Provincia de Chiquitos
Partida a la Provincia de Chiquitos Estadía en las misiones del oeste de la Provincia de Chiquitos: Estadía en las misiones del centro de la Provincia de Chiquitos: Viaje a las misiones del sur de la Provincia de Chiquitos:
Regreso a las Misiones del Centro y Oeste de la Provincia de Chiquitos.
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El naturalista francés Alcide d'Orbigny, comisionado por el Museo Nacional de Historia Natural de París, visitó entre 1826 y 1833 seis países de América del Sur, sus estudios y experiencias los volcó en una monumental obra "Voyage dans L'Amérique Méridionale" ("Viaje a la América Meridional"), aquí presentamos lo referente a los Chiquitanos y a la Provincia de Chiquitos en Bolivia.
| Viaje a las misiones del sur de la Provincia de Chiquitos |
| Camino a San José |
El domingo, después de misa, nos pusimos en marcha con un calor sofocante. La tropa compuesta por el séquito del gobernador y el mío hacía un total de veinte personas, entre las cuales el cura de San Rafael desempeñaba las funciones de capellán del gobernador.
Al salir de San Rafael entré en un bosque espeso, lleno de cañas verticiladas, del que recién salí tres leguas más allá, en la hondonada de Santa Bárbara. Pasando por este valle el gobernador me señaló el lugar donde, el 7 de octubre de 1815, se había librado una de las batallas más cruentas de la guerra de independencia. Las tropas españolas, al mando de Altolaguerro y cuyo segundo era don Marcelino de la Peña, con tres mil indios, se habían emboscado tras un atrincheramiento en el mismo fondo del valle, teniendo a sus flancos a los indios chiquitos. Las atacaron de flanco las fuerzas de Uvarnes, comandante general de las tropas de la independencia. El ejército patriota, compuesto por quinientos jinetes y mil quinientos infantes, cargó sobre los indios profiriendo gritos de muerte. Estos se desbandaron llevando tal desorden a las tropas españolas que todos fueron muertos con excepción de treinta hombres, entre quienes había cuatro oficiales, que lograron escapar; uno de ellos era don Marcelino de la Peña, gobernador de Chiquitos. La carnicería fue horrible. Muertos y heridos cubrían la llanura. Cansado de matar, Uvarnes pensó que para desembarazarse de los heridos lo más rápido sería pegar fuego a la maleza y altos pastos del campo, quemando así a los desventurados que aun respiraban. Este acto horrible de los jefes políticos, por desgracia se ha reproducido con demasiada frecuencia y sólo el fanatismo del espíritu partidista podría explicar semejante inhumanidad. En la jornada perecieron más de mil indios.
Indios de la Provincia de Chiquitos. |
Misión San José |
Misión San José |
Camino Guaravito a Chiquitos |
Don Marcelino de la Peña se libró de la carnicería y pudo ganar el monte. Se dirigía a Santa Ana, entonces en poder de los patriotas, cuando encontró por el camino a una joven india que fuera su protegida. La muchacha lo detuvo a su paso, salvándole de una muerte segura al impedirle entrar en Santa Ana, proveyéndole de alimentos para subsistir y guiándolo por los bosques hasta Brasil. Llegados a la frontera, quiso acompañarlo en su fuga, pero como de la Peña no consintiera, le hizo aceptar su cruz de plata para que se procurara de qué vivir, a su llegada al exilio. Este rasgo de generosidad y abnegación en una niña de catorce años, semisalvaje, que contrasta tan violentamente con la conducta atroz de Uvarnes, reconcilia un poco con la especie humana.
Crucé un gran bosque a cuyo extremo, cerca del lugar denominado La Piedra, encontré un poco de agua que el exceso de calor me hacia considerar preciosa. De aquel lugar seguí por un prado seco entonces, que se inundaba en la estación de las lluvias, y llegué al alto de San Nicolás, situado en una llanura pantanosa, no lejos del Curichi de San Miguel, pantano muy profundo y lleno de agua, afluente del río San Miguel, en el que pude pescar a la noche. Me hallaba a dos leguas al oeste de San Rafael.
Después de haber sido terriblemente atormentado por nubes de mosquitos, dejé San Nicolás internándome en una serie de pequeños llanos que se inundan en la estación de las lluvias y con frecuencia se aparecen llenos de fango. Están cubiertos de pastos altos, sembrados de palmeras carondai y bordeados de bosques espesos. Esta sucesión de pantanos, orientados hacia el sursudoeste. forma en su extremidad una depresión bastante extensa donde las aguas de todo el valle se unen en un hermoso lago que nunca se seca. El lago, denominado Laguna de los Migueleños, tiene más de dos kilómetros de longitud; sus bordes están cubiertos de pastos altos. Sin embargo es posible acercarse por varios lugares; allí pasé parte del día en investigaciones de historia natural y encontré a numerosos indios de la misión de San Miguel, dedicados a la pesca de una especie de siluro que salan y ponen a secar como conserva. Obtuve varios especímenes interesantes de conchas de agua dulce 29.
Me vi en la precisión de abandonar el lago para volver al campamento. Encontré al gobernador a la sombra de un gran árbol, en un sitio muy pintoresco. El grupo se había instalado al borde del bosque, cerca de un dilatado llano inundado, donde, sobre un horizonte de palmeras, se dibujaban al sur las crestas redondeadas de la cadena de gneis de San Lorenzo, que domina una zona del todo horizontal, inundada durante la mayor parte del año.
Por la noche, acostado en medio de más de ochenta indios, escuchaba a un joven que, tendido en su hamaca, tocaba en la flauta todos los aires de su pueblo. Esta música monótona y triste, en medio del silencio y oscuridad de los bosques, me impulsó suavemente hacia divagaciones melancólicas. Este pobre indio —me decía— apenas a dieciséis leguas de su pueblo, trata de recordarlo y sufre la lejanía. Semejante pensamiento me hizo recordar, sin quererlo, a mi patria, de la que me alejara ya seis años y que no me atrevía a evocar, perdido como estaba en el fondo de los desiertos centrales de América y tan lejos de Francia y su civilización. Cuando algún incidente me llevaba así al otro hemisferio, el único capaz de hacerme feliz, trataba de levantar el velo del porvenir y presentir el futuro de mi vida con los goces y sufrimientos que me estaban deparados. En ese laberinto inextricable me perdía hasta donde el sueño, tan necesario después del cansancio de la jornada, ya no me podía acompañar. El alba me sorprendía sumido en estas cavilaciones, cubiertas con más frecuencia de nubes oscuras que alumbradas por los rayos de la esperanza.
En esas regiones todo es excesivo. Cuando vienen las lluvias el campo se inunda por completo y se interrumpen las comunicaciones entre las misiones del sur de la provincia. Por el contrario, en la estación que transcurría, la falta de agua se hacía sentir en todas partes, obligando a efectuar paradas muy distantes entre sí. Sin embargo, confiando en franquear un trecho de catorce leguas, el grupo se puso en marcha al salir el sol. Seguí la orilla del bosque, luego entré en una llanura vasta, cubierta de palmeras carondai donde en tiempos de los jesuitas existió la estancia San Xavier. La víspera había pasado cerca de una finca también abandonada por falta de animales: las guerras de la independencia arruinaron toda la provincia. Al llano sucedió un bosque por el que anduve seis leguas. El calor excesivo resultaba intensificado por la absoluta carencia de sombra. Sólo algunas especies mostraban, de tanto en tanto, su follaje verde oscuro de triste aspecto. Lo que aumentaba el aspecto árido del bosque y llanuras era ver por todas partes ramas quebradas y el suelo cubierto de cenizas negras, porque los indios, según su mala costumbre, habían incendiado todos los campos para que se renovaran los pastos. Antes de dejar el bosque advertí, al este, los altos mamelones de gneis que pertenecen a la cadena de San Carlos, que parece cortar en ángulo recto la cadena de San Lorenzo, hacia la cual me dirigía. Estas montañas, que apenas se alzan quinientos o seiscientos metros sobre el nivel de la llanura, están cubiertas de vegetación en todos los lugares donde el suelo no está desnudo. A la salida del bosque atravesé la llanura decorada con palmeras carondai, mezcladas a palmeras mocatus en las partes arenosas, hasta los pies de la cadena de San Lorenzo, que atravesé entre dos mamelones por el sitio llamado San Juan Nama. El aspecto pintoresco de la campiña me habría interesado sobremanera en cualesquiera otras circunstancias, pero devorado por una sed intensa y expuesto a los rayos de un sol incandescente, padecía demasiado para admirarlo. Aun me faltaba recorrer cuatro leguas de llano cubierto de palmeras basta la parada de San Lorenzo, donde por fin encontré un poco de agua estancada que, para hacerla tolerable, hubo que mezclar con harina de maíz.
En las cercanías de la parada y debido a la proximidad del agua el campo estaba lleno de guacamayos rojos, que volaban en grandes bandadas, profiriendo gritos desagradables. Como no eran muy ariscos pude matarlos en cantidad. Me hallaba a unas dos leguas de la cadena de San Lorenzo y no pude resistir el deseo de ir a estudiar su composición geológica. Dejé mi tropa y, acompañado por el gobernador y el cura de San Rafael, trepé un terreno muy desigual, cubierto de trozos de cuarzo y poblado por árboles de diversas especies. Al mismo pie de la cadena encontré, en el sitio denominado San Miguel, una casita de indios situada en una hondonada preciosa, provista de la vegetación más fresca y que riega un arroyo de aguas límpidas. Remonté el arroyo a la sombra de grandes árboles, desembocando en un enorme campo de bananeros cuyas últimas plantas bañaba el agua que caía de roca en roca, por una muralla de gneis, sustancia de que toda la montaña se componía. Una suave frescura se hacía sentir en ese lugar encantador, tan distinto de los campos circundantes. Como no me cansaba de contemplar aquel oasis delicioso recién a la noche volví a la casita, cerca de la cual me eché en la hamaca, después de una comida somera. Creí que disfrutaría del reposo, pero miríadas de mosquitos y sobre todo una especie de insecto llamada piojo garrapata, me impidieron cerrar los ojos, obligándome a pasearme durante gran parte de la noche.
Siete leguas me separaban de la estancia de San Ignacio, situada al sursudeste del lugar en que me encontraba. Abandoné temprano la humilde cabaña y tras una legua de bosque volví a encontrar los palmares de carondai, que por sí solos señalan todos los lugares inundados en la estación lluviosa. El aspecto extraño de esos lugares me abrevió el camino. Sin embargo me detuve unos momentos junto a las ruinas de la antigua finca abandonada, de Santiago, que sólo me proporcionaron un agua estancada y fétida, y llegué temprano a San Ignacio, donde me uní al resto de la caravana.
La estancia de San Ignacio sólo dista seis leguas de San José; estaba pues por alcanzar el fin de mi viaje, abandonando el desierto.
Partí a la mañana, penetrando de inmediato en un bosque que se extendía hasta la misión, adonde llegué temprano.
Notas:
Entre otras, la ceradotes chiquitensis, d'Orb.