Anacaona (Poema épico)
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Ya por las selvas y las montañas
retumba el eco del caracol
que a los combates y a la victoria
llama a los indios con ronca voz.
De guerra el himno cruza en el viento,
enciende el pecho bélico ardor,
agudas flechas llenan la aljaba,
templado el arco relumbra al sol.
Y de la cumbre bajan al valle,
como pujante recio huracán,
falanges indias que a la contienda
Caonabo el fiero conduce audaz.
Ya descendiendo la noche viene,
y entre sus sombras envueltos van
a las regiones que fertilizan
las ricas ondas del Garavuay.
Entre el incendio desatentado
corre el intruso dominador,
pero le cercan flechas agudas
que van certeras al corazón.
Yace expirando la extraña turba,
reina el espanto desolador
donde contento soñaba iluso
triunfos y amores el español.
La tribu incauta y alucinada
que en sus confines guarda Marién,
con su cacique vuela al socorro
del torpe aliado de alma sin fe.
Pero sus huestes Caonabo cierra,
fiero arremete contra la grey,
que en pronta fuga, de espanto llena,
despavorida corre en tropel.
Solo el cacique frente a Caonabo
viene arrostrando su ira fatal,
y el de Maguana jefe valiente
por tierra herido le hace rodar.
Mientras ardiendo crujen las chozas
de las orillas del Garavuay,
y entre siniestro fulgor de llamas
envuelta queda la Navidad.
Ufano de su victoria
de Maguana el héroe va,
y el indio cruza las selvas
cantando su libertad.
Del undoso Guayayuco
traspasa el límite ya,
y sus dominios saluda
en donde todo al pasar,
los valles y las montañas,
el bosque, el ave, el raudal,
parece que enajenados
mil parabienes le dan.
Cruzando montes y montes
llega por fin al hogar
donde el amor y la gloria
le esperan con ansiedad.
Los ancianos de la tribu
del héroe al encuentro van,
y le tributan honores,
y al suelo inclinan la faz,
y le conducen en coro
con regia pompa triunfal.
Luego radiante de gozo,
de belleza y majestad,
Anacaona la reina,
la digna esposa leal,
viene entre vírgenes bellas
que en ágil diumba fugaz,
del maguey sonoro al eco
y a los sones del timbal,
a recibir al cacique
salen con plácido afán,
moviendo palmas y plumas,
perfumándole al pasar,
X
Cual ráfaga ligera se deshace
presto del triunfo la ilusión querida,
y azares rudos y peligros nuevos
la libertad amagan del indígena.
Que si en las llamas que a Marién cubrieron
el invasor audaz quedó sin vida,
allá en los campos de Maguá feraces
que innúmeras corrientes fertilizan,
el Guabamino en los azules mares
el caudal de sus aguas deposita,
y entrelazan sus ramos vigorosos
árboles mil de producciones ricas,
nuevas hordas famélicas levantan,
armadas de ambición y de codicia,
sólidos muros que la indiana raza
en vano derribar intentaría.