Anacaona (Poema épico)
|
como apacible raudal
que sobre lecho de flores
corre en suave murmurar.
Deshecho ve Anacaona
su candoroso ideal,
porque burlando la suerte
tantos ensueños de afán,
a Higuenamota no brinda
el indio de estirpe real
que su ternura en delirio
vió cual dulce realidad.
Mas la virgen inocente
muestra en su cándida faz
tal expresión de ventura,
tan dulce felicidad,
que con su dicha delira
la ternura maternal,
y abre al hidalgo guerrero
su corazón y su hogar.
Higuenamota sonríe
de amor al alba fugaz,
como la flor de los campos
al destello matinal;
y Anacaona se inspira
en gratos sueños de paz,
juzgando que a ser un día
pueda ese enlace llegar,
prenda de alianza que aparte
Presto la fúlgida lumbre
de la aurora brillará
que a la tribu de Jaragua
para la fiesta nupcial
de la heredera del trono
gozosa despertará,
y cánticos de ventura
los ámbitos llenarán.
Entonces, ebria de amores
la casta virgen irá
del dios de Hernando ante el ara
la frente pura a inclinar,
para bañarla en las aguas
de la fuente bautismal,
y del indio las creencias
y el falso culto abjurar.
¿Pero qué sombra de duelo
como presagio de mal
de los felices amantes
la dicha viene a turbar?
Roldán el infame que el digno homenaje
de amor y respeto negaba a Colón,
frenético alzando su voz sediciosa,
moviendo en las filas fatal rebelión;
tras mil enojosos disturbios prolijos
que el alma amargaron del gran genovés,
haciendo el anhelo de paz y de calma
que al vil otorgara su gracia después;
Roldán, ambicioso de mando y honores,
su asiento en Jaragua de entonces fijó;
y así la provincia confiada a su antojo
por él dominada de entonces se vió.
El trato benigno y afables modales
que supo la reina preclara mostrar,
hicieron acaso que nunca pudiera
el regio decoro Roldán ultrajar.
Mas iah! que flexible cual palma gallarda
que mece a las auras su talle gentil,
radiante a su vista cruzó Higuenamota,
y arder sintió el pecho con ansia febril.
Sorprende que existe cual valla funesta
de estorbo a sus miras feliz un rival;
y — “ es fuerza que parta— ” murmura indignado
dictando frenético la orden fatal.
Hernando medita; después humillando
su altivo carácter en aras del bien,
su inmenso cariño probar así espera
del ángel que adora dejando el edén.
XXXIII
Vivir Hernando de su amor ausente
con febril ansiedad en vano ensaya;
ya en viva indignación arder se siente,
ya de esperar su corazón desmaya;
y tras íntimas luchas dolorosas
a la virgen indiana se presenta,
en su frente llevando pavorosas
las nubes que presagian la tormenta.
Anacaona con materno celo
le oculta en su mansión, y su ternura
a realizar el amoroso anhelo
de los tiernos amantes se apresura.
Todo en secreto se prepara en tanto
que sólo espera la familia ufana
del altar al ministro sacrosanto,
la suspirada bendición cristiana.
Mas un día en que el joven a las plantas
de la beldad indígena que adora
de su pasión las emociones santas
mostraba en actitud arrobadora,