Memorias de un Pobre Diablo

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Capítulo 18. El Boliche y la carrera de Juan Moreira

Como les dejo dicho, el 6 de abril temprano abrí mi boliche, todo en orden, todo limpio con cara alegre para los pocos clientes que llegaron. Ese día vendí por cinco pesos m/c. (20 ctvs. oro equivalentes a 42 ctvs. m/n.). El principio no era muy halagüeño. El día 7 vendí por 28 $ m/c. y el domingo 8, vendí por 80 $ m/c. El día 20 tuve un diario de 530 $ m/c. Así seguí con viento en popa.

Antes de ir a Los Toldos a solicitar el boliche, consulté a tu madre si me acompañaría a vivir entre los indios y me contestó sin titubear: “Una buena compañera debe acompañar a su marido o a su amante, aunque sea a los mismos infiernos”. Y era la verdad: ir a Los Toldos en aquel tiempo, era como ir a los infiernos. El 10 de abril, tu madre llegó a Los Toldos. Combinamos nuestros trabajos. Proyectamos hacer chorizos, pasteles, tortas fritas; confeccionar camisas, calzoncillos, chiripaes y mantas de paño. Eramos dos seres en continuo movimiento. Yo era almacenero y barraquero; hacia cigarros de hoja y de papel. Sobaba la masa de noche para la factura del día siguiente. Apenas nos tomábamos el tiempo necesario para descansar. Reglamentamos el tiempo así: desde las cinco hasta las ocho de la mañana, a estaquear los cueros vacunos y de potros comprados el día anterior y hacer los pasteles y las tortas para esperar luego a los clientes. Todo el día yo me lo pasaba en el negocio, hasta las once de la noche, hora en que nos acostábamos. El boliche prosperó. Mis experiencias de infortunios me servían de guía y supe captar la simpatía de mis clientes indígenas y salvajes como la pampa. Era necesario sufrir mucha necesidad de vivir para habituarse a tratar con estos desgraciados hijos legítimos de la virgen América. Pero pronto me di cuenta de que aquellos infelices, nacidos en el desierto, cuya cuna fue mecida polla barbarie, no eran tan malos ni tan inhumanos como los cristianos allí refugiados. Todos los indios criollos (mestizos) nacidos en Junín, en Bragado, en Veinticinco de Mayo, en Tapalquén o en Azul han sido y son más picaros, más ladrones que los indios criados en la pampa. El indio criollo y el cristiano, conocido con el nombre de gaucho, tenían todos los vicios de la civilización, pero ninguna de sus virtudes. Robaban lo mismo a los indios que a los cristianos. No tenían fidelidad con nadie. Eran asesinos de profesión, rateros, haraganes e indolentes. Los más criminales eran aquellos gauchos de los partidos más centrales, los de Arrecifes, Luján, Lobos y San Nicolás. De estos partidos había unos diez forajidos que no tenían “tripa buena para un chorizo”. Vos, Gregorio, has alcanzado a conocer a algunos de esos desalmados: Agustín Morales, Pedro Chazarreta, Pestaña Blanca, Pedro Casas, un Patilá, Roque Oribe y otros más. Causaba escalofríos oírlos a estos tigres humanos contar la cantidad de crímenes y robos cometidos en sus pagos y que habían podido eludir la acción de la justicia ganándose la tierra sagrada. Así llamaban ellos el estar entre los indios incorporados a la tribu de Coliqueo, porque allí no había más autoridad que la del cacique y éste sólo dependía del jefe de la Frontera. El campo de la tribu era en esa época una pequeña Inglaterra. Allí no se entregaba a ningún bandido que se había asilado en su territorio. Ni tampoco el cacique entregaba a los picaros a la justicia civil; él se hacía justicia a su modo. Si algún pícaro le hacía alguna bribonería, mandaba lancearlo o expulsarlo de sus territorios.

Para ir a vivir entre aquellos indios bárbaros y gauchos criminales en busca de mejor suerte, había que tener tres condiciones: La primera, tener los testículos bien puestos y no recular a nadie. La segunda, mucha paciencia y prudencia. Y la tercera, mucha necesidad. Sólo los desheredados de la fortuna somos capacitados para ello.

Además de mi boliche, había tres casas de negocios; una, la más fuerte de ellas era de don Juan Arzuaga y Cía.; otra de don Esteban Brizuela y otra de don Eduardo Cristóbal 1.La más pobre y la más falluta era la de mi patrón y llegó a ser la más fuerte. Pero ¡cuánto tenía que luchar y sufrir, a veces desesperadamente, para llegar a esa meta! ¡Oh Ser Supremo, cuán sabio sos al ocultar al desgraciado las desventuras de su porvenir para que no retroceda y para que afronte los momentos de sus pruebas haciéndose así acreedor a los beneficios que vos sabés dispensar al que lo haya ganado en buena ley!

Para tener mi negocíto bien surtido de todos los artículos de primera necesidad, los compré en un principio a mis colegas: El vino carlón y la caña, por damajuanas; la yerba, el azúcar y la hacina, primero por seis libras, después de media arroba y luego por arrobas. Al comprar diez panes de jabón, me daban uno de bonificación, de manera que tuve que vender diez jabones para ganarme uno de 1 $ m/c. (4 ctvs.). El tabaco lo compraba por libras. Y estos artículos los vendía a precio de costo, como los mayoristas, a fin de ganarme clientes. El lienzo compraba por cuartas, una pieza de cinco yardas. La cretona para camisas también por cuartas de una pieza de seis yardas y el paño para poncho y chiripáes de a dos varas. Todo era “hilar delgado y estrecho y muy tirante”. El patrón no me dio ni un peso en Bragado, porque me decía que no conocía mi capacidad. Era una lucha permanente con la exigüidad del capital. Yo vivía de las sobras de los otros comerciantes. Los indios y cristianos más bandidos venían a mi negocio para embrollarme. Pero yo, tratándoles con paciencia y haciéndoles algún servicio, los amansaba. Estos pequeños servicios consistían, por ejemplo, en desensillarles los caballos, cuando se habían embriagado a fin de que nadie les robara prenda alguna del recado. A los ebrios los arrastraba a la cocina, les echaba unos cueros de lanar encima y al día siguiente les solía dar un poco de yerba o café. Con estas pequeñas atenciones los iba amansando. Estos mismos infelices y desgraciados como lo era yo, me trajeron a otros clientes.

Ya ves, hijito querido, que tuve que hacer uso de la escoria humana para echar los cimientos de mi modesto pasar. Si echamos mano hasta de los excrementos humanos para abonar la tierra cansada de producir y no nos da asco el comer el fruto de esa tierra abonada... No le preguntan tampoco ni en las boleterías de los teatros ni en las entradas de los hoteles lujosos dónde había ganado el billete bancario con que paga su entrada o lo consumido. El dinero no tiene linaje ni patria, es democrático y popular. ... Recogiendo las sobras de mis colegas iba creciendo, haciéndome clientes y crédito. Al principio ningún comerciante quería fiarme ni un centavo. Yo iba personalmente a comprarles por la mañana bien temprano lo que necesitaba. Yo mismo me traía las bolsas y damajuanas. A todos trataba con mucho respeto y humildad y poco a poco me fui abriendo crédito. La conducta de mi patrón había contribuido a que los colegas no me mirasen bien; porque él era de esos criollos a la antigua que aborrecía por gusto a los extranjeros y más si eran españoles. En su boca no faltaba “el gallego así y el gallego asao”. Los otros comerciantes todos eran españoles. Ellos recelosos creían que también yo era de esos criollos refractarios a los que en realidad nos han traído la civilización. Los iba ganando con bondad, porque me veían contraído a mi negocio y no me daba por el juego. Mi patrón era conocido por jugador de taba y naipes; era carrerista y algo inclinado a tomar alcohol. Pero al poco tiempo había conseguido captarme las simpatías aún de mis colegas del comercio y ellos me abrieron de par en par las puertas del crédito. Este es un manantial inagotable, cuando no se abusa de él y cuando se cuida religiosamente la integridad.

En agosto vino mi patrón acompañado de don Gregorio Esquerra. Este iba como socio a una casa de negocio en Ancalú (Oral. Pinto) perteneciente al señor Hipólito Mercado. Con don Hipólito dimos un balance. El resultado fue espléndido. Nosotros habíamos ganado 14.000 $ m/c. En una partida de plumas que compré a comisión para don Juan Arzuaga y Cía. había ganado unos 7.000 $ y 7.000 $ en acopios y mercaderías. Mi patrón se quedó satisfecho y yo contento también. Ya era hombre de 6.500 $ m/n.; nunca me las había visto tan gordas. Entonces le mandé una encomienda a mi madre.

Tu madre me apremiaba a que nos casáramos, porque ella temía de que estuviera trabajando para otra. Y me decía:

—El día que te pongas platudo ¿me plantarás a mí y otra disfrutará de mis sudores, de mis sustos y trasnochadas? Sigamos un año más aquí y después nos vamos a Chivilcoy o a Chacabuco. Nos casamos y abriremos un negocio en la campaña cerca de esos pueblos.

—No me conceptúes capaz de semejante canallada —le dije—, aunque sea verdad que muchos hombres que estuvieron en mi condición han dejado a su compañera para casarse con otra. Creo que tengo mejor corazón que esos malvados. No, no se ha de aprovecharse otra de tus sudores y trabajos. Esta es una vida dura e insoportable aquí.

No había tranquilidad en nuestra zona. A cada momento se oia que los indios habían invadido en distintos puntos; se comentaba sus fechorías, que habían cautivado familias e incendiado poblaciones. También nuestros clientes andaban casi todos los días a bolazos, a rebencazos y a puñaladas. Con las tripas colgando y dele hacha, dele talero. A todas horas estábamos llenos de zozobras. ¡Cuántas veces unos indios borrachos quisieron pegar fuego al rancho que nos servía de vivienda y de negocio!

Y seguíamos en la lucha juntos y con más bríos y comenzamos a hacer castillos al aire: En cuanto hubiéramos juntado lo suficiente para abrir un negocio en el Partido de Chacabuco, nos iríamos de este eterno infierno. Nuestra ambición era reunir unos 15.000 $ m/c para largarnos a otro lugar a vivir tranquilos.

Te voy a referir uno de tantos incidentes de aquellas época aciaga de nuestra vida y uno de los sustos más grandes antes que sufriéramos la terrible invasión. Fue el día 12 de junio (de 1872). Ese día entró una partida de indios gauchos hasta la estancia de don Telémaco Coffin, hoy Santa Brígida, zona de Bayauca. Allí sorprendieron al mayordomo, un tal señor Lorán (Juan L. Laurens, de origen francés), lo mataron y cautivaron el hijo (Luisito) que lo acompañaba. La señora del mayordomo (doña Adela Besensette de Laurens) era una mujer varonil. Al asomarse la indiada en la estancia, ella corrió a la puerta del foso circunvalador donde había dos cañoncitos. Cargó uno de prisa e hizo un disparo que se sintió en Los Toldos. A la media hora estaba Coliqueo con sus lanceros como a distancia de media legua de Los Toldos con dirección al desierto (al oeste). Se dispusieron a repeler a los invasores, a alcanzarlos para pelearlos y quitarles el arreo robado. Coliqueo y su tribu estaban prontos a salir a la primera señal de invasión. Estos indios amigos no precisaban carpas, ni munición, ni vestuarios ni raciones. En su caballo montado, otro de tiro, su lanza, un par de boleadoras de potro y otras de avestruces y con un lazo chileno, el indio ya estaba armado para una campaña, aunque fuera de un mes. Su racionamiento lo tenía en la misma pampa: avestruces, gamas, leones, tigres, mulitas, piches, peludos y perdices. Se comían la carne del avestruz y de la gama y se guardaban las plumas y los cueros para negociarlos a la vuelta en las casas de comercio. Si les llegaba a faltar un caballo, boleaban un bagual pampeano que servía al indio igual como un caballo hecho. En la estación del invierno era más fácil y más rica la caza. Además de las plumas y cueros de gamas, traían las mulitas, los piches y perdices, pues todo les comprábamos para mandarlo a Buenos Aires. Bien ganado tenían ese campo de Los Toldos que el Gobierno les regaló a los pobres indios cuando era desierto. Han servido al Estado con lealtad. Han sido soldados listos y baratos; no gastaban ni sueldos, ni raciones, ni vestuarios, ni ascensos, porque el sueldo y las raciones que el Estado les había acordado eran irrisorios, porque el comisario y el proveedor se quedaba con la mayor parte.

A fines del mes de agosto (1872), llegó a Los Toldos Juan Andrade, un jugador de oficio, acompañado de Juan Moreira, el famoso criminal. Este último andaba huyendo de la policía. Allí se hizo muy amigo del Cacique don Justo Coliqueo. Moreira poseía un caballo zaino, lindo animal, de mucho aguante para correr en la cancha y para echarle el hilo a la policía, cuando lo perseguía. Con este caballo concertaron una carrera de dos leguas, él y el cacique. El caballo del cacique era El Ruano. Así lo llamaba. También de fama por su mucho aguante. La carrera debía realizarse el 15 de setiembre y pactaron por cinco mil pesos. La noticia se esparció pronto por los partidos limítrofes, por Junin, Bragado, Nueve de Julio y Veinticinco de Mayo. Todo el gauchaje jugador se dio cita para ir a las carreras “a robar a los indios”, decían ellos, porque el zaino de Moreira tenía fama de ligero y era conocido su aguante. A todos los policías que le habían perseguido, los dejó muy atrás.

Llegó, pues, el día esperado y concertado para las carreras. Desde el día 13 comenzaron a llegar una avalancha de gauchos matreros, cuatreros, asesinos, jugadores y entre ellos venían también vecinos pacíficos de los partidos más próximos. Moreira y su compañero Andrade paraban en casa.

Yo me hice hacer una ramada, ensanché la cocina para que sirviera de fonda y despacho. El día 14 comenzó la farra del juego. Instalamos cuatro canchas para jugar a la taba, tres mesas de monte para jugar a la baraja, sin contar otras que se formaron fuera del radio de mi negocio. Este era un hormiguero de gente. Me había tomado un dependiente, vasco español, llamado Angel Gorrozábal, buen muchacho y buen compañero. Tu madre atendía la cocina ayudada por tres chinas y un indio llamado Pedro Sosa, el mismo que el cacique don Simón Coliqueo hizo matar en la revuelta causada por la adivina (machí) María Roca. Este era su compañero y se hizo llamar San Pedro y ella, Santa María. Sosa era un individuo inofensivo, leal y muy honrado, incapaz de hacer un daño... muy dócil. A todo decía bueno este infeliz. Este era, entonces, el auxiliar de nuestra cocina. El servía la comida a los clientes.

Se corrió, pues, la carrera. La ganó Moreira como por media cuadra de distancia. Todos los negocios eran un hormiguero de gente adentro y afuera. No fue posible atender ni defender la mercadería. Nos volvían locos. Juan Andrade era el coimero (cobrador) oficial de la casa. La coima la sacaba a medias. El también se encargó de cobrar los almuerzos y las cenas a los jugadores: 25$ m/c. (un peso oro hoy), por almuerzo y un peso la cena. Desde el 14 hasta el día 17, nuestro negocio fue un verdadero infierno. No pudimos ni comer ni dormir ni yo ni tu madre, ni de día ni de noche, por atender a la gente y por cuidar de que no nos robasen las prendas empeñadas. Casi todo el dinero hecho en el negocio estaba dado en prendas. El boliche en si quedó como saqueado. No quedó un comestible ni una gota de bebida disponible en la cocina.

Se consumieron dos vaquillonas, cinco capones, ocho lechones, seis corderos, quince pavos y veintiuna gallinas; dos bolsas de harina, una de arroz, ochenta y seis mulitas y piches cocidos y asados; una parva de chorizos; una montaña de empanadas y pasteles. Te doy estos detalles minuciosamente para que puedas apreciar la lucha de los tres días y las tres noches que sostuvimos entre indios y gauchos de todo pelaje. ¡Y todos estos sacrificios se los llevó el diablo! Te lo explicaré más adelante.

Como dije ya, todo el dinero estaba dado por prendas empeñadas. Estas prendas consistían en riendas, estribos, chapeados, pretales, rebenques, frenos, facones, todos de plata; tiradores con botonaduras de plata y oro; lazos, ponchos, cojinillos, sobrepuestos, boleadoras de potro y avestruz, fajas, ligas pampas. Estas prendas han sido empeñadas por indios y cristianos jugando a la taba y a los naipes. Hasta los revólveres y trabucos de los cristianos cayeron en la volteada. Eran como cuarenta y todos cargados hasta la boca.

Vos dirás: ¿Y dónde estaba el dinero que había circulado en los juegos? Yo suponía que lo tenía el coimero en la alcancía. Esta consista en un cajoncito de madera que mandamos a hacer expresamente. Tenía dos llaves. Una tenía el coimero para dar cambio y otra tuvo mi patrón para ir recogiendo los papeles grandes. Según el cálculo del famoso coimero, había sacado como 30.000 $ m/c. de coima, sin contar unos 140 almuerzos y cenas a 25 $ m/c, que vendría a ser 3.500 $ m/c. En total 33.500 ?. Yo contaba este dinero sonante y cantante (nuestro). El día 17 le dije a mi patrón: “Es preciso que usted recoja la parte nuestra de las coimas, los almuerzos y las cenas. Irá a Bragado y con ese dinero me compra y me manda un surtido de almacén y algo de tienda. Le voy a dar una lista”.

Mi patrón estuvo largo rato conferenciando con Andrade y se volvió a mí muy mohíno diciéndome que su aparcero había dado las coimas en sencillas y en préstamos a los jugadores; pero que en Bragado, en lo de Pacerón, iba a entregar la parte nuestra.

—¿Y usted no tenía una llave de la alcancía para ir retirando los papeles grandes?

—Sí, pero no he retirado nada, porque la alcancía estaba siempre sin plata, pues el compañero la estaba dando en sencillo a los amigos.

—¿Y quiénes son los deudores de la coima?

—Pió Gómez, el gordo Bustos, Juan Moreira, Santos Olaya, Pestaña Blanca, un señor Sosa, Martín Pérez, el Pato Picazo. Son todos muy buenas personas, —me dijo mi patrón— hombres todos de palabra y que saben respetar una sencilla.

—¿Y qué es una sencilla? —le pregunté a mi patrón.

—Entre jugadores se llama una sencilla cuando se le da, por ejemplo, mil pesos para que devuelva dos mil, cuando gane.

—¿Y si pierde?

—Hay que esperar a que gane. Aunque se pasen años, el jugador nunca se olvida de la sencilla.

—Estamos fritos, —le dije yo a mi patrón—. La casa como robada y sin un medio. Después de tanta lucha y malos ratos encontramos que todos nuestros sacrificios han sido inútiles. Y no había más remedio que conformarse con las promesas de Andrade quien decía que contase con la seguridad que la parte nuestra de la coima, los almuerzos y las cenas la depositaría en lo de Pacerón. ¡Hasta hoy, y van a cumplirse 35 años, no ha entregado un centavo! Tengo la convicción de que entre Andrade, ese veterano del vicio, del crimen y de la corrupción, y el bribón de mi ex patrón me estafaron. ¿Y qué otra cosa se puede esperar de jugadores? Nada más que bribonerías. ¡Desgraciados de nosotros que tenemos que echar mano de esa laya que no da ningún beneficio! Todo lo llevaron ellos y sólo dejaron sus malos ejemplos.

Mi patrón don Hipólito Mercado, Juan Moreira y Juan Andrade se retiraron a la tarde del 17 tomando la dirección de Bragado. Moreira decía que se quedaría en Rauch. No podía entrar a ningún pueblo. Todas las policías fronterizas tenían orden de prenderlo vivo o muerto. En circos de acróbatas y en los teatros he visto muchas veces que se representa a Juan Moreira como un tigre humano. El Juan Moreira que yo conocí era muy diferente.

Este era un gaucho bien vestido, serio, de un trato agradable, con maneras caballerescas. Quince días estuvo parando en mi boliche. Allí cuidaba su parejero. No noté en él un rasgo de hombre criminal. Lo único que lo delató como hombre de pelea era que andaba armado hasta los dientes. Tenía trabuco, revólver y facón a la cintura y otro, que llamaba caronero y un puñal chiquito para churrasquear. Nunca quiso dormir adentro; solo dormía al aire libre, al lado de la estaca en que ataba su caballo zaino que decía que éste era su único amigo fiel y sólo en él tenía confianza. “Sólo aquí, en Los Toldos, —decía— duermo un poco tranquilo. Tengo alguna confianza en Coliqueo que no me ha de entregar a la policía. De cualquier modo, vivo no me van a agarrar. He jurado morir peleando. Entre los cristianos casi no puedo dormir. El grito de un tero o de una lechuza, el ladrido de un perro o el grito de un chajá en la laguna, y ya estoy en pie con el caballo enfrenado o con el facón o el revólver en la mano. ¡No se han de sacar las ganas de tenerme preso!.

“Yo era un gaucho mansito, como un cordero. Pero los hombres con sus picardías me echaron a perder”.

Más adelante te voy a enjaretar la historia de Juan Moreira como él me la contó el 10 de setiembre de 1872, una noche en que cenamos una mulita y la rociamos con vino carlón, mi champagne de esos tiempos.

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Nota:

1 Véase el capítulo XVI, “Primeros negocios y la presencia de los cristianos en Los Toldos” en el libro: Coliqueo, el Indio Amigo de Los Toldos (ed. 2a. y 3a. 1972/1980), de Meinrado Hux.