Memorias de un Pobre Diablo

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Capítulo 21. Continúan mis trabajos y los atropellos a la tribu en 1873

Después de la invasión de los indios (en setiembre de 1872), los señores Juan Arzuaga y Cía. celebraron un contrato con don Simón y don Antonio Coliqueo para la construcción de una casa de azotea con destino a casa de comercio. En el contrato establecieron que ellos quedarían exclusivamente en el negocio en todo el campo perteneciente a la tribu durante cinco años, término fijado para este contrato. De esta manera debía cerrarse mi negocio y el de don Eduardo Cristóbal y debíamos salir del campo. Pero le aconsejaron a don Juan que no se quedara con la exclusividad de su negocio, para evitar envidias y maledicencias y porque indios y cristianos dirían que se aprovechan en los precios de los artículos a vender, como en la compra de los frutos del país. Terminada la azotea, los Arzuaga establecieron una casa fuerte quedando mi negocio y el de Cristóbal relegados a boliches de poca importancia. No les hicimos daño. Ellos vendían más barato y pagaban un precio más alto por los frutos recogidos. No pudimos competir con ellos; vivíamos de las sobras que ellos no podían atender. Mi colega Cristóbal que trabajaba menos que yo, se dio a la bebida y esto le restó clientes.

Un día, el señor Arzuaga me propuso, si quería trabajar en escala más alta, que ellos me ayudarían para establecer una casa regular y que trabajaríamos a medias en sus utilidades. Yo acepté la propuesta y me mudé a la casa de don Justo Coliqueo. Me dieron crédito ilimitado en Bragado y me puse una buena casa bien surtida. Entré a trabajar fuertemente. Parecía que la diosa fortuna se había cansado de serme siempre adversa. Vientos propicios comenzaron a inflar las velas de mi bergantín. Desde mi nacimiento me habían soplado vientos contrarios.

En 1874 el señor Arzuaga se separó de su socio, el señor Echeverría. Este señor teniendo un capitalito regular, se fue a Bragado a trabajar más tranquilo.

Los anuncios de invasiones iban en aumento. Los indios malones invadieron en todas partes. Don Justo (el cacique sucesor de don Ignacio) se había vuelto loco. Andaba hecho un diablo atropellando a indios y cristianos, amenazándonos que nos lancearía y se iría tierra adentro, como lo hizo más tarde. Después de haberse separado de su socio, don Juan me hizo la propuesta por intermedio de don Cecilio Martínez, si quería trasladarme con mi negocio a la Azotea, trabajaríamos juntos a medias y tendría más probabilidad de escapar a un nuevo saqueo, además obtendría mejores resultados. Yo acepté la proposición, sólo le hice la salvedad de que temía no congeniar con el carácter de don Juan (era muy nervioso). “Por este lado no tema —me dijo don Cecilio— cumpliendo usted con su deber, con la honradez que le ha caracterizado hasta hoy, viva usted tranquilo. En dos años más, si no interviene algún contraste con los indios, usted será dueño de doscientos mil pesos m/c. y manda después Los Toldos a los infiernos”.

Yo acepté y me trasladé a la Azotea. Fue el 9 de marzo de 1814. En lo material iba mejorando, pero en lo espiritual se me duplicó el sufrir; el carácter de don Juan hasta cierto punto era insoportable. Hazte cuenta que teníamos dos enemigos constantes: por un lado los clientes impertinentes y por otro lado el patrón que imprudentemente armaba unas grescas terribles por discutir con los clientes por dos centavos o con el personal por un error insignificante. Paralizaba el movimiento de la casa. A cada momento se peleaba con sus hermanos Ignacio y Antonio. Cada tanto anduvieron los tinteros, plumeros, escobas, libros y borradores apuntando a alguna cabeza de sus hermanos. Yo entré a ser una especie de sargento de policía. Siempre traté de atajarlos para que no se agarraran a trompadas o a tiros. Este hombre nos hacía la vida un infierno, tan neurótico, tan gritón, tan fastidioso era. Como patrón era muy recto, en sus tratos honrado a carta cabal. Era incapaz de usurpar a nadie un centavo; generoso para comer y obsequioso con sus clientes y con toda clase de gente que vino a nuestra casa. Era muy servicial y protector de los hombres honrados y trabajadores. Así tuvo su lado bueno y su lado flaco, como los tenemos todos los hombres. Dice el refrán que no hay árbol sin sombra. Más de una vez quisimos hacerlo pedazos, pero nos contuvimos unos a los otros en vista de que era tan honrado y leal en sus tratos.

Detractores mermaron su honor esparciendo una calumnia atroz. Decían que cuando los indios saquearon Los Toldos, él se había guardado cien mil pesos y que no los hizo figurar en el inventario que presentó luego a sus acreedores. Esta calumnia se originó de la siguiente manera: En el momento de invadir los indios (1872), fueron sentidos por el cocinero y este golpeó la puerta de don Juan y lo despertó. Don Juan agarró la caja de madera en la que guardaba el dinero y la tiró a la zanja próxima al negocio. Luego se fue a la casa de don Justo que se hallaba enfrente y le dijo a don Antonino donde había escondido la caja con el dinero. Don Antonino corrió al sitio indicado, abrió la caja y recogió el dinero en un poncho. En indio malón se le aproximó en ese momento y quiso arrebatarle el poncho con el dinero. Don Antonino le dio un puñado de billetes de un peso y de cinco pesos m/c. y siguió el camino a la casa de don Justo. Le entregó pues el dinero a don Juan. Después de contarlo resultaron 36.700 $ m/c. contestes con el libro de caja que más tarde se encontró. Sólo faltaron unos trescientos pesos que serían los que don Antonino le había dado al indio malón. Pero con todo, le armaron un barullo por ese incidente y el que más leña echó al fuego fue mi ex patrón. Bastantes ratos amargos pasó don Juan a causa de esta calumnia.

Antes de seguir mi camino, lleno de encajaduras, de barquinazos y bordeado de espinas, voy a narrarte uno de tantos incidentes de los que han sido víctimas los indios. En la mañana del 22 de octubre de 1873 muy de madrugada, se presentó en Los Toldos el Comandante de las Fronteras, don Hilario Lagos con treinta veteranos, acompañados por el Comandante de la Guardia Nacional de Junín, don Ataliva Roca, y cincuenta Guardias Nacionales. A la entrada del campo de la tribu empezaron a hacer un gran barullo. Entraron a sangre y fuego, como se dice, atropellaron unas pobres chinas viejas y las echaron al suelo. Los maridos las defendieron y hubo una pequeña escaramuza. De la pelea resultaron un indio con un hachazo y un Guardia Nacional, llamado Valerio Correa, con un lanzazo.

Los Coliqueo se abatataron al principio, creyendo que se trataba de una invasión de tropas del Gobierno y que aquellos pocos soldados era la vanguardia y que el jefe se había adelantado. Don Justo Coliqueo llamó a sus hermanos y a los capitanejos para acordar algo, a fin de salvarse y salvar a la tribu. No sabían a qué atribuir aquel atropello, sin causa ni motivo. No habían dado lugar para ser atropellados de esa manera. El Comandante Lagos formó cuadro con sus treinta veteranos y el Comandante Roca se puso al abrigo de ese, mientras que el cacique don Justo Coliqueo y sus Capitanejos parlamentaban. Los indios de Manuel Grande que, hacía poco los habían sacado de la Isla Martín García, a donde habían sido secuestrados por una sublevación que intentaron hacer en Tapalqué 1 andaban alborotando a los demás indios, animándolos a pelear a Lagos, a saquear las casas de comercio e irse tierra adentro. Los indios de Coliqueo se alborotaron con la propaganda que les hacían los indios de Manuel Grande, porque les decían que el Jefe de las Fronteras había venido para llevarlos a Martín García. Tomaron, pues, las armas y se dispusieron a pelear. Coliqueo quiso ser prudente, quiso dar y pedir explicaciones al Jefe de la Frontera, pero le fue imposible. Los indios de su tribu y los recién agregados que eran todos criollos, nacidos en Azul y Tapalqué, tenían toda la indolencia del pampa y todos los vicios de la civilización, sin ninguna de sus virtudes. Bastante le pesó a Coliqueo porque había pedido su liberación y porque los había incorporado a su tribu. Todo el contingente que trajeron fue una gran corrupción; eran vagos, borrachos y rateros. Justo Coliqueo no pudo ya contener a su tribu y se puso al frente de ellos. Los tres hermanos convinieron en que debía prenderse al Jefe de las Fronteras y al Comandante Roca para mandarlos a Buenos Aires escoltados por la mitad de la tribu y entregarlos al Ministro de la Guerra, dándole cuenta del atropello sin causa y poniéndose a su disposición en todo y por todo. Mientras esto acordaban, iban llegando los Guardias Nacionales de Junín y engrosaron la pequeña tropa de Lagos. Para quitarles estos recursos, destacaron al Capitanejo Peiniqueo hacia Junín con la orden de tomar vivo o muerto a todo Guardia Nacional que viniera a incorporarse al Jefe de las Fronteras. Así fue. Los Guardias Nacionales se entregaron de a uno, de a dos, según iban llegando. Mientras esto ocurría, la gente de Lagos y de Roca gritaba y se golpeaba la boca, haciendo alarde de valor.

El Cacique mandó entonces a su hermano don Antonino con 20 indios de los más toros, como ellos decían, de esos que no habían aprendido a recular a los malones ni a los cristianos. Los mandó para que pidiesen al Jefe explicaciones por su atropello. Lagos contestó que venía a castigar una desobediencia por no haber contestado una nota respecto a rumores de invasión y de sublevación de los indios de Manuel Grande agregados a la tribu. Era cierto que había mandado esa nota, pero en esos momentos no estuvo don Antonino el lenguaraz. Y como se esperaba que volviera ese mismo día, postergaron la contestación por un día solo y fue lo suficiente para que el Jefe de la Frontera los atropellara, entrando al campo de la tribu tocando a degüello con los clarines de esa pequeña tropa, fue una botaratada del fuerte que se creía con derecho a atropellar al más débil e ignorante. Creo que fe un fútil pretexto, porque lo que había detrás en realidad fue que don Ataliva quería que los Coliqueo se sublevasen a todo trance para que él pudiese coparse las seis leguas de rico campo de la tribu. Roca, en aquellos tiempos, tuvo mucha banca con los Gobiernos Nacional y Provincial y se ocupaba en elaborar su cuantiosa fortuna sin repararse en medio alguno. Además se mezcló en el asunto la política, esa calamidad nacional. Los Coliqueo eran mitristas. Lagos y Roca eran alsinistas. En el horizonte político ya se dibujaba la sangrienta lucha civil de 1874. Harían, pues, dos copos a la vez: quitaban un elemento político a los mitristas, provocando la sublevación de los Coliqueo y se coparían las seis leguas de campo. Pero se escaparon por una casualidad de que no les costara bien caro el atropello. Gracias a don Nicolás Robbio (padre) quien llegó a tiempo de su estancia de San Emilio, pudo arreglarse el desacuerdo entre Coliqueo y Lagos. Los indios, como dijimos, se habían preparado para el ataque, encerrando en un círculo de fierro a los noventa y tantos soldados, veteranos y G. N. (Guardias Nacionales). La caía del Comandante Roca estaba amarilla, como una franela, efecto del jabón que tenía. En cambio Lagos estuvo sereno, tranquilo. Se le notó el valor verdadero de soldado valiente en pleno peligro, pero sin jactancia. Don Nicolás Robbio convenció a Coliqueo de que su actitud estaba equivocada. Que debía haber ido en persona a dar y pedir explicaciones a su Jefe. Que, si lo facultaba, él arreglaría todo a satisfacción de ambos. Coliqueo le dijo, pues, que le daba amplias facultades. Robbio entonces se presentó al Jefe y este al momento se avino a conferenciar con Coliqueo. Se adelantó solo y hasta sin espada, en prueba de que no tenía desconfianza de la fidelidad de los Coliqueo. Esta actitud del Jefe le valió un recibimiento franco y cordial de parte de los hermanos Coliqueo y su tribu.

Lagos dio y recibió explicaciones quedando satisfecho. Comprendió que había obrado con ligereza y de que quizás era instrumento de ambiciones solapadas de un intrigante, ambicioso del becerro de oro. Se hicieron las paces. Y esa noche se bailó y, para rematar las buenas armonías, hubo una borrachera general. Don Ataliva no quiso participar de la fiesta. Esa misma tarde se fue a Junín a lavarse el julepe, rabiando porque se había frustrado por segunda vez su sueño de coparse el campo de la tribu.

En marzo del año siguiente el campo de la tribu fue invadido nuevamente. Esta vez vino el Jefe de las fronteras, el Coronel don Francisco Borges al frente de los Regimientos 5 de caballería y 2 de infantería2; formó cuadro y mandó llamar al cacique Justo Coliqueo. Le dijeron que se hallaba como a dos leguas en un puesto, mientras la población se hallaba radicada alrededor de la azotea vieja. Entonces el Coronel mandó al Sargento Mayor Conrado E. Villegas a traerlo a pedacitos, si se resistía. ¿Qué había sucedido? ¿Cuál era la causa de este nuevo atropello? Apenas el Coronel Borges había llegado con la división de su mando de Entre Ríos, don Ataliva (Roca) le sopló el chisme de que Lagos había sido humillado por los Coliqueo, el año anterior. Le “puso en pico” todo lo ocurrido en Los Toldos: cuando Lagos había entrado tocando a degüello y atropellando indios y chinas indefensos. En su narración aumentó todo lo que pudo, cargando la mano a los Coliqueo que se habían puesto en actitud de pelea. Y que el Jefe de la Frontera tuvo que transigir, humillando las armas de la Nación. Fue tan intrigado el Coronel Borges que inmediatamente se puso en marcha saliendo de Junín a Los Toldos a castigar a los Coliqueo y desparramarles el nido del todo. Cuando el Comandante Roca oyó la orden que Borges estaba dando al entonces Mayor Villegas, le brillaron los ojos de contento, porque tenía la seguridad de que Justo Coliqueo le haría resistencia. Pero sucedió lo contrario. Don Justo acató la orden. Se presentó al Coronel y le dio todas las explicaciones que le pedían respecto a la conducta que había observado con el Comandantes Lagos. Explicó las razones que tuvo al no contestar la nota de Lagos y que fuera el pretexto de su atropello. El Coronel Borges quedó casi convencido de que había sido el juguete de las intrigas de don Ataliva, que había más interés de dinero y de política que de patriotismo, y que los chismes de don Ataliva obedecían a dos propósitos: primero, eliminar una fuerza mitrista, porque Coliqueo era mitrista declarado y Borges también era mitrista. Segundo, Ataliva quería “atalivar” el campo de los indios.

El Coronel Borges se limitó a llevar al cacique Justo Coliqueo y a 15 Capitanejos. Iban en calidad de arrestados. Y dejó a don Simón Coliqueo al frente de la tribu. El Coronel observó con Justo Coliqueo toda clase de atenciones, haciéndolo comer en su misma mesa y dormir en su carpa. La Revolución de 1874 marchaba ya a tambor batiente. Sarmiento, entonces Presidente de la República, se preparaba a hundir a los mitristas y éstos, al Gobierno y a sus partidarios. Esa fue una de tantas revoluciones injustas y descabelladas que han hecho correr sangre entre hermanos.

Don Ataliva pasó el parte al Ministro de Guerra resaltando lo de las atenciones y contemplaciones para con el Cacique Coliqueo. Inmediatamente después llegó el pedido (la orden) que don Justo y sus Capitanejos fuesen trasladados a Buenos Aires. Desde allí los mandaron a la isla Martín García, injusticia bien grande, porque no tenían culpa alguna. Recién en agosto de ese año fueron puestos en libertad bajo la garantía del Coronel Manuel Baigorria de que no tomaran parte en la revolución a favor de los mitristas y sólo se limitarían a resguardar las fronteras. Así lo hicieron. En setiembre estalló la revolución. Parte de la tribu marchó al Fuerte Ancalú, hoy Gral. Pinto, y la otra parte marchó al Fuerte San Carlos, hoy Bolivar. Los pobres indios eran carne de perro al resguardar las fronteras, sin sueldo, sin vestuario, sin carpas, durmiendo al aire libre. No tenían caballos del Estado, porque los caballos que llevaban eran todos de su propiedad. No tenían más armas que sus lanzas propias. Sin más racionamientos que las que les proporcionaban sus boleadoras de potro y de avestruz, han sido los soldados más baratos, abnegados y los menos criminales. En aquella época el ejército estaba formado por soldados enganchados. Todos eran ladrones, criminales o vagos. Los pobres indios resguardaron las fronteras desde 1862 hasta 1880. Jamás les dieron un ascenso. Jamás jubilaron a ningún Capitanejo ni soldado. Nunca les dieron vestuario ni un triste poncho. Han servido a la Patria desinteresadamente. Si algún campo de los que el Gobierno ha dado a sus servidores está bien ganado, es el de los Coliqueo y su tribu. ¿Qué sacrificios han hecho esos magnates que poseen grandes extensiones de campo que sólo sirven para atajar el desarrollo de la agricultura imposibilitando el fraccionamiento de la tierra?

Ya ves que todos estos indios infelices, a los que tanto han cargado la mano, han sido útiles a la Patria. Y tan mal mirados han estado y peor recompensados. Y hoy, en 1910, los abogados y especuladores del Trust están apurados en desalojarlos de ese pedazo de tierra que legítimamente es de ellos, porque han resguardado los intereses y la vida de los habitantes de esa zona fronteriza, pues durante 20 años han sido los guardianes gratuitos del centro-oeste sin recibir más recompensa que rajaduras e ingratitudes por parte de los gobiernos y de los jefes de fronteras y de los vecinos, a pesar que les constaba que los gauchos cristianos eran los verdaderos ladrones, los más picaros y los más criminales. Los alcaldes más vecinos de la tribu fueron los (más) principales ladrones y apañadores del gaucho cuatrero, criminal y vagabundo. El 90 % de robos, raterías y cueriadas de animales ajenos estaba a su cargo. Los gauchos cristianos fueron los que iniciaron todos los robos y salteamientos. Los indios se llevaron la fama y los gauchos y alcaldes cargaron la lana. Siempre el hilo se ha cortado por lo más delgado.

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Notas:

1 Véase Coliqueo, p. 161.

2 El relato del propio Cnel. Borges es reproducido en Coliqueo, p. 163 ss.