Provincia de Chiquitos
Partida a la Provincia de Chiquitos Estadía en las misiones del oeste de la Provincia de Chiquitos: Estadía en las misiones del centro de la Provincia de Chiquitos: Viaje a las misiones del sur de la Provincia de Chiquitos:
Regreso a las Misiones del Centro y Oeste de la Provincia de Chiquitos.
|
El naturalista francés Alcide d'Orbigny, comisionado por el Museo Nacional de Historia Natural de París, visitó entre 1826 y 1833 seis países de América del Sur, sus estudios y experiencias los volcó en una monumental obra "Voyage dans L'Amérique Méridionale" ("Viaje a la América Meridional"), aquí presentamos lo referente a los Chiquitanos y a la Provincia de Chiquitos en Bolivia.
| Viaje a las misiones del sur de la Provincia de Chiquitos |
| Misión de Santiago de Chiquitos |
Me hallaba sumido en un sueño tan profundo que no oí al cura y al administrador de Santiago que, saliendo a nuestro encuentro, tuvieron la sorpresa de encontrarnos tan cerca. Mientras se ensillaba, recorrí los alrededores, que encontré cubiertos de plantas diferentes de las que observara en otras de partes y recogí gran número de especies. Llegamos a la misión, atravesando una pendiente ondulada, y se nos recibió con los honores de uso. Todo el mundo estaba en pie y creo que nunca hubo tantas demostraciones de alegría.
Santiago, formada por indios guarañocas y tapiis, a quienes los jesuitas agregaron chiquitos para generalizar el uso de su idioma, fue primero fundada a diez leguas al este de la misión actual en la base meridional de la cadena de Santiago. Los guarañocas vivían al sur, en los bosques, y costó a los religiosos mucho trabajo reducirlos. Sólo lograron congregar parte de la nación. El resto siguió viviendo en estado salvaje, en los bosques vecinos, viajando sin cesar, manteniéndose con caza, durmiendo en esteras y efectuando incesantes correrías por los dominios de las misiones, para robar todo lo que encontraran. La excesiva frecuencia de esas exacciones determinó a los jesuitas, allá por el año 1740, a transferir su residencia cerca de la cumbre de la montaña, al sitio que ahora ocupa. Allí edificaron un colegio y una iglesia, y el establecimiento pudo rivalizar con los demás. Sin embargo, la condición belicosa de los guarañocas les imponía muchas molestias. Siempre amenazaban con llevarse a sus compatriotas al fondo de los bosques circunvecinos. Después de la expulsión de los jesuitas, dos gobernadores de la provincia, don Gil Toledo y Ramos, quisieron conquistar la tribu guarañoca, todavía salvaje, pero en lugar de emplear su persuasión, como los jesuitas, entraron en campaña con soldados e hicieron fuego sobre los indios apenas los hubieron visto. Estas hostilidades los convirtieron en enemigos irreconciliables, que frecuentemente dañan la explotación de las salinas, atacando a los indios de Santiago y San José que se dirigen allá todos los años. Desde aquella época (hacia 1820) se dejó que los guarañocas salvajes vivieran en paz en sus montes. Hacia 1801 se incendió el colegio, consumiendo todo el establecimiento. Desde entonces ningún administrador pensó reconstruirlo; de manera que sólo queda la iglesia, muy deteriorada, de todos los edificios levantados por los jesuitas En la actualidad, la población asciende a 1234 almas, guarañoca la mitad de ellas, y el resto compuesto de chiquitos y tapiis mezclados. Los últimos olvidaron por completo su idioma primitivo. En cuanto a los guarañocas, por ser numerosos conservaron siempre el suyo, sin dejar de aprender la lengua chiquita, que las instituciones jesuíticas hicieran obligatoria.
Indios de la Provincia de Chiquitos. |
Misión San José |
Misión San José |
Camino Guaravito a Chiquitos |
La misión de Santiago, distante cuarenta y siete leguas al este-sudeste de San José, ocupa una posición envidiable, cerca de la cima de las montañas de Santiago, sobre su pendiente meridional y no lejos de un valle sombreado. Además, la dominan al norte las crestas altas y recortadas en gradas de la cumbre de la cadena, que le confiere un aspecto de grandeza pintoresca ausente de las otras misiones de la provincia. Con excepción de la iglesia, dotada de una hermosa fachada, sólo posee casas indias, en una de las cuales tuvimos que alojarnos, a falta de colegio.
Los productos actuales de Santiago son los mismos que los de las demás misiones, aunque en proporciones menores: se cosecha algodón y cera. Pero la ocupación principal de los indios es la extracción de sal durante la estación seca. Van a una sesenta de legua.-al sudoeste a sacar, de una salina vecina a la de San José, la sal cristalizada por evaporación natural de un lago salado. Esta extracción les rinde grandes recursos, pero perjudica mucho a la agricultura, muy descuidada en Santiago. Desde hace varios años se talla, en piedras de asentar navajas, una especie de esquisto de grano muy fino, industria susceptible de alcanzar gran desarrollo, pues estas piedras son excelentes y pueden rivalizar con las mejores que en Europa aplicamos el mismo uso41.
A mi llegada a la misión, me había impresionado el aire satisfecho y la buena cara de los indígenas. Sin contradicción, los guarañocas son los más alegres de la provincia. Han creado casi todas las danzas nacionales. De esto me convencí en los bailes que se realizaron todos los días, desde nuestro arribo. Estas danzas, imitativas casi todas, se acompañan con una música viva aunque poco variada42, durante cuya ejecución los indios forman figuras distintas. Entre dichas danzas, algunas me impresionaron por su originalidad. En una de ellas, un viejo guarañoca, munido de una calabaza llena de maíz, se ubicó en medio de las mujeres, cantando y bailando de manera singular, que las mujeres repetían. Ya avanzaban en filas, saltando, con los cuerpos inclinados hacia un lado, como se volvían de pronto e inclinaban del lado opuesto como si hubieran sembrado o labrado. Otras veces se trataba de figuras demasiado expresivas; otras, se quejaban, en sus cantos, de que las hormigas las devoraran y entonces, bailando, parecían rascarse. A menudo, en el calor de su baile, parecían olvidar el sitio en que se hallaban, tomando las cosas muy al natural, y buscando con excesivo cuidado el insecto inoportuno se levantaban el tipoi descubriendo buena parte del cuerpo. Esta danza, acompañada de cantos, gritos y silbidos agudos, me evocaba, por su salvajismo, el estado primitivo de la nación.
Otra danza mímica es la que representa la cosecha del Pavi, gran coloquinto de fruto comestible, como nuestras calabazas europeas, que crece en los bosques, trepando a las ramas y produciendo en otoño frutos que por todas partes aparecen colgados de los árboles. En esta danza las mujeres, gritando pavi, pavi, alzan los brazos al aire, como para asir el fruto y saltando para alcanzarlo adoptan toda clase de posturas. Pronto, cantando y bailando, se apoderan de alguien del público, lo alzan y en un momento queda suspendido por sus manos levantadas; extendido así, lo pasean dando la vuelta a la sala, lo sacuden a más y mejor y le hacen cosquillas para que se mueva más. Como energúmenos, nos atraparon a uno tras otro del mismo modo, sin exceptuar al cura, al gobernador ni a mí, y me llevaron en sus manos con tanta facilidad como si hubiera sido una pluma. Confieso que hacía falta mi acostumbrada buena voluntad para dejarme sacudir de semejante manera y soportar que se me llevara acostado en el aire, sobre las manos de aquellas mujeres que para honrarme me mantuvieron más tiempo que a los demás y me atormentaron haciéndome cosquillas.
Mientras las mujeres bailaban en la casa del gobernador, los hombres congregados en la plaza, y todos munidos de flautas pan, ejecutaban, en diferentes tonos, melodías salvajes que no carecían de originalidad.
Resulta enojoso tener que decir que entre los guarañocas, alegres hasta la locura, alcanza su colmo la corrupción de las costumbres. No sucedía esto, según parece, en tiempos de los jesuitas; pero como después de su expulsión y durante el transcurso de las guerras de independencia, Santiago fue sede de una guarnición, los soldados le introdujeron costumbres disolutas. No conserva el menor rastro de pudor y el cinismo se ha llevado hasta el último extremo.
En tanto que los llanos circundantes aun hervían bajo los rayos de un sol implacable, nubes bienhechoras se habían acumulado en la cúspide de la montaña, imprimiendo un cambio completo al aspecto de la naturaleza. Los árboles se cubrían de un follaje tierno y flores variadas; la campaña revestía su atavío primaveral, cuyo encanto fluía por todas partes. Creo que en nuestros países europeos nada hay comparable a este instante de la zona tórrida. En Francia, por ejemplo, las hojas brotan poco a poco y con el retorno de la primavera también se hacen sentir el frío y la falta de días lindos. En estos lugares hay un súbito cambio de decoración. La naturaleza está muerta, inanimada; un cielo demasiado claro ilumina el campo frío medio seco. ¿Llueve? Como por encanto, todo adopta nueva forma. Bastan unos días para esmaltar los llanos de verdor y flores olorosas, para cubrir los árboles de hojas claras o de flores que las preceden, coloreando a cada uno de ellos. Si el campo aroma el aire con los perfumes más suaves, exhibiendo sus plantaciones naturales, los bosques tienen otra belleza y variedad. Aquí el árbol se carga de largas cepas purpúreas, en contraposición a una copa de azul cerúleo o del oro más puro; allá una blanca cimera se alza junto al rosa más tierno, mezclado todo a árboles cuyas hojas respiran una frescura admirable. ¡Con cuánto placer trepaba las colinas donde esos hermosos vegetales desplegaban sus ornamentos! Recorría la campiña sin saber a qué lugar dar mi preferencia, ya que cada sitio me brindaba un encanto distinto, un matiz diferente. Nunca había sido tan impresionado por las bellezas de ese suelo iluminado por el cielo más bello del mundo. Estaba realmente extasiado ante la riqueza, el cálido colorido del vasto cuadro que se desplegaba ante mi vista, cada vez que recorría los campos cercanos a Santiago.
Un día quise subir hasta la cima de la montaña. Despaché la víspera varios indios para que me abrieran a hachazos un pasaje a través de la vegetación, buscando un punto de acceso, y en compañía de un guía emprendí la ascensión. Del otro lado del arroyo de Santiago, me lancé entre rocas amontonadas que dan paso a árboles en flor del más variado aspecto. Pasé al pie de un pico de gres, de más de treinta metros de altura, cuyas capas horizontales, apiladas en una anchura no mayor de tres metros, daban la impresión de que iban a desplomarse sobre mi cabeza. Así subí a tres gradas sucesivas que rodeaban la montaña, presentando cada cual una explanada bastante amplia, cubierta de tierra vegetal. Con mucho esfuerzo llegué a la cumbre, donde encontré una meseta horizontal, de dos kilómetros de circunferencia, tapizada de gramíneas mezcladas con palmenta enana sin tronco 43, cuyas hojas miden menos de un metro de alto. Desde la plataforma disfrutaba del más hermoso golpe de vista que se pueda tener. Al este y oeste mi vista abarcaba, en todo su alcance, la prolongación de la cadena, formada por plataformas o mesetas semejantes a las que pisaba, todo cortado por gargantas arboladas que formaban como gradas en torno a las cimas truncadas. Al sur podía seguir la suave pendiente de la montaña, teniendo enfrente la misión y los campos de los indios, de aspecto alegre y animado. Más allá de esta campiña se extendía un horizonte azulado, formado por bosques salvajes del lado del Gran Chaco. Al norte, cortada perpendicularmente hacia el inmenso valle del Tucabaca, la montaña me ofrecía, a setecientos o mil metros, un mar ininterrumpido de oscuras selvas. Si la mirada podía franquear un espacio de medio grado aproximadamente, o doce leguas, se detenía del otro lado del valle, en la cadena de San Juan o del Sunsas, paralela a la de Santiago, cuyas alturas mamelonadas y azulinas se perfilaban en el fondo del horizonte, perdiéndose a lo lejos, al este y oeste.
Con agrado me habría quedado hasta la noche, admirando el conjunto del panorama inmenso que se desplegaba a mi alrededor, pero mientras observaba y tomaba apuntes geográficos una nube enorme se detuvo sobre la montaña, envolviéndome en un instante y velándome el cuadro magnífico que me rodeaba. Pronto me inundó un torrente que recibí con gusto pese a su temperatura helada, pues hacía tres meses que no veía llover. Esperé un rato, suponiendo que la nube se alejaría. Como parecía, por el contrario, espesarse cada vez más, me vi en la necesidad de bajar, rodando más que caminando entre las rocas y arroyos crecidos por el chaparrón. Apenas cayeron las primeras gotas de agua observé que mis guías se habían quitado la camisa, la habían enrollado apretadamente y puesto bajo el brazo, prefiriendo recibir la lluvia en el cuerpo a mojar su única ropa.
Recorriendo la montaña, viendo las gradas cubiertas de tierra vegetal bastante profunda, al observar que la misma cima estaba cubierta de tierra negra aun virgen, pensaba en las ventajas incalculables que la agricultura podría obtener en la cadena entera, donde el trigo, la papa, la vid y todas las plantas de clima templado le prodigarían sus tesoros sin mucho trabajo. Comuniqué mis observaciones al gobernador, quien las aprobó, prometiéndome hacer ensayos el año siguiente. Ignoro si mantuvo su promesa, pero señalo estas circunstancias al gobierno de Bolivia, con el objeto de que las generaciones futuras puedan asegurarse los beneficios que les promete ese suelo abandonado a sí mismo.
También fui, a cinco leguas de distancia, a visitar una fuente de agua termal, atravesando la montaña hacia el este, en una campiña magnífica pero difícil de transitar. Con extrañeza encontré, en lugar de una fuente común, un lago de medio kilómetro de anchura, lleno de agua tibia que emergía a borbotones del medio del depósito, en el cual decían los habitantes que había peces. Esas aguas rodeadas de rocas de gres friable, tienen gran renombre por sus virtudes curativas del reumatismo y enfermedades de la piel. Allí se acude de todas las partes de la provincia. Al efecto se construyó un ranchito cubierto do palmas, donde es posible guarecerse de la lluvia y el sol.
El 27 de setiembre, después de siete días de exploración, me despedí de la población de Santiago y tomé rumbo al Santo Corazón, situado a unas cuarenta leguas, en dirección estesudeste. Me llevaba una linda colección geológica, muestras de la flora de las montañas vecinas, casi completa gracias a la estación; varios pájaros interesantes, informaciones geográficas abundantes, un vocabulario guarañoca escrito por mí y la música indígena anotada por el maestro de la capilla de la misión.
Remonté una legua el curso del arroyo de Santiago, antes de alcanzar la cima de la montaña, pisando un suelo desigual, cubierto de flores y rocas caídas de las partes más altas. Llegado arriba, volví a contemplar con sumo agrado el valle de Tucabara, limitado a la distancia por las montañas del Sunsas y San Juan. Tenia que bajar, durante casi dos horas, una pendiente de las más rápidas, llena de restos de las alturas próximas. Bloques de gres compacto, esquistos rosados, amarillos se veían en gran cantidad al comienzo; luego, pisaba esquistos esquistoides azulados, hasta el pie de la montana. Esta bajada pronunciada, el paisaje y el color de la roca, me recordaron la elevación de Petacas44 al bajar por los últimos contrafuertes de la cordillera, cerca de Santa Cruz. En efecto, tenia a la vista el mismo piso geológico con igual aspecto mineralógico. Al entrar al bosque que ocupa todo el valle, me sorprendió encontrarlo desprovisto de hojas. Acababa de dejar en la montaña la primavera en todo su esplendor, en tanto que veía aún reinar al triste invierno en el llano arbolado. Este cambio de ambiente, en tan poco espacio me entristeció durante las ocho leguas que me separaban del río Tucabara, tanto más porque el bosque me recordaba el Monte Grande que había atravesado de Santa Cruz a Chiquitos. También allí encontraba la máxima uniformidad. Ninguna palmera de follaje elegante, pero por todas partes cactos arborescentes de talla elevada y falsos algodoneros de tronco en forma de huso. Al llegar al río Tucabara, la monotonía del bosque llegó empero a matizarse con el follaje verde oscuro de la palmera murayahu, antigua conocida, que había admirado cerca de Santa Cruz de la Sierra.
Aprovechando una roca saliente de esquisto negruzco, pude cruzar el río Tucabara, de relativa profundidad en todo el resto de su curso. Este río, del que había cruzado varios afluentes en San Lorenzo e Ipias, acumula todas las aguas del valle, corre cerca de la misión de San Juan y prosigue entre las cadenas de Santiago y Sunsas hasta el extremo de la primera donde, uniéndose al río San Rafael, que ya recibiera las aguas de la vertiente meridional de la sierra de Santiago, forma, no lejos de las ruinas del antiguo Santo Corazón, el Oxukis. afluente occidental del Paraguay. El río Tucabara corre por un lecho angosto, en un valle poco inclinado. Tengo la convicción de que, desembarazado de las ramas que lo obstruyen, permitiría, durante las crecientes, una navegación cómoda para los barcos de casco plano y podría, así, servir para el transporte de los productos de San José y San Juan.
Atravesando el Tucabara, sobre fragmentos de esquistos negruzcos análogos a los de la cordillera de la Paz, recordaba que todas las minas de oro, sean de extracción o lavado, de estas ricas comarcas, dependían de esta formación geológica o de sus antiguas denudaciones. Ya no dudé de las probabilidades de éxito que tendría la búsqueda de oro por lavaderos, en todo el inmenso valle de Tucabara, el más adecuado por su estructura geológica para producir resultados ventajosos.
Al cruzar espesos bosques de los más tristes gané, cuatro leguas más lejos, el alto del Poso donde pasé la noche junto a un orificio lleno de agua. Llamaba la atención la soledad del bosque. Un solo pájaro no se ponía de manifiesto y lo habría supuesto despoblado del todo si, en la proximidad de la parada, no hubiera encontrado una urraca azul. Ya tuve ocasión de mencionar el tero armado, el centinela de la llanura, que se sobresalta apenas ve a alguien y no deja de gritar y perseguirlo. La urraca azul desempeña en los bosques el mismo papel; apenas oye ruido, vuela gritando de árbol en árbol. Se la diría encargada de la vigilancia de la floresta, mientras el tero armado cuida los llanos. También encontré allí muchos mariscos terrestres de interés.
A once leguas del Poso, después de haber dejado atrás, siempre por el bosque, el alto de Naranjo, señalado en efecto por algunos naranjos, y el de Potrero, especie de pantano adornado con palmeras motacus, llegué al sitio llamado La Cal, donde los jesuitas habían establecido un horno de cal, al pie mismo de la cadena del Sunsas para explotar una roca análoga a la de San José, que también reposa sobre rocas devónicas. De La Cal trepé tres leguas colinas boscosas, hasta la cumbre de la cadena del Sunsas, habiendo franqueado en la jornada diez y seis leguas, cruzando profundas hondonadas y cumbres escarpadas, en las que reconocí gredas devónicas a menudo ferruginosas que, reposando sobre esquistos azules, superpuestos a gneis en desintegración, dejan el suelo cubierto de fragmentos de cuarzo. Creí que desde la cúspide de la montaña tendría un buen panorama pero me equivoqué, porque las numerosas dislocaciones producidas en aquella parte impiden observar el campo. Bajando dos leguas por la pendiente oriental, seguí la dirección de un valle transversal, también bordeado de montañas, y alcancé el alto del Sunsas después de haber cumplido una jornada de dieciséis leguas. Bajo la ramada encontramos al administrador de Santo Corazón que venia a nuestro encuentro. A eso de las seis, mientras exploraba la vecindad, vi con sorpresa llegar a los cuarenta indios portadores de nuestros bagajes. Estos pobres hombres habían hecho diez y seis leguas a pie, cargados como mulas, y estaban sin embargo alegres y contentos, sin que parecieran sentir el menor cansancio.
La noche era de las más serenas. Resplandecían las estrellas en un cielo azul oscuro, en tanto que centenares de grandes insectos, dotados de luces intensas, cruzaban en todos sentidos el suelo cubierto de plantas. Estos fuegos vivientes que se agitaban sin cesar, competían con los fuegos más fijos del firmamento, así como muchas estrellas fugaces que a ratos veía podían confundirse fácilmente, sobre el horizonte, con la luz animada de los insectos voladores.
Del alto del Sunsas hasta Santo Corazón sólo había doce leguas. Mientras descendía el valle boscoso del Bokis 45, seguí por la margen derecha de la hondonada del mismo nombre teniendo a ambos lados montañas bastante altas, de contornos festoneados. A veces avanzaba sobre las colinas laterales, compuestas de gres férrico, o bajaba hasta el arroyo sombreado por bambúes gigantescos cuyo tronco, de más de quince centímetros de diámetro, se levanta como un árbol, tomando en conjunto la forma de una pluma o penacho elegante. A seis leguas paré en el alto de Bokis, donde cada cual hizo su arreglo personal para entrar dignamente en la misión de Santo Corazón. El camino se hizo más unido. Las colinas disminuyeron de altura y tres leguas más adelante eran meros mamelones redondeados, en el lugar denominado Bokisito. Luego no tuve que atravesar sino campiñas suavemente onduladas que después de la quemazón anual producían pastos bastante buenos para el ganado.
Notas:
Desde que hice el viaje empleo estas piedras y me animo a compararlas con lo mejor que tenemos en Francia.
Ver esta música en las Consideraciones generales sobre la provincia.
Cocos petraea, Martius.
El Bulimus apódemeles, etc.
Bokis es el nombre del bambú en idioma chiquito.