Memorias de un Pobre Diablo
| Capítulo 19. El saqueo de los indios malones. 19 de septiembre de 1872 |
Voy a describirte, hijo, el saqueo que nos pegaron los indios dejándonos más pobres y más míseros que nunca. Primero te describo las poblaciones que había entonces alrededor de Los Toldos. De Bragado a Rauch son seis leguas. En ese espacio había muchas poblaciones de cristianos radicados en campos del fisco, hoy estancia La Matilde. De Rauch a Los Toldos, que son cinco leguas, había sólo tres poblaciones. En la parte de Nueve de Julio, hacia el sur, en diez leguas había sólo cuatro poblaciones. En la parte que hoy es de Lincoln, hacia el oeste, había estancias, la de La Delfina, la Santa Brígida, la de Novos y otra de Medina y en Bayauca había dos azoteas. Después seguía el desierto hasta San Luis y Mendoza. En la parte que iba al Norte hacia Junín, había cuatro poblaciones, la estancia El Hornito de Rocca, la de Sosa, la de Valergas y otra de Atucha, luego el pueblo de Junín. Afuera de Nueve de Julio tampoco había poblaciones, de manera que estábamos casi en pleno desierto. Aquí no había más autoridad que la del Cacique. No se conocía ni la constitución, ni códigos, ni más libertades que las que al Cacique se le antojaba a otorgar. Y sin embargo ni el cacique viejo don Ignacio Coliqueo, ni don Justo Coliqueo abusaron de cristiano alguno ni de indios. Ninguno de los Coliqueos han cometido injusticias, bribonerías y abusos como los hicieron los “santiagueños” de Bragado; nada de cepo colombiano, ni de estaquiaduras, ni palizas. A nadie mandaron de veterano porque se le antojaba. Los Coliqueos, siendo indios, no han escarnecido la justicia, no han humillado a pueblo alguno, no han conculcado derechos políticos de ningún ciudadano.
Ahora describo el rancho en el que estaba instalado mi boliche el día antes del saqueo: Era un rancho de paja, de 9 varas de largo por 5 de ancho. Paredes en barro, techo de paja. Una ventana de cinco cuartas de largo por tres y media cuarta de ancho colocada en un mojinete que sirve de mostrador. La hoja de la ventana se sujetaba durante el día con un palo. De noche se cerraba con un pasadorcito. Casi al extremo del rancho, una puerta de 1,70 m. de alto y 0,80 m. de ancho. Era la única y que servía de entrada y salida al negocio. La hoja de la puerta era de tablas de cajón sin machihembrar con una tranca adentro. En este rancho de nueve varas por cinco, estaban el negocio, la barraca, cueros, cerdas, plumas, mulitas, perdices, el dormitorio, el comedor. No se podía pedir más estrechez. Y sin embargo ese mísero rancho ha servido de cimiento para formar cuatro grandes casas de comercio, de El Argentino en Los Toldos, de La Argentina en Bragado, El Sol de Mayo de General Pinto y El Indio de la Estación América, hoy Rivadavia, sin contar las sucursales que han tenido estos negocios. Ha servido para formar doce individuos que comenzaron de cadetes y concluyeron por ser patrones. Y ese boliche fue empujado a tanta altura por dos infelices desgraciados, por mí y por tu madre. ¡Aprendé, mi hijito, a no mirar en menos a los desheredados de la fortuna, porque allí tienes tu origen!
Cuando llegué a ese mísero rancho y boliche, todo mi capital eran dos pesos m/c (8 ctvs. oro equivalentes a 17 ctvs. m/n.). Mísero era el rancho, mísero el boliche y mísero el nuevo gerente. Ya ves a donde nos empuja la humildad, la lucha y la perseverancia ”. 1
El día 18 de setiembre de 1872 estábamos muy tranquilos y con mucha calma. Todo el mundo dormía después de una farra de cuatro días con sus noches. Solo unos cristianos rezagados y conocidos quedaban en casa: Justo Ramos, Casildo Silva, Luis Latorre y Tomás Andrada. Este era un paisano muy borracho. Siempre tomaba hasta caerse. Entonces lo arrastrábamos a la cocina y le echábamos unos cueros encima. Le desensillaba el caballo, se lo ataba a soga y le guardaba el recado. Era padre de ocho hijos, puestero de la estancia La Cautiva de don Segundo Rubio. Sólo Justo Ramos dormía adentro.
Serían las tres de la madrugada del día 19, cuando nos golpearon la puerta diciéndome: “¡Levántese, amigo Urquizo, que los malones tienen rodeado al Cacique!”.
Como movidos por un resorte, nos levantamos. Había llegado el momento crítico que tanto temíamos y que esperábamos a cada momento. La hora de morir había llegado. Salimos al patio. Los huéspedes de la cocina se habían hecho humo. Sólo quedábamos yo, el dependiente Gorrozábal y mi compañera de infortunios que lloraba abrazada a mi hijita. Ella estaba encinta como de cinco meses. Yo no atinaba a nada. Estaba idiotizado. La idea que aquella infeliz madre iba a ser cautiva de los indios y también la hija, me anonadaba. Sentía un desprecio por mi vida, unas ansias de morir para que terminase de beber este cáliz de amarguras.
En ese momento se presentó el paisano Tomás Andrada a caballo sin recado; lo había jugado en las carreras durante los días de farra, —y me dijo—: “Vengo a ver si es su gusto y el de su señora, si la puedo salvar llevándola en ancas hasta la azotea de don Segundo Rubio. (Distaba esta una tres leguas de nuestro rancho). ¡No llore, señora!, —le decía Andrada—. Voy a hacer lo posible para que no caiga en poder de estos infieles. Así le pagaré los servicios que me ha hecho usted y mi paisano Urquizo, dándome de comer sin conocerme y tapándome con unos cueros,
Cuando estaba caído por borracho, para que no me muriese de frío. Aunque soy un pobre anciano, pero tengo corazón como los demás hombres, y sé agradecer un servicio desinteresado. ¡Echemelá en las ancas!” —me dijo. Y entonces la levanté a tu madre y la coloqué en las ancas del caballo de Andrada que estaba inquieto al sentir la algarabía y el bullicio de los indios. Le alcancé también a mi hijita, después de cubrirla de besos, quizás los últimos y con el corazón hecho trizas me despedí para siempre de tu madre, mi compañera de pobrezas, de miserias y de infortunios. Andrada tomó el rumbo de la estancia de Rubio, hundiéndose en una espesa neblina que se había levantado de manera que no se divisaba nada ni a dos pasos de distancia.
Apenas habíamos concluido de despedir a tu madre, cuando sentimos que indios bajaban por la parte de la entrada del foso, donde estaba la tabla que servia de acceso al negocio. Ángel había sacados dos revólveres de una caja de prendas. Me alcanzó uno. Y yo le pregunté:
—¿Qué hacemos ahora, hijo?
—Morir matando —me contestó el buen vasco.
—¡A la tabla —le dije —y no hay que recularle a la muerte! Yo por mi parte, le doy gracias a Dios si voy a terminar con esta vida tan amarga.
En el momento que Gorrozábal iba a hacer fuego, le contuve para advertirle que había que aprovechar bien las balas a quemarropa. En ese mismo momento nos gritó un indio: “¡No tirando tralcá, amigo Urchizo! ¡Váyase a la casa del Cacique! Nadie le hará nada, porque el Cacique ha pedido por la vida de todos los pulperos!”.
Así fue. Pasamos por entre los indios sin que nos molestaran y nos dirijimos a la casa del Cacique (Justo Coliqueo). Cuando lo encontramos, otra partida de indios venía gritando: “Amuí Mercado (vamos a lo de Mercado)”. Con este nombre se conocía mi negocito. Yo me figuré que eran amigos que iban a proteger mi pobre boliche y le grité a uno:
—Che, hermano, ¿vos sos de los nuestros?
—Yo no soy de los tuyos, hijo de una... —me contestó y quiso atropellarme con el caballo, enristrando la lanza como para ensartarme. No tuvimos más tiempo que tiramos al foso viejo del Cacique Ignacio Coliqueo. Mi compañero sacó el revólver e iba a hacer fuego. Entonces el indio siguió a escape su camino con dirección a mi negocito en donde se sentía una batahola infernal de los que se peleaban en la oscuridad para agarrarse las pilchas (y prendas). El mismo griterío se sentía del negocio de don Juan Arzuaga y de don Eduardo Cristóbal. Don Esteban Brizuela había levantado su negocio, hacía unos dos meses y se había retirado a Bragado.
Nos acurrucamos, pues, en el foso de la tapera vieja. Hacía un frío terrible. Había caído una buena helada esa noche. Los Toldos estaba en ese momento convertido en una Babel. Los gallos, los teros, las lechuzas cantaban y gritaban. Los relinchos de los caballos, los ladridos de los perros, el lengüeteo de los indios mansos que parlamentaban con los malones parientes que venían entre los invasores. Todo parecía una ciudad fantástica a esa hora que apenas se anunciaba el crepúsculo. El ruido de los cajones, cajas y puertas que rompieron en los negocios. Los alaridos de los Capitanejos e invasores que llamaban a sus indios. Todo infundió terror. Yo creía soñar.
Mi compañero y yo quedamos en el foso viejo hasta las ocho de la mañana, más o menos, hasta que un indio conocido pasó por el borde del foso. Le llamé y me dijo: “Los ando buscando, porque ustedes son los únicos pulperos que faltan”. Y nos condujo a la casa del Cacique don Justo Coliqueo. Allí nos encontramos con nuestros dos colegas y algunos dependientes: con Martín Pérez y Pedro Casanobet, el panadero que nos traía pan, galletas y demás mercadería del Bragado. El había llegado esa misma noche y los invasores le liquidaron todo lo que traía en el carro.
El saqueo que nos pegaron fue de mi flor y truco y nos echaron la falta. No nos dejaron más que los ranchos pelados. Los invasores llegaron hasta Las Petaquitas, hoy San Eduardo y O’Brien, hasta La Matilde, hoy Máximo Fernández y por la parte de Junín, hasta el Fortín Maroto y en dirección a Nueve de Julio, hasta lo de Trejos. El arreo que llevaron se calculaba en 30.000 vacunos y más de 10.000 animales yeguarizos. Por la tarde volvió a producirse la misma batahola y algarabía de la mañana: El balido de treinta mil animales vacunos sacados de la querencia a medio correr, dejando las crías abandonadas. El relincho de diez mil yeguarizos en las mismas condiciones. El llanto de las chinas de los indios de Coliqueo porque las llevaban escoltadas como cautivas. El llanto de un enjambre de chinitos y chinitas que lloraban al verlas llorar a sus madres y hermanas. El aullido de tres o cuatro mil perros y cuzcos y no había menos en todo Los Toldos. Unos seguían a sus amos, otros se quedaban en Los Toldos abandonados. Todo esto hacía estremecer el alma de espanto y de sentimientos de rabia. Creía soñar y era la realidad. Llegó el momento de partir, de despedirnos del Cacique don Justo y de sus hermanos don Simón y don Antonio. Los tres lloraban de despecho, de sentimiento por dejar quizás para siempre la tierra de los cristianos. Don Justo nos hizo decir por su hermano Antonino: “Hasta este momento he podido salvarles la vida. Hasta hoy no se ha muerto ningún cristiano en las tierras que yo gobernaba. Tan pronto que salgamos del foso (allí se hallaban prisioneros), levanten la tabla (desde el interior de la casa). Y si vienen a matarlos, mueran peleando como buenos cristianos. No se rindan, por más promesas que les hagan. Quizás las tropas del Gobierno nos den alcance esta noche. Nosotros vamos a pelear a los invasores en cuanto tengamos una ayuda de los cristianos. Si llega el Coronel Borges de Junín, díganle de mi parte que nos atropelle con confianza a cualesquier hora. Que cuente con nuestra ayuda. Quizás crean que nosotros vamos sublevados o que hemos estado de acuerdo con los invasores. Ustedes mejor que nosotros saben cuál ha sido nuestro proceder hasta hoy. Nuestro padre era araucano. Un día juró morir peleando en defensa de los cristianos y de su bandera que es la nuestra. Nosotros somos argentinos, nacidos en la pampa. Estamos criados y habituados a las ventajas y comodidades de la vida cristiana y sólo a la fuerza abandonamos nuestra patria y nuestros hogares”. 2
“Díganles a nuestros amigos, a don Segundo Rubio, don Manuel Martínez y don Nicolás Robbio que nos defiendan de las calumnias porque seguramente vamos a ser víctimas de nuestros enemigos. Dirán por qué no los hemos peleado a los malones. Ustedes saben que yo estaba solo con un soldado en mi casa, cuando me rodearon unos cincuenta indios y otros tantos lo hicieron con Simón y con Antonio, y lo mismo con los capitanejos más influyentes de la tribu. Hemos sido sorprendidos. Esta invasión ha debido pasar casi de día la línea de fronteras. ¿Y cómo es que una invasión tan grande no fue observada? A la fuerza había de ser sentida en los fortines. Y sin embargo no hemos oído un solo cañonazo de alarma de los fortines, como es de orden, para que nos hubiéramos puesto a la defensa, aunque nuestra derrota habría sido segura, porque ellos son mil y tantos indios invasores. Pero los habríamos peleado en retirada hasta Junín”.
En verdad, esta invasión fue una sorpresa para Coliqueo. Ni se imaginaba que fueran sorprendidos de una manera tan fea. Nos agarraron sin perros. Las farras de los días anteriores nos hicieron dormir en nuestros laureles. En los ocho años que estuve en Los Toldos viejo en contacto diario con los tres hermanos Coliqueo, jamás sospeché nada respecto a la fidelidad de ellos. Había llegado a tener tanta intimidad con ellos que no había secretos para mí. Ellos amaban la Patria, como el argentino más patriota.
Por fin partieron los indios. A los tres hermanos (Coliqueo) los llevaban bien escoltados y separados de sus tribus. La escolta se componía de treinta indios malones, seleccionados de entre los más valientes de los invasores. La tribu marchaba aparte, escoltada como por 500 malones. Todos los hombres de pelea de la tribu de Coliqueo llegaban a unos 200 conas de lanza y la chusma contaba unos 800. Las caras de los indios malones inspiraban miedo. Todos tenían pelos largos atados con sus vinchas, no usaban sombreros. Caras cobrizas y ceñudas, cuerpos medio desnudos, larga lanza en brazo. Montados en caballos ágiles como la luz, prontos y obedientes a la rienda. Ninguno tenía freno. Usaban recados muy livianos compuestos de cueros de tigres, leones, aguaraces y gamas. Se notaba que aquellos infelices eran salvajes y necesitaban muy poco para vivir.
Los indios apenas habrían andado unas veinte cuadras de distancia, llegaron las autoridades de Bragado: los Lugones, los Trejos, el comandante Idollaga, el Juez de Paz don Pedro Costa y como treinta hombres de la Guardia Nacional y la policía. Entre ellos vino mi patrón. Les informamos de lo que había pasado. Y todos a una voz dijeron: Los Coliqueo se han sublevado y habrán estado de acuerdo con los malones. Y no había forma de disuadírselo. ¡Pobres indios, cómo los calumniaron! Tenían razón, cuando preveían que les iban a cargar la mano echándoles el mochuelo (mote) de sublevados.
Los bragadeños se guardaron muy bien de perseguir a los indios invasores y de prestarles alguna ayuda a los indios amigos; al contrario: se convirtieron en malones civilizados y entraron a saquear Los Toldos abandonados, en vez de prestarnos algún auxilio a los que estábamos con vida, pero casi en cueros. Fueron ellos más malos para nosotros que los malones, más ladrones y más audaces. Ni pavos, ni gallinas dejaron estos indios de caras blancas. Todas las majadas, vacas, yeguas, cabras y chanchitos, todo fue juntado y arreado con dirección al Bragado. La tribu tenía mucho trigo guardado en trojes de tierra para venderlos en noviembre. Los nuevos invasores anduvieron, revólver y facón en mano, disputándose las trojas. No dejaron ni un cuero en Los Toldos, ni los que servían a las chinas como camas. Cargaron todo en cargueros y se pusieron en marcha a las nuevas Salinas Grandes. Uno de los personajes políticos principales del Bragado, don Narciso, se arreó una majada de cabras, la que tuvo hasta el año 1890 en las inmediaciones del pueblo. Los invasores civilizados nos quitaron de las manos lo que los indios no habían podido llevar, las botellas tiradas en nuestros negocios fueron sus presas. El sargento de la policía me quitó la guitarra de mi casa y que yo había recogido de la zanja. Me dijo en tono de mandón: “¡Traiga esa guitarra para mí, hijo de una gran p ... !” Por el mero hecho de vivir entre los indios, merecía ser degollado. Hubo majadas que fueron a parar a Navarro y a Chacabuco. Caballos de la marca de Justo Coliqueo he visto en 1874 tirando los tranvías del Anglo Argentino en Buenos Aires. Los invasores de Bragado han hecho más daño a la tribu de Coliqueo que los invasores de la Pampa.
En la noche del 19 al 20, a las doce más o menos, los indios malones se hallaban reposando un poco, a la altura de la azotea de La Amelia, cuando se sintieron unas descargas de la parte de Bayauca y otras a retaguardia. Al mismo tiempo se sintió tocar a degüello a varios clarines de guerra. Imaginémonos el bochinche y el barullo que se armó entre los indios malones y mansos. Invasores e invadidos, todos creyeron que las tropas de Ancalú, hoy Gral. Pinto, y las fuerzas del Fuerte Gral. Paz, hoy estación C. Casares, venían tras marchas forzadas al encuentro de los indios malones. Estos sólo atinaron a disparar, arreando a medio correr lo que podían. Los Coliqueos se quedaron quietos. La tribu hizo otro tanto. No se movió. Los jefes se incorporaron luego a su tribu; sus guardianes los habían abandonado. Mientras tanto se aproximaron las descargas de fusiles y los clarines no dejaron de tocar a degüello. Fue el Coronel Borges, jefe de la frontera, establecido en Junín, quien con unos cien guardias nacionales y unos treinta veteranos había emprendido, a las dos de la tarde, la marcha desde Junín. A las ocho de la noche estuvo en Santa Brígida (Bayauca). Allí supo con propiedad el número de los invasores y se propuso sorprenderlos, porque no contaba con seguridad de que llegaran a tiempo las tropas de Ancalú y del Fuerte Paz. Era mucha la distancia que debían recorrer. La idea le salió bien. 3
Al otro día, sólo encontró a Coliqueo y a su tribu. Estos mandaron a Antonino (lenguaraz oficial) a dar las gracias al Coronel Borges y al Comandante Ataliva Roca por haberlos rescatado y para pedir al Coronel las órdenes como a Jefe Superior. Don Antonio fue, entonces, a cumplir su misión y se presentó al Coronel. Este lo recibió muy serio. También él creía en la mala fe de los Coliqueos. Don Antonio apenas había principiado a hacerles el relato de la invasión, cuando un paisano, llamado Fermín Sánchez, baqueano del Coronel, lo atropelló con la lanza, diciéndole: Mientes, indio trompeta. Y le pegó un lanzazo en un bazo. El Coronel se limitó a reprender con blandura al atrevido gaucho que había herido a un inocente y a un indio muy fiel para con los cristianos y aún al partido político del mismo Coronel Borges quien sería un sublevado al Gobierno de Sarmiento durante la Revolución de 1874. Don Antonino recibió el lanzazo callado y en vez de un reproche, lanzó un ¡“Viva la Patria!” y “Te perdono tu ofensa porque somos inocentes de la traición que se nos imputa”.
Según decían algunos oficiales, entre ellos un mayor Vera, fue Ataliva Roca el que incitó a Sánchez a pegarle el lanzazo a don Antonino Coliqueo. Aquí tienes, mi hijo, un rasgo de nobleza en un hijo de indígena: Recibió una herida y una ofensa injusta y, en vez de enfurecerse, vibró en sus labios el grito noble del perdón. ¡Pobres indios! ¡De cuántas calumnias fueron víctimas! ¡Cuántas maldades les han atribuido a estos infelices que no hablan bien el castellano como para poder defenderse! No tienen literatos que los defiendan, que digan a los grandes diarios del país: ¡No mientan tanto! ¡No mistifiquen a la opinión pública predisponiéndola en contra nuestro injustamente!. Ha habido más picaros y más ladrones entre los cristianos y los hay más que entre estos pobres indígenas.
Una vez que le habían vendado la herida a don Antonino, recibió la orden de que el cacique don Justo Coliqueo y su tribu volvieran a sus Toldos y allí esperasen nuevas órdenes. A don Ataliva le habría gustado que los Coliqueo se hubieran sublevado o que el Jefe de la Frontera los hubiese desparramado a fin de coparse (adoptarse) las seis leguas cuadradas de campo, lo que era su sueño dorado.
El día 20, por la tarde, los indios volvieron a sus toldos y se encontraron con sus ranchos bien saqueados y que sus majaditas, sus aves y sus quillangos habían sido robados por los bragaderos. ¡Pobres chinas, ni cueros para tenderse les dejaron!
Nota:
1 Placa que don Electo hizo colocar al frente de su gran negocio en Los Toldos, después que sus sucesores se habían declarado en quiebra y fue clausurada la casa:
“EL ARGENTINO
Antigua casa de Urquizo, fundada el 6 de abril de 1872 con un capital de 437 $ con 13 ctvs. Y de este capital sólo 17 ctvs. eran de Urquizo. El Trabajo es honrado y regenerador. La economía es moralizadora y emancipadora. La integridad es la llave mágica que abre las puertas del crédito y este es la palanca poderosa que eleva a los trabajadores a las cumbres del crédito ilimitado que llegó a tener esta casa cuando tuvo administradores juiciosos, modestos y económicos. Esta placa fue colocada por el fundador de la casa, el día 9 de Julio de 1916”
2 Concuerda el texto con una carta que el cacique Justo Coliqueo mandó con urgencia al Juez de Paz de Nueve de Julio, publicada en Coliqueo, ob. cit, p. 143.
3 Existe un relato vivido de esa acción de rescate, escrito por el mismo Cnel. Francisco Borges, publicado en Coliqueo, ob. cit p. 149 ss.