Anacaona (Poema épico)
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con males y con horrores
a la aborígene raza;
y hondo, profundo lamento
que el eco triste dilata,
en las bóvedas resuena
de la caverna sagrada.
Pasa un instante de angustia,
de confusión y de alarma,
y sola queda y desierta
del santuario la morada,
mientras envuelve la noche
la cresta de las montañas,
y las aves de la selva
mudas están en las ramas,
y se dispersa gimiendo
la multitud desolada.
Veloces corren las horas,
el tiempo rápido avanza,
y el augurio pavoroso
olvida la grey incauta,
que alegre torna a sus juegos,
a sus cantares y danzas,
porque ignora en su inocencia
la historia de la desgracia,
y son para ella los duelos
y las tristezas del alma,
cual las nieblas fugitivas
que coronan la montaña,
y se disipan ligeras
a los fulgores del alba.
Ya la tiniebla de la noche expira,
y el indio de su choza en los umbrales
saluda el alba, y con placer respira
el soplo de las brisas matinales.
Del seno de los valles se levantan
los murmullos suavísimos del día,
que ya las aves sus amores cantan
y el espacio se puebla de armonía.
Todo es vida y frescura y luz y aroma
de Quisqueya en los mágicos pensiles;
todo matices de la aurora toma
y aliento de los céfiros sutiles.
La indígena familia entretenida
discurre por el bosque y por la playa,
y en los placeres de su dulce vida
el nuevo sol aprovechar ensaya.
Tiende la vista al horizonte vago
alborozada de inocente orgullo,
midiendo ufana, con amante halago,
el libre espacio que contempla suyo.
Mas ¿qué súbito afán desconocido
de la cándida grey nubla el contento,
suspendiendo las voces y el ruido,
difundiendo el pavor y el desaliento?
Y el misterio del mar la playa toca
del sol que expira a les postreros lampos,
y extraños seres con presteza loca
recorren del indígena los campos.
Huyendo va la grey sin rumbo cierto,
huyendo va por riscos y montañas;
mudo está el valle y el caney desierto,
el silencio domina en las cabañas.
Sólo a distancias la compacta nube
del humo que se escapa serpenteando,
nuncio de alarma por el éter sube
el terror a los ámbitos llevando.
V
De sus montañas gigantes
refugiado en la espesura,
horas de mortal pavura
ve el indígena pasar.
Y aquellos seres extraños
que el mar arrojó a su suelo,
mira en continuo desvelo
por sus campiñas cruzar.
Venciendo el terror al cabo
mueve la tímida planta
y medroso se adelanta
y observa con avidez
al huésped desconocido,
que con semblante risueño
parece mostrar empeño
de aproximarse a su vez.
Y tornan a sus cabañas
las tribus que fugitivas
en las montañas altivas
se ocultaron con pavor.
Y renace la alegría,
y el indígena sonriendo
va sus campos recorriendo
con inocente candor.
VI
Todo es fiesta y paz y amores,
todo júbilo y placer,
y cantares, danzas, juegos
de sin par esplendidez,
en los fértiles dominios
del cacique de Marién.
Alma débil, indolente,
que del fuerte la altivez
no comprende ni conoce;
y del huésped en la sien
su corona deposita
con ingenua candidez.