Memorias de un Pobre Diablo
| Capítulo 8. La hija natural de Don Camilo |
Isabel Medina, en 1878, era la cholita más hermosa y graciosa, le mejor bailarina de la zamba-cueca del barrio de la quinta vieja. Esta había sido aquella preciosa criatura que aquella mujer del pueblo llevaba en brazos aquella mañana en que don Camilo me agasajó con la jarra por la crisma (cabeza). En vez de resultar sultán, como había anunciado la comadrona que hizo conocer el embarazo de la sultanita del Pacará, nació una sultanita. La madre le puso su nombre y su apellido. Más tarde, un artesano se casó con Isabel-madre y crió con mucho cariño a su hijastra quien, a pesar de ser hija de un tigre humano, salió una hermosa criatura con un corazón de oro. Si la madre fue una monada en sus años juveniles, la Isabelita de 1878 no tenía que envidiarle nada. La llamaban la reina de la quinta vieja. Revoloteaban alrededor de ella los gavilanes de copete alto; entre ellos don Ataliva Posse, don Rodolfo Ovejero, don Brígido Muñoz y otros. Don Ataliva era el más empeñado en trabar relaciones con Isabelita. Todas las tardes infaltablemente venía de paseo a caballo y buscaba modos como introducirse en la humilde morada de la linda cholita. Isabel vieja no podía verlos ni en pintura a esos “mequetrefes” (meteretes) de copete alto, como llamaban a los hijos de ricos.
“Mi hija se casará con un pobre trabajador que se iguale a ella. Prefiero que sea la esposa de un jornalero y no la querida de un ministro. Así es que Isabelita ni se asomaba cuando veía pasar a esos tigres en monturas inglesas. Les hacía la cruz, como si viera al diablo. En los carnavales de ese año su padrastro la llevó a un corso a la Plaza del Congreso. Allí conoció a un joven italiano, mozo del Café Colón que la mojó bastante con sus pomos y le hizo unos tiritos amorosos. El gringuito era muy buen mozo de cara, de presencia y de obra. Era alto, rubio de ojos azules, de pelo y bigote color de oro. Su carácter era festivo y era muy educadito, a pesar de su condición de sirviente. La chispa del amor brotó en ambos corazones. El joven era piamontés. El domingo “Entierro del Carnaval” se encontraron en un baile de artesanos, y se acabaron de prendar uno de otro. El piamontés pidió permiso al padre y a la madre para visitarla en los días de salida y le fue concedido lo solicitado. A los dos meses ya eran novios. El matrimonio fue ajustado para dentro de un año. El novio necesitaba ese plazo para reunir fondos para que pudieran hacer un casamiento algo desahogado. Todo le fue concedido. Ese mismo año, le salió al italiano una colocación mejor; pudo ir a regentear un hotel en Salta. Aceptó, se trasladó a aquella ciudad en donde el negocio le pintó muy bien. Al año, al cumplirse el plazo para casarse, volvió a Tucumán para cumplir su palabra. Se casó y se llevó a su linda “muquercita”, como él la llamaba.
La cholita tucumana unía a su buen físico un buen corazón y era muy hacendosa. Trabajaba sin descanso y no era nada amiga del boato ni de las ostentaciones. Se hizo adorar de su esposo y estimar de la servidumbre del hotel. “Me he sacado la grande con mi muquercita”, —decía el italiano.
Hacía dos años que estaban casados sin tener familia (hijo), cuando una mañana un empleado del correo se presentó con una carta certificada para doña Isabel Medina de Tubino. Este era el apellido de su esposo. En el momento que el empleado del correo pronunció el nombre de la señora del hotel, un pobre mendigo se paraba en la puerta del mismo implorando una caridad. Al oír al cartero pronunciar el nombre de la dueña de la carta, se estremeció el pobre mendigo. Y más afligido se puso, cuando vio aproximarse una hermosa joven diciendo: “Yo soy Isabel Medina de Tubino”. El cartero le entregó la carta certificada diciéndole que firmara el recibo. El mendigo estaba lívido, temblaba y devoraba con su vista a Isabel. Firmado el recibo, ella recién se percató del pobre viejo. Le dijo que pasara para que le diesen de comer.
“¡Vaya, siéntese allí, debajo de aquel naranjo!”, —dijo señalándole un árbol de esa especie.. El mendigo obedeció. Caminó hacia un banco que se hallaba a la sombra de aquel naranjo. Se sentó y no pudo articular palabra alguna, tal era la emoción que aquel infeliz sentía. Al momento vino una sirvienta con un plato de puchero y pan. Ella observó que el pobre viejo lloraba y gemía gesticulando. Fue a contárselo a la patrona. Entonces vino ella y le hablaba así: “¿Qué le pasa, pobre viejo? ¿Está usted enfermo? ¿Por qué llora? Dígamelo con confianza. Yo lo voy a consolar en sus penas”.
Por toda contestación a lo que le había dicho Isabel, este se hincó de rodillas y llorando gritaba: “¡Perdón, hija mía, estoy bajo la acción de la justicia divino! Yo no te di de comer a ti, como era mi obligación. No quise reconocerte por hija renegando de vos. La justicia implacable del cielo me ha reducido a este estado. Yo soy tu padre Camilo Alvarez, el que ha deshonrado y engañado a tu madre. ¡Justicia divina!, te reconozco, te acato y me someto a tu castigo!, —gritaba el pobre viejo que no era otro que don Camilo.
Isabel estaba estupefacta. No sabia a qué atinar. Tan pronto quiso estrechar aquel desgraciado en sus brazos; pero le repugnaba el aspecto harapiento del autor de sus días. Su esposo llegó a presenciar la escena. Su suegra la había dicho que Isabel era hija natural, el fruto de un desliz de su juventud. Y Tubino le había contestado que él se casaba con ella y no “con la forma en que ella había venido al mundo”. Por fin, Isabel se resolvió, tomó a su padre del brazo y lo hizo levantar. Lo llevó a una pieza. Mandó llamar a un barbero. Lo hizo rapar para ahuyentar la hacienda mansa. Lo hizo afeitar y tomar un baño. Luego le cambió la ropa y, una vez don Camilo bien higienizado, lo abrazó y lo besó inundando el rostro de su padre con abundantes lágrimas y pronunció la frase más sublime, establecida por el divino Redentor: “¡Te perdono, padre querido! Yo mitigaré las penas de tu vejez. En mi seno depositarás tus pesares. Yo seré para ti una madre y una hija”.
Su esposo estaba ebrio de placer al ver a su esposa cumpliendo con los deberes sagrados de los buenos hijos. “Ahora, —dijo Isabel—, a nuestro matrimonio le falta la bendición paternal”. Y tomando a su esposo de la mano, se arrodillaron delante de don Camilo y este llorando les dijo: “Los bendigo, hijos queridos, y pido al cielo que los colme con todos los dones que él prodiga a los buenos hijos y que llegue a su prole hasta la cuarta generación”. Don Tubino, a su vez, decía: “Bien se conoce que los criollos llevan en sus venas la generosa sangre latina”.
Don Camilo quedó, pues, instalado en la casa de esos sus hijos. Al poco tiempo se había puesto bueno de salud, gracias a los cuidados y cariños que le prodigaba su bella hija. En don Camilo se había operado un cambio completo, tanto en su físico como en su carácter. El soberbio y orgulloso se había vuelto muy humilde y de costumbre virtuosas. Jamás quiso acordarse de la vida pasada si no fuera para arrepentirse y para pedir perdón a los que había ofendido.
Tú, quizás, Gregorio, me dirás que te has quedado esperando el derrumbe total de ese hombre altanero y cruel para con los débiles. Te contaré cómo llegó a la ruina total.
Como dije, fue admitido como empleado del Cabildo de Salta. Al poco tiempo lo despidieron por no haber cumplido con sus deberes. Se colocó de coimero en unos garitos. Esto le duró pocos años hasta que le faltaron también estos puestos. Entonces comenzó a rodar día y noche por los garitos y despachos de bebida hasta que, en 1879, estaba hecho un idiota.
Un día encontró a un antiguo peón de su finada suegra y le rogó que lo llevara a su casa en Salta. Ya no tenía ni una cueva donde guarecerse. Este peón se ganaba la vida vendiendo leña que traía en unos burritos. Vivía como a dos leguas distante de Salta. Este leñador se compadeció de su ex patrón y lo llevó a su humilde rancho donde vivía con su mujer y siete hijos. Allí estuvo viviendo a expensas de aquel pobre paisano que le daba de comer y un techo pobre para reparo de la intemperie. Habría transcurrido cerca de un año que don Camilo vivía en casa de su ex peón, cuando éste se enfermó tan gravemente que el pobre leñador pagó el tributo a la naturaleza, dejando a su mujer y sus siete hijos en la miseria. Cuatro burras y dos burros eran todo el patrimonio de aquella familia.
Don Camilo desesperado tomó el camino de la ciudad y, como por sus achaques no podía dedicarse a ningún trabajo, se resolvió implorar la caridad pública ejerciendo ese triste y último oficio de los desgraciados. Fue cuando tuvo la suerte de conocer a su hija por uno de esos caprichos del destino.
En 1882 el señor Tubino vendió su hotel en Salta y estableció el Hotel Europa en Tucumán. En 1884 vendió también este hotel. Había muerto un tío cura en el Canadá, hermano de su finada madre quien le dejara trescientos mil liras, las que estaban depositadas a sus órdenes en Turín. Determinó en consecuencia trasladarse del todo a su linda patria. En el mes de julio de ese año, lo encontré en la Plaza Victoria en Buenos Aires. Me habló de su viaje a Europa y me dijo que al viejo Camilo lo tenía muy enfermo y sin esperanza de poderlo salvar de una fuerte pulmonía. Paraban en el hotel El Globo de la calle 25 de Mayo. Me trasladé allí para saludar a mi comprovinciana y al viejo Camilo. Este, a pesar de su fiebre de 41 grados, me conoció y me apretó la mano. Su hija Isabel no se separaba un momento de su padre. Pero el 16 de julio, don Camilo rindió su vida al Ser Supremo. Lo acompañé en el velorio y al entierro. Le mandé una corona de flores naturales. Esa noche me decía el señor Tubino: “¡Pobre viejo! Lo quería mucho. Lo iba a llevar a mi patria para que conociera a Roma que era su sueño dorado”.
Fue sepultado en la Recoleta. Las únicas dos coronas que llevó en el ataúd eran la de su hija natural y la de su antiguo sirviente. Esa noche me di unos soliloquios, hacía un recuerdo retrospectivo al pasado, a ese gran libro que forma nuestro arsenal de desengaños y de experiencias.
En 1899 me dijeron en Tucumán que la familia Tubino vivía en una hermosa quinta en las inmediaciones de Turín. Que tenía varios hijos. Que la cholita del barrio de la vieja quinta tucumana alternaba con las principales damas de Turín y que eran muy felices.
Aquí tienes, hijo, otro ejemplar de la vida de los hombres. Has visto el resultado de la borrachera y la haraganería del niño Caníbal, la prodigalidad del niño Abelardo que lo condujo a la ruina y la soberbia y los vicios que condujeron a don Camilo a la mendicidad. ¿Tomarás tú lección? ¿Tendrás recelo a esos vicios? ¿Sabrás retroceder si te vieras atrapado por alguno de ellos? Lo que sucedió a otros puede suceder a nosotros. Vos fuiste de los afortunados al nacer. ¿Serás afortunado en la hora de tu muerte? Sé virtuoso, sé humilde y prudente. No seas soberbio ni desgraciado y perdona siempre a los que te ofendieron y no te vengues nunca. Quiera Dios que no tengas que arrepentirte por no haberme hecho caso.