Provincia de Chiquitos
Partida a la Provincia de Chiquitos Estadía en las misiones del oeste de la Provincia de Chiquitos: Estadía en las misiones del centro de la Provincia de Chiquitos: Viaje a las misiones del sur de la Provincia de Chiquitos:
Regreso a las Misiones del Centro y Oeste de la Provincia de Chiquitos.
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El naturalista francés Alcide d'Orbigny, comisionado por el Museo Nacional de Historia Natural de París, visitó entre 1826 y 1833 seis países de América del Sur, sus estudios y experiencias los volcó en una monumental obra "Voyage dans L'Amérique Méridionale" ("Viaje a la América Meridional"), aquí presentamos lo referente a los Chiquitanos y a la Provincia de Chiquitos en Bolivia.
| Partida a la Provincia de Chiquitos |
Hacía un mes que me dedicaba a los preparativos de viaje. Calculaba permanecer un año y medio por lo menos entre los indígenas, de manera que se trataba de muñirme de todo lo que pudiera serme necesario durante ese tiempo, ya que distante varios centenares de leguas de las ciudades, no podría contar con otro recurso. Por otra parte, el dinero, el mueble de más fácil transporte, aun no tiene curso en las provincias de Chiquitos y Moxos, cosa que me imponía adquirir todos los objetos que lo reemplazaran en mis relaciones cotidianas con los indios. Obtuve al respecto informaciones positivas de parte de los viejos padres de las misiones y dediqué la suma de cuatro mil francos a la compra de toda clase de bagatelas aptas para ganarme, regalándolas, la benevolencia de los indios, o susceptibles de convertirse en medios de cambio estimados por ellos. Estos objetos eran tijeras, cuchillos, hachas, gruesas agujas de coser, estampas, espejos, vidrios de colores, alhajas de pacotilla, cintas de los colores más vivos, pañuelos de algodón muy matizados, indiana roja, lana coloreada para bordar y, finalmente, tela negra y azul para los jefes. Me faltaba adquirir todo el material de aprovisionamiento destinado a mis investigaciones y a mi personal.
Indios de la Provincia de Chiquitos. |
![]() Misión San José |
![]() Misión San José |
![]() Camino Guaravito a Chiquitos |
Ea penoso para el viajero dejar el lugar donde tuvo una permanencia prolongada; en Santa Cruz se me había recibido con la hospitalidad cordial que generalmente caracteriza las localidades poco frecuentadas. Se tenia conmigo tantas bondades, se me había expresado tanto aprecio, que al despedirme de los numerosos amigos sentía una tristeza que sólo podía atenuar pensando en la vida nueva que haría con los indígenas y la esperanza de descubrimientos profusos. Sin embargo el presente es más fuerte que el futuro y me estaba faltando la firmeza mía para librarme de los intentos hechos para retenerme.
E1 20 [de junio de 1830] de mañana esperaba las mulas cargueras para ponerme en marcha; no llegaron y el contratiempo me obligó a diferir la partida hasta el día siguiente. En efecto, los muleteros recién aparecieron a las ocho de la otra mañana y los habitantes principales de la ciudad fueron a acompañarme a caballo. Quedé realmente impresionado por las muestras de afecto que en esta circunstancia me prodigaron. Prefecto, vicario mayor, curas, jueces, jefes militares, etc., me acompañaron en corporación hasta una media legua de la ciudad, adonde me separé de ellos, confundido por su bondad y lleno de viva gratitud. Fueron los adioses últimos; recién entonces sentí que abandonaba esa ciudad acogedora, que por tantos motivos añoraba.
Al encontrarme solo con mi tropa, rodeado por los campos desiertos, tuve un momento de penoso aislamiento al que pronto sucedió la conciencia de mi posición y la obligación de reanudar mis observaciones geográficas. Me hallaba en la vasta llanura arenosa que circunda a Santa Cruz a una legua a la redonda, y se extiende a lo lejos. Soplaba uno de esos fuertes vientos del sur que en esas regiones producen tal descenso de temperatura que se siente intenso frío; luchando trabajosamente contra sus embates para no ser desmontado, llegué al atardecer, con los ojos llenos de arena, al caserío de Itapaqué, distante seis leguas de la ciudad. Hice alto cerca de un pobre rancho indio, donde no quise empero pernoctar, porque se me hacía preferible el frío a la intemperie que los inconvenientes distintos que podrían esperarme bajo aquel techo.
En el vivac siempre se es madrugador; desde el alba, pues estaba en pie y apuraba a mis arrieros. Mi tropa se componía de un alemán, don Mauricio Bach1 que me acompañaba como aficionado; dos jóvenes nombrados por el gobierno boliviano, don Manuel Paz y don Joaquín; un ayudante belga, dos sirvientes —uno intérprete de quichua y aymara y el otro viejo habitante de Moxos-— y dos muleteros cruceños. Eramos nueve personas en total y teníamos siete muías de carga. Esta escolta, bien armada de fusiles y lanzas, tenía un aire imponente y constituía una expedición en regla.
Me dirigí al este-noroeste, a través de un bosque ralo, de dos leguas de longitud. Entré en un monte espeso, que ofrecía una variedad agradable de palmeras molacus, bocaya y marayahú, del otro lado del cual encontré un llano oblongo, rodeado de bosques, donde varías fincas forman el lugar de Urina (nombre de la hembra del ciervo guazutí). Allá, en un pastizal verde donde crecen algunas palmeras carondai2 y junto a los rebaños de caballos y vacas pacen numerosos ciervos que se pueden confundir con animales domésticos. De esta llanura pasé a otra, algo menos extensa, donde se encuentran la capilla y establecimiento de Payla, último puesto habitado de la provincia de Santa Cruz de la Sierra. Iba pues a dejar los hombres para penetrar en el seno del Monte Grande que se extiende de las márgenes del rió Grande al de San Miguel, sobre una superficie cuya travesía iba a insumirme no menos de seis días.
Crucé un bosque de una media legua de ancho, lleno de mirtáceas con frutos en el tronco, que en la región denominan ibaporú,3 y alcancé las orillas del río Grande que se trataba de vadear. Con una anchura aproximada de medio kilómetro y un lecho de arena movediza, su vado es casi siempre muy peligroso. Primero fue un guía a sondear el pasaje y cuando hubo determinado el punto vadeable puso pequeñas balizas que nos sirvieron de rumbo. Por exceso de precaución, se adelantó a mi, llevando de la rienda a uno de los animales de tiro. Para luchar con mayor ventaja contra una corriente de las más rápidas, en el agua que llega hasta el lomo de las caballerías, es preciso mantener la cabeza del caballo vuelta en dirección a la corriente, arriesgando ser arrastrado si toma de flanco al animal. Bach me seguía de cerca, pero se dejó dominar por las aguas y pronto lo vi desaparecer con su caballo. Al oírlo gritar, así lo antes que pude la mula que llevaba mis notas y mientras trataba de hacerla ganar la orilla, mandé un guía en auxilio de mi desdichado compañero de viaje a quien logró llevar a la ribera, no sin bastante trabajo. De primera intención puede suponerse que vadear un río poco profundo es cosa fácil, pero no es así; y cuando falta la costumbre sucede con excesiva frecuencia que la rapidez de la corriente maree y cause vértigos, de manera que se pierda la dirección querida, sin casi advertirlo, y se sea arrastrado como lo fuera Bach. No ocurrieron otros accidentes, pero se perdió toda la tarde en pasar la tropa y la carga. Luego se acampó junto al río para hacer noche.
Nuestro campamento era muy salvaje. Estábamos en la arena, cerca de una espesura de un kilómetro de ancho, compuesta de grandes cañas con hojas en abanico. Habíamos observado en la arena muchas huellas de jaguares, y los pelos erizados de mi perro, así como su ladrido especial ya me tenían al tanto de la proximidad de tan incómodo vecino. Se alineó la carga en la arena y cada uno se acomodó como pudo, no lejos de los grandes fuegos que había mandado encender. Tras una comida liviana se trató de descansar. La noche muy oscura, no podía ser más serena; el silencio imponente del desierto sólo se interrumpía con el rumor del agua y el ronco croar de algunos sapos que se repetía a intervalos, semejante al entrechocar de dos piedras. Pronto mi perro se lanzó con fuerza en una dirección dada, previniéndonos que un jaguar andaba por ahí rondando sin osar acercarse. Por el crujido de las cañas colegíamos su proximidad y todo el mundo estaba en pie; por lo que me resolví a disparar unos tiros en la dirección de donde proviniera el ruido. La maniobra tuvo éxito; el jaguar se conformó con hacer resonar el eco de sus rugidos, durante buena parte de la noche, y ya empezábamos a recobrar la calma cuando una lluvia bastante abundante nos inundó hasta el amanecer.
En los viajes de esa clase el tiempo nunca constituye un obstáculo y a pesar de la lluvia se prepara la partida. Los arrieros perdieron mucho tiempo en buscar sus mulas que al acercarse al jaguar se habían dispersado por el campo y pronto se comprobó que una no acudía al llamado; a medio kilómetro de distancia, se la encontró estrangulada y cubierta de heridas. Había sido muerta por el jaguar, al que faltó tiempo para devorarla, tal vez intimidado por los tiros que le disparara.
Pronto dejé el cañaveral y alcancé un terreno más elevado, cubierto de grandes árboles que no estaban mezclados con palmeras sino ligados entre sí por una verdadera profusión de lianas. Muchos de esos árboles me impresionaron por la forma de su tronco, parecida a un huso. Estrechos en la base, se hinchan notablemente a dos o tres metros de altura y vuelven luego a estrecharse. Esta diferencia de diámetro alcanza a veces al doble de la dilatación,4 de modo que los extraños troncos contrastan con los demás, quebrando la monotonía del conjunto. A unos ocho kilómetros, descubrí a mi derecha una depresión cubierta de agua; más lejos me vi ante otro pantano casi lleno de agua estancada y sin embargo poblado de árboles. En aquel lugar el camino era espantoso; hice dos leguas por ese pantano arcilloso donde los caballos se hundían hasta la cincha. Estuve a punto de quedarme diez veces y me cansaba horriblemente sacando el caballo y buscando en vano partes mejores. Demoré cuatro horas en franquear el mal paso, del que por fin salí con gran alivio. El terreno se elevó en parte y dos leguas más allá me encontré ante otra charca inundada que era preciso atravesar. Este pantano, o, mejor dicho, este antiguo lecho de un rió, tiene más o menos un kilómetro de anchura; desborda de árboles caídos y ramas amontonadas, y el agua llega al vientre de los caballos. Me atreví a entrar y llegué con gran esfuerzo al borde opuesto. Dos muías de carga perdieron pie, mojando todos mis efectos. Por fin paré al anochecer a dos kilómetros de ahí, cerca de un pantano semejante, donde encontré los restos de una parada, llamada ramadilla. Se trataba de una especie de corral hecho de ramas secas, donde se podía encerrar caballos y mulas que por falta de pasto tenían que quedarse sin alimento, después de la jornada fatigosa que habíamos hecho. En aquel sitio hubo una cabaña cubierta de palmas, pero sólo encontramos sus vestigios. La lluvia seguía y nuestra situación se volvía difícil. Como el suelo, inundado por todas partes, no permitía acostarse, me decidí a colgar mi hamaca de los árboles y tender por encima una soga sobre la cual puse un cuero seco de buey doblado en dos, a modo de techo, que me dio cierto abrigo, facilitándome un descanso bien ganado por el cansancio del día.
Había sufrido toda clase de dificultades para recorrer las montañas, entre los precipicios de que están sembradas, pero nunca habría creído encontrarlas en medio de los llanos. Con una anchura apenas suficiente para que pase un caballo, el camino es un mero sendero tortuoso que obliga sin cesar a desmontar para abrirse paso, cuando los árboles desarraigados por el viento detienen al viajero, obstruyendo su marcha. A cada paso aparece un nuevo obstáculo, porque hay que echarse sobre el caballo para pasar bajo las ramas entrecruzadas o saltar sobre los troncos de árboles; todo esto, sin contar los tembladerales y pantanos. Durante seis meses del año las comunicaciones están interrumpidas por completo, debido a la inundación, en tanto que en la estación seca hay tres días de marcha sin pasto para las caballerías y casi otro tanto sin agua para los viajeros.
Interrogué a mis guías acerca de los pantanos, en los cuales había reconocido lechos momentáneos de cursos de agua, en los árboles echados de un mismo lado. Tiempo después completé mis informaciones con las personas más conocedoras de la región, adquiriendo la convicción de que esas charcas, llamadas curichis en la comarca, para diferenciarlas de los lugares en que el agua sigue un curso regular, tomando entonces el nombre de arroyos o riachos, son efectivamente lechos donde corre una masa considerable de agua, en circunstancias determinadas. Al principio pensé que podría tratarse del río Grande, cuyas aguas, mal encajonadas, desbordaran el cauce ordinario en la estación lluviosa, a fin de franquearse un camino por el bosque, pero muchas personas me aseguraron que dichos cursos de agua provienen del río Parapiti que nace al este de Chuquisaca, baja a la llanura, atraviesa la provincia de Cordillera y se pierde por las arenas.
Sucede también que cuando caen las grandes lluvias, demasiado fuertes para que el suelo las absorba, el agua atraviesa por distintos puntos la llanura arbolada, en busca del rió Grande, dejando tanto en un sitio como en otro esos lechos o pantanos que en ancho cubren casi diez leguas de bosque y parecen extenderse de sursudoeste a nor-nordeste sobre dos o tres grados de extensión, atravesando el Monte Grande, bosque dilatado que en aquellas tierras horizontales reemplaza a las montañas que tantos geógrafos ubicaran sistemáticamente, para separar la vertiente del Plata de la del Amazonas.
Al dejar Ramadilla crucé el pantano vecino, más profundo que el de la víspera pero mucho menos ancho. Dos mulas de carga perdieron pie y por negligencia de arrieros y servidores permanecieron casi cinco minutos bajo el agua. Con los mismos accidentes que la víspera estaba a punto de perder parte de mis efectos y las mercaderías que llevaba para mis trueques y como el sendero angosto trazado en la floresta no permitía detenerse hasta que se llegara al paradero común de la jornada, fue necesario tener paciencia hasta la tarde.
Las tierras se elevaron poco a poco del otro lado del pantano. Siempre tan espeso, el bosque mostraba de trecho en trecho troncos fusiformes y cactos cuya altura se acercaba a la de los árboles de gran talla. Hacia el mediodía encontré con agrado un lindo espécimen de palmenta de hoja en abanico, que mis guías llamaban saho5. Con su altura de pocos metros, formaba pequeños conjuntos en medio de otros árboles; unos dos kilómetros más allá desapareció y sólo lo volví a encontrar tres jornadas más adelante, siempre en el bosque. Paré temprano en el alto de Calavera donde mandé encender grandes fogatas para poner a secar el contenido de los baúles sumergidos. Esta precaución necesaria salvó casi todas las cosas y apenas tuve que lamentar el deterioro de algunos libros.
Como tampoco este alto ofrecía alimento a nuestras cabalgaduras, cansados de su abstinencia forzada los animales se desataron durante la noche y al día siguiente se perdieron tres o cuatro horas en buscarlos, lo que nos hizo partir muy tarde y recorrer no más de cuatro a cinco leguas en la jornada. El bosque extremadamente espeso sólo mostraba cactos arborescentes y troncos en forma de huso. El terreno se volvió algo desigual y dejó ver unas piedras aisladas en la superficie. Ya me empezaba a cansar la monotonía del bosque. No se oía otro ruido que el susurro del viento entre las hojas o el frotamiento de una rama con otra, produciendo sonidos tristes, melancólicos, semejantes a gemidos quejumbrosos. Me impresionaba el reposo absoluto de esas vastas soledades en que el viajero, perdido bajo una bóveda natural de vegetación, ya nada ve a cincuenta pasos y avanza sin cesar sin divisar casi el cielo. No hay un pájaro que alegre los aires con su canto, ni un ser viviente se muestra a vuestro alrededor y se diría que lejos de los lugares habitados por el hombre la naturaleza es fría e inanimada por doquiera. La escasa variedad de la vegetación reducida a pocas especies de árboles me parecía quizás más fastidiosa que la inmensidad de los mares, en mis largas singladuras. Ya en otra parte había observado que los bosques muy extensos, cuando no presentan claros, sólo contienen por lo general un número muy pequeño de especies vegetales y alimentan pocos animales. Para que un bosque sea animado debe cortarse con frecuentes llanos, cursos de agua o fuertes irregularidades del suelo.
Menos tupido era el lugar en que habíamos parado; había un poco de pasto bajo los árboles y nuestros animales se encontraron a gusto; pero la carencia total de agua nos hizo sufrir mucha sed, por lo cual al día siguiente lo dejamos sin pesar, tratando de satisfacer nuestra necesidad más apremiante. Encontré agua unas leguas más allá, en un sitio donde mi perro me anunciaba la proximidad de un jaguar. Por lo común asignaba poca importancia a esos animales tan comunes en esta región de América, pero un incidente vino a hacerme cambiar de actitud. Uno de mis ayudantes había quedado rezagado y nosotros nos adelantábamos cuando le oí proferir gritos extraños. En seguida acudí al galope, encontrándolo pálido de miedo, pese a tratarse de un hombre valiente, y a poca distancia alcancé a ver un jaguar que se alejaba por el bosque. El guía había dejado el fusil sobre el caballo que atara a un árbol y se alejó unos diez pasos, cuando un jaguar que seguramente nos espiaba, se le acercó despacio, mirándolo como un gato que acecha al ratón. Mi ayudante no vio a la fiera hasta que ésta se disponía a acometerlo; entonces lanzó el grito de terror que habíamos oído; este grito sorprendió al jaguar, permitiéndonos llegar antes del ataque.
Como los caballos y las mulas se habían repuesto a la noche, hice una docena de leguas por el bosque, dejando atrás los altos de la Sienega, Sumuqué y la Cola. En el último encontramos muchos rastros frescos de jaguar, los que no nos impidieron llegar, después de atravesar un llano circular cubierto de agua, hasta el alto del Potrero Largo, donde se encuentra otro gran llano alargado, inundado en parte y cubierto de un pasto tan alto como un hombre a caballo. Avancé hasta sus bordes y experimenté una alegría inexpresable al descubrir por fin el horizonte y sobre este horizonte, al norte, varios grupos de las colinas de Chiquitos. Era ver tierra después de una larga navegación, el término de mis esfuerzos y sobre todo el fin del desierto sombreado. Contemplé largo rato aquel espectáculo que me resultaba tan grato y sólo atinaba a comparar el efecto que me producía con el que ejercen los primeros rayos de una luz intensa, después de unas tinieblas muy profundas.
Al día siguiente, seguí por el bosque los bordes del Potrero Largo, por espacio de una legua y media, y volví a hundirme en la sombra impenetrable, hasta el Potrero de Upayares6 donde hice alto para pernoctar, después de cruzarlo, a seis leguas de la última parada. El monte había cambiado de aspecto; la proximidad de plantas modificaba notablemente la vegetación; los árboles variaban al infinito y con gusto volví a ver las palmeras motacus, sahos y sumuqués, festoneando el paisaje con el encanto de su follaje elegante. Nunca había visto sumuqués tan altas. Sus troncos esbeltos y delgados atravesaban la espesura y los verdes manojos que los coronan se desplegaban a treinta metros por encima de los demás árboles. El Potrero de Upayares, llano redondeado de una legua de diámetro aproximadamente, se inunda durante cierta parte del año y lo cubre un pasto tan alto que apenas deja sobresalir a un caballo.
La noche siguiente fue muy serena. La naturaleza parecía sumida en un reposo absoluto. No dormía, distraído con el agradable pensamiento de haber alcanzado el fin de mi viaje y de que pronto empezaría mi papel de observador entre los indígenas. En medio de mis ensueños creí oír una voz humana en el bosque cercano. Escucho. No me engaño... gritan. Entonces me levanto y despierto a uno de mis hombres, quien oye distintamente, igual que yo, una voz que parece llamar a intervalos. Estaba a punto de internarme en la arboleda cuando, despierto por nuestro diálogo, un muletero se empezó a reír, diciéndonos que se trataba de un pájaro nocturno 7 cuyos gritos se parecen mucho a los de un hombre extraviado, que llamara para encontrar su camino. Desde entonces escuché con frecuencia ese canto engañoso que según se dice habría perdido a más de un viajero, haciéndole buscar la persona extraviada o extraviándolo aun más, cuando ya lo estaba. Este pájaro nocturno impide que los indígenas puedan recurrir a los gritos para localizarse en el bosque y les hizo adoptar la costumbre de emplear pitos al efecto.
Abandonando el Potrero de Upayares volví a penetrar en el monte, donde anduve cinco leguas, hasta el Curichi (pantano) de Quita Calzón, tan profundo que el agua llegaba hasta la mitad del vientre de mi caballo. Más adelante entré al Potrero de la Cruz, donde se me ofreció el contraste más espléndido. La campiña era muy variada. Los lugares arenosos tenían palmeras totai8 de copa redonda; las porciones húmedas estaban cubiertas de palmeras carondai, de follaje en abanico; alrededor del llano se observaba un borde de palmeras motacus color verde oscuro, coronadas a intervalos por penachos más altos de palmera sumuqué; todo limitado por el bosque, poblado por grandes árboles del follaje más diversificado. Admiraba el efecto imponente y pintoresco de la distribución de aquellas grandes especies vegetales sobre la fresca verdura del pasto y mi vista descansaba con agrado a lo lejos, en las colinas arboladas de Chiquitos. Creo que el hombre más estólido se habría impresionado por la magnificencia del cuadro que se desplegaba ante mis ojos durante la jornada, mientras recorría una serie de pequeños llanos, teniendo a mi derecha las arboledas que bordean el San Miguel. Al caer la tarde hice alto a un cuarto de legua del rió, pensando que al día siguiente encontraría por fin las primeras caras humanas. Con la variedad de los lugares y vegetación había vuelto a animarse el campo; por todas partes se veían los pájaros a millares, devolviendo el buen humor a mi tropa cansada de la soledad y monotonía del bosque, tanto como de las privaciones que habíamos soportado. El trozo de tasajo echado esa noche sobre las brasas nos pareció a todos mejor que el de la víspera.
Al despuntar el día 30 me hallaba en los bosques que bordean el río San Miguel, donde maté un ejemplar magnífico de ardilla. Llegué al río, que no se podía vadear por hallarse muy crecido; hice unos disparos de fusil para llamar la atención de los ocupantes de la finca San Julián, que debía estar cercana, y en efecto pronto aparecieron los indios y me cruzaron en canoa a la otra orilla. En ese punto el río tendrá a lo sumo cincuenta metros de ancho pero corre muy encajonado y profundo. No hay duda que ofrece bastante agua para navegarlo con facilidad en barco a vapor; sería, pues, practicable la navegación desde el Amazonas hasta allí y entonces el comercio podría beneficiarse con los productos naturales e industria de toda la provincia de Chiquitos.
Mientras esperaba la llegada de la carga quise fumar y encendí un cigarro con los rayos solares, mediante una lupa. Los indios lo observaron con tanta sorpresa que me hicieron repetir muchas veces la experiencia: desde ese momento tuvieron conmigo una consideración especial que por lo demás me acompañó por todas las misiones, valiéndome ser visto como un personaje extraordinario.
A menos de un kilómetro de distancia encontré el establecimiento San Julián; es una estancia dependiente de la misión de San Javier. Se me instaló en una pieza destinada a los viajeros, donde en seguida recibí la visita de todas las mujeres indígenas, vestidas con su tipoi, especie de camisa larga de algodón sin mangas, adornada arriba y abajo con bordados de lana de color y larga hasta el suelo. Estos tipois no se atan en el talle, de manera que flotan sin amoldarse al cuerpo. Las mujeres llevaban el pelo arreglado en una trenza caída hacia atrás; su cuello y brazos estaban cargados con varios kilogramos de cuentas de vidrio colorado. Cada una me llevó un regalo, consistente en pollos, queso, miel, etc., esperando que por mi parte se lo retribuyera con algunas bagatelas.
Al entrar en el cuarto para huéspedes sentí un olor fuerte a almizcle que me hizo casi añorar los vivacs de las noches anteriores; producían el olor miles de murciélagos que pululan por todas partes, sin conformarse con el campo, y llenaban la habitación impidiéndome descansar un solo instante por temor a sufrir sus mordeduras. Los vampiros o filóstomos abundan de tal modo en esos parajes que producen daños de gravedad a los caballos y hasta a las personas. Se aproximan de noche sin despertar a la victima, le hincan en la piel sus dientes finos como agujas y succionan su sangre. Hacen todo esto con tal suavidad que recién se advierte al día siguiente. Rara vez los vampiros se introducen en las casas, pero al aire libre hay que cubrirse por completo para librarse de ellos; así es cómo los indios tienen la costumbre de protegerse la cabeza, lo que no impide a los murciélagos picarles las piernas. Me lastimaron a menudo pero solamente en los pies. La mordedura no tiene importancia por sí misma pero produce llagas y atroces dolores, parecidos a los que causan las sanguijuelas. Los vampiros pican con frecuencia a perros y caballos; los últimos aparecen casi todas las mañanas con el cuello ensangrentado y esas heridas leves, renovadas sin cesar, les hacen enflaquecer y debilitan mucho. Hasta existen regiones, por ejemplo la provincia de Apolobamba, en que estos voraces animales no los dejan vivir. Dos de mis compañeros de viaje se quejaban a la mañana siguiente a nuestro arribo, de esta plaga natural que los había mordido en la cara.
En los alrededores de San Julián el campo es muy accidentado. Hay muchas rocas de gneis, emergiendo del suelo, que contrastan con el césped verde y los numerosos grupos de árboles dispersos por las colinas bajas. Las higueras de hojas enteras crecen por lo general en las grietas de las rocas, y sus raíces, al entrecruzarse en todos los sentidos, parecían quererlas esconder. A veces esos árboles parecen salir de la misma roca y ofrecen un aspecto muy pintoresco.
Todavía me separaban catorce leguas de la misión de San Javier. Al salir de la estancia franqueé un bosque de palmeras carondai de una legua de extensión, que tienen la particularidad de crecer solas, sin mezcla de otros árboles. Allí pude ver por primera vez los hermosos guacamayos llamados maticos por los naturales. Animaban el contorno numerosas bandadas de distintas especies y legiones de loros. Gané una pequeña colina arbolada que me condujo hasta el río Quisere, afluente del San Miguel, y después de haberlo cruzado subí a otra colina en la que tuve que detenerme. En el alto del Rosario, el campo ofrecía vistas encantadoras, en todas direcciones, y agradables contrastes de vegetación: palmeras carondai en los llanos inundados: laderas matizadas de palmeras totai, en las partes no arboladas; palmeras motacus, marayahus y bambúes de tallos lanceolados, en las hondonadas. Tras la monotonía de Monte Grande, no podía cansarme de contemplar esos campos en que todos los elementos serian preciosos recursos para el agricultor, pero donde la naturaleza virgen aún despliega tesoros hasta ahora desaprovechados. La noche anterior los vampiros habían turbado nuestro sueño; en ésta los jaguares se encargaron de tenernos en pie, para echarlos a tiros de fusil: así es cómo el animal terrible y el insignificante obtenían el mismo resultado. Gracias a nuestra vigilancia no perdimos ninguna cabalgadura.
Notas:
Don Mauricio Bach es actualmente secretario del nuevo gobernador Oliden, a quien el gobierno boliviano, con posterioridad a mi viaje, hizo concesión de unas tierras al borde del rió Paraguay, comprendida la misión de Santo Corazón, con cargo de abrir la navegación con el río Paraguay.
Copernicía cerífera.
- Especie que he mencionado en Corrientes.
Se trata, creo, de una especie de falso algodonero, muy común en la parte oriental de la provincia de Chiquitos.
Trithrinax brasiliensis. Martius.
Upayares es, en chiquito, el nombre de ñandú (avestruz americano).
Reconocí más tarde el pájaro, como una especie de tragavientos o Caprimulpus.
Acrocoma totai, Martius.