Provincia de Chiquitos
Partida a la Provincia de Chiquitos Estadía en las misiones del oeste de la Provincia de Chiquitos: Estadía en las misiones del centro de la Provincia de Chiquitos: Viaje a las misiones del sur de la Provincia de Chiquitos:
Regreso a las Misiones del Centro y Oeste de la Provincia de Chiquitos.
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El naturalista francés Alcide d'Orbigny, comisionado por el Museo Nacional de Historia Natural de París, visitó entre 1826 y 1833 seis países de América del Sur, sus estudios y experiencias los volcó en una monumental obra "Voyage dans L'Amérique Méridionale" ("Viaje a la América Meridional"), aquí presentamos lo referente a los Chiquitanos y a la Provincia de Chiquitos en Bolivia.
| Viaje a las misiones del sur de la Provincia de Chiquitos |
| Misión de Santo Corazón de Jesús |
Desde la expulsión de los jesuitas, un gobernador no visitaba a Santo Corazón, por lo que la noticia de nuestra llegada constituía un verdadero acontecimiento para los habitantes de la misión, que hicieron esfuerzos encomiables para recibirnos en debida forma. En su ingenuidad, esas pobres gentes ignoraban si un gobernador, cuyo poder tanto se les alabara, era un dios o un hombre. Hasta habían llegado a preguntar al administrador si estaba tonsurado, ya que el cura era el primero después de Dios. A una legua de la población encontramos al cura con los jueces indígenas a caballo, vestidos de rojo y cargados de banderas, y gran cantidad de indios ataviados ridículamente y cubiertos de flores. Nos detuvimos bajo un gran arco de triunfo, donde los jefes indios y el cura bajaron de sus cabalgaduras para arengar al gobernador, después de lo cual los jueces, con sus banderas, realizaron ante nosotros la ceremonia que suelen efectuar ante el altar los días de grandes fiestas, mientras los indios bailaban y cantaban loas al gobernador. Desde ese primer arco hasta la misión había, cada quince pasos, otros, decorados con flores; avanzamos precedidos por los bailarines que ejecutaban figuras coreográficas, gritando a cada momento ¡Viva el señor Gobernador! Cuanto más nos acercábamos, más crecía nuestro cortejo con los curiosos venidos a nuestro encuentro, y las aclamaciones se multiplicaban. Sobre la última colinita me encontré frente a la misión, coronada por un inmenso arco de triunfo de de hojas y flores, bajo el cual, a pocos cientos de pasos Chiquitos de nosotros, esperaban jóvenes indios de ambos sexos, con trajes de baile, la música y toda la población ordenada a ambos lados, en el mayor orden. Este conjunto desplegado en anfiteatro, tenía algo majestuoso y pintoresco a la vez. Hubo que volver a parar y escuchar coplas entonadas por indiecitas adornadas con flores y plumas; por fin, después de habernos colmado de todos los honores imaginables, se nos dejó ir, con las bailarinas al frente, a la residencia del gobernador, exornada con guirnaldas de flores. Ya sólo nos faltaba recibir los saludos de todos los jefes.
Indios de la Provincia de Chiquitos. |
Misión San José |
Misión San José |
Camino Guaravito a Chiquitos |
El gobernador y yo caminábamos de frente, pero sea porque mi traje blanco y mi faja de raso rojo con los extremos bordados colgando a un lado, impresionara a los indígenas más que la ropa del gobernador, sea que mi aire más de extranjero y mi talla más alta los predispusiera en mi favor, me tomaban por el jefe de la provincia y debía cuidarme de invadir los derechos efectivos del señor Peña, quien, dotado de excelente carácter, tomaba el error a risa y hasta lo favorecía, obligándome a compartir los homenajes que le abrumaban; aunque les prestaba la mayor atención, interesado por perpetuar la consideración que se dispensa a los gobernadores, con el propósito de conservar más influencia.
Al día siguiente el cura cantó una gran misa en honor del gobernador; la música era inferior a la de Santa Ana. A nuestro arribo, invistiendo las ropas sacerdotales, salió a la puerta para recibirnos y ofrecernos agua bendita. Durante la misa se acercó a echarnos incienso, conforme a los antiguos usos establecidos para la recepción de los gobernadores españoles. Se trataba, en efecto, de una última representación de los honores exagerados que aquellos funcionarios solían exigir. Antes de la emancipación, tomaban asiento bajo doseles y en los templos compartían los honores tributados a la divinidad, considerándose como reyes absolutos en el orden civil y como iguales a Dios, en el moral. Lo que más me extraña es la debilidad censurable con que el clero se prestaba a semejantes exigencias. El gobernador actual, hombre muy sensato, había abolido por todas partes esas ceremonias ridículas; pero en Santo Corazón, para mostrarme hasta dónde llegaba la adulación de los funcionarios religiosos y seculares, les dejó hacer lo que quisieran.
Después de misa, los indios vinieron a hacernos sus ofrendas, trayendo un pollo, un cobayo, un racimo de bananas, ananás y calabazas llenas con la mejor miel de los bosques. Por mi parte, esas visitas me costaron más de diez docenas de aros y una cincuentena de metros de cintas, sin contar los pañuelos de color, distribuidos entre los jefes. Hubo dos días de baile, en los que se tocaron valses, minués y contradanzas españolas, como si se estuviera en plena civilización; pero al fin de cada velada, las danzas nacionales me llevaban fácilmente a la verdadera escena de la reunión. Las indias tienen menos gracia que en Santa Ana, aunque componen las figuras con análoga precisión. Observé que, en las figuras indígenas, no se toman de las manos.
Después de la fundación de las otras misiones, la búsqueda del puerto más favorable para navegar sobre el río Paraguay, hizo que los jesuitas descubrieran a las diversas naciones que componen la misión de Santo Corazón. En 1717 46 encontraron a los samucos o samucus. Dos años después el padre Alberto Romero fue muerto por individuos de esta nación belicosa47 a raíz de haber desconocido a la mujer de un cacique, en un reparto de carne. El jesuita que fue a reemplazarlo, sólo encontró en la misión cuatro o seis familias; las otras habían escapado a los bosques. La misión, compuesta de indios samucus, otukés, curavés y potureros, fue primero fundada a veinte leguas al sur de la actual, en la confluencia de los ríos Tucabaca y San Rafael, que luego corren juntos hasta el Paraguay, bajo el nombre de Oxukis. Subsistió durante algún tiempo, pero los samucus efectuaban incursiones demasiado frecuentes contra sus dependencias y los jesuitas, hacia 1751 48, la trasladaron al lugar que ocupa en la actualidad. Bajo el régimen jesuítico tuvo prosperidad, pero después de la expulsión de los padres, administradores y curas, que se sentían lejos de todo contralor, abusaron en toda forma de los pobres indígenas, quienes prefirieron el estado salvaje a su vida desgraciada; fueron, en efecto, a establecerse al este, más allá de las últimas montañas, de donde, en 1829, el administrador actual, hombre de juicio, pudo atraerlos al poblado. A partir de la instauración del régimen de gobernadores y debido a su lejanía y aislamiento, Santo Corazón fue convertida en lugar de confinamiento, al que no sólo se envían los indios más pervertidos sino también españoles condenados por delitos. Se concibe con facilidad que con tales nuevos elementos de población, los habitantes de la localidad se hayan vuelto pronto más corrompidos que los de las demás misiones, de lo cual pronto me convenció el estudio de sus costumbres.
La población actual de Santo Corazón asciende a 805 habitantes, pertenecientes a cuatro naciones distintas:
1º chiquitos, traídos por los jesuitas a la misión para difundir su idioma, en pequeña cantidad;
29 samucus. cuyo lenguaje me permitió identificarlos como una sección de la nación de los potureros, también incorporada a la misión: ambas tribus provienen de la misma estirpe que los guarañocas de Santiago y los morotocas de San Juan, a los que ya habré de referirme49;
3° íos otukés, que suman aproximadamente ciento cincuenta en la misión de Santo Corazón y pueblan los bosques del nordeste de la provincia: su número escaso les hizo fundirse con las demás naciones, de tal manera que sólo dos viejos recordaban su lengua nacional, ya olvidada por los jóvenes; también es posible que hoy día no exista más rastro de su idioma que el pequeño vocabulario que pude redactar;
49 los curavés, que aseguran haber habitado a orillas del río Tucabara y haber hablado un lenguaje diferente, que se extinguió. Estos indios se unieron en Santo Corazón para librarse de los ataques de los salvajes del Chaco, destructores del resto de su pueblo.
Comparados a los indios de Santiago, desnutridos por negligencia de sus gobernantes, los de Santo Corazón hacen honor a su administración. Todos son grandes, robustos, bien alimentados. Esta mejora se debe al administrador actual que, en 1829, encontró la misión casi desierta y carente de todo, consagrándose a atraer con buenos modos a los indios de los bosques donde se habían refugiado, y aprovechando su buen carácter los hizo trabajar cantando. Si había que desmontar o sembrar un campo, mandaba preparar peruana (cerveza de maíz fermentado), llevándola en jarros al lugar del laboreo junto con los indios que iban entonando las mismas canciones con que acompañarían su trabajo. La operación se efectuaba con entusiasmo y luego volvíase alegremente. Semejante método pronto llevó la abundancia a la misión que en la actualidad es la mejor aprovisionada de todas y tiene los alrededores mejor cultivados.
Si me había impresionado la disolución de costumbres en Santiago, con temperatura mucho más alta Santo Corazón me ofrecía ejemplos todavía mucho más sorprendentes. Las pasiones, y por ende el libertinaje, alcanzan el colmo entre las mujeres que trocaron con los hombres su papel y en todas partes se las ve hacerles el amor públicamente. Cada una quiere poseer a su vez a los jóvenes y oí que una india lamentaba la frialdad de uno de ellos, diciendo: “¡Qué infeliz soy! ¿Cómo va a amarme si no tengo nada para darle?” A diferencia de las indias pertenecientes a otras misiones, las de ésta prefieren sus compatriotas a los blancos y atribuyen gran importancia a los regalos que reciban de aquéllos. Con mayor agrado reciben, por ejemplo, una tortuga 50 de un indio que el mejor vestido que les ofrezca un español, pues consideran que para obtener esa tortuga el indio tuvo que registrar el bosque vecino, mientras que el blanco sólo se toma el trabajo de medir su tela. Sorprende encontrar pasiones tan vivas entre las mujeres, cuando los hombres son de los más indolentes. Casados en general a los catorce o quince años, no conocen el amor y su indiferencia llega al extremo. Son muy raros los hombres celosos, de quienes se burlan los demás. En cuanto un hombre acepte, de manos de una mujer, un regalo proveniente de su amante, pierde todo derecho sobre ella y ya no puede protestar por la situación; sin embargo (cosa notable, en medio de semejante corrupción), no existen matrimonios mal avenidos. De ambas partes se observa la máxima libertad, sin que los esposos cesen de compartir el mismo techo y vivir en armonía. Librados a la merced de hombres sin educación, a partir de la expulsión de los jesuitas, bajo la autoridad de jefes carentes de principios y los primeros en corromperlos, se adivina qué rápido habrá sido su descenso a la depravación; pero resulta difícil expresar de qué modo se podría reintegrar esta población extraviada a un estado de cosas más satisfactorio.
Santo Corazón tiene una ubicación encantadora. Construida sobre una leve eminencia, cercana al río de su nombre, domina un valle boscoso que riegan otros dos riachos; el Bokis y el Kihusos, bajando de las montañas occidentales. Se halla casi rodeada de montañas cubiertas de vegetación. Al este, la cadena gredosa del Tarouch, de mamelones redondeados; al oeste y sur, la de Sunsas y sus contrafuertes, que se extienden a lo lejos, rumbo al noroeste. Sólo al norte ninguna elevación interrumpe la visual y el bosque se extiende sobre el horizonte. Los alrededores están sembrados de algodonales, maizales, campos de mandioca y toda clase de legumbres. El poblado representa poco por sí mismo. La iglesia es espaciosa, pero cubierta de rastrojo, igual que el colegio y casas de los indios que rodean la plaza.
Los productos de esta misión, la más pobre de todas las de la provincia, son análogos a los productos de las demás, aunque en menor cantidad, con excepción del algodón, muy lindo y apreciado. En un país donde todavía se desconocen las carretas y los caballos escasean, el transporte por bueyes, con trineos parecidos a los que ya he descrito, ofrece muy pocas ventajas. El administrador quiso hacer de los bueyes animales de carga y silla. Me pareció ingeniosa su manera de domarlos. Hace perforar el tabique nasal del animal, por donde pasa una argolla de hierro, a la cual se atan correas que sustituyen las riendas del caballo. De este modo los más intratables se vuelven mansos, dejándose llevar como el caballo más dócil. Vi indios que montaban bueyes así ensillados y conducirlos con gran facilidad; también los vi cubrirlos con un arnés especial, al que se adaptan unas especies de canastas, en las que caben hasta doscientos kilogramos de carga. Cargados así, los bueyes pueden recorrer de ocho a diez leguas diarias. Supe más tarde que el uso ha consagrado hace tiempo este medio de transporte, en algunas partes de Brasil, que por resolución de don Marcelino de la Peña llegó a generalizarse en la provincia, aliviando a los pobres indios que hasta ahora son las bestias de carga. Me parece que sería fácil y sobre todo útil introducir el método en muchos departamentos de Francia, donde las vacas, sin dejar de suministrar leche, podrían prestar de tal modo grandes servicios a la agricultura y comercio.
Al recorrer los alrededores, recogiendo por todas partes los productos de la naturaleza, también me dedicaba a la geografía de aquellas regiones, aun desconocida del todo. Quise asegurarme de la existencia de otra montaña al este de la cadena del Taruoch y oeste del río Paraguay. Al efecto, hice que los indios abrieran un sendero hasta la cumbre de la cadena, para otear a la distancia. Me dirigí al este y anduve una legua por la llanura, franqueando los tres riachos de Santo Corazón, Bokis y Kihusos, bordeados de hermosa vegetación. Atravesé una colina bastante baja, entre dos mamelones de gres, y penetré en una depresión sin salida, rodeada de montañas. Esta depresión, antaño cubierta de bosques espesos, había sido transformada, en los dos últimos años, por los cuidados del administrador, en un magnífico establecimiento agrícola, donde se veían los más lindos bananales, maizales y campos de mandioca y caña de azúcar, circundados por la vegetación más hermosa, sin ceder de ninguna manera a las partes más pintorescas de las alabadas florestas vecinas a Río de Janeiro (Brasil). Este lugar realmente encantador, apto para toda clase de cultivos es, sin ninguna duda, el punto del país en que la vegetación alcanza su más activo desarrollo.
Atravesando las selvas vírgenes, mezcladas con palmeras, que cubren las colinas próximas, emprendí la ascensión hacia la cima de uno de los mamelones, por el sendero que mandara practicar; pero para ahorrarse trabajo los indios lo habían trazado en línea recta, en vez de reducir con vueltas la abertura del ángulo. Me vi, pues, en la precisión de avanzar sin cesar sobre hojas secas, donde, cuando no me asía a los árboles, un resbalón me hacía perder en un instante el fruto de prolongados esfuerzos. Tras cuatro horas de lucha bajo un calor sofocante logré por fin alcanzar el punto deseado, muerto de cansancio. Dominaba las cimas vecinas y podía muy bien apreciar el conjunto de la cadena de Taruoch. Hice un revelamiento de todos los puntos, con ayuda de mi brújula de agrimensor, y comprobé que al este ya no hay montañas51. Un vasto horizonte azulado se perdía en la lejanía y dibujaba una línea uniforme en el contorno. Desde entonces tuve la certidumbre que, desde ese lugar hasta el río Paraguay, sólo existen llanuras boscosas, inundadas en la estación de las lluvias, que ocupan gran extensión y forman el comienzo de aquella laguna Yarayés tan mentada por todos los historiadores de la conquista debido a los indígenas del mismo nombre que habitan su territorio52.
La llegada a Santo Corazón tenía inmenso atractivo para mí. Había establecido como fin de mi viaje por Bolivia los últimos puntos habitados al oriente de la República. Acababa de alcanzarlos, ya que no se podía avanzar más allá sino hacha en mano, por lugares deshabitados y en parte inhabitables. De este lado, Santo Corazón era efectivamente el confín del mundo, donde debía parar para luego regresar al oeste. La idea de haber llegado a seiscientas leguas de las costas del gran océano, de hallarme en el centro del continente y casi a igual distancia del océano Atlántico me causaba un placer que no podría expresar. Con frecuencia había considerado un sueño alcanzar ese punto; por eso la realización de mi proyecto, al completar el viaje, me causaba gran satisfacción.
Para mí no se trataba de una cuestión de amor propio, la alegría de haber llegado a Santo Corazón, sino pensando en las ventajas enormes que podrían derivar de la navegación del río Paraguay, para el movimiento comercial y la civilización de la provincia de Chiquitos, quería ser el primer agente de tan vasta empresa. El presidente de la República me había encomendado informarme acerca de la posibilidad de esa navegación y el gobernador tuvo a bien secundarme en las averiguaciones. Apenas llegado, reuní en mi residencia a todos los indígenas que conocían el campo por sus recolecciones anuales de la cera que producen las abejas de los bosques. Entre ellos figuraban varios indios salvajes de los alrededores de la antigua misión de Santo Corazón, a veinte leguas al sur de la misión actual, y otros jefes de estancias o chacras situadas al este del río Santo Tomás, hacia el norte de Santo Corazón. Todos me aseguraron que al este no había ningún punto de acceso al río Paraguay durante todo el año; que en los veranos muy secos podía llegarse con muchas dificultades, atravesando extensos esteros, porque todas las tierras comprendidas entre aquel río y las primeras montañas del oeste, desde el río Jaru hasta el Oxukis, se inundaban con las primeras lluvias de manera tal que resultaba imposible de cruzarlas de otro modo que en canoa y esto con gran trabajo porque muchos bosques espesos dificultan la marcha De acuerdo a estas informaciones había que renunciar a buscar por los alrededores un puerto sobre las mismas orillas del Paraguay, dado que los esteros conocidos en tiempo de la conquista por Laguna de Yarayés impiden el tránsito.
Forzado a abandonar el proyecto de instalar en esa latitud el puerto, directamente sobre el Paraguay, pensé establecerlo sobre uno de sus afluentes occidentales. Al norte de Santo Corazón hay dos riachos: Tapanakich y Santo Tomás. El primero recibe todas las aguas de la vertiente oriental del extremo norte de la cadena de San Juan o de Sunsas. Había cruzado varios de sus afluentes, bastante caudalosos como para asegurarme de que al salir de las montañas este riacho debía ser navegable, por lo menos durante las lluvias. Consultados al respecto, los indios me explicaron que lo es más bien durante la sequía porque entonces su curso está encajonado, mientras que, durante las crecientes, la inundación del campo no permite determinar el cauce. Sin dejar de pensar que este inconveniente se podría salvar con facilidad por medio de balizas para guiar la navegación durante el tiempo de crecidas, renuncié por el momento a ese río. El de Santo Tomás recibe todas las aguas de la extremidad sur de la cadena de Sunsas. A juzgar por los lechos que atravesara, me pareció que su curso, por debajo de la confluencia del Santo Corazón, debía ofrecer la posibilidad de navegarlo. Los indios me aseguraron que presenta las mismas características que el Tapanakich, teniendo poca agua en invierno, en tanto que en verano se confunde con los esteros.
Recordé el volumen de los riachos San Rafael y Tucabaca y sabiendo que en su punto de confluencia, al extremo de la Sierra de Santiago, sus aguas, que corren con el nombre de Oxukis, deberían formar un río navegable durante todo el año, por la importancia de sus afluentes, interrogué también a los indígenas, quienes me dijeron que cerca de la vieja misión de Santo Corazón, el riacho es, en efecto, ancho y profundo, y pasa por lugares no inundados. Resolví comprobarlo personalmente y pedí al gobernador que enviara indios a abrir un sendero en medio del bosque, para poder llegar. Diez días después volvieron los indios y me avisaron que el camino estaba hecho. En medio de un llano irregular, atravesando la extremidad de la Sierra de Sunsas, habían encontrado un riacho grande, provisto de riberas altas y susceptible de utilizarse todo el año como puerto cómodo. Ya no tenía dudas y, además, este puerto equidistante de Santiago y Santo Corazón, podría servir para remontar grandes tramos del San Rafael, hacia Santiago, y el Tucabara hacia San Juan. Encantado por tal éxito, quise conocer el sitio, pero el gobernador, que ya había esperado once días por complacerme, me dijo que no podría quedarse más tiempo en Santo Corazón, asegurándome que no vería más que los indios. Tuve pues que renunciar, aunque a disgusto, a mi proyecto y conformarme con las numerosas informaciones recogidas. Más tarde, de vuelta en Santa Ana, tracé un mapita del extremo oriental de la provincia de Chiquitos 53 y lo elevé al presidente de Bolivia, con todos los datos que creí necesarios para hacer conocer bien el importante lugar de la República por donde podría establecerse una comunicación con el Paraguay y las demás provincias del Plata, recibiéndose mercaderías de Europa por esa vía igualmente apta para la exportación de los numerosos productos de la provincia de Chiquitos54.
El 10 de octubre dejaba Santo Corazón para dirigirme a San Juan, a setenta y cinco leguas de distancia. Cuando partía, gran número de indias vinieron, con lágrimas en los ojos, a darnos la mano, mientras otras acompañaban a los indios cargados con nuestros baúles y llegaron a cargarlos ellas mismas más de una legua, para aliviarlos. A mi llegada a Santo Corazón el bosque estaba desprovisto de follaje y la sequía era intensa. Durante los doce o trece días pasados allí, abundantes lluvias habían cambiado todo, vivificando la campiña. Los árboles ya se habían cubierto del follaje más tierno o de flores cuyo suave aroma perfumaba el aire. Este cambio de decoración me causaba mucho gusto porque el mundo alado, mudo hasta entonces, animaba el ambiente con sus sones melodiosos.
Después de nueve leguas de camino al noroeste, por un bosque espeso que se caracterizaba por la altura y variedad de sus árboles, llegué a la ramada de Santo Tomás, situada junto al curso del mismo nombre, gran arroyo que baja de las montañas occidentales, dirigiéndose hacia el río Paraguay, después de unirse al Santo Corazón. Durante dos días hice practicar excavaciones en el lecho, porque la naturaleza de las piedras me hacía pensar que encontraría oro. Efectivamente, cáteos muy superficiales bastaron para obtener unas pajuelas, indicios verdaderos que con trabajos bien dirigidos se podrían obtener resultados excelentes.
De Santo Tomás, el bosque, siempre de los más espesos y poblado de árboles gigantescos, entre los cuales prevalece el cedro americano, me llevó, bajo una bóveda impenetrable a los rayos solares, hasta ocho leguas al oestenoroeste, al alto de Seriocoma, donde paré sólo un momento queriendo llegar hasta ocho leguas más al oeste para pasar la noche. Desde el alto, advertía, al sur, montañas poco elevadas, a las que en seguida me acerqué sin dejar el bosque, y que hasta crucé por un punto muy bajo, antes de llegar al río Tapanakis, donde pernocté. Este riacho, casi seco entonces, estaba lleno de restos de esquistos, signos casi infalibles de la presencia de minas de oro; pero por falta de medios de excavación, tuve que abandonar esas presuntas riquezas a otros, en mejores condiciones de aprovecharlas. Cazando, recorrí el lecho del riacho, y recogí muestras de historia natural.
Padecía un fuerte lumbago, empeorado por el trote del caballo durante diez y seis leguas. A la noche tuve que vivaquear en un pequeño llano donde me acosté en el suelo bajo la garúa que no dejó de mojarme hasta la mañana; al levantarme sufría horriblemente y casi no podía moverme sin gritar. Pero no era posible demorar la marcha del grupo y no tuve más remedio que resignarme a montar y sufrir las sacudidas que implica una marcha forzada de veinte leguas. Creo que nunca tuve necesidad de tanto valor para no parar; aunque perdido en aquellas soledades, a veinticinco leguas de Santo Corazón y cuarenta de San Juan, debía seguir a mis compañeros de viaje, prorrumpiendo a ratos en gritos de dolor.
Dejando el Tapanakis, entré en un amplio valle donde el bosque, menos denso, me dejaba entrever de tiempo en tiempo las montañas que me rodeaban. Tenía al norte una cadena bastante elevada; otra más baja al sur, hacia la que me dirigía, alcanzando ocho leguas al sudoeste, por un terreno irregular, pedregoso y cubierto de fragmentos de cuarzo, hasta la parada de Tapatioch, situada casi al pie de las montañas, en pleno monte ya muy tupido. Luego atravesé la cadena por caminos muy accidentados y tanto más difíciles desde que la lluvia que no cesaba los hacía resbaladizos. A diez leguas al sudoeste de Tapatioch, el bosque raleó, el suelo se puso más regular y por todas partes vi al descubierto grandes mesetas de gres devónico. Por una de esas masas, que mediría cerca de una legua de ancho, fluía el arroyo Las Conchas. Con sus cascadas en pisos sucesivos, este torrente se ha excavado estanques, en las partes más friables. El resultado es una serie de laguitos redondos y bastante profundos, ubicados uno tras otro, donde hay agua todo el año, pues sólo el exceso se derrama a la hondonada inferior. Esos pintorescos lugares cubiertos de greda, se prolongan por espacio de dos leguas, hasta la estancia San Francisco, donde los pocos indios que la habitan nos recibieron de la mejor manera posible. Aunque poco dispuesto a tomar parte en sus cantos y bailes, tuve que hacer acto de presencia durante varias horas de la noche. Vi llegar a nuestros indígenas, quienes habían tenido que recorrer, a pie y cargados, el mismo camino que nosotros a caballo, vale decir veinte leguas. Lo que más me sorprendió fue verlos bailar con tanto entusiasmo que no parecían abrumados de cansancio.
Al día siguiente el gobernador decidió ir a la misión de San Juan, veinte leguas más, en dirección sudoeste. Era mucho para un enfermo, pero ¿qué iba a hacer? Tuve que seguir resignándome. Desde San Francisco, a través de un terreno pedregoso, donde presentan sus capas casi horizontales varias planicies de gres al descubierto, alcancé un bosque muy extenso cuyo suelo accidentado y cubierto de árboles enormes, altos y rectos, constituía un modelo de selva virgen. El cielo estaba cubierto; apenas nos llegaba la luz, bajo aquella bóveda espesa de ramas entrecruzadas, por donde seguíamos una senda que no tendría más de un metro de anchura. Empezó a caer una lluvia fina y nos consideramos felices al encontrar, al pie de la montaña de Tañemené, un alto que nos proporcionaba abrigo. Amontonados bajo un techo de pocos metros de superficie, nos era imposible permanecer, pero la lluvia caía en abundancia creciente. Efectuamos un cambio de ideas sobre la situación y fue opinión general seguir viaje hasta cubrir las doce leguas que nos faltaban. El bosque siguió siendo espeso y de esas ramas cruzadas, de cincuenta a sesenta metros de elevación, nos caían gotas que no pesaban menos de una onza; de este modo recibimos torrentes de lluvia que nos traspasaban. El suelo era muy desigual, subiendo y bajando sin cesar por un sendero tortuoso. Apenas se veía a unos pasos. Franqueamos tres colinas paralelas; en la última empecé a respirar, divisando al sur una campiña menos boscosa y el cielo más despejado. Me hallaba en la cadena de San Juan, a tres leguas de la misión del mismo nombre. El tiempo aclaró poco a poco v la lluvia cesó por completo en la llanura.
Notas:
Padre Fernández, Relación Historial de los Chiquitos, p. 390.
Op. cit., p. 398
Obtuve todos estos datos en los lugares respectivos.
Ver en El hombre americano lo que he dicho acerca de esta nación (pág. 305 de la ed. Futuro)
La tortuga de tierra, bastante común en los bosques, es el regalo mas apreciado por las indias de Santo Corazón.
Así es que todas las cadenas de San Pantaleón y Santa LucÍa, que figuran en los mapas de Azara, no existen. En Santa Cruz conocí a don Antonio Alvara, quien, en su carácter de comisario de limites, suministró las informaciones publicadas por Azara; me aseguró que nunca ha visto todo lo que, en el mapa del último, se encuentra al este de Santiago.
Núñez Cabeza de Vaca, Comentarios, p. 46 etc.
A mi regreso a Santa Ana. dejé copiar el mapa al señor Bach, que encontré allí. Luego lo publicó, agregándole datos falsos tomados de Azara: Das land Oiuquis in Bolivia (Francfort, 1838); pero desnaturalizó un poco los lugares para incluir mayor número de localidades interesantes en el distrito que comprende la concesión del señor Oliden. Por esto se ve figurar erróneamente Santiago, bajo el nombre de Rinconada, igual que las salinas de Santiago, etc.
Supe después que estos informes decidieron al gobierno a conceder al señor Oliden, de Buenos Aires, un sector de veinte leguas cuadradas alrededor del lugar en que se establecería, cerca de la confluencia del río Oxukis, a condición expresa de abrir la navegación del Paraguay. En efecto, Oliden fue a establecerse cerca de las ruinas del río de Santo Corazón, donde fundó un pueblo que bautizó con su apellido, pero no sé que haya hecho algo por la navegación, cuyo estado no parece haber cambiado desde mi estada en Chiquitos.