Provincia de Chiquitos
Partida a la Provincia de Chiquitos Estadía en las misiones del oeste de la Provincia de Chiquitos: Estadía en las misiones del centro de la Provincia de Chiquitos: Viaje a las misiones del sur de la Provincia de Chiquitos:
Regreso a las Misiones del Centro y Oeste de la Provincia de Chiquitos.
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El naturalista francés Alcide d'Orbigny, comisionado por el Museo Nacional de Historia Natural de París, visitó entre 1826 y 1833 seis países de América del Sur, sus estudios y experiencias los volcó en una monumental obra "Voyage dans L'Amérique Méridionale" ("Viaje a la América Meridional"), aquí presentamos lo referente a los Chiquitanos y a la Provincia de Chiquitos en Bolivia.
| Viaje a las misiones del sur de la Provincia de Chiquitos |
| Misión de San José y Camino a Santigo |
Después de haber recibido los saludos del administrador, el cura y las autoridades indígenas, sucesivamente, hicimos nuestra entrada, como de costumbre, bajo arcos de triunfo y precedidos hasta la plaza y de ahí al colegio por jóvenes indios de ambos sexos que bailaban y cantaban.
La misión de San José, situada aproximadamente a 17o40' de latitud sur y 62° 20' de longitud oeste de París, fue fundada con carácter definitivo, en 170630, por los jesuitas, sólo con chiquitos31, restos de los indios amigos de la antigua ciudad de Santa Cruz de la Sierra, cuyas ruinas distan media legua. Su población alcanzaba a unas 5.000 personas, pero siete años de hambruna y la viruela boba habían causado la muerte de muchos. En la actualidad suman 1.800 los habitantes. Ocupa un emplazamiento pintoresco, a no más de una legua de la sierra San José, cadena de montañas de poca elevación y de dirección estesudeste, que presenta laderas escarpadas en cornisas y a cuyo pie se extiende, al norte y al sur, un bosque con muchos claros. Allí construyeron San José, cerca de un arroyito que baja a la hondonada de Sutos, la que se convirtió en estanque para regadío de todo el campo circunvecino. El emplazamiento de la misión es horizontal, pero a escasa distancia se ve la montaña de Las Chaquiras, mamelón redondeado cuyos flancos boscosos se diseñan en forma agradable sobre el cielo más bello del mundo. Mucho tiempo fue San José capital de la provincia y sede del gobierno jesuítico, que le dedicó todos sus cuidados, pero los padres fueron expulsados antes de concluir su obra, ya que la iglesia no estaba terminada. Después, San José quedó como intermediaria de las misiones del este, pues se le llevan todos los productos de las demás, destinados a Santa Cruz, por un camino especial que atraviesa el bosque sin pasar por las misiones occidentales.
Indios de la Provincia de Chiquitos. |
Misión San José |
Misión San José |
Camino Guaravito a Chiquitos |
Cuando se estuvo mucho tiempo en los bosques, cualquier edificio produce una impresión notable; así fue como al llegar a la misión me sorprendió el aspecto de la plaza, por las construcciones que la encuadraban, ya que no respondía a la idea de una población formada por hombres apenas salidos del estado salvaje. Con verdadero gusto observé estructuras de piedras, construidas en el estilo morisco y de factura original, que traté de reproducir al lápiz32, Estos monumentos consisten en una torre cuadrada, de tres pisos, provista de una galería en el superior. Constituye el portal de entrada al colegio. A la izquierda se alza el frontispicio de la iglesia, de arquitectura simple, coronada, igual que la torre, de pequeñas pilastras y cruces de piedra. Sólo este frente existía cuando se produjo la expulsión de los jesuitas en 1767, por lo que la construcción del cuerpo de la iglesia, proseguida por los administradores, se resiente por ausencia de los hombres que la comenzaran. Aun más a la izquierda está la Capilla de Muertos, donde se los deposita durante veinticuatro horas, antes de proceder a su inhumación. A la derecha está la casa de gobierno, o colegio. Este cuerpo de edificios tiene estructura abovedada, muy favorable a la conservación de cierta frescura, en la zona tórrida. El colegio cuenta con más de tres patios rodeados de habitaciones y talleres. La plaza es enorme, decorada en el centro con una cruz de piedra rodeada de palmeras. Los frentes descritos forman uno de sus lados; ocupan los otros tres las casas de los jueces, que en total constituyen nueve grupos de casas. Por desgracia, entre un grupo y otro, al principio de cada calle se emplazó una cruz con palmeras y, en los cuatro ángulos de la plaza, capillas destinadas a las procesiones, que la encierran e imposibilitan toda perspectiva. Componen el resto de la misión hileras de casas ordenadas en filas longitudinales y transversales, que suman unas ochenta.
Los productos de San José son muy importantes; se fabrican hamacas y tejidos de algodón, como en las otras misiones. Además se cosecha gran cantidad de tamarindo para usos farmacéuticos y la cera es mejor que en otra parte. Uno de los grandes beneficios del país lo constituye la sal que se va a recoger anualmente a unas sesenta leguas al sursudeste, en dos inmensos lagos salados, donde el mineral cristaliza naturalmente durante las sequías. Se transporta al hombro o en trineos arrastrados por bueyes a las demás misiones, donde sus administradores lo emplean para pagar a los indios sus trabajos de hilados u otros. En cierto modo es la moneda corriente en la provincia, por tratarse de un producto de primera necesidad.
Ya me he referido varias veces a la desagradable costumbre que tiene la población de incendiar todos los años los campos a fin de renovar los pastos. Si bien los lugares en que el procedimiento se aplica hace tiempo no están ya despoblados de árboles, se hallan en camino de estarlo pronto. Sólo muestran ejemplares espaciados y de mal desarrollo, careciendo en absoluto de arboledas tupidas y macizos sombreados. Este principio de extinción ha dado lugar, en ciertos puntos, a sequías hasta entonces desconocidas, que año tras año se intensifican en forma impresionante. San José tuvo que soportar una calamidad de esta clase durante siete años en que sus habitantes no levantaron una cosecha, habiendo perecido muchos de hambre, por efecto de la imprevisión del administrador; esta calamidad determinó la construcción del depósito de agua en Sutos. El efecto de los incendios es tan notorio que en vez de aquellos árboles gigantescos que cubren los sitios apartados de las misiones, actualmente no se ve más que especímenes achaparrados de una vegetación empobrecida, junto a los lugares habitados, que día a día ralea, No hay duda que si la administración no adopta severos medios de represión, con criterio de conservación, esta costumbre prepara una verdadera catástrofe para el futuro.
Pasé en San José seis días, dedicados a recorrer los alrededores y poner al día mis notas. En una oportunidad salí camino a Sutos, de donde parte el riacho que riega las cercanías de la misión. Para llegar atravesé terrenos cubiertos de arbolitos, que me llevaron al pie de la montaña. Allí, en una hondonada, encontré una chacra y un extenso bananal, rodeado de vegetación activa y de una frescura que contrastaba con la sequedad del aire ardiente del campo circundante, donde todo estaba quemado por el fuego y el sol. No podría describir el placer que experimenté en ese lugar encantador. Por todas partes fluye agua entre las rocas y ya se excavó en el gres un amplio estanque natural, lleno de un caudal limpio como cristal. Todo me retenía en el vallecito, y especialmente la vista de su imponente muralla de gres ferruginoso, de trescientos a cuatrocientos metros de altura, que formaba como cornisas en cuyos cortes se mostraban las distintas capas cuya consistencia desigual originaba salientes y concavidades cubiertas de plantas. Allí todos los gastos corrieron por cuenta de la naturaleza, que pobló el lugar con millares de guacamayos rojos y tucanes cuyos gritos agudos desentonan con el murmullo de las aguas, animando el conjunto. Cuando se conocen las hermosas cascadas del lago de Oo, del circo de Gavarnie en los Pirineos y las de Giesbach en Suiza, que descienden entre los pinos fríos, cerca de neveras eternas, alegra encontrarlas en la zona tórrida, rodeadas de plátanos, palmeras y animales de ricos colores, propios de los países cálidos. El contraste más intenso parece aumentar en América el encanto de esos cuadros naturales.
Otro día fui a visitar una fuente termal situada a tres leguas al estesudeste, al pie de la montaña. Pasé junto al Cerro de las Chaquiras (perlas de vidrio), llamado así porque los indios suponían que las baratijas que recibían de los jesuitas provenían de esta montaña. Como después de expulsados los jesuitas ya no fue posible encontrarlas allá, los indios creen ingenuamente que las perlas se escondieron a raíz de la partida de sus padres, como los llaman. Se trata de un mamelón de gres, aislado en la llanura y separado por completo del resto de la cadena. Al llegar a la fuente encontré un bananal magnífico, en medio del cual había un ranchito techado con paja. Era un oasis cuya fresca verdura contrastaba con el campo seco y árido de los alrededores, retazo de vegetación activa que la fuente alimenta, borbotando en la arena al aflorar, mientras forma un lindo arroyo de casi un cuarto metro de fuerza, que riega el bananal y fertiliza esa parte del suelo. No tenía termómetro pero la tibieza del agua me permitió atribuirle una temperatura no superior a treinta y seis grados centígrados.
A juzgar por su temperatura esta agua debe provenir de una profundidad de quinientos metros, por lo menos. La fuerza con que brota evidencia que se podría darle con facilidad un nivel más alto, elevando su cuenca, lo que haría posible su explotación industrial, a la vez que la agrícola, utilizándola como motor de cualquier fabricación establecida en gran escala. De tal modo fecundaría la tierra y pondría en movimiento simultáneamente una maquinaria bastante grande. Lo mismo podría hacerse con la cascada de Sutos.
Dos kilómetros más al este hay una gran explotación de piedra caliza. Quise conocerla y encontré, bajo el gres cuarzoso, uno calcáreo magnesiano o gres calcico, más rico en silicio que en sal aunque, mediante la calcinación, rinde una cal bastante buena. Para determinar con exactitud el yacimiento geológico de esa capa en el conjunto de la montaña, quise trepar a la cima, entre espinos y piedras movedizas, luchando con el calor sofocante del mediodía. Llegué, por cierto, a costa de mil esfuerzos, encontrando sólo el gres ferroso de San José; en cambio tuve una magnífica vista de conjunto de la campiña. Jadeando bajo el fuego de un sol ardiente y muriéndome de sed, descendí a la cabaña. Pedí agua para refrescarme y en seguida me la trajeron, sacándola de la vertiente. La bebí toda sin respirar y me acometieron de inmediato unos vómitos atroces que duraron parte del día. En aquellas regiones, los primeros meses de la primavera, antes de la estación de las lluvias, son los más difíciles de soportar. Un calor seco y sin viento, obliga a respirar un aire ardoroso que no atempera siquiera la frescura de las noches de las otras estaciones. Expuesto todos los días a este calor aplastante, sufría sus efectos funestos, en forma de un malestar continuo, un desfallecimiento que sólo mi ánimo podía sobrellevar. Por cierto que no habría resistido si el viento del sur no hubiera refrescado la atmósfera la misma noche, devolviéndome la energía.
Me faltaba visitar un lugar curioso por los recuerdos históricos que se le vinculan. Quiero referirme a la antigua ciudad de Santa Cruz de la Sierra, situada a dos kilómetros al oeste de San José, en el bosque y bastante cerca de la montaña. A pesar de la proximidad de las montañas y la abundancia de materiales, esta ciudad se había construido de barro; cubría casi un kilómetro de anchura y por los montículos de tierra alineados se nota que estaba ordenada en cuadras o manzanas cuadradas, entre las cuales se distinguían la plaza y el emplazamiento de la iglesia, entonces cubierto todo de árboles diseminados entre restos de calles y casas.
Después de las tentativas que hicieron desde Paraguay Núñez Cabeza de Vaca en 1542 33 e Irala en 154834 para penetrar en Perú por Chiquitos, Irala, nombrado gobernador de Paraguay, envió en 1557 a Nuflo de Chaves a fundar una ciudad en el extremo oriental de la provincia de Chiquitos, no lejos del río Paraguay35. Pero Nuflo de Chaves poco tiempo después supo la muerte de Irala y resolvió echar los cimientos de una ciudad independiente de Paraguay, decisión que le valió ser abandonado por parte de sus soldados. Sin embargo, tras algunos fracasos, obtuvo por último del virrey de Lima permiso para fundar en 156036 una ciudad que llamó Santa Cruz de la Sierra, aludiendo a las montañas vecinas. Esta ciudad empezaba a prosperar cuando, cinco años más tarde, los chiriguanos mataron a Nuflo de Chaves. A partir de ese momento los españoles tuvieron exigencias que hasta entonces no habían impuesto a los indios organizados por ellos mismos en encomiendas y quisieron privarlos de sus hijos para someterlos a la esclavitud, pero estos actos tiránicos produjeron conflictos que los obligaron a abandonar Santa Cruz. Cuando en 1575 el virrey de Lima ordenó la fundación de San Lorenzo de la Frontera todos fueron a establecerse en la nueva ciudad, a la que llevaron el nombre de la vieja. Se convirtió en la Santa Cruz actual, situada a cerca de tres grados al oeste de la otra, no lejos de los últimos contrafuertes de la Cordillera, hacia los 17°20’ de latitud y 65°20’ de longitud oeste de París; de este modo, tras quince años de existencia. Santa Cruz fue abandonada por completo y los indígenas volvieron al estado salvaje hasta la llegada de los jesuitas Largo rato recorrí sus calles, remontándome mentalmente a aquellos tiempos caballerescos, cuando hombres apenas armados cruzaban el continente por lugares donde nadie se atrevería a arriesgarse en la actualidad.
El cura de San José, cazador renombrado en toda la provincia, había suprimido, por así decirlo, solo a todos los jaguares de la vecindad. En cuanto sabía de la existencia de alguno de esos feroces animales, salía a cazarlo con su jauría, compuesta de una veintena de perros, y siempre lograba matarlo. Una mañana quise acompañarlo a cazar el tapir. Salimos antes del amanecer y cuando clareaba habíamos ganado un sitio húmedo al que pronto fue dirigido, por los perros que lo acosaban, un tapir del tamaño de una corza; tuve el gusto de matarlo. Era el septuagésimo séptimo que el cura cazaba en los últimos dos años, pues sólo alimentaba a la jauría con el producto de sus cacerías matinales. Los tapires abundan en esta parte de la provincia, donde sus senderos, trazados entre los bosques, pueden extraviar a menudo al viajero.
Durante mi estadía se habían realizado muchos bailes y me fue posible observar al conjunto de la población que, aunque fuerte y bien formada, no tenía rasgos tan armoniosos como los indios de Santa Ana. Está lejos, asimismo, de ser tan educada como ellos y sus danzas carecen de gracia.
El 14 de setiembre dejaba San José para dirigirme a la misión de Santiago, situada a varias jornadas de marcha, en dirección este-sudeste. El primer día recorrí ocho leguas, paralelamente a la Sierra de San José, a casi una legua de distancia, atravesando bosques más bien ralos y pequeños llanos muy secos y áridos entonces. Sin detenerme, pasé por los altos de Pauro y Kitooch, y después de haber encontrado un bosque más espeso, llegué al de Botija37 desde el cual veía, a poca distancia, una sucesión de montañas redondeadas, formadas por la extremidad oriental de la cadena de San José. Esta serie de mamelones comeos, cimas obtusas y pendientes uniformes, me recordaba el perfil de las montañas pertenecientes a terrenos traquíticos, en la cumbre de las cordilleras. Pero su estructura es muy distinta, ya que se componen de gres antiguos, friables en parte, característica que hizo desaparecer los cortos abruptos de las laderas para darles una inclinación bastante suave. Esta analogía se debe a los elementos poco menos que movibles que componen a unas y otras.
A tres leguas de Botija pasé al pie del último mamelón de gres, atravesé un pequeño hondón y más allá me encontré en un alcor boscoso donde advertí, ocultas por grandes árboles, la torre y ruinas de la vieja misión de San Juan. Sabiendo que pasaríamos por allí, el administrador había hecho abrir un camino por la maleza y los árboles que crecieron entre las ruinas. La torre estaba intacta, pero sin techo; en la iglesia, muy amplia, se veían los troncos de los árboles crecidos al lado de columnas del mismo espesor, aun cubiertas en parte de pinturas. Este contraste entre despojos artísticos y vegetación invasora, tenía algo que entristecía. Apenas habían transcurrido cincuenta años después del abandono de esos edificios que evocaban un esplendor pasado y ya la naturaleza volvía por sus fueros con tanto vigor que quizás dentro de pocos años ya no queden siquiera sus rastros. Los edificios me parecieron grandes y bien construidos, pero no pude entrar en los patios, ya invadidos por el bosque.
Sorprendido por el abandono de la misión, interrogué al respecto al gobernador, quien me aseguró que en el tiempo que los curas solos dirigían las misiones, sin administradores, los religiosos que gobernaban ésta resolvieron por su propia cuenta abandonarla, hacia 1780, desperdiciar las hermosas construcciones debidas al trabajo obstinado de los jesuitas, y trasladarla diez y ocho leguas más al este, pretextando carencia de agua. Hecho el traslado, la nueva misión de San Juan, que más tarde visité, sólo contaba con instalaciones provisorias, pues tanto la iglesia como los restantes edificios estaban hechos de barro y techados de paja. Al parecer, el motivo verdadero que los religiosos tuvieron para abandonar la misión era acercarse a la frontera con Brasil, con el objeto de vender a los brasileños parte del ganado que en aquel entonces criaban en gran cantidad. Sea como fuera, sentí una impresión de tristeza al pensar que todos los monumentos destruidos por accidentes o de cualquier otra manera, desde la expulsión de los jesuitas, sólo tuvieron una refacción provisoria. Es fácil entonces prever la desaparición completa de los grandes edificios que serán sustituidos por simples cabañas; de tal modo, aquel esplendor de la providencia no habrá hecho otra cosa que pasar, como un lindo día seguido por una noche tormentosa.
Dediqué un día a recorrer los alrededores del lugar, conocido por Tapera de San Juan, recogiendo multitud de curiosas muestras de historia natural. Pese a la sequía, la vegetación comenzaba a mostrar hojas nuevas en algunas plantas tempranas, entre las que encontré una acacia rosada que hasta tenía flores, cuyo perfume embalsamaba los campos. Se veía que la naturaleza abrumada bajo el fuego solar, no esperaba más que una lluvia bienhechora para cubrirse con su más rico atavío primaveral. Me había instalado en una finca cercana a un gran lago, de donde disfrutaba de una vista espléndida. Las elevadas cadenas de San Lorenzo de Ipias se perfilaban en el horizonte y la montaña de Chochiis se perdía en la lejanía. La campiña vecina nada se parecía a la del oeste de la provincia. Ya no había una palmera; tierras suavemente accidentadas, arenosas, que formaban setos conocidos por Chaparrales38, parecidos a las Capoeiras de los brasileños. No se trata de bosques ni llanos, sino de superficies cubiertas de arbolitos, arbustos y sobre todo zarzales espinosos. Como en todas partes, estas plantas reemplazan a la vegetación primitiva, que la agricultura talara. Me preguntaba si los numerosos incendios sucesivos del campo no habrían producido la sustitución por estos chaparrales de la vegetación primitiva que seguía cubriendo los circundantes.
Atravesando cinco leguas de chaparrales de aspecto triste, llegué al alto de San Lorenzo, situado cerca del río San Juan, primer afluente del Tucabaca, cuyas aguas se vierten en el Paraguay. Al proseguir por el fondo de un ancho valle comprendido entre la Sierra de San José y la de San Juan, había pasado sin advertirlo de la vertiente del Amazonas a la del Plata. Podría creerse que la línea divisoria de agua entre los dos ríos mayores del mundo está señalada con nitidez por cadenas montañosas proporcionadas a la extensión de la vertiente; pero no es así y, como ya lo he dicho, el Amazonas y el Plata se confunden en varios puntos distintos, permitiendo, con pocos gastos, la formación de un sistema de canales que podría atravesar el interior de todo el continente americano, de la línea hasta el grado 34.
Dejé el alto un momento, remonté el arroyo una media legua y llegué a una depresión inundada en parte, donde encontré una profusión de senderos trazados. Me sorprendí, atribuyéndole la vecindad de una chacra, cuando identifiqué huellas de los tapires que noche a noche acuden al arroyo. Sin embargo, esa profusión de sendas trazadas sobre más de media legua de extensión, corresponde a centenares de animales que siguen todos, al parecer, los mismos caminos. Por los voluminosos montículos de estiércol que encontré, deduje que todos evacuan en un lugar.
Desde la parada de San Lorenzo podía divisar las montañas de este nombre. Las creía a no más de una legua de distancia, mientras admiraba sus cúspides horizontales, sus paredes talladas perpendicularmente y el color rojizo. En algunos puntos se perfilaban a doscientos o trescientos metros de altura, junto a torrecillas y bloques cortados a pico. El conjunto podría haberse tomado más bien como un vasto sistema de fortificaciones, con sus bastiones, que como una cadena de montañas. Quise ir a examinarlas y al efecto monté a caballo. Me aventuré por un campo de espinos y arbustos achaparrados. Al comienzo pude recorrer el trayecto sin dificultades, pero pronto las zarzas se espesaron y las espinas se oponían en abundancia a mi avance; hice no obstante una legua, sufriendo desgarraduras en el traje por las espinas curvadas de cierta especie de acacia. Cuanto más avanzaba. más deseaba llegar a las montañas que casi creía tocar. Sin embargo, desgarrado, cubierto de rasguños e imposibilitado de proseguir a caballo, tuve que ponerme a luchar a pie contra los obstáculos que se multiplicaban a medida que me acercaba a la montaña; y tras una hora de tentativas inútiles, cubierto de polvo y sangre y con la ropa hecha jirones, tuve que parar sin haber alcanzado el objetivo de mi salida. Volví tristemente al alto y fui a bañarme al arroyo para refrescarme y recobrar fuerzas. A la noche, seguí viaje por los chaparrales hasta el alto de Ipias, tres leguas más adelante, donde pasé la noche en mi hamaca.
Por el camino había encontrado indios de Santiago, que llevaban sal a las otras misiones. Guiaban unos cien bueyes, arrastrando balas de sal dispuestas sobre la horqueta de una rama que hacía las veces de trineo. Me impresionó un medio de transporte tan rudimentario y sobre todo la fuerza desperdiciada, puesto que cada yunta de bueyes no arrastraba más que cien kilogramos de aquel modo. En un país tan poco accidentado sería fácil construir caminos carreteros y entonces, con el mismo número de bueyes, podría transportarse veinte veces más mercaderías. Hice esta observación al gobernador, quien me pareció dispuesto a introducir vehículos con ruedas, desconocidos hasta entonces en la provincia.
Desde la parada y siempre en la misma dirección, recorrí cuatro leguas aproximándome poco a poco a la cadena de Ipias, donde parecían congregarse todos los accidentes topográficos posibles, para darle aspecto de construcción en ruinas más que de montañas comunes. Enderecé hacia el punto más bajo de la sierra, al pie del Chochiis, por donde empecé a subir por un gres friable, muy coloreado por el hierro, entre palmeritas rastreras y perfumadas acacias de flores rosadas. En la cumbre de la cadena, bastante cerca de la famosa montaña de Chochiis, el punto más elevado de toda la cadena, pasé al pie de un pico recto como una flecha, de casi doscientos metros de altura y que, suspendido sobre la cabeza del viajero, parece amenazarlo con caer al menor soplo de viento. Esta forma aguda de los montículos de gres es de las más singulares. Cuando se estudia la composición sorprende encontrar en la cima una parte más dura que lo demás, la que protege al todo de las lluvias casi perpendiculares, terminando a la larga por formar esas flechas, elevando los lados. Después de haber rebajado progresivamente su anchura, las lluvias producen su derrumbe, mientras las erosiones vecinas, al separar otros bloques de gres de la masa general, preparan otras flechas para el futuro.
De la cumbre de la sierra no observé ninguna elevación hacia el sur. Un horizonte de bosques sin límites se mostraba por todas partes, contrastando con la aridez de la vertiente septentrional. Luego supe que los jesuitas habían llevado la numerosa nación de los morotocas desde los bosques que tenia a la vista a la misión de San Juan, a la que más tarde habré de referirme.
Al bajar por la pendiente meridional de la cadena, seguí al este, unos grados al sur, el pie mismo del Chochiis, teniendo siempre cerca las paredes perpendiculares de las montañas y las flechas que se les desprenden. Su color rojo las hacía resaltar entre los grandes árboles, desprovistos entonces de su follaje. Tras cuatro leguas de marcha hice alto en la parada de Chochiis, donde nos esperaban varios indios de Santiago que el administrador enviara en descubierta del lugar accesible para trepar a la cima de la montaña, que tiene una elevación de cuatrocientos a quinientos metros sobre la llanura.
Cada vez que una montaña se distingue de las demás, por su forma o altura, cuanto más difícil sea su acceso tanto más fama adquiere por sus riquezas. El Ilimani. cerca de La Paz. al que nadie subiera aún, dicen que se compone de oro macizo39; el Cerro del Inca, cerca de Samaipata, encierra tesoros. La montaña de San Simón, en Moxos, contiene los metales más preciosos40. El cerro de las Chaquiras, cerca de San José, también tiene productos misteriosos. El Chochiis, punto culminante de la cadena de Santiago, no podía menos que tener tesoros escondidos. Había oído decir y repetir en todos los tonos, por curas y administradores, que los jesuitas, únicos conocedores de la forma de llegar a la cima del Chochiis, habían recogido allí pepitas de oro de valor incalculable, fuente de su opulencia tan envidiada. Estos relatos populares podrían basarse en alguna realidad, por lo que resolví ascender a la montaña, proyecto que me valió la adhesión de más de un interesado. Después de haber observado que el Chochiis, al igual que toda la cadena, desde San José, se compone sólo de gres friable que data quizás de la época carbonífera, no tenía ninguna esperanza de encontrar oro, porque ese metal precioso integra exclusivamente, en la cordillera, las capas de esquistos y sus denudaciones. Hablando geológicamente, consideraba imposible la cosa; sin embargo mis razones no lograron convencer a mis compañeros de viaje, que se resistían a abandonar la ilusión de enriquecerse. Cuando se les pidió informes acerca de sus exploraciones, los indígenas que habían recibido orden de reconocer los alrededores declararon en forma unánime que, después de haber dado la vuelta al Chochiis. debían manifestar que la pared de la montaña estaba cortada toda a pico y por ninguna parte se podía abordarla. Esta circunstancia hizo que mis compañeros de viaje abandonaran finalmente su proyecto, con gran desilusión.
El esplendor de las misiones jesuíticas y sus riquezas exageradas por la envidia, hicieron que en todas partes se recurriese a medios extraordinarios para descubrir su origen. En Moxos. sirvió al efecto el cerro San Simón; en Chiquitos, el Chochiis y lavaderos de oro y diamantes que sólo los padres conocieran. Nunca se lo quiso ver en la explotación combinada de los productos naturales, en la agricultura e industria. Si los primeros fundadores de ciudades en el nuevo mundo no hubieran sacrificado todo a las minas, menospreciando la agricultura, habrían logrado bases sólidas de prosperidad y opulentas ciudades tal vez reemplazarían, en otros sitios, a Oruro y Potosí, cuya riqueza otrora proverbial ha venido a reducirse actualmente a ciudades semiabandonadas. La verdadera fuente de prosperidad de los establecimientos jesuíticos descansaba, pues, en su industria razonada y no en el producto de las minas, cuya explotación peligrosa acarrea, como secuencia de ingentes ganancias, la ruina completa de los interesados.
Ya que nada podía hacerse en Chochiis, se resolvió ir a pernoctar a tres leguas más allá, en el Potrero de Yupees. Llegamos después de haber cruzado tres torrentes secos en el bosque, descendiendo montañas cuyos pies contorneábamos. El fuego puesto recientemente a los campos había quemado todo en el pequeño llano de Yupees; hasta el ranchito de la parada. En consecuencia tuvimos que echarnos en el suelo, donde nos comieron los mosquitos.
El 19, obligado por las circunstancias, recorrí diez y siete leguas, alcanzando la entrada de Santiago. Atravesé bosques más o menos espesos, seguí el pie de las montañas y anduve sobre las capas de gres, inclinadas hacia el sur, pasando sucesivamente los torrentes de San Carlos, San Pedro, San Miguel, Soboreca, Uracircliikia, San Luis y Tayoé, que descienden de las alturas y se unen en el llano, formando el río San Rafael, uno de los afluentes del Oxukis, que afluye al Paraguay cerca del grado 19 de latitud. Al decir de los indios, el río San Rafael sería navegable cerca de Santiago. En efecto, pude creerlo al ver el volumen de agua de sus numerosos afluentes. Pasé junto a las ruinas de numerosas fincas jesuíticas abandonadas. La campiña es hermosa por todas partes y ofrece sus tierras vírgenes, cubiertas de grandes árboles y algunas palmeras motacus, cuyo fresco verdor contrastaba con los bosques desprovistos en aquel entonces de su ornamento. Entre las ramas se divisaba la cadena de Santiago que siempre tenía a mi izquierda. En el Río Soboreca (de la bruja) paré un momento junto a un amplio estanque de agua limpia, naturalmente excavado en la greda. Dos leguas más lejos, en el río San Luis, comencé a ascender, sobre capas de gres, hasta el río Tayoé donde creimos que sería posible pernoctar. La sombra de los árboles y la proximidad de numerosas acacias cubiertas de flores rosadas y difundiendo un perfume que embalsamaba el aire, nos prometían un sosiego reparador, tras la fatigosa jornada; pero al ponerse el sol, nos rodearon nubes de mosquitos, haciéndonos imposible el descanso. Un claro de luna magnífico nos invitaba a proseguir la marcha para escapar a sus picaduras ponzoñosas. A medianoche ensillamos y anduvimos tres leguas por el monte, subiendo sin cesar por un terreno pedregoso, donde nuestros caballos, aun más cansados que nosotros, tropezaban a cada paso. Así llegamos a dos kilómetros de Santiago, cerca de la cumbre de la montaña, donde paramos para no entrar de noche. Extendí el poncho en el suelo y con el recado por almohada dormí hasta la mañana, sin que me molestaran los mosquitos.
Notas:
Fernández, Relación historial de los Chiquitos, p. 181.
El padre Fernández, loc. cit., p. 85, se refiere a las tribusbozos, taotos, penotos, chamaros y piñocas. Cuando fui allá en 1831, el cacique me aseguró que la misión se componía de las tribus chamanucas, penokikias y piococas. siendo la última la más numerosa.
Ver plancha Nº 14.
Núñez Cabeza de Vaca, Comentarios, p. 42.
Padre Guevara, p. 110; Ruy Díaz de Guzmán, Historia Argentina, p. 72.
Fernández, Relación historial de los Chiquitos, p. 46.
Ruy Díaz de Guzmán, p. 109.
En castellano, botija es el nombre de la damajuana; este lugar fue bautizado así por la forma de las montañas vecinas, que en efecto parecen la parte superior de una damajuana.
Sin duda es un nombre llevado por los españoles. Humboldt dice Relación histórica, t. VI, p. 90, que proviene del árbol llamado chaparro, lo que es muy probable; pero allí no se encuentran verdaderos árboles y el término se refiere a los setos.
Creencia de los habitantes de La Paz.
Ver la continuación del viaje; generalidades sobre la provincia de Moxos.