Anacaona (Poema épico)
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Y pasan por su espíritu
flotantes y ligeras,
aquellas horas cándidas
de dichas lisonjeras,
en que soñando amores,
de plumas y de flores
corona fragantísima
su esposa le ciñó.
Y las caricias múltiples
de su ternura amante,
y tantos goces íntimos
de aquel hogar distante;
y el armonioso coro
dulcísimo y sonoro
del bosque, que gratísimo
sus sueños arrulló.
Y todo en giro rápido
se agolpa en su memoria,
y mientras va las páginas
volviendo de su historia,
ya triste el sol desmaya,
y en la indecisa raya
del horizonte trémulo
Quisqueya se ocultó ...
Entonces una lágrima
del alma desprendida
a su pupila asómase
y brilla suspendida,
y luego lentamente
tristísima y ardiente
por la mejilla pálida
del héroe descendió.
Cruzando van el piélago
las naves españolas,
Y van pasando alígeras
las horas tras las horas,
y el prisionero mísero
tras rápidas auroras,
de penas angustiado,
soberbio, encadenado,
siente extinguirse el hálito
que anima su existir.
Inerte a la luz pálida
del alba que amanece,
yerto el cadáver lívido
del mártir aparece;
y aun carga las cadenas
que tan horribles penas
costáronle fatídicas,
llevándole a morir.
XX
Bohechío, el cacique grande
de Jaragua soberano,
el Néstor del pueblo indiano (nombre que le daban los españoles)
de años cargado y de afán,
en Quisqueya es venerado
de un extremo al otro extremo,
como el monarca supremo,
a quien fiel respeto dan.
El buen anciano intranquilo
en su provincia lejana
supo de la raza hispana
la súbita aparición;
y alguna vez con los suyos
al campo fué de la guerra
para defender la tierra
contra la extraña invasión.