Anacaona (Poema épico)
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Le festeja alborozado,
le recibe en su caney,
mutua alianza, firme apoyo
y perenne amistad fiel,
en festines se prometen
con vivísimo interés.
De su jefe sigue incauta
la familia de Marién
el ejemplo que la gula
por la senda que después
al abismo y a la muerte
llevará la indiana grey.
Y la dicha y el contento
se disputan a la vez,
de brindarle sus favores,
y los frutos de su edén,
y las aves de sus selvas,
a los hijos del Turey.
I Ay del indio que en su seno
generoso, sin doblez,
a la víbora da abrigo,
y promete ciega fe
al tirano que le halaga,
que le tiende infame red!
Y el cacique, enajenado,
que amistad le brinda fiel,
entre vítores alegres
levantar ufano ve,
la temible fortaleza,
vil insulto a su poder.
Poderoso es el aliado,
poderoso y fuerte es,
que a sus órdenes el rayo
va con pronta rapidez
difundiendo estrago fiero,
muerte y ruina por doquier,
jAy del bárbaro caribe,
si con saña adusta y cruel,
pretendiere nueva guerra,
nuevos crímenes traer
a los fértiles dominios
del cacique de Marién!
Así sueña embelesado
y no alcanza, iluso, a ver
el cacique de alma débil,
siervo ya de extraño rey,
que las nubes se amontonan,
que se extingue su poder.
De gallardo continente,
firme la mirada audaz,
de alma grande, belicoso
y resuelto el ademán,
altiva la frente adusta
do brillan con majestad
plumas de vivos matices
que el aura mueve al pasar,
Caonabo, el cacique fuerte
de la Maguana feraz,
manda una tribu soberbia
batalladora sin par,
celosa de sus derechos,
que no trocará jamás
por las grandezas más altas
que el mundo puede brindar,
las encantadas regiones
de su agreste libertad.
En ese pensil risueño
do mora la raza audaz,
por montes, valles y cumbres
la nueva cruzando va,
de que en la margen lejana
que fecunda el Garavuay,
habitan extraños seres
guerreros de blanca faz,
que el cacique de esas tierras
halaga con vivo afán,
y venera cual enviados
que el Turey manda a su hogar;
que viven como caciques
y a nadie tributo dan,
y su poder entronizan
con ruda saña fatal,
Caonabo atento, sombrío,
parece firme aguardar
no sé qué siniestro acaso,
no sé qué anuncio fatal,
y silencioso, terrible,
mira las horas pasar.
De súbito en sus montañas
de imponente majestad,
aparecer mira un día
al huésped del Garavuay,
que en busca de los tesoros
ocultos del indio va.
No es la cólera del rayo
a la de Caonabo igual,
que irresistible, tremendo,
sin compasión ni piedad,
con ruda muerte al intruso
hace su crimen espiar.
Luego los campos recorre
de la opulenta Maguá
donde Guarionex valiente
su tribu gobierna en paz,
y el espíritu guerrero
hace en su pecho inflamar,
convocándole a una lucha
de muerte o de libertad.