Coliqueo y otros indios más.

Los momentos fueron críticos. Los malones se prepararon de nuevo para atacarnos. Este asalto debía ser el decisivo. Estuvieron bien informados de nuestra situación crítica y precaria. Más de trescientos indios bien robustos se aprontaron a tres cuadras de distancia. De la azotea divisamos bien a nuestros futuros verdugos. Don Justo y el cacique Picen se multiplicaban dando órdenes de un punto a otro, estimulando a sus soldados al combate de exterminio ordenando no dejar cristiano ni indio amigo de éstos con vida.

El sol se iba a poner en el ocaso. La tormenta se nos venía encima con sus truenos, que nos hicieron más siniestra la situación. La algarabía en la azotea, en el corralón, en el galpón de la barraca, era infernal. Los hombres gritaban, las mujeres viejas y mozas todas lloraban, porque veían que los enemigos se aprestaban al asalto y a la matanza. Los chinitos y las chinitas, de los cuales había un enjambre, lloraban a mandíbula batiente. El aullido de más de mil perros y cuzcos que nos auguraban un fin desgraciado. La disciplina de los Guardias Nacionales y de los indios estaba relajada. Nadie obedecía. En fin, éramos entre chicos y grandes como quinientos seres que gritábamos, llorábamos y maldecíamos a nuestro hado fatal. Y a estos gritos y maldiciones y lamentos, agrégales el aullido de mil perros y podrás imaginarte un bonito cuadro de nuestra situación. En ese momento supremo en que veía seguro el término de mi vida, se me presentaron a mi memoria mi pobre madre desamparada en Tucumán, mi compañera de pobrezas, mi hija y vos que estabas en la panza de la vieja. Cariño filial, amor, gratitud, rabia, despecho, hambre de matar... Era uno de los tantos locos y corría de un lado para otro como un idiota, blandiendo un tremendo facón en la mano. Era un bochinche espantoso, cuando de improviso se sintió una banda musical ejecutando un pasodoble marcial, el mismo que la banda del primero de línea había ejecutado en la retirada del campo de batalla en Cepeda, en 1859, marchando en dirección a San Nicolás. ¡Imposible describir el júbilo de unos, el estupor de otros y el atolondramiento de muchos causada por esa transición impensada. ¿Era un sueño? ¿Era alguna música celestial que sonaba en los aires para despedirnos alegres de este mundo de amarguras? ¿De dónde venia? Nadie se había apercibido de la banda musical y sin embargo estaba como a cinco cuadras de la azotea. Venía acercándose por el camino del Bragado. Los mismos malones se quedaron en suspenso y como clavados en tierra. Suspendieron sus aprestos bélicos. Parecía que gozaban de los acordes marciales de la banda, de una música que venía a arrebatarles una presa que ellos contaban suya segura. Un silencio sepulcral había sucedido a la batahola. ¡Oh poder grandioso y divino el de la música!

Al fin se divisó un pequeño cuadro de unos cien soldados incluyendo la banda de música que marchaba en el centro del grupo y a los costados de este cuadro venían unos quince o veinte hombres a caballo, todos ellos particulares. La tropa se acercaba, la noche se aproximaba y la tormenta, cada vez más brava, descargaba sus truenos y bramidos sobre nosotros. ¡Habían llegado nuestros salvadores! Los invasores no les pusieron ningún obstáculo. Los cien hombres eran del Batallón Guardia Provincial al mando del mayor Víale. Los civiles eran don Guillermo Dolí, Carlos J. Costa, José Blanch, Pancho Trejo, Gregorio Labastida, Lemos Echeverría, Antonio Arzuaga, Ambrosio Lugones, Juan Blanch, el alcalde Montenegro, Fortunato Silva, Nolasco Medina y otros más que no recuerdo ya. En mis borradores hay páginas que tienen algunas palabras ilegibles, porque hace muchos años que andan rodando de un lado para otro. El mayor Viale repartió luego su tropa en los ángulos del foso. A la banda la puso en el centro y ésta rompió nuevamente sus acordes con un precioso vals, en esa época muy en boga. Verdaderamente, la música ejerce un poder misterioso sobre los hombres. Los ecos del pasodoble y del vals borraron en un momento todos nuestros dolores y amarguras de ese terrible e inolvidable día de lucha y de ansiedad. Hasta olvidamos el hambre; en realidad no habíamos probado un bocado de nada en todo el día y estábamos extenuados de cansancio.

Ignacio y yo nos ocupamos, luego, en agasajar a nuestros libertadores. Los indios invasores desistieron de su último asalto. La noche se cerró y se desató la tormenta de modo que nos parecía que el cielo nos venía encima. Esta noche dormimos unos sentados, otros parados. No cupimos dentro del negocio. Era imposible acostarse, no había sitio para ello. Allí estuvieron todos los señores civiles del Bragado, los oficiales de la Guardia Provincial, los Coliqueo con sus familias ...

Esa noche me hice el firme propósito de mandarme a mudar con lo que don Juan Arzuaga me quisiera dar. No haría cuestión de capitales a mi socio. El inmortal Dante en su Divina Comedia describe el infierno, pero esa fue una imagen ideal. Yo creo que puedo decir con propiedad que he estado aquí en el purgatorio y en la profundidad de los infiernos. Yo espero que después de mi muerte no me manden a los infiernos, porque durante treinta años he sufrido tanto infierno y purgatorio que creo tener derecho de ir al cielo, si es cierto lo que dicen los hombres con sotana.

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Nota:

1 En el original empieza aquí el capítulo 25; pero nos parecía que lo que antecede forma parte de este capítulo.