Provincia de Chiquitos
Partida a la Provincia de Chiquitos Estadía en las misiones del oeste de la Provincia de Chiquitos: Estadía en las misiones del centro de la Provincia de Chiquitos: Viaje a las misiones del sur de la Provincia de Chiquitos:
Regreso a las Misiones del Centro y Oeste de la Provincia de Chiquitos.
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El naturalista francés Alcide d'Orbigny, comisionado por el Museo Nacional de Historia Natural de París, visitó entre 1826 y 1833 seis países de América del Sur, sus estudios y experiencias los volcó en una monumental obra "Voyage dans L'Amérique Méridionale" ("Viaje a la América Meridional"), aquí presentamos lo referente a los Chiquitanos y a la Provincia de Chiquitos en Bolivia.
| Estadía en las misiones del centro de la Provincia de Chiquitos |
| Misión Santa Ana |
En la entrada de la misión nos esperaba un arco de triunfo hecho de ramas y palmas. Apenas hubimos llegado empezó la música. Indios jóvenes de ambos sexos, vestidos con limpieza al modo del país, iniciaron un hermoso baile, especie de vals o cadena sin fin, a cuya terminación cantaron todos juntos mi feliz arribo. Quedé tan impresionado como sorprendido por la atención del gobernador y el conjunto del cortejo. Abrían la marcha cacique y jueces, manteniendo en alto sus cañas, símbolos de autoridad; luego venía una cincuentena de músicos y los bailarines que avanzaban danzando ante nosotros. A la entrada de la plaza se alza un segundo arco de triunfo bajo el cual tuvimos que escuchar nuevas coplas y ver otros bailes, rodeados por toda la población de la misión, que acudiera para honrarnos. Por fin, después de haber atravesado la plaza con nuestro cortejo, llegamos a la casa del gobernador. Bailes y cantos prosiguieron en la sala, donde siempre se me designaba por el nombre de Don Carlos o Señor Doctor21. Aunque nueva para mí, la escena me cansaba en exceso. Habría dado cualquier cosa por sustraerme a los honores con que se me abrumaba y sin embargo el gobernador quiso que se festejara mi llegada durante tres días consecutivos, con el objeto, decía, de que los indios me consideraran un enviado del gobierno boliviano, un igual al gobernador, lo que no era poco decir para aquellas pobres gentes, que consideraban al gobernador un ser sobrenatural, investido de todos los derechos imaginables.
Indios de la Provincia de Chiquitos. |
Misión San José |
Misión San José |
Camino Guaravito a Chiquitos |
A las ocho de la noche las jóvenes indias de la misión se dirigieron al baile del gobernador, ataviadas con sus hermosos tipois y cubiertas de cintas de colores.22 Empezaron a bailar entre sí danzas indígenas y de origen salvaje; pronto el gobernador intervino en el esparcimiento y no tuve menos que acceder también a sus invitaciones reiteradas. Durante toda la velada, las jóvenes alternaron sus bailes: formaban rueda, tomadas de las manos, y giraban alternativamente hacia un lado y otro, entonando letras con refrán, en cierto modo análogas a las rondas que se cantan en ciertas partes de Bretaña o la Vendée, aunque la música acompañaba siempre sus canciones. Luego se bailó el quiluriqui, el catonapapa y el tamaosis: esta última danza es una especie de juego o lucha, en que dos indias tratan de quitarse mutuamente las bailarinas que defienden, manteniéndolas en fila tras de sí. En general, estos cantos y bailes son muy monótonos, aunque tengan ritmo bastante rápido.23 Junto con los bailes indígenas se ejecutaron también los que se estilan en Santa Cruz y Brasil. El baile fue divertido, y pese al ingrato tipoi, las mujeres se mostraron muy graciosas.
Durante los dos días siguientes, la música no cesó de tocar durante las comidas, mientras jóvenes de ambos sexos bailaban o cantaban guainito, especie de coplas nacionales, muy simples e ingenuas, cuyos textos castellanos resultaban tan alterados por los cantores que a veces se hacia imposible entenderlos. Una de las noches se me ofreció una representación del Doctor Borrego, pieza bufa, ejecutada en un teatro situado en medio de la plaza. Los indios bailarines fueron a buscarnos a la gobernación y nos condujeron danzando. La obra se refería a unos sirvientes que, en ausencia de su patrón, médico célebre, administraban remedios a algunos enfermos y los mataban uno tras otro. Los indios desempeñaron sus papeles con mucho buen humor y su castellano estropeado aumentaba el interés de la obra.
Santa Ana, una de las misiones más recientes de la provincia, está ubicada en una pequeña colina rodeada de valles que los jesuitas convirtieron en hermosos laguitos, obstruyendo las entradas. Estos lagos rodeados de los árboles que crecen en las laderas próximas, aumentan el encanto del paisaje. En la actualidad, la misión está despoblada en parte; Ramos, su último gobernador, español, en el momento de la emancipación se llevó trescientas familias indígenas, actualmente retenidas por los brasileños en el poblado de Casalbasco. El colegio, quemado más tarde, en tiempo del gobernador don Gil de Toledo, sólo fue reconstruido provisoriamente. La iglesia es espaciosa, bien distribuida y sobre todo ornada con extrema riqueza. Los muros y columnas interiores están revestidos de dibujos hechos en láminas de la mica más brillante. Su música es, por cierto, la mejor que se pueda encontrar en todas las misiones; el sitio es muy lindo, bien unido y rodeado de casas de indígenas.
Al fundarse, la misión constaba de cuatro naciones distintas: 1º un núcleo de chiquitos pertenecientes a la tribu de los guazaroca; 2º los curuminacas, 3º los covarecas y 4º los saravecas.
Los jesuitas trataban siempre de mezclar las otras naciones con la raza chiquita, la más numerosa de la provincia, con el propósito de generalizar su idioma, refundiéndole los demás; las oraciones, por ejemplo, siempre se decían en chiquito. Si aquellos religiosos volvieran ahora a Santa Ana, verían cumplidos sus deseos, pues sólo encontré a un viejo saraveca que hablaba bien su idioma; todos los jóvenes de esta nación, así como los covarecas y curuminacas habían olvidado por completo su lengua materna, de la que sólo conocí unas palabras gracias al anciano saraveca, antiguo cacique de la misión, donde los saravecas son muy numerosos. De todos los indígenas son los mejores, los más dóciles y los que tienen rasgos más regulares.
En Santa Ana los indios son más civilizados que en las otras partes de la provincia; sus modales son muy amables y el trato muy agradable. Los hombres muestran buen humor y las mujeres más aún. Junto a la rigidez exterior del cristianismo, mantienen muchas de sus viejas supersticiones. Tuve al respecto varias conversaciones con el cura y los indios principales, llegando a obtener las informaciones siguientes:
Cuando una mujer está encinta su marido se abstiene de matar una víbora por miedo de dañar la salud de su hijo.
Un hombre no debe hacer nada durante los primeros días siguientes al parto de su mujer, para que ella no se canse ni enferme.
Una mujer con embarazo de cuatro meses interrumpe sus relaciones con el marido y no las reanuda hasta que haya cesado de amamantar a su hijo; vale decir, dos o tres años después. Se concibe la razón de esta medida, fundada sagazmente en que las mujeres sólo cuentan consigo mismas para la crianza de sus hijos; pero la costumbre causa muchas perturbaciones en los hogares y mucha tolerancia entre los cónyuges, sin que se le atribuya importancia ni que su fe religiosa sufra la menor alteración. Las mujeres tienen pocos escrúpulos por cometer una falta, seguras de alcanzar el perdón mediante la confesión.
Los celos son muy comunes entre las mujeres y muy raros entre los hombres, de donde resulta una gran indiferencia de parte de ellos, que por un regalo, dejan sin esfuerzo a su compañera. La mayor parte de los indios llega a preferir dos cosas a todo: su perro y el chico que su mujer haya tenido con un blanco. Cuando salen al campo hacen caminar a todos los hijos, en tanto que llevan en brazos al perro y sobre los hombres al hijo mestizo de su mujer. Parecería que los honra saber que mejora el color de la familia. Es fácil suponer la mala influencia que semejantes sentimientos pueden ejercer sobre la conducta de las mujeres, sobre todo dada la indiferencia normal de los hombres. Bajo la autoridad de los jesuitas parece que las costumbres eran muy severas, pero los jefes actuales dan ejemplo de inconducta, los indios no tardan en imitarlos y la corrupción más completa reina en la provincia.
Ya he dicho que la religiosidad está desarrollada hasta el máximo. Sin embargo, los jesuitas fueron mucho mejores para los indios que los curas actuales, que están lejos de tener su instrucción y costumbres rigurosas, por lo que se observa en los indios clara preferencia por los sermones que los curas extraen en los manuscritos jesuíticos. Al hablar de ellos dicen: “¡Lo que dice el cura es bueno, pero lo que dice el libro de los padres es mucho mejor!” Escuchan lo primero distraídos, mientras reservan todo su recogimiento para lo último.
Tal es su fe que consideran a su sacerdote representante de Cristo en la tierra y lo obedecen ciegamente.
No quisieron imponer la menor modificación a las costumbres, usos y ceremonial establecidos por los jesuitas Los viejos recuerdan con pena la expulsión de los padres (en 1767) y todos repiten: “Gracias a ellos nos hicimos cristianos, conocimos a Dios y fuimos felices”.
La fe de las indias las consuela más fácilmente de la pérdida de un esposo que de la de un padre. Durante largos años lloran la muerte del padre o la madre y todas las mañanas se lamentan pensando en ellos; pero nada de esto hacen por el marido. No es raro ver bailando a una mujer que enviudara pocos días antes y cuando se le hace alguna observación sobre la inconveniencia de su conducta, responde: “¿Por qué voy a estar triste? ¿Acaso mi marido no está con Dios, no disfruta un reposo del que estoy privada? Además, si bailo es para olvidar la pena que me causa haberlo perdido, estar separada de él, aunque lo sepa feliz porque el cura le dio los últimos sacramentos”. En seguida se dedica a buscar otro marido, por no poder —dice— quedarse sin sostén y dejar su campo sin cultivo, cosa que la expondría a morir de hambre.
Muy a menudo me impresionó la candidez con que esas pobres gentes concilian las exigencias de la religión con la satisfacción de todas sus ocurrencias y la conducta más desarreglada.
Nos acercábamos al día de Santa Ana, fiesta de la misión, y en ninguna parte vi jamás tanta alegría. Los viejos repetían: “Veré de nuevo la fiesta.” Los jóvenes cantaban y reían y el regocijo era general. El 25 de julio, víspera del gran día, se levantó un teatro en la plaza y se hizo un reparto de carne. Mataron cierto número de bueyes y los faenaron en la plaza pública. Los jueces de la misión efectuaron una distribución regular, conforme a la importancia de las familias y cada cual vino a su turno, al son de la música, a recibir su parte de manos del cacique.
Al mediodía, en tanto que cacique y jueces invitaban al gobernador a asistir a la fiesta, los indios fueron a la iglesia en corporación, con la música, a fin de sacar la bandera. El cacique, de guantes blancos, la recibió y otros dos caciques de tribus vecinas tomaron los extremos de una cinta larga que estaba atada al asta. Todos los indios, en orden correspondiente a su rango, fueron a saludarla hincándose de rodillas. Tras muchas ceremonias la procesión dio la vuelta a la plaza, en el orden siguiente: a cada lado marchaban indios guerreros en fila, llevando cada uno su arco, y, según la edad, un haz de flechas, dos o una sola. La banda encabezaba la procesión y seguíanla jóvenes bailarines indios, vestidos todos con túnica blanca y corona de plumas brillantes, de pájaros de los bosques vecinos. Cuatro indios con alabardas y otros cuatro con lanzas precedían a unos niños portadores de las cañas de los caciques que llevaban la bandera, seguidos a su vez por todos los jueces y los comisarios de la fiesta, a caballo y en el orden de sus funciones respectivas. Los indios, con las cabezas desnudas y los brazos cruzados sobre el pecho marchaban detrás y luego venían las indias. Después de haber dado la vuelta a la plaza, la procesión se detuvo ante un altar levantado frente a la casa de gobierno. Se volvió a saludar la bandera y se la depositó en el altar, ante el cual dieciséis chicos ejecutaron danzas sencillas y entonaron cánticos en loor de la Patrona. Después de la ceremonia, todos los indios fueron a arrodillarse a la puerta de la iglesia para pedir hijos a Santa Ana, pues los hombres no gozan de ninguna consideración si no los tienen.
A la una se nos sirvió la comida, con música, cantos y baile de los jóvenes indios e indias. A las tres, la procesión volvió a salir, dio de nuevo la vuelta a la plaza y volvió a la iglesia, donde se cantaron las vísperas con música de un excelente maestro italiano, matizada con coros armoniosos y bien acompañados. Después de las vísperas se pusieron sillones fuera de la iglesia y pude ver el desarrollo de la ceremonia. Dieciséis indios jóvenes volvieron a ejecutar danzas y cantos; uno de los bailes tenía mucha gracia. Un niño de corta edad apareció cargado de arcos y los distribuyó a los bailarines, que hicieron con ellos figuras muy bonitas. En verdad me habría podido creer por un momento en las funciones de baile de la Opera y no en una ceremonia religiosa y entre hombres apenas salidos del estado salvaje.
A la noche, después de una comedia burlesca representada en el teatro, se hizo un baile en casa del gobernador, donde me sorprendió oír, después de los bailes indígenas, españoles y brasileños, trozos de Rossini y el coro de los cazadores de Robín de los bosques, de Weber. Estos fragmentos habían sido llevados por un médico francés que murió en Santa Cruz a su vuelta de Chiquitos.
El día de Santa Ana. después de la misa mayor. cantada con música que los indios ejecutaron notablemente, la banda nos llevó de vuelta a lo del gobernador, donde los bailarines compusieron figuras de conjunto, muy variadas y graciosas, en tanto que todas las corporaciones indígenas y los indios e indias llegados de otras misiones hacían su visita oficial. El gobernador mandó servir un vaso de aguardiente, queso y golosinas secas a cada una de las indias, que se fueron muy satisfechas de su galantería.
Al mediodía asistí a una ceremonia singular: la bendición de la comida de los indios. Cada familia llevó su plato y hasta animales vivos sobre los cuales el cura asperjó agua bendita, recitando oraciones al compás de la música. Luego fueron los indios a instalarse en la plaza donde compartieron su pitanza con los hermanos de otras misiones (como los llamaban), comiendo al son de sus flautas y tamboriles. Al empezar la comida resplandecía la alegría más viva, pero en sus postrimerías cada uno recordó a sus padres muertos, ausentes del festín. Hubo lamentaciones, se refirieron las buenas cualidades de los extintos y la tristeza se generalizó. Antes de separarse todos se desearon volver a reunirse el año siguiente.
A las tres se hizo la misma procesión que la víspera, con la cruz; luego varios grupos de jinetes indios efectuaron numerosas evoluciones, describiendo todas una cruz. Mientras se desarrollaban estas pruebas me dediqué a otra ceremonia. Un niño cargado con un sable y cuatro hombres con sendas alabardas fueron a saludar la bandera. El párvulo trazó una cruz en el suelo, en cuyos cuatro extremos los hombres se arrodillaron (ceremonia que tal vez simbolice la conquista espiritual de la comarca). Siguieron llegando hombres con lanzas, indios munidos de banderitas, tambores, trompetas y trompas. Otros juegos, tales como un poste de cucaña y un juego de sortija a caballo, atrajeron pronto a la multitud, dándome ocasión de apreciar la agilidad y destreza con que los indios se entregaban a dichos ejercicios.
Se hizo a los indios una distribución de víveres, consistentes en trozos de queso y dulces secos. El gobernador, el cura, el administrador y yo nos encargamos de echarlos a sus manos, que se los disputaban con encarnizamiento sin igual, prefiriendo todos el pedazo así ganado que el recibido. Tras esta escena ruidosa, en que todos gritaban y silbaban para atraer nuestra atención, se dispersaron con su botín, para obsequiar a sus relaciones, y en un momento la plaza quedó desierta.
Otro baile volvió a llevar a las indias jóvenes a casa del gobernador, donde se desplegaron todas sus galas. La mayor parte vestía tipois de indiana o muselina estampada, adornados con cintas. Por delante sostenían el pelo con una especie de red y sus rostros redondos y radiantes de salud, que respiraban la alegría más fresca, imprimían a la reunión un aire muy particular.
Los días 27 y 28 las mismas ceremonias y diversiones prosiguieron, con gran fastidio mío, pero nada podía hacer; para no causar mala impresión, debía acompañar al gobernador a todas partes y actuar en todo lo que se hiciera. Hasta tuve que aceptar con él una invitación a casa del cacique de la misión, para beber el peruanas, especie de licor fermentado, hecho con maíz. Se macera maíz y se lo mezcla con agua, en un gran cántaro, que se tapa y entierra. Cuando se cree listo el licor, se hacen las invitaciones para catarlo. La mujer del cacique abrió el cántaro ante nosotros; el primer vaso, en cuya superficie sobrenadaba la parte grasosa del maíz, fue ofrecido al gobernador, recibí el segundo y los demás bebieron a su turno, librándose a transportes de verdadero regocijo. Este licor fermentado se parece mucho a la chicha de Cochabamba. aunque sea más dulce. Termina, sin embargo, por subirse a la cabeza y, después de los primeros vasos, encontré la manera de dejar que los indios siguieran divirtiéndose entre sí. Allá no vi, como tampoco en Cochabamba, que la embriaguez producida por este brebaje llevara a la ferocidad. Por el contrario, produce una grata alegría muy distinta de la ebriedad que ocasiona el abuso de los licores europeos.
En uno de los dos días, se realizó un concurso de tiro al arco, en el que los indios pusieron de manifiesto mucha habilidad. Esta diversión me interesó porque sabía la práctica del arco que es necesaria para alcanzar un blanco con alguna precisión, por tratarse de un arma cuyo manejo depende exclusivamente de la experiencia.
Según lo resuelto por el gobernador, el 29 de julio debíamos partir a San Ignacio, cuya fiesta tendría lugar el 30. Con gusto me habría sustraído a la ceremonia, yendo más tarde a San Ignacio, pero el gobernador me prometió dejarme recorrer los alrededores, mientras él recibiría los honores. San Ignacio está a doce leguas al nornoroeste de Santa Ana. A la salida de esta misión encontramos el camino lleno de indios e indias que también se dirigían a la fiesta, pareciendo el trayecto poco menos que una procesión. Bajé a un valle, pasando junto a varios lagos artificiales, contenidos por diques que cubrían laderas bastante escarpadas. A una legua, entramos en un bosque de doce kilómetros de profundidad, muy arbolado y ocupando un suelo desigual; más allá, un llano también extenso, poblado de árboles aislados, se prolongó hasta el alto de San Nicolás, donde debíamos pasar la noche a fin de hacer una entrada solemne al día siguiente. El administrador de San Ignacio había mandado a la parada un ejército de cocineros, mesas y sillas, y se habían clavado en torno a la cabaña muchos postes para colgar las hamacas que usaban los indígenas, o camas de cañas a la moda blanca. Indios e indias fueron llegando y al caer la noche más de quinientas personas se habían estacionado alrededor del paradero. El panorama era en verdad extraño, cuando todos se hubieron acostado en el mayor silencio. Los numerosos grupos de seis a ocho hamacas, cada uno de cuyos fuegos despedía fuerte luz en el campo, intensamente iluminado, y el conjunto de hamacas colgadas, blancas en la noche oscura, prestaban un aspecto novedoso e imponente a la escena, que contemplé largo rato, antes de extenderme al aire libre, en una cama de bambúes.
Notas:
En Bolivia y Perú todos los curas y hasta todas las personas de buena posición social reciben el titulo de doctor; es ofensivo omitirlo, de manera que se prodiga con cada palabra.
Ver los trajes de los chiquitos, plancha Nº 43.
Ver en las Consideraciones generales acerca de la Provincia, la música de estas danzas, que hice anotar por el maestro de la capilla de Santa Ana.