Provincia de Chiquitos

Textos y Documentos
Portada Pueblos Originarios Secciones Pueblos Originarios Facebook Pueblos Originarios Twitter Pueblos Originarios

plusViaje a la América Meridional
Alcide d'Orbigny (1830)

Provincia de Chiquitos

Partida a la Provincia de Chiquitos

Estadía en las misiones del oeste de la Provincia de Chiquitos:

Estadía en las misiones del centro de la Provincia de Chiquitos:

Viaje a las misiones del sur de la Provincia de Chiquitos:

Regreso a las Misiones del Centro y Oeste de la Provincia de Chiquitos.


linkViaje a la América Meridional
Imágenes Etnográficas

 

PortadaEl naturalista francés Alcide d'Orbigny, comisionado por el Museo Nacional de Historia Natural de París, visitó entre 1826 y 1833 seis países de América del Sur, sus estudios y experiencias los volcó en una monumental obra "Voyage dans L'Amérique Méridionale" ("Viaje a la América Meridional"), aquí presentamos lo referente a los Chiquitanos y a la Provincia de Chiquitos en Bolivia.
Estadía en las misiones del centro de la Provincia de Chiquitos 
Misión San Ignacio

Al despuntar el día, el campo se animó de repente; desataron las hamacas y los indios se encaminaron a San Ignacio, de donde aun nos separaban cinco leguas de llanos moteados de árboles dispersos y cortados por bosquecitos. Antes de dejar el alto, cada cual hizo su arreglo personal a fin de presentarse dignamente. El gobernador, los curas y demás blancos se pusieron unas pequeñas levitas de indiana. Por mi parte, me había quedado con el traje de baile de Santa Cruz, compuesto de una levita muy corta y blanca como el resto del traje, a la que agregaba, cuando montaba a caballo, una hermosa bufanda de raso rojo, que usaba como faja, produciendo gran efecto sobre los indios, que al verla me consideraban un personaje importante. A una legua y media de San Ignacio se nos unieron el cura y el administrador de la misión, y, más lejos, las autoridades indígenas. Igual que cuando llegué a Santa Ana se nos recibió bajo arcos de triunfo, con música y danzas, y nuestras habitaciones estaban muy bien adornadas con guirnaldas de hojas. La ceremonia se desarrolló como en Santa Ana. si bien fue más imponente: no menos de seis mil indios tomaban parte en cada procesión, donde advertí vestidos cuya tela parecía tener más de un siglo. Después de las vísperas, todos los indios se pusieron a rezar por sus padres muertos. Sus lamentos, sus gemidos y gritos semejaban el ruido que produce, durante la tempestad, el viento que silba con fuerza en el cordaje de los barcos, en un puerto de mar.

Indios de la Provincia de Chiquitos.

Misión San José

Misión San José
Misión Concepción

Camino Guaravito a Chiquitos

A la noche un baile nuevo para mí me produjo sumo interés. Tres indios cómicamente ataviados, ejecutaron payasadas. Luego uno de ellos metió en un agujero un cilindro de madera de tres metros de altura. Un niño de poca edad sostenía dieciséis cintas de colores atadas al extremo del cilindro y las distribuyó a otros tantos indios, que, formando una cadena encantadora, confeccionaron una linda trenza con las cintas, alrededor del cilindro, hasta que hubieron empleado todas. Entonces hicieron las mismas figuras en sentido contrario; la trenza se desenroscó y las cintas volvieron a flotar, como al principio. Los reemplazaron ocho indios enmascarados y disfrazados, cuyos gestos y posturas provocaron la hilaridad del público. En la distribución de víveres del día siguiente, el gobernador tuvo la ocurrencia de echar un cesto lleno; en un segundo, más de doscientos brazos entrelazados se dirigieron al sitio en que había caído la canasta y se hizo un grupo donde los indígenas, trepados unos sobre otros, formaban una pirámide elevada. Me causaba verdadera angustia la ¡idea de que los que estuvieran abajo se asfixiarían, pero al vaciarse el cesto, el grupo se deshizo poco a poco y todos se levantaron riéndose, con gran satisfacción por mi parte. Otra noche, tras una pantomima burlona, el atuendo de cuatro indios me pareció muy original. Llevaban un bonete que les cubría toda la parte superior del cuerpo, hasta las costillas flotantes, de manera que representaban una cara con el vientre desnudo, sobre el cual se habían pintado rasgos faciales; el resto del cuerpo formaba la parte inferior de un tronco sin piernas. Nada más cómico que ver caminar esos bustos, haciendo con sus grandes caras las muecas más inverosímiles, mediante la contracción de los músculos abdominales.

La misión de San Ignacio es una de las mayores de la provincia, con una población que en 1830 alcanzaba a 3.299 almas. Se formó en 1707 sólo con indios chiquitos, divididos en siete secciones o parcialidades.24 Está situada en la cima de una suave colina que al nordeste tiene tres hermosos lagos artificiales que lo jesuitas formaron por medio de diques. Estos lagos prestan al campo un aspecto pintoresco y la vista se detiene más allá, sobre bosques o colinas arboladas. La misión se compone de una linda iglesia ornada por una fachada de columnas retorcidas, sobrecargadas de ornamentos de estilo medieval. Por dentro, presenta un rico conjunto de columnas del mismo orden. El altar es notable por sus esculturas. El cura me mostró un órgano de madera, hecho por los jesuitas, pero ya tan deteriorado que no producía ningún sonido. Tanto la plaza como el colegio dan una idea elevada, por su aspecto de grandeza y majestad, de quienes los construyeron con hombres aun salvajes. También están muy bien distribuidas las casas de los indios, y techadas con tejas.

Recorrí a caballo los alrededores, encontrando por todas partes los mismos terrenos y piezas de historia natural que en Santa Ana. Por lo demás, la estación se prestaba poco a las investigaciones, ya que la naturaleza estaba sumida en el gran descanso invernal. El valle de Castillo, cercano a la misión, hacia el norte, es realmente encantador. Allí acababa de hacerse una plantación de caña de azúcar.

En San Ignacio, el administrador tuvo a bien ordenar que se pescara en uno de los lagos, para mostrarme el procedimiento usado por los indígenas. Van al bosque a buscar la raíz de un árbol, conocido en el país por barbaseo; la aplastan y echan al agua, distribuyéndola por toda la superficie en proporción calculada. Poco rato más tarde, los peces embriagados salen a flote como locos. Los indios eligen los mayores y dejan a los demás, que pronto vuelven a la normalidad y siguen viviendo. Sin embargo, tienen la precaución de extraer del agua las raíces venenosas. Después de la pesca hacen secar el pescado al aire y lo conservan de este modo.

El 5 de agosto regresé a Santa Ana donde proseguí tranquilamente mis investigaciones y trabajos, practicando sucesivamente botánica, zoología, geografía, historia, lingüística y estadística, trabajo último que me hacia fácil la ventaja de disponer de los archivos de la provincia.

Un día fui con el gobernador a visitar el punto de donde se extrajeron las hermosas láminas de mica que forman los vitrales de las iglesias y revisten sus muros y columnas. La cantera está situada en el bosque, a dos o tres leguas hacia el norte. Me encontré con una superficie extensa, cubierta de gneis micáceos rojos y amarillos, tan llena de mica que se veía el suelo. Hice excavar y sacar buenas muestras para mi colección geológica. Volvimos por un simpático valle, donde se hallan todos los predios de los indios, disfrutando de un hermoso panorama. Por todas partes se veía la hojarasca fresca y el follaje variado de la caña de azúcar, el plátano bananero y el papayero, por encima de los maizales; y alegraba la campiña multitud de ranchitos cubiertos de palmas. En ese lugar cada familia posee un campo que la provee de alimento. Tres veces por semana los indígenas lo pueden cultivar y los otros días se dedican al Estado. Estos campos producen bananas, papayas, maíz, zapallos, mandioca, arroz, porotos y muchas otras legumbres y raíces. Como en la misión los insectos atacan el maíz, los indios conservan en sus cabañas la provisión del año, que con sus familias van a buscar todos los sábados, para la semana siguiente. La llevan en una especie de cesta cuadrada, llamada panakich. El orden y la máxima limpieza reinan en aquellos campos, y los productos tan notables de ese trocito de tierra arrancada a las selvas vírgenes, me dieron la medida de los inmensos recursos que se podrían obtener de las tierras actualmente incultas, si una población agraria fuera a explotar esa rica naturaleza aún inútil. El cultivo consiste en derribar los árboles, pegarles fuego y sembrar, sin necesidad de previo laboreo. Al destruirse por el fuego los granos diseminados en la superficie del suelo, cereales y legumbres crecen solos, sin necesidad de carpirlos. El segundo año basta remover un poco alrededor del orificio donde se introducen dos o tres granos de maíz o un pedazo de mandioca. La naturaleza se encarga de lo demás y la cosecha siempre resulta magnífica.

Desde mi llegada a Santa Ana había visto con frecuencia grupos de indios que volvían del bosque, tras quince días de ausencia, cargando cada uno tres arrobas —setenta y cinco libras— de cera, tributo anual que grava a quienes no tejen. Excitaba mi curiosidad la forma cómo esos indios recogían la cera y quise reunir a varios con el objeto de informarme con exactitud acerca de esa explotación curiosa, hecha en plena floresta.

Todos los años, de junio a septiembre, los indios de cada misión parten en grupos de diez a veinte, en los que siempre figuran hombres experimentados y perfectos conocedores de los lugares. Toman un rumbo u otro, más o menos lejos de la misión, siguiendo la abundancia de la miel. A veces no temen alejarse a veinte o treinta leguas. En cuanto encuentran el lugar donde creen que encontrarán muchas abejas, eligen un punto cercano al agua y paran, depositando al pie de un árbol sus víveres, consistentes en choclos; después hachan árboles, que ahuecan en forma de artesa, en tanto que los demás, bajo la dirección del más experimentado, trazan un sendero que alcanza a veces una legua de longitud, dirigido más o menos de norte a sur. Apenas trazado este caminito y listas las artesas, parten de mañana por el sendero y, a cierta distancia, se dispersan de a dos, unas parejas hacia la derecha y otras por la izquierda, hasta lo más espeso del bosque. Durante el día, observan la dirección del vuelo de las abejas y hacia dónde toman en mayor número; después de haber localizado el árbol donde anidan lo marcan, tratando de buscarse puntos de referencia. Al atardecer, cuando baja el sol, resuelven volver al campamento y tratan de encontrar el sendero, orientándose por la posición del sol. El primer indio que lo encuentra, hace sonar en forma especial un cuerno o silbato redondeado que siempre lleva colgado; los demás, dispersos en la floresta, contestan con sonidos distintos para que no se los confunda con los que emite el indio que llama. Guiándose de este modo por sonidos, todos vuelven sucesivamente al camino trazado y ganan el campamento. Mientras comen un choclo asado los exploradores dan cuenta de los descubrimientos de la jornada y manifiestan cuántos panales encontraron. Luego se acuestan en sus hamacas, junto a un buen fuego y descansan. Al día siguiente, fraternizando sin tener en cuenta quién tuvo más suerte, se distribuyen los nidos localizados la víspera y salen en dos o tres grupos, con hachas y calabazas. Al llegar al primer árbol marcado, lo derriban, abren el hueco donde se encuentra la colmena, extraen miel y cera, exprimen la miel en las calabazas y empaquetan la cera, destruyendo el nido por completo. Después de haber efectuado esta tarea cada grupo vuelve a la tarde, cargado con el producto del trabajo. En el campamento lavan la cera aun impregnada de miel, en una de las artesas llena de agua, le agregan miel y la dejan fermentar para preparar guarapo, especie de licor muy sabroso que constituye casi el único alimento de esos indios durante la faena, pues apenas disponen de unos choclos para cada uno. Al otro día vuelven al bosque y prosiguen mientras tengan colmenas: cuando ya no las hay, siguen buscando hasta que cada cual haya juntado las tres arrobas que debe al Estado. Es raro que el grupo necesite más de quince días para obtener esta cantidad considerable de cera, que no asciende a menos de mil quinientas libras para veinte hombres.

La costumbre india de recorrer cada año los bosques vecinos, les otorga tal conocimiento de ese laberinto natural que nunca se pierden entre los árboles, guiándose siempre por el sol para encontrar su misión.

Las abejas de la región son diferentes a las nuestras por su forma, talla y producto de su trabajo.25 Por lo general anidan en los huecos o cavidades de los troncos de los árboles, a bastante altura del suelo. La colmena se compone de algunos panales regulares formados por celdas hexagonales como las de las abejas europeas; además, construyen con cera pequeñas cavidades ovaladas, de dos centímetros de longitud, que llenan con la miel más pura y aromática y polen, separadamente. Con frecuencia los indios se llevan la colmena entera con el pedazo de tronco en que se asienta; las abejas los siguen y es posible domesticar el enjambre, aprovechando que son inofensivas y carecen de aguijón.26 En Santa Cruz vi que numerosas casas de campo poseían colmenas, en vasos de barro cocido, y estoy seguro de que podrá resultar muy beneficiosa la explotación de este ramo tan simple y productivo, cuando la industria lo pueda adoptar.

Los indios conocen trece especies distintas de abejas, nueve de las cuales están desprovistas de aguijón y producen miel excelente; tres, cuya miel es nociva, y una sola con aguijón, poco buscada por esta causa.

Las nueve primeras sin aguijón son las siguientes:

1º La omesenama, la más pequeña de todas, pues apenas alcanza un largo de tres a cuatro milímetros, toda amarilla; es la especie que se considera productora de la mejor miel. Los españoles de Santa Cruz la llaman Señorita. A menudo vi llevar a las damas un panal de esta especie cubierto de abejas que sin dar muestras de que les extrañe encontrarse en un departamento o en manos de mujer, se paseaban inocentemente sobre su rostro.

2º La omececanach. el doble de la señorita, de tórax negruzco y abdomen rayado de negro y amarillo. Abunda sobre todo en los alrededores de San José.

3º La ohuarobich, del mismo tamaño que la anterior y completamente negra.

4º La pataquiacoch, gruesa como la señorita y toda negra. Es la más común de todas y la que tanto me hizo sufrir en el alto de Gurayeto introduciéndose en mis ojos y boca.

5º La opanoch, pequeña especie, medio negro y medio amarilla, con patas muy largas.

6º y 7º La opomocs y la okichichich, pequeñas y negras.

8º y 9º La ocharichuch y la oceturuch, chiquitas y amarillas, pero distintas de la señorita.

Las especies que producen miel dañina y que sólo los indios saben identificar porque parece tener el mismo sabor que la buena, son tres: la oreceroch y la overecepes, cuya miel produce espasmos nerviosos y enfermedades terribles; la omocayoch, cuya miel deliciosa embriaga como una bebida espirituosa y llega hasta extraviar la razón durante cierto tiempo. Como se requiere el ojo experimentado de los indios para distinguir a estas especies de las otras, los españoles, temiendo equivocarse, buscan únicamente las señoritas, cuya pequeña talla y color amarillo hacen inconfundibles.

La única especie provista de aguijón, denominada botoropes. es la más grande de todas; produce una miel excelente pero, por temor de que los pique, los indios no la buscan mientras pueden pasarse de ella. Si es necesario hacerlo, se apoderan de la miel y la cera después de haber espantado a los insectos por medio de una humareda espesa, que producen encendiendo hojas mojadas.

La cera se extrae del bosque negruzca y blanda. Para blanquearla y darle la consistencia necesaria se la somete a diversas preparaciones. Se hierve mucho tiempo con ceniza de plantas que contengan mucha potasa. Tras este primer lavado se mezcla con cal y se expone durante unos meses al rocío, en unas plataformas llamadas tendales. Cuando ha permanecido el tiempo suficiente para blanquearse se la vuelve a fundir, haciendo panes que se envían a Santa Cruz. Entonces la cera es blanca, sólida y hasta quebradiza; al arder expande un aroma bastante fuerte y agradable. Hasta el presente se la dedica a usos de iglesia. En años comunes, en 1829 por ejemplo, la provincia de Chiquitos tenia almacenadas 119.726 libras de cera.

Proseguí mis investigaciones hasta el 1º de septiembre y me dispuse a visitar las misiones del sur. El 2 de septiembre me dirigí a la misión de San Rafael, pero me costó mucho trabajo sacar al gobernador de su casa y recién partimos a las once, en la hora del calor más intenso. Era uno de esos días en que la atmósfera se carga de materias nebulosas, secas y ondulantes, en que el horizonte no está claro, en que el sol de los trópicos asesta sus rayos con violencia que ningún soplo de viento atempera. El aire que respiraba era como fuego y sufrí horriblemente. Sin embargo, encontré indios cargados, caminando al rayo del sol con la cabeza descubierta, sin parecer afectados.

En dirección sursudeste, sobre las colinas, el camino está bordeado de arboleda espesa, mezclada de cañas o bambúes delgados y verticilados; en los valles, el pasto estaba seco, sin que la diferencia de nivel existente fuera superior a cincuenta metros. Tras cinco leguas de marcha, San Rafael apareció a un kilómetro de distancia, sobre una altura. Su alta torre y edificios rodeados de palmeras ofrecían el aspecto más pintoresco. El cura y el administrador me recibieron en forma inmejorable.

Anterior Siguiente

Notas:

24

Estas secciones son las siguientes: sañepicas, quehusiquios, guazayocas, samanucas, piococas, churuberecas y punasiquias.

25

Pertenecen al genero Melipona.

26

Autores demasiado sistemáticos pretenden que estas abejas tienen aguijón. Puedo aseverar que no lo tienen, después de haber hecho todas las experiencias susceptibles de asegurármelo.