ISHI. El último de su tribu

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plusISHI. El último de su Tribu.
Theodora Kroeber

Glosario de términos Ishi.

àiku tsub está bien; es bueno
àizuna suyo, de usted; mío
auna fuego
banya ciervo
daana bebé
Daha gran río, el Sacramento
dambusa bonita, gentil
dawana loco, salvaje
hàxa
¡hèxai-sa! ¡vete!, ¡fuera!
hildàga estrella
hìsi, ìshi hombre
Jùpka nombre de un Dios; mariposa
Kaltsùna nombre de un Dios; lagarto
kùwi doctor, hechicero
mahdè enfermo
majàpa jefe
maliwàl lobo
marìmi mujer
Mechi-Kùwi Doctor del Diablo
moocha tabaco
nizè ah Yàhi Yo soy del Pueblo
sàldu hombre blanco; hombres blancos
sigàga codorniz
sìwini madera de pino
¡su! ¡ah! ¡bien!
¡suwa! ¡así es!
Thna-Ishi Muchacho Osezno
tètna oso
Waganùpa Mount Lassen
wakàra luna llena
wanàsi joven cazador; cazadores
watgùrwa casa de los hombres
wòwi casa familiar
Wowùnupo-mu-tètna escondite del oso pardo
Yàhi el Pueblo
yùna bellotas

Las Estaciones de la Luna

Las brumas matinales, blancas y quietas, llenaban el Cañón de Yuna, pegándose a las rocas y a los matorrales, y a las casas redondas y cubiertas de tierra de la aldea de Tuliyani. Los fuegos de las casas estaban hechos cenizas; no salía humo por las chimeneas.

Ishi, el último de su tribuEn la casa de los hombres dormían tres adultos y un muchacho. Cada uno de ellos estaba liado en una manta de piel de conejo; sólo el pincel de largos cabellos negros de un extremo del cilindro los distinguía de cuatro troncos de aliso envueltos. Cerca, en la casa familiar, dormían también dos mujeres y una muchacha arropadas de pies a cabeza en pieles de conejo.

El muchacho, Ishi, despertó. Se liberó lentamente del estuche de piel de conejo y, sin despertar al Tío Mayor, al Abuelo ni a Timawi, trepó por el poste que servía de escalera y salió por el agujero del humo. Dejándose caer al suelo, avanzó silencioso como un fantasma, sobrepasando la casa donde dormían su madre, su abuela y su prima, y se metió entre los árboles de más allá del poblado.

Ishi no tomó el sendero largo y tortuoso que salía del cañón; se arrastró a gatas bajo los matorrales húmedos, luego ascendió por una muralla de rocas verticales que era un atajo para llegar a la cima. Desde allí, siguió colina arriba por el sendero junto al borde, lo que le condujo a la Roca Negra. La Roca Negra se erguía a tres veces la altura de un hombre, pulida y brillante, solitaria y distinta. Agarrándose con manos y pies a los liqúenes que crecían en su resbaladiza superficie, Ishi subió a la roca. Arriba, la suave depresión horadada por el agua constituía un lugar desde donde podía ver el tortuoso sendero y todos los alrededores sin ser descubierto. Este era el lugar secreto de Ishi. Nunca decía nada al Tío Mayor ni a la Madre sobre sus idas a la Roca Negra.

Les preocuparía y ya tienen muchas preocupaciones.

Tushi, la prima de Ishi, no estaba enterada de sus idas a la Roca Negra. Es menor que yo y hay ciertas cosas que no se deben contar a una chica.

Sólo Timawi sabía que Ishi iba a la Roca Negra. Timawi es mayor que yo y tiene su propio Lugar secreto. Así es como deben ser Las cosas de Los Wanasi, Los Jóvenes Cazadores, de la aldea.

Cuando Ishi y Tushi estaban juntos hablaban de muchas cosas y reían y Tushi hacía muchas preguntas. Ayer, ella preguntó: «¿Quiénes son los saldu?».

Ishi respondió: «Son los rostros pálidos que cazan ciervos en nuestras praderas y cogen salmones en nuestros ríos».

«¿Por qué no cazan y pescan en sus praderas y sus ríos?».

«Creo que no tienen; tal vez tuvieron que dejar sus tierras».

«¿Por qué tuvieron que dejarlas?».

«Primita, no sé decírtelo».

La Madre no quiere que cuente muchas cosas de los saldu a Tushi. Dice que Tushi es demasiado joven para hablar de eso.

Más allá de la Roca Negra, el tortuoso sendero atravesaba las praderas y luego iba subiendo y subiendo por el monte Waganupa. Del Waganupa fluían dos riachuelos, el Riachuelo de Yuna al norte y el Riachuelo de Banya al sur. Estos riachuelos excavaban cañones en la tierra, con promontorios, colinas, llanos y praderas entre ambos. Este era el mundo de Ishi, el Mundo del Pueblo Yahi.

Le gustaba sentarse en la Roca Negra, como el Dios Jupka se había sentado en el Waganupa en los Viejos Tiempos, y ver disiparse las brumas de la mañana. Poco a poco, podía ver hacia el este y hacia el sur y hacia el norte; incluso podía ver una porción del lejano Gran Valle y del Río Daha, que le parecía una ristra de asclepias, con curvas y nudos, extendida sobre el pondo del valle.

El sol se elevó por encima del Waganupa, deshaciendo los restos de bruma blanca. Un pájaro carpintero graznó en un pino alto, yagka yagka; entre la maleza, una codorniz dijo sigaga sigaga; y en el fondo del cañón susurraba el Riachuelo de Yuna. Pero Ishi aguardaba otro ruido. Pronto lo oyó: Pii-PIIII-pi.

Alzándose sobre las manos, vio el Monstruo que aparecía a la vista junto al Río Daha, seguía el río durante un corto tramo y se perdía al volver un recodo. Así había sucedido cada salida y cada puesta de sol hasta donde alcanzaba la memoria de Ishi. El Monstruo era negro, con un cuerpo negro parecido al de las serpientes. La cabeza echaba humo y este humo quedaba colgando del aire, a sus espaldas, mucho después de haberse ido.

El Monstruo solía darme miedo. Estaba convencido de que iba a venir al Cañón de Yuna y a Tuliyani. Pero Madre decía que no, que era de los saldu y nunca salía del valle del río. Cuando digo a Tushi: «Se oye desde muy, muy lejos», ella dice: «Tiene un sonido melancólico».

A veces Ishi sueña con el Monstruo. En un sueño, salía de las colinas vecinas e iba al valle, donde lo veía desde cerca. No contó a nadie este sueño.

Yo no sé si es un Sueño de Poder o un sueño sin significado. El Abuelo dice que los Sueños de Poder los envía un Dios o un Héroe por razones que pueden ser incomprensibles durante muchas lunas. Esta clase de sueño puede conferir un día el poder de curar una enfermedad o de convertirse en un gran cazador, si uno demuestra merecerlo.

¡Yo demostraré que lo merezco! El adorno de mi nariz toca el del Abuelo cuando estamos juntos. Cuando la luna haya dado otras cuantas vueltas, tocará el del Tío Mayor. Este invierno cazaré con arco e iré a las altas colinas a ayunar y rezar. ¡Recobraré mi sueño!

Un pequeño lagarto, llamado kaltsuna, se soleaba junto a Ishi. Ishi sonrió al verlo hinchar y vaciar el pecho y levantar y bajar el cuerpo sobre las patas cortas y torcidas. «Vaya, sabes mi secreto, Hermanito», le habló Ishi. «A ti también te gusta ver el Monstruo?».

Frotó suavemente la cabeza verde y el dorso escamoso con una brizna de hierba. El kaltsuna se mantuvo quieto, los ojos cerrados. «Pronto, una noche llegará de la montaña el Viento del Norte, trayendo la lluvia y la nieve al cañón. Tú encontrarás un sitio seco bajo alguna piedra y nosotros nos pondremos cerca de nuestros fuegos en Tuliyani hasta que el Año Nuevo traiga el trébol verde y el salmón de primavera».

¡Pero tengo que cortar una rama de enebro para hacerme el arco! Ishi se palpó el estómago vacío. ¡Su, su! ¡Tengo hambre!

Ishi iba a dejarse resbalar por la Roca Negra abajo en el momento que el doc-doc de un caballo, de dos, de tres caballos le llegó al oído. Apretando los codos y los talones contra la roca, volvió a subir a su sitio oculto. Los caballos bajaban por el sendero que habían hecho los saldu atravesando el Mundo de los Yahi, desde el Waganupa, siguiendo el promontorio entre los cañones, hasta descender al Gran Valle. Ishi pudo ver primero un saldu, luego otro. Cabalgaban en dos de los caballos y el tercer caballo llevaba un ciervo de montaña sobre la albarda.

Es uno de nuestros grandes ciervos —de La Pradera Alta—, deben haber pasado La noche allí y haberlo cogido al amanecer.

Los saldu se detuvieron, desmontaron y avanzaron a pie hacia la Roca Negra. Ishi sabía que no era visible desde el sendero ni desde la maleza -Timawi se había asegurado de eso cuando Ishi comenzó a ir allí- pero ahora, asustado, se apretaba fuerte con la piedra. No debía hacer ruido; debía ver lo que hacían los saldu debajo de él, en la maleza. Entonces, con una súbita idea, se puso la mano en la boca para impedir que saliera ningún ruido. ¡Se acordó de la trampa de lazo que había colocado a no muchos arcos de distancia de la Roca Negra!

¡Aii-ya! ¿Qué pasará si caen en mi trampa? Inclinándose mucho por el borde de la roca, mirando entre las hojas del lugar donde sabía que estaban los saldu, dijo en un susurro apagado:

Que las raíces de la manzanita cojan vuestros pies

Y os derriben.

Que las espinas del chaparral os desgarren las ropas

Y os agarren.

Que los zumaques os golpeen en el rostro

Para que no veáis dónde ponéis los pies.

Uno de los saldu cortaba la maleza con un cuchillo largo y curvado mientras el otro trataba de revolver la tierra endurecida con un pico. Un arbusto de bayas saltó de raíz y fue lanzado por los aires, cayendo, sin que lo viera nadie excepto Ishi, encima de un grupo de manzanitas. Pudo ver su trampa y el lazo enredado entre las ramas del arbusto, y suspiré aliviado.

La Oración de la Maleza es poderosa. No encontrarán esa trampa; y nunca, nunca pondré otra ahí. Buscan el tesoro brillante, pero no encontrarán nada en la Roca Negra.

Los dos saldu estaban sudando; las ropas se les enganchaban y rasgaban en las espinas; el pico no hacía mucho más que arañar el suelo endurecido; no encontraban nada. Finalmente se rindieron, regresaron a sus caballos y, volviendo a montar, se perdieron de vista por el sendero.

Ishi se deslizó abajo de la Roca Negra, desenredó su trampa y echó a correr con soltura entre la maleza hacia Tuliyani. No hablaré de esto en la casa de los hombres ni en la casa de la Madre. Pero debo decírselo a Timawi y veré lo que él dice.

Sólo cuando tuvo su casa a la vista se le pasó el susto. El olor de la madera quemada y de las bellotas estaba en el aire. Fue al hoyo del fuego, donde la Madre hacía una cesta de gachas de bellotas. El estómago le dio retortijones de hambre. Olfateó el buen olor y observó la masa hirviente. Pukka pukka pukka, repetía la masa ahuecándose en pequeños montículos sobre las piedras calientes de la cesta y luego estallara haciendo ¡paf! Pukka pukka.

La Abuela y el Abuelo estaban sentados junto a la Madre, y el Tío Mayor y Timawi iban camino del hoyo del fuego desde el watgurwa, la casa de los hombres. Ishi corrió hacia el riachuelo, en busca de Tushi. La encontró subiendo el sendero del riachuelo con dos cestas de agua fresca. Ella sonrió al verlo.

«Has estado en alguna parte para ver al Monstruo, ¿no es verdad? Yo me he ondulado el pelo, yo sola, mirándome en el agua».

Ishi asintió con la cabeza. «Como el somorgujo. Se mira en el agua para arreglarse el collar y admirarse».

Ishi cogió una de las cestas y corrieron al hoyo del fuego de la Madre, procurando no derramar el agua. Viéndolos, la Madre dijo al Tío Mayor, que acababa de sentarse a su lado:

«Son iguales, los jóvenes primos».

«Son como hermano y hermana. Los crías bien, Cuñada. Tehn-Ishi es ahora medio hombre, medio muchacho; es cazador y soñador; eso se ve en sus ojos».

«El hijo es como el padre». La Madre miró a su hijo. Tenía el pelo cepillado y sujeto en el cogote con una tira de piel de ciervo; su cinto de ciervo era suave y nuevo; llevaba el juego de adornos de las orejas y de la nariz que le había hecho el Abuelo.

La Madre miró a Tushi y le dolió en el corazón que los padres de la Pequeña estuvieran con los Antepasados y que, por culpa de los saldu, su vida fuese a ser dura o no fuese a ser vida siquiera. La Madre dijo al Tío Mayor: «Es una dambusa, bonita y dulce».

Dijo el Tío Mayor: «Sus mejillas son rojas como las bayas del toyón, de tanto correr, queriendo mantenerse a la par del muchacho, que es mucho más alto».

Tushi se sentó entre la Madre y la Abuela. La Madre dijo para sí: «La Abuela la ha enseñado a sentarse de forma que el fleco de la falda haga un círculo de pétalos castaños a su alrededor».

La Madre llenó los cestitos con gachas que iba sacando de la cesta de guisar. Sirvió primero al Tío Mayor porque era el Majapa, el Jefe; luego al Abuelo, a la Abuela, a Timawi, a Ishi y a Tushi. En último lugar llenó su propia cesta. Ishi observó el cucharón de madera en la mano de la Madre, yendo y viniendo de la gran cesta redonda a las pequeñas en forma de bellota.

Él y los demás esperaron hasta que el Tío Mayor probó el calor de las gachas y luego hundió los dos primeros dedos en la mano derecha, en señal de que podían comenzar a comer. El primer bocado sabía tan bien que casi lastimó a Ishi. No se había dado cuenta de que estaba frío hasta que los dedos se le calentaron alrededor de la cesta que sostenía en la mano. No supo lo hambriento que estaba hasta que el estómago empezó a sentirse a gusto y lleno.

Se preguntó si habría bastante comida en los almacenes para proteger del hambre al Pueblo de Tuliyani durante todo el invierno. Bajó la cara y volvió a oler el buen olor de las bellotas: caliente, un poco amargo, como la tierra húmeda, como la pinaza.

No hablaron mucho hasta que las cestas fueron vueltas a llenar por dos veces. En el silencio, Ishi se sentía lejos de los otros. En la Roca Negra, sus pensamientos se habían dispersado desde la cima del Waganupa hasta el Monstruo; debía intentar centrar sus pensamientos. Miró a su madre y a los demás que rodeaban el hoyo del fuego.

La Madre es más baja de Lo que era. Yo soy más alto que ella, mucho más alto. Su voz es suave como la del gran pato gris que solo alaprece en las lunas de la cosecha. Dice sho, sho, sho. La Abuela contó a Tushi que fue mi padre quien puso a la Madre el nombre de Wakara -Luna Llena- porque, decía él, se mueve con tanto sosiego como la Luna. Cuando mi padre estaba aquí, creo que ella se reía más.

La Abuela ríe casi tanto como Tushi. Su cara y la del Abuelo están llenas de arrugas. Es bueno tener Ancianos junto al fuego, ríen y cantan y cuentan historias, y entonces nos olvidamos de los saldu.

EL Tío Mayor decide dónde podemos cazar y pescar y cómo evitar que los saldu nos encuentren. No cede a la ira ni a los malos pensamientos; y cuando sonríe creo ver a mi padre.

Timawi es de la aldea de Bushki; es la única persona de Tuliyani que está triste. En Bushki, Los cazadores miraban hacia el monte Waganupa, que esta cerca de esa aldea. Mi madre procede de Gahma, en el Riachuelo de Banya, y mi padre de Tres Lomas, en el Riachuelo de Yuna. Ellos y sus gentes miraban hacia el agua; eran gentes del salmón. Timawi dice algunas palabras de forma diferente a como las dice mi Madre. Él cambia de una Luna a otra. Una Luna me enseña a disparar y a saltar; la siguiente se mete en la oscuridad del watgurwa y sus pensamientos también son oscuros. Deseo que el Tío Mayor pueda ayudarle a olvidar su tristeza.

Tushi es más pequeña que yo. Yo he aprendido en el watgurwa que no está bien hacer un arco de caza ni disparar a un ciervo en compañía de una chica. Tushi me sigue a todas partes donde voy si la Madre le dice que puede. Ríe y los rizos del pelo le caen por la cara y luego por la espalda. Ahora está sentada cerca de la Madre y sostiene su cesta igual que la sostiene la Madre. Se pone seria cuando remueve la masa en la gran cesta de guisar con la paleta larga de la Madre.

El Tío Mayor dice que este invierno dormiré todas las noches en la casa de los hombres con él, Timawi y el Abuelo... Me llevó a dormir allí por primera vez cuando el salmón ascendió por el Riachuelo de Yuna. Han pasado trece veces las lunas desde que nací. ¡Trece! Es hora de que corte el enebro para mi arco de caza.

El Tío Mayor pone su cesta de gachas en una roca y se dirige a la Madre. «Pronto tendremos las lunas de invierno. Timawi y yo pondremos hoy una nueva cubierta de tierra a vuestra casa y al watgurwa».

«Eso está bien. La Abuela y yo nos aseguraremos de que las tapaderas de las cestas estén firmes y de que todo esté donde se mantenga seco... Es hora, Hermano Mío de celebrar la Fiesta de la Cosecha».

«Sí, sí. Eso supongo... ».

«¡Habrá la Fiesta! ¿Van a crecer mi hijo y su prima como esos Gordos, de estómagos llenos y pocos recuerdos, sin saber nada de la Celebración de la Cosecha?».

«Tienes razón, Esposa de Mi Hermano», respondió apaciblemente el Tío Mayor.

La Madre se refiere al Pueblo del Valle que deja a los saldu coger su tierra y no nos presta ayuda cuando luchamos contra ellos... El Tío Mayor quizás esté pensando en las grandes Fiestas de los Viejos Tiempos.

Había terminado la primera comida del día. Tushi y la Abuela eran quienes fregaban las cestas y les gustaba limpiarlas antes de que se endureciera la masa pegajosa. Codo con codo, restregaban y charlaban.

«¿Por qué no tiene Fiesta de la Cosecha la Gente del Valle?».

«Cuando el Pueblo del Valle renunció a su tierra, olvidó también muchas cosas del Camino».

«Los saldu cazan y pescan. ¿Por qué no tienen Fiesta de la Cosecha?».

La Abuela cambió de conversación. «Las cestas están limpias», dijo después de mirarlas por dentro y por fuera. «Ponlas ahí en las piedras a secar. No, en fila, como cuando están en el estante de la Madre. Ahora ven aquí a que te arregle el pelo. No haces la raya derecha».

Tushi se estuvo quieta mientras la Abuela le soltaba el pelo, lo dividía derecho por la mitad y volvía a sujetarlo, atándolo con lazos de piel de nutria. «¡Ahora está mejor!», dijo. «Hablando de los saldu: no tienen Fiesta de la Cosecha porque quienes cogen la comida de otros sin pedirla y sin educación no dan gracias por la comida.

«Allá en los Viejos Tiempos, los Dioses y los Héroes celebraron una Primera Fiesta y dijeron al Pueblo Yahi que hiciera una fiesta así cuando brillara sobre la tierra la última luna de la recolección. Es una época de comer, cantar y danzar. Es una buena época. Nos hace pensar en los Dioses y en el Camino que ellos nos dieron.

«Y ahora tienes que coger tu cesta y su palo de cavar y no hacer más preguntas hasta que el Sol se haya ido debajo de la tierra y vuelva a levantarse sobre las montañas una vez más».

Timawi e Ishi salieron del watgurwa a la mañana siguiente bajo la luz de una de las últimas lunas de la cosecha. En cuanto estuvieron en el monte, lejos de la aldea, Ishi contó a Timawi lo de los saldu del día anterior.

Timawi dijo: «Hiciste bien en no decir nada de eso al Tío Mayor. Podría prohibirte que fueras a la Roca Negra. Nosotros, los Wanasi, somos quienes tenemos que vigilar al enemigo fuera del cañón. Es necesario no decir todo lo que vemos, o hacemos, mientras no nos dejemos ver por el enemigo y mientras no encontremos al enemigo en lugares donde la Madre, la Abuela o Tushi puedan ir alguna vez».

Timawi movió la cabeza en el lugar de la trampa de lazo. «No sabía que ponías trampas tan cerca del sendero: no pongas trampas ni redes cerca de los caminos que utilizan los saldu. Una red les diría que aún vive alguien del Pueblo. Buscarían hasta encontrarnos; destruirían la última aldea y a los últimos del Pueblo, como destruyeron a los demás».

Ishi escuchó todo lo que decía Timawi. El Tío Mayor y el Abuelo dicen que Timawi es un wanasi fuerte, un buen cazador, y yo quiero ser como él.

Timawi e Ishi avanzaban rápida y silenciosamente por el monte. Estaban acostumbrados a ir juntos en busca de tesoros, a explorar cuevas y a cazar piezas pequeñas de una a otra punta del cañón. Hoy rastrearon las huellas de los saldu del día anterior, siguiéndolas hasta donde habían levantado un campamento al borde de la pradera.

Timawi dijo: «Es fácil rastrear al enemigo. El cuero rígido en que envuelven los pies deja huellas difíciles de recubrir y sus cuadrúpedos tienen los pies distintos de los animales del monte». Buscaron entre las cenizas de la fogata y por el suelo donde los saldu habían comido y dormido. No había ningún tesoro, sólo las acostumbradas latas vacías y algunos trozos de trapo y de papel.

Continuaron hasta un bosquecillo de viejos enebros a los pies del monte Waganupa. Allí Ishi examinó cada árbol, eligiendo finalmente una rama para su nuevo arco. Era derecha y fuerte; la madera no era demasiado nueva ni demasiado vieja, y tenía el espesor adecuado. Timawi, que a estas alturas había hecho varios arcos de caza, asintió cuando Ishi se la enseñó. «Ai-ku tsub» -es buena-, dijo.

Ahora tenían que separar la rama del árbol. Se turnaron en el trabajo y en vigilar por si aparecían los saldu, que podían estar cazando en algún lugar cercano. Para quitar la rama, la cortaron un poco, la doblaron un poco, cortaron y rasparon aún más profundo, la doblaron un poco más, una y otra y otra vez, hasta que, al fin, sin desgarro y sin ruido, quedó limpiamente separada. Sus únicas herramientas eran cuchillos y raspadores de piedra y obsidiana. No dieron golpes, que hubiera sido más rápido y más fácil. El Abuelo les había advertido: «Donde hay ruido de golpes hay un bípedo. Nosotros lo sabemos; los saldu lo saben».

El sol había pasado el punto más alto del cielo e iniciaba su trayecto descendente antes de que la rama estuviese suelta. Pero, como dijo Timawi, «Lo hemos hecho sin otros ruidos que el frotar y el chasquear de las ramas que hace el viento».

Para Ishi, la rama ya se parecía al arco. La dejó con cuidado en el suelo, bocarriba, como se deja el arco; y cuando partieron de regreso la llevó en su aljaba, bocarriba, como se lleva el arco.

Dijo Ishi: «Cuando tenga mi nuevo arco de caza, podremos ir a cazar al Waganupa».

«Sí, y cuando seamos dos, te enseñaré a cazar el oso como vi hacerlo en Bushki. Además pensaremos en la forma de impedir que el enemigo coja nuestros ciervos de la Pradera Alta... Mañana el Tío Mayor y yo cogeremos nuestros mejores arcos. Quizá vayamos a cazar en la montaña».

«Luego deberás contarme todo lo que hagáis en esa cacería... La Madre quiere que mañana vaya con Tushi a buscar las muchas cosas que se necesitan para el trabajo de invierno de su casa; Tushi no puede sacar las pesadas raíces de los pinos; y no puede acarrear todo lo que quieren la Madre y la Abuela».

Estaban cerca del cañón. «¡Suuuuuh! Me persigue un oso!». Esta era la señal de Timawi para emprender una carrera. Iban entre la maleza tan rápidos como podían, sin hacer ruido, doblándose mucho. En el barranco situado encima de Tuliyani, saltaron desde el borde, con los pies delante, a las ramas de dos viejos laureles que sobresalían de la maleza. Las ramas cargadas de hojas suavizaron su caída, de modo que se deslizaron sin daño entre los árboles hasta el suelo.

Luego siguieron haciendo carrera hasta el riachuelo. Los largos cabellos flotaban a sus espaldas; las aljabas les iban dando golpes. Dejando las aljabas y los cinturones en el suelo, se metieron de un salto en el agua: primero Timawi, pero Ishi a sólo un arco de distancia.

A la mañana siguiente comieron la masa, se limpiaron las cestas de las gachas y fueron puestas a secar en hilera sobre una roca. Tushi cogió dos cestas de acarreo y su palo de cavar, que le había hecho el Abuelo, del tamaño adecuado a su altura. Ishi cogió los rascadores, un cuchillo de pedernal, un pesado palo de cavar y una vieja manta de piel de conejo, para utilizarla en el transporte de la leña.

Juntos, fueron a la maleza situada debajo de Tuliyani. Para cuando el Sol alcanzó la cúspide del Mundo Celeste, tenían las cestas casi llenas. Habían arrancado raíces de pino para utilizarlas en la fabricación de los grandes cestos de almacenamiento; cortaron cáñamo y asclepias para maromas y cuerdas; y encontraron resma de pino, que necesitaba la Madre para rellenar los huecos de las cestas de guisar y hacerlas estancas. Los cuadrúpedos y los pájaros no les prestaban atención mientras trabajaban y hablaban: ellos formaban parte del mundo del monte.

Ahora tenían hambre. Tushi había llevado un paquetito de comida. También tenían sed: comerían junto al riachuelo. Ishi fue delante, para asegurarse de que no sabía saldu. No encontró huellas ni olor ni ruido de saldu. Tushi le siguió en cuanto él la llamó tal como solían llamarse en el bosque -plika plika- que sonaba parecido al graznido del pájaro carpintero.

Colocaron los cestos y el fardo de la manta lleno de raíces en la horquilla de un viejo roble. Luego se tumbaron sobre el vientre y bebieron y bebieron el agua de nieve procedente del Waganupa, del Centro del Mundo. Contuvieron la respiración y metieron la cara bajo el agua. Eso sentaba bien después del seco monte y el pesado trabajo de cavar.

Mientras comían salmón, pan de bellota y algunas bayas que Tushi había cogido por la mañana, enterraron los pies en el barro fresco de la orilla y hablaron. Un tronco caído de aliso casi atravesaba la corriente desde la orilla donde estaban. Tushi pidió a Ishi que le hablara otra vez de los dos saldu que había visto sobre aquel tronco.

«Estaba poniendo un lazo para codornices», comenzó Ishi, «cuando oí acercarse a alguien. Me subí en aquel laurel al mismo tiempo que llegaban dos saldu por el recodo del arroyo. Llevaban palos de fuego y varas de pescar. Se sentaron donde estamos nosotros y masticaron tabaco, escupiendo constantemente en el agua. Entonces comprendí porqué el Abuelo dice que los saldu no saben tener el agua limpia ni saben utilizar el tabaco sagrado».

«Yo estaba tendido en la rama, mirándolos desde arriba. Es cuando he estado más cerca de un saldu».

«¡Cuéntame cómo olían!».

«Mal, igual que huele un montón de pellejos de ciervos en el almacén. Uno de ellos se dejó caer de espaldas y alzó los ojos?».

«¿A qué se parecían sus ojos?».

«Eran como sin ojos, sin color. Pero veía; deben tener una magia de ver que nosotros no tenemos».

«Háblame del pelo!».

«Uno tenía el pelo sin color; el otro, pelirrojo, como el tinte que hace la Madre. Les crecía mucho pelo en la cara y en las manos. Estos saldu no pueden ser verdaderos hombres. Los hombres no tienen esos pelos, como el tejón o el oso. Hablaron y escupieron largo rato y luego el Sin-Color echó a andar por el tronco. Resbaló y cayó al riachuelo, agitando las manos y gritando. Le preocupó mucho que su palo de fuego se hubiera llenado de barro y estuvo mucho tiempo sentado, tratando de limpiarlo. Al final cruzaron por el tronco sosteniendo una vara de pescar entre los dos».

«¡Así! ¡Nosotros somos Sin-Color y Pelirrojo!». Tushi se balanceó sobre el resbaladizo tronco e Ishi cayó al arroyo, agitando los brazos y haciendo ruidos como las voces de los saldu.

Estaban ahora en la orilla del riachuelo más lejana de casa. Arrastrándose a gatas bajo una alfombra de zumaque y manzanita por el despeñadero del cañón, alcanzaron la orilla. Allí se detuvieron, mirando hacia el borde de la maleza y escuchando. Ishi quería ir a la Cueva Verde, pero para eso debían atravesar la ladera abierta y desnuda del siguiente promontorio y luego descender por el promontorio la distancia de dos largos sedales de pescar hasta la cueva.

El Tío Mayor diría sí, está muy bien que yo vaya. La Madre diría no, Tushi no debe ir.

«Tú te escondes aquí», dijo Ishi. «No tardaré».

Tushi frunció el rostro. «¿Por qué no puedo ir yo?».

«La Madre y el Tío Mayor dirían que no. Ni siquiera mirar dentro de la Cueva Verde es seguro».

«Entonces, ¿por qué vas tú?».

«No quiero mirar. Iré de prisa para coger una cosa que hay fuera de la cueva y volveré, como el Topo, por debajo de la tierra». Ishi hizo movimientos de Topo, cavando con las garras delanteras.

Tushi no pudo evitar la risa, al pensar en Ishi viajando como el Topo, empujando un montón de suciedad por delante. Retrocedió hacia la maleza, quedando casi invisible incluso para Ishi. Las hojas le cubrían el rostro con manchas de luz y de oscuridad, y los brazos y las piernas parecían ramas de manzanita.

Ishi serpenteó sobre el vientre, deteniéndose para escuchar en cuanto algún pedrusco lo cubría un poco. De esta manera, atravesó la ladera descubierta y descendió el promontorio y salió a la boca de la Cueva Verde. No miró dentro de la cueva, sino que mantuvo los ojos apartados de la abertura.

No me gusta esto aquí. Los huesos de muchos Yahi yacen bajo la tierra de la Cueva Verde. He visto al Tío Mayor, al Abuelo y a Timawi enterrar los huesos.

El tiempo se hizo muy largo para Tushi, que esperó sin moverse ni hacer el menor ruido. Al fin oyó un cercano «Plika pli-ka plika» e Ishi estaba de vuelta y dejaba caer en sus manos un puñado de tesoro: trozos de vidrio de distintos colores y una cosa que ella nunca había visto, blanca como el barro seco por un lado y, por el otro, brillante y con el dibujo de una flor azul.

«No recuerdo piedra de cristal azul ni marrón». Tushi levantaba los trozos para ver el sol al través. «Ni esta piedra blanca y azul que el Sol no atraviesa».

«Sólo se encuentran donde han estado los saldu. Las llevan encima y las tiran».

«¿Por qué tiran los tesoros, los tesoros dambusa?».

«Yo no entiendo nada, Prima, de por qué los saldu tiran sus tesoros. La piedra de cristal servirá para hacer buenas puntas de flecha y de lanza».

«Pero las piedras de flores no servirán». Tushi retuvo uno de los trozos de color azul y blanco.

«Podría hacerte cuentas para tu collar de conchas, si quieres».

Tushi bajó la vista a su collar, a los rizos de pelo que le caían por delante y le cubrían parte de la cara. «Sí me gustaría, Tehna-Ishi». Para sí, dijo: «Mi primo siente no poder llevarme a la Cueva Verde». Uno a uno, fue devolviendo los trozos del tesoro a la bolsa, improvisando una canción mientras lo hacía:

Azul y blanco
El tesoro saldu
Dice shu-shu-shu
Cuando corro.

«El sol está muy al oeste; deberíamos volver», dijo Ishi cuando estuvo apretado el lazo de la bolsa.

«Primero debemos ir al Prado Redondo a cogerle juncos para la Abuela. A lo mejor quedará tiempo para jugar también a los Animales de la Pradera».

El Prado Redondo estaba en la orilla contraria que Tiluyani; era un espacio descubierto, llano y redondo como la luna llena, donde crecían cincoenramas, juncos, flores de lis y centellas. Estaba verde incluso cuando las colinas estaban secas y los árboles lo rodeaban, cerrándolo. Era un lugar apacible y a Tushi e Ishi les gustaba ir.

Cortaron un manojo de juncos, atándolo con una hierba larga. Ahora habían acabado el trabajo y jugaron a los Animales de la Pradera.

Se escondieron detrás de los árboles del borde del prado. Con una hoja de madroño en los labios, Ishi dio un chillido delicado como el de los gazapos. Tushi llamó: «¡Sigaga, sigaga!». Ishi cambió el chillido por el balido de cervatillo llamando a su madre. Tushi dijo: «¡Kaug, kaug!» como el graznido del cuervo. Hubo un silencio. Luego el prado volvió a llenarse con el chillido del gazapo, el balido del cervatillo y el graznido del cuervo.

De la maleza fueron surgiendo uno y otro y otro conejo pardo, los hocicos temblorosos y las borlas de sus colas blancas al aire. Brincaban y aguardaban. Y de nuevo brincaban. Y aguardaban. Estaban en medio del prado y avanzando hacia Ishi. Una cierva salió de los árboles al círculo descubierto. Se repitió el balido. Ahora tuvo respuesta: hof-hof.

Tres ciervos y cuatro conejos más avanzaron hacia los chillidos y los balidos. Varias codornices corrían hacia Tushi, agitando los penachos arriba y abajo. Un cuervo respondió desde lo alto de un laurel. Un zorrito rojo se situó al borde de los juncos, balanceando la cola, haciendo con el hocico: ¡nif-nif! Un arrendajo, con su graznido bronco, volaba a poca altura, y un momento después salió de los árboles al claro un gran oso pardo.

En un instante el Oso se quedó solo en el prado. Ishi y Tushi treparon a los árboles detrás de los cuales habían estado escondidos. Las codornices, los conejos, los ciervos y el zorro se desvanecieron en la maleza. El Oso dio una y dos vueltas alrededor del prado, oliendo y mirando. Al no encontrar nada, salió del prado y volvió a la maleza. Ishi y Tushi se dejaron caer de los árboles y corrieron hacia el riachuelo, atravesándolo por debajo de Tuliyani.

Tushi se paró en una roca plana en medio del Riachuelo de Yuna. «¡Las cestas! ¡Están debajo del dado!».

«Allí están seguras durante la noche. Iré a recogerlas por la mañana, cuando el Oso duerma», fue la contestación de Ishi.

El Watgurwa, la casa de la Madre, y los almacenes estaban listos para el invierno: Timawi había terminado de poner una nueva cubierta de tierra amazacotada. La Abuela lo observaba mojar la tierra y alisarla. «El Cazador de Bushki sabe la forma de hacer casas como las del Hombre de Pedernal: parecen hechas de piedra», dijo con admiración.

Ishi hacía un gran montón de leña detrás de la casa para utilizarla cuando el tiempo fuera demasiado malo para ir al cañón. Luego echó una ojeada a su tesoro del watgurwa: allí había trabajo que hacer durante las lunas de nieve. Además del nuevo arco que ya había comenzado a modelar, tenía una cesta llena de trozos de piedra de cristal, piedras y cuernos de ciervo, un fardo de mofeta, ardilla y pellejos de otros cuadrúpedos, un rollo de pieles de aves y una cesta de plumas. Aún no tenía permitido cazar en el Waganupa: sus tesoros procedían del cañón, el Prado Redondo y las colinas de los alrededores.

Los almacenes estaban llenos. Las cestas mayores eran más altas que Tushi. Contenían bellotas blancas y negras, dulces y amargas; carne de venado seca y salmón ahumado. Las cestas más pequeñas estaban llenas de nueces, semillas y bayas secas. Había hierbas, tintes y resinas; y había plantas atadas en manojos: raíces para lavarse el pelo y otras raíces para hacer emplastos; hierbas para el té de curar el dolor de cabeza y el dolor de estómago; y hojas de tabaco sagrado. Tushi metió la cabeza entre las hierbas, cantando un sonsonete mientras aspiraba la fragancia de los aromas de las especias.

«aiku tsub, aiku tsub» -es bueno-, dijo la Abuela una y otra vez, conforme iba mirando dentro de las cestas, las acariciaba y pasaba a la siguiente.

Timawi y el Tío Mayor, dejando a los demás en Tuliyani, fueron de caza a la Pradera Alta. Después de cinco días, Ishi los esperaba en la Roca Negra. No llevaba mucho tiempo esperando cuando oyó el ruido de pisadas suaves por la maleza. ¡Pero lo que vio fueron las grandes astas frondosas de un alce!

¡El alce macho abandona la pradera y conduce el rebaño hacia el cañón! Ishi lo creyó así durante el tiempo que vuela una flecha, tal como Timawi esperaba que lo creyera. Luego ¡vio al Tío Mayor y a Timawi. Sosteniendo las pesadas astas encima de su cabeza, Timawi se movía igual que lo hubiera hecho un alce entre la maleza, e Ishi supo que habría carne fresca de alce para comer y piel y cuernos de alce para agregar a los tesoros del watgurwa.

Mientras el Tío Mayor y Timawi estuvieron fuera, Ishi y el Abuelo habían ido de caza todos los días al Prado Redondo, y la Madre y la Abuela reían contentas al ver el contenido de las cestas de caza: patos y gansos. ¡Era el momento de la Fiesta de la Cosecha!

Antes de la fiesta, Timawi, el Tío Mayor y el Abuelo se bañaron y nadaron en el Riachuelo de Yuna. Para la Fiesta se enrollaron el pelo sobre la cabeza al antiguo estilo Yahi. La Abuela, la Madre y Tushi se peinaron como de costumbre, pero se lavaron el pelo con una raíz suavizante, amarga al gusto pero que limpia y hace brillar el pelo; y sus faldas con flecos de corteza de aliso eran nuevas.

Ishi vio que la Madre lucía el brazalete de hierbas aromática que por lo general llevaba en la bolsa de los tesoros. Estaba hecho con el tendón más fino del ciervo y decorado con muchas conchas pequeñas y colgantes de piedra de cristal.

El Padre hizo el brazalete para la Madre cuando ella era moza, antes de casarse. Me pregunto: ¿es mi madre hoy feliz y esa es la razón de que luzca el brazalete?... Parece feliz.

Tushi llevaba su collar de conchas con las cuentas de flores azules encontradas en la Cueva Verde. Se había puesto penacho de plumas rojas de pájaro carpintero en las cintas de visón que hoy le sujetaban el pelo. Los colgantes de conchas y de vainas de semillas hacían que su falda susurrara shu-shu-sh al moverse.

Tushi ve a Timawi mirándola. Él piensa que ella es hoy una chica dambusa. Yo también pienso que ella es hoy una chica dambusa.

El sol calentaba, por el cañón corría un viento suave. La comida festiva se celebró al aire libre: hígado fresco de ciervo; guiso de alce; pato y ganso asados sobre estacas y espolvoreados con sal negra procedente de un prado cercano; uvas frescas y avellanas.

El sol se hundió bajo el borde de la tierra; salió la luna de la cosecha, llena y brillante; los participantes en la fiesta se echaron capas de plumas por los hombros y reanimaron el fuego. El Abuelo fumó su pipa de piedra y pronunció palabras de agradecimiento a las corrientes de agua por el salmón, al monte Waganupa por el venado, y a las colinas y a los prados por las bellotas y las semillas.

El Tío Mayor, Timawi e Ishi cantaron con el Abuelo las canciones aprendidas en el watgurwa y luego bailaron. Bailaron la Danza de la Caza, e Ishi y Timawi bailaron la Danza de los Wanasi. Luego la Abuela, la Madre y Tushi bailaron la Danza

Alrededor del Fuego de las mujeres, acompañándose con los golpes de los huesos de ciervo que llevaban en las manos.

Ishi las observó mientras danzaban. Así son las mujeres del Pueblo. La Abuela, por ser vieja, no da la vuelta al fuego cada vez. Pero golpea la tierra con tanta fuerza como la Madre. Y tiene la voz aguda como la de los pájaros. Creo que la Madre tiene esta noche el mismo aspecto que cuando mi padre le puso el nombre de Wakara. Tushi lleva la vara tallada de la Abuela porque es una muchacha joven. Es la primera vez que se le ha permitido llevar la vara. ¡Nunca, nunca olvidaré la celebración de la cosecha de hoy!

La Madre y el Tío Mayor, el Abuelo y la Abuela se sentaron junto al fuego. Tushi giraba y giraba siguiendo la danza del círculo, con los ojos puestos en la vara que sostenía con una mano en alto, cantando una canción al ritmo de los huesos de ciervo:

Shu-shu-shu vengo
La Mujer de la Concha Blanca
La Dambusa
Desde muy lejos
Shu-shu-shu vengo.

Timawi e Ishi bailaron alrededor del círculo, por fuera de Tushi y desplazándose de oeste a este mientras ella iba de este a oeste. La danza de ellos era más lenta, ligada a la tierra. Los Wanasi deben golpear la tierra con fuertes pums. Y deben doblar las rodillas hacia el suelo: pum, pum, pum.

Las largas noches y los cortos días de las lunas de la nieve se instalaron en el Mundo de los Yahi. El oso, la serpiente, el tejón y el búho dormían en los agujeros de la tierra, en los árboles o bajo las rocas. No había ciervos que pasaran por el estrecho sendero del riachuelo.

Hacía frío, un frío severo. El invierno era duro para los Ancianos. Cuando salían al exterior, regresaban en seguida, temblando, al fuego. Para Ishi y Timawi era buena época. Fuera, llevaban mocasines de ciervo con el pelo por dentro y capas de plumas o pieles; y si el viento soplaba frío contra los brazos y las piernas desnudos, echaban carreras hasta calentarse. Lo mejor de todo era que en invierno tenían poco miedo a los saldu. Los saldu no solían arriesgarse por los senderos estrechos cuando estaban helados o cubiertos de hielo. Los caballos patinarían y arrastrarían consigo a los jinetes, rodando hasta el fondo del cañón. Y por lo general los saldu no hacían distancias largas a pie.

Dentro de la casa de la Madre hacía calor. Su casa -el wowi- estaba construida como todas las casas de las familias Yahi: una única habitación redonda excavada en la tierra hasta la profundidad de la cadera de un hombre. La habitación, de unos doce pies de diámetro, era lo bastante grande para que la Madre guisara en el hoyo del fuego del centro, y para que los siete habitantes de Tuliyani se sentaran alrededor del fuego a comer o trabajar. Incluso había espacio para que todos durmieran como hacían a veces cuando el frío era muy intenso.

El interior de las paredes estaba forrado de corteza de aliso y el suelo estaba cubierto de esterillas de hierba. Tushi, un día que extendía las nuevas esteras, dijo: «La casa de la Madre es una cesta de guisar, y la escalera que sale por el agujero del humo es una gigantesca pala de remover». Era hermética como una cesta de guisar; el Viento del Norte no era bien recibido allí ni encontraba forma de penetrar.

Quien descendía por el palo de la escalera debía tener cuidado con dónde ponía los pies en el suelo, rodeando a cualquiera que estuviese con una cesta semiacabada y hojas de helecho y tinte, o con pieles y leznas y agujas y tendones e hilos extendidos a su alrededor.

También había que tener cuidado con las cosas de guisar de la Madre: una cesta de agua, otra de harina de bellotas y otras de estofado; una piedra de moler, un montón de piedras de guisar, otras cestas suplementarias para guisar, leña y raíces de manzanita. Las cestas más pequeñas, conteniendo semillas y hierbas, y las cestas de servir estaban en las estanterías; las pinzas y los removedores y las paletas colgaban de la pared. La Madre podía estar quemando a fuego lento raíces de manzanita para hacer carbón. Eso significaba que los wanasi le habían traído comida fresca procedente de sus trampas. Cuando los carbones estaban a punto, asaba una ardilla, un conejo o varios pájaros, para comerlos con harina de bellotas. Cuando Ishi bajó por la escalera, el calor ascendió a su encuentro: el calor del fuego y el calor reflejado por las bajas paredes recubiertas de cortezas de árbol. En invierno había muchos olores en la casa de la Madre: el escozor del humo, el fuerte aroma del pino y el laurel ardiendo; la resma caliente; y los distintos olores de las cestas colocadas en el círculo limpio del nivel superior de la vivienda: salmón y carne de ciervo secos, bulbos y fruta; pieles, alfombras y mantas. Y estaban los olores del tabaco y de las medicinas y de las hierbas que colgaban en manojos de las paredes.

«Fuera está el olor de la nieve», dijo Ishi, al descender por la escalera una mañana no mucho después de la Fiesta de la Cosecha. Se quedó tendido en el suelo, mirando por la chimenea que también era la puerta y la ventana. Tushi y la Abuela levantaron la cabeza de su costura.

«Veo que el Viento del Norte hace volar la hojas sobre el agujero del humo», dijo la Abuela.

«Y ahí van los pájaros que vuelan alto hacia el Mundo Celeste!». Tushi trepó rápidamente por el poste para ver los patos y los gansos.

Había más pájaros y más hojas. Cuando el Tío Mayor y Timawi llegaron un rato después, traían los primeros copos de nieve del invierno en los cabellos. En el cielo que se iba oscureciendo, los copos de de prisa y más gruesos sobre la abertura situada encima del hoyo del fuego de la Madre.

Durante las lunas de la nieve era cuando el Abuelo contaba los cuentos de los Viejos Tiempos, y esta noche de la primera nevada comenzó los cuentos con el relato de la Creación del Mundo.

El abuelo dijo: «Allá por los Viejos Tiempos, los Grandes Dioses, Jupka y Kaltsuna, estaban un día pescando en el Océano Exterior. Jupka, lanzando un largo sedal que se hundió profundamente en las aguas, pescó el mundo increado en el fondo del mar. Quedó flotando en la superficie del agua, plano, desnudo y vacío, sin ninguna clase de vida sobre él».

Ishi dejó de estar dentro de la casa y junto al fuego. ¡Él también pescaba en el Océano Exterior! El mundo increado flotaba delante de sus ojos, mientras que la voz del Abuelo se convertía en las voces de los Dioses.

Jupka, dijo: «Deseo crear el Pueblo, los Primeros del Pueblo. Los llamaré Yehi».

«Eso está muy bien», respondió Kaltsuna, «pero la Gente no puede vivir en una tierra sin corrientes de agua ni plantas ni animales».

«Cierto, cierto», dijo Jupka, «llenemos el mundo de todo lo que la Gente necesitará».

Ishi miraba al fuego sin guiñar los ojos. Conforme el Abuelo contaba lo que hicieron los dos Dioses, él los veía transformar paso a paso el mundo increado en el Mundo de los Yahi.

«La montaña Waganupa creció en el centro de la tierra, elevándose más y más hacia el Mundo Celeste, tan alta que la nieve cubrió su cima. En la cima nevada del Waganupa, la nieve se derritió y fluyó montaña abajo en rápidos arroyos y cascadas, arrastrando piedras y rocas consigo y tallando cañones, promontorios, concavidades y cuevas en lo que era tierra llana.

«Los bosques de pinos, al principio pequeños semilleros, crecieron hasta ser los altos árboles de la montaña; las bellotas germinaron y se convirtieron en frondosas encinas; los castaños de Indias, los alisos y los madroños echaron raíces en las paredes del cañón; la manzanita y el chaparral cubrieron las colinas. Las hierbas y los tréboles y muchas plantas del sol y plantas de la sombra florecieron en los fondos del cañón, en los prados y sobre los promontorios».

Dijo el Abuelo con la voz de Kaltsuna: «El Tiempo de los Héroes y de los Dioses, de los primeros que llegaron, ha terminado. Pero la vida debe desenvolverse sobre la tierra, bajo las aguas y en el aire».

De nuevo, mirando el fuego, Ishi vio el mundo cambiante que describía el Abuelo. «Unos Héroes fueron bajo la tierra; se dice que dos viven en las profundidades del Waganupa. Los otros se transformaron en el Primer Pez, en los Primeros Pájaros y en los Primeros Cuadrúpedos, según la naturaleza de cada cual. Se convirtieron en los Antepasados de nuestros salmones; de los gansos y de los patos que vuelan entre la tierra y el Mundo Celeste; del oso y del ciervo y de todos los demás cuadrúpedos del monte y de las praderas.

«Cuando los Dioses y los Héroes se hubieron transformado en criaturas del aire, del agua y del monte, Jupka y Kaltsuna se situaron en la cima del Waganupa, viendo el mundo creado a sus pies. 'Está acabado.' Así habló Jupka. Y así Kaltsuna: 'Es el momento de que hagas la Gente'».

El Abuelo cogió varios palitos de castaño de Indias de distinta longitud. El Abuelo dijo: «Jupka se sentó a los pies del Waganupa, donde cortó palitos rectos de castaño de Indias. como estos que tengo en la mano. Colocó un palito -así- en el suelo, en dirección este-oeste; le echó un poco de humo -así- de su pipa de piedra; y dijo al palito: '¡Tú eres un Yahi! Tú eres un hombre, hisi, el primer hombre del Pueblo».

Ishi, que estaba en el suelo junto al palito, se levantó ahora y, bailando alrededor del fuego, dijo con las palabras de la historia: «Así sea, oh El Grande».

El Abuelo dijo: «Luego Jupka colocó un palito corto en el suelo, le echó un poco de humo y dijo como antes: '¡Tú eres un Yahi! Tú eres una mirimi, una mujer, la primera Yahi del Pueblo».

Tushi, que estaba echada en el suelo junto al palito, se levantó ahora y, bailando alrededor del fuego, dijo con las palabras de la historia: «Así sea, oh El Grande».

El Abuelo dijo: «Luego Jupka colocó dos palitos en el suelo, uno junto al otro -así- les echó un poco de humo y dijo: '¡Tú eres un muchacho! ¡Tú eres una muchacha! Después de vosotros, todos los niños tendrán padre y madre. Así, pues, siempre habrá niños».

Ishi y Tushi bailaron juntos alrededor del fuego, diciendo: «Así sea, oh El Grande».

«Jupka cortó más y más palitos de castaño de Indias. No levantó la vista de su trabajo hasta que el Sol estuvo bajo en el Oeste. Para entonces, había personas en el cañón y en las praderas y en las colinas y a lo largo de las corrientes de agua.

»Kaltsuna enseñó a estas primeras personas a afilar las puntas de las flechas, a hacer arcos y arpones, y a construir casas. De él aprendieron a cazar y a pescar, a hacer fuego, a guisar y a otras muchas cosas más. Un día tras otro Kaltsuna les dijo: 'Haced esto y aquello como yo os lo he enseñado y enseñad vosotros lo mismo a quienes vengan después'.

Jupka enseñó a las primeras personas el significado de las lunas y de las estaciones, y qué trabajos, qué oraciones, canciones y danzas pertenecían a cada luna. También les enseñó algo sobre la naturaleza del hombre y de la mujer; y las reglas relativas al wowi y al watgurwa. De Jupka aprendieron sobre la muerte y sobre la tierra de los Muertos, y todas las cuestiones relacionadas con el Camino de los Yahi. Dijo Jupka: 'Escuchad y recordad todo lo que os cuento y enseño ahora. A su vez, enseñad estas cosas a vuestros hijos y a vuestros nietos. Luego, en el tiempo que ha de venir, la Gente siempre vivirá en casas cálidas; sus cestas estarán llenas de salmón y de ciervo; habrá paz dentro del watgurwa y de la aldea, y entre los vecinos de arriba y abajo de los ríos, y con las criaturas del aire, del agua y del monte. El Pueblo no se olvidará de sus Dioses y sus Héroes ni de sus enseñanzas. En las lunas del porvenir será como ahora'.

»El trabajo de Jupka y Kaltsuna estaba acabado; había llegado, también para ellos, el momento de transformarse, dejando el Mundo al Pueblo Yahi».

Ishi y Tushi se cubrieron con las capas de pieles. Lentamente, lentamente, como un lagarto dormido, Ishi liberó la cabeza, luego un brazo, el otro y las piernas. Moviéndose apenas, se arrastró a cuatro patas, con los brazos doblados por los codos. Restañó la lengua adentro y afuera varias veces y habló, diciendo: «Yo Kaltsuna, el Hacedor de Flechas, elijo ser un pequeño lagarto de las rocas. Mi piel recordará al Pueblo el pedernal, el pedernal gris en el lomo, el pedernal azul, amarillo y blanco por debajo. Me solearé cuando la Gente se solee y ellos a veces me dirán golpes con una hoja suave de hierba».

Lentamente, lentamente, Tushi fue dando vueltas y vueltas dentro de su capa, haciendo y haciendo por liberarse. Primero se dejaron ver los ojos. Luego, de un empujón, pareció abrirse paso rajando el capullo. Se sentó aleteando los brazos, al principio con sólo un ligero movimiento, y luego cada vez más libre con los movimientos de una mariposa que se seca y despliega las alas.

«Yo Jupka», dijo ella, «elijo convertirme en una mariposa de muchos colores. Las mujeres tejerán el dibujo de mis alas en sus mejores mantas. Y cuando yo revolotee sobre las colinas en el tiempo del trébol verde y el Año Nuevo, recordaré al Pueblo que el mundo es dambusa y su Camino un buen Camino».

Todas las noches, el Tío Mayor llevaba a Ishi a dormir en el watgurwa con él, Timawi y el Abuelo. La Madre decía: « A veces os quedáis allí despierto hasta que la luna se pone bajo el borde de la tierra. El joven no debe estar despierto toda la noche».

El Tío Mayor sonrió. «El día es tan bueno como la noche para dormir, Esposa de Mi Hermano Menor. Un hombre debe aprender a dormir con los ojos cerrados al sol y a estar despierto hasta dos, tres o cuatro viajes del sol».

La Madre meneó la cabeza, pero no dijo más. El Tío Mayor era el Majapa. Cuando él empezó a subir la escalera, le puso otra manta de pieles en el brazo. «Para el Abuelo», dijo.

Ishi oyó lo que decía la Madre y lo que respondía el Tío Mayor. Siguió en seguida los pasos del Tío Mayor. Lamento no ver el Pueblo de las Estrellas por la chimenea con Tushi y no oír a la Abuela contar cómo dejaron la tierra y se fueron al Mundo Celeste. Pero construiré mi arco de caza durante estas lunas de nieve. El Joven Cazador duerme en el watgurwa donde la charla se prolonga hasta el amanecer: la charla de los hombres.

En el watgurwa, Ishi tomó su primer baño de sudor. Con su taladro para el fuego, el Tío Mayor hizo nuevo fuego en el hoyo del fuego. y el Abuelo echaron en las cenizas calientes de este fuego piedras gastadas por el agua que levantaron con tenazas endurecidas al fuego. Las piedras se calentaron tanto que cambiaron de color; oleadas de calor llenaron el watgurwa hasta parecer un hoyo del fuego. Los tres hombres e Ishi estaban tendidos en el suelo, bocabajo. El Tío Mayor pronunció una plegaria y luego hubo silencio. El calor penetraba en sus cuerpos; los traspasaba de punta a punta. Tenían el pelo húmedo de sudor y el sudor les goteaba y oscurecía el suelo donde yacían inmóviles.

El baño de sudor del watgurwa proporciona al entendimiento olvido e inmovilidad al cuerpo. En este calor no hay sueños. Todo es calor y niebla y nada. Así debió ser cuando el nuevo mundo flotaba sobre el Océano Exterior.

Al cabo de mucho rato, el Tío Mayor hizo una señal e Ishi y los tres hombres corrieron al riachuelo, metiéndose en el agua hasta cubrirse la cabeza. Después de nadar de un lado a otro por el río, regresaron corriendo al watgurwa. Y allí el Tío Mayor fumó una pipa de tabaco sagrado y dijo la plegaria final.

En el agua sólo hacía frío. Corriendo, volví a ver el mundo de repente. Ahora puedo correr todo el día, puedo trepar por la escarpada pared del cañón. Siento las fuerzas creciendo en mi interior, puedo cazar y coger muchos ciervos.

Ishi aprendió a mantenerse despierto. Uniendo una noche con otra, fue capaz de pasar cinco noches cantando y rezando; y aprendió a pasar sin comer, como deben hacer los cazadores para atraer los ciervos.

El Tío Mayor, dijo: «Aprendes de prisa y bien, Hijo del Hermano Menor. Pronto estarás listo para ir solo a las colinas, ayunar y orar. Y los Héroes te enviarán un Sueño».

Hubo noches de buena conversación en el watgurwa, conversaciones de caza y pesca; y noches en que hablaron de los saldu. Una noche sin viento, los copos de nieve se colaron por la chimenea, explotando con un ¡chssss! cuando llegaban a las llamas. El Abuelo subió por el palo de la casa para ver la profundidad de la nevada.

«Hay tanta nieve como la primera vez que vinieron los saldu », dijo al regresar junto al fuego.

Ishi tocó su arco a medio acabar. Si ningún Mayor habla en el fuego del watgurwa, deben hablar los jóvenes. «Abuelo», dijo Ishi, después de un momento de silencio, «la Abuela dice que los saldu salieron de dentro del Waganupa. Pero luego ríe...».

El Abuelo gruñó: «Es mejor que el wanisi duerma aquí, lejos de las verdades a medias de la Vieja. Pega otra capa de refuerzo a tu arco y te contaré cómo vinieron».

Ishi puso la cestita de cola de pescado sobre una roca cercana al fuego para que se reblandeciese. A su lado tenía muchos trozos de tendones de ciervo, que había masticado y rascado dándoles forma de finas cintas para reforzar el arco.

«Fue un invierno como este», dijo el Abuelo. «Nevaba y nevaba, aunque era la época del Año Nuevo. Un día, el Pueblo de Bushki, que es el poblado de Timawi, envió un vigía para decirnos a los de la Aldea de Tres Lomas que quince o veinte saldu -seres similares a los hombres, pálidos de rostro y de ojos- habían surgido del desierto que comenzaba en el borde más lejano de las Praderas Orientales del Waganupa y que se extiende hasta nadie sabe dónde.

«Los extranjeros vinieron rodeando la base del Waganupa y atravesando la Pradera Alta hasta el sendero del promontorio donde pudimos verlos. Íbamos a enviar a un vigía por delante para que advirtiera a quienes vivían más abajo que nosotros, pero los saldu se alejaron del promontorio y tomaron el sendero empinado que conduce a nuestra propia aldea.

«Las mujeres y los niños que estaban al aire libre volvieron corriendo a las casas y apagaron los fuegos. Para los saldu, la aldea debía resultar desierta, excepto por el Tío Mayor, tu padre, el otro wanasi y yo. Y nosotros estábamos ocupados poniendo una trampa de lazo en una de las sendas de la aldea.

«Recuerda que nosotros no habíamos visto nunca un caballo ni ningún cuadrúpedo con jinete o paquetes encima. Pero tuvimos poco tiempo para mirarlos. Los saldu cabalgaron hasta el centro de la aldea; sus caballos se encabritaron y los jinetes gritaron. Un caballo se asustó ante una cesta de agua y chocó con el bastidor de secar. Otro pisó un hoyo para el fuego lleno de nieve, tirando al jinete, que tropezó en el costado de la casa y se fue de cabeza al ventisquero.

«Aquellos no eran hombres como nosotros conocemos a los hombres. Estaba seguro de que eran dawana, locos, y de que habían sido expulsados de sus hogares por malas acciones o malos pensamientos. ¿Por qué si no, se meterían entre extraños y los harían de esta forma?

«Uno de ellos iba a la cabeza y parecía ser el Jefe. Comenzó a separarse del caballo, pero el pie se le enganchó en algo que le colgaba del cinturón. Nos acercamos para ver lo que era...». El rostro del Abuelo se contrajo de dolor y disgusto. «Tenía el pie enganchado en la cabellera de una mujer del Pueblo. El pelo, negro y largo, todavía estaba alisado y atado con nudos de piel de nutria como los de Tushi. Vimos que los demás saldu también llevaban cabelleras en los cinturones. Entonces estuve seguro de que eran demonios.

«No entendían ni una palabra de la Lengua, pero desciframos lo que quería el Jefe. Nos enseñó una bolsa llena del polvo brillante que hay en nuestros ríos. Para qué querían los saldu este polvo, eso no lo sé. No tienen ningún valor, a no ser que lo utilicen en su magia.

«Pensé: si lo que quieren es ese polvo, los pondré en camino del sur, donde las corrientes de agua tienen mucho más que aquí, pues, desde luego, yo no quería a tales dawana cerca de mi Pueblo. Cogiendo un palo, marqué en la nieve las tres colinas y los señalé a ellos. El Jefe me comprendió. Luego, marqué el promontorio y, más allá, los vados del río donde no había aldeas. Le mostré la forma de ir hacia el sur hasta un gran río que llavaba mucho más polvo brillante.

«El Jefe asintió con la cabeza, pero me dejó entender que los saldu querían dormir donde estaban. Durante esta conversación por señas, vimos que no llevaban arcos ni lanzas. En lugar de eso, cada uno de ellos llevaba en el cinto un cuchillo curvo de un material que no conocíamos y un palo negro, más un segundo palo en las manos. Uno de los saldu apuntó con su palo hacia el watgurwa, que estaba vacío. El palo explotó con una voz de trueno y una nube de humo. Cuando el humo se disipó había un agujero en el costado del watgurwa. No nos movimos ni alteramos la mirada, ni entonces ni después, mientras el Jefe hablaba con el que había hecho eso, pero así fue cómo tuvimos noticia de los palos de fuego de los saldu.

«Condujimos al Jefe a la cueva situada debajo de la aldea. Estaba seca y llevamos leña. Pronto estaban todos los saldu sentados alrededor del fuego, riendo y hablando y bebiendo un té de hierbas que parecía gustarles mucho. Me hicieron señas de que los llevara con nuestras mujeres. Denegué con la cabeza y señalé hacia el promontorio. Y como no lloraba ningún niño ni salía ningún ruido de las casas, creyeron que nuestras mujeres no estaban con nosotros.

«Estuvimos toda la noche vigilando. Ellos discutieron y dos lucharon con los cuchillos. El Jefe los contuvo, amenazándolos con el palo de fuego. Pronto se durmieron. A la mañana siguiente partieron. Nos pusimos contentos de verlos irse y el Tío Mayor y el Hijo Menor, tu padre, los siguieron para asegurarse de que no volvían.

«Se perdieron de vista por el promontorio, pero al cabo de un rato oímos el lejano ¡bum! de uno de los palos de fuego. Sólo podíamos preguntarnos qué significaría eso, pero el Tío Mayor y tu padre, que los iban siguiendo, encontraron el cuerpo de un hombre del Pueblo de una de las aldeas del Riachuelo de Banya. Luego supimos que había salido solo, a orar, y por eso no le sirvió nuestro vigía que había ido durante la noche a advertir a las aldeas del Riachuelo de Banya.

»Donde yacía la nieve estaba roja de sangre. Le habían arrancado la cabellera. El Tío Mayor vació su aljaba para cubrirle la cabeza».

El Abuelo dijo una plegaria y expulsó un poco de humo de tabaco de la pipa hacia el Waganupa, en señal de que la historia había acabado.

«Qué hicieron luego mi padre y mi tío?», preguntó Ishi.

«¡Su, su! Estoy harto de pensar en los saldu. ¿Contestas tú la pregunta del wanasi, mi Hijo Mayor?».

El Tío Mayor dijo: «¿Podemos fiarnos de que este wanasi no lo contará a su prima?».

«Hermano Mayor de mi padre, ¿he contado yo alguna vez los secretos del

«¡ Su! No te enfades. Eres joven; llevas muy poco tiempo durmiendo en el watgurwa. Pero no cuentes los secretos y algún día serás tan gran cazador como lo fue tu padre... En cuanto a los saldu: el Hermano Menor y yo los seguimos sin grandes dificultades. Sus cuadrúpedos escasamente podían moverse por nuestros senderos, que están hechos para los pies de los hombres. Sobre la nieve del sendero había gotas de sangre y pronto comprendimos que aquella sangre era de la cabellera de nuestro amigo, que llevaba un saldu que cabalgaba retrasado a cierta distancia de los demás.

»El Hermano Menor hizo un círculo a su alrededor y lo mató de un solo flechazo. El saldu cayó del caballo a la nieve blanda sin un grito ni el menor ruido. Gesticulé con los brazos y el caballo se espantó y salió del sendero, adentrándose en la maleza.

»Al cabo de cierto tiempo oímos tres bum, bum, bum del palo de fuego. Como ahora sabemos, era una señal para el que se había perdido. Pero ningún saldu regresó a buscarlo. De todas formas, no lo hubieran encontrado: lo escondimos bastante bien. Los demás se fueron del Mundo de los Yahi; nunca más los vimos.

»Llevamos el cuerpo de nuestro amigo a su aldea. Él y su cabellera estaban juntos; su Espíritu no vagaría por las colinas en busca de lo que le había sido arrebatado... Ahora ya sabes cómo los primeros vinieron 'de la montaña', como dice la Abuela».

Al día siguiente, Ishi fue de caza y cogió un conejo para la Madre. Ella hizo un estofado de ciervo seco y conejo. un poco de estofado y echó el pan duro de bellotas del invierno en el caldo. El Abuelo lo miraba de vez en cuando, preguntándose cuáles eran los pensamientos del joven cazador. El Abuelo decidió que Ishi parecía el de siempre.

Pero sus pensamientos no eran los de siempre. Tocó su arco. Debo rezar a Jupka y a Kaltasuna, el Hacedor de Flechas. Mis flechas saldrán derechas. Deben dar en todo el saldu que se ponga a tiro de mi arco.

Toda aquella noche y durante muchas noches, los saldu acecharon por los sueños de Ishi, amenazando con cortarle la cabellera. Pero sus flechas eran certeras. Los saldu de sus sueños quedaron inmóviles.

Mientras qudaba luz del día, Ishi acostumbraba pasar las jornadas de invierno en algún lugar entre la Roca Negra y Tuliyani, colocando cepos bajo las rocas, en la nieve y en los matorrales; y poniendo trampas en las sendas de los pequeños cuadrúpedos y los pájaros que al igual que él, estaban despiertos y cazaban. Al vaciar una trampa o un cepo, limpiaba su presa bajo el refugio de un chamizal si llovía o nevaba ligeramente, o bien en una de las muchas cuevas poco profundas del cañón si la precipitación era fuerte. Todo cuanto cogía lo llevaba a su madre para la cesta de estofar; y las pieles y las plumas, que eran buenas y brillantes, las ponía con sus tesoros en el watgurwa.

Los mocasines y la capa corta de plumas era todo lo que llevaba puesto en el monte, a no ser que hiciese mucho frío, en cuyo caso se ponía una capa larga de pieles de feta que le llegaba un poco más abajo de la cadera. Un día, llegó a casa con los dedos tiesos y doloridos del frío, y se dirigió al hoyo del fuego del wowi donde la Abuela asaba piñones. Cerca del fuego había una cesta de té de hierbas recién hecho.

La Abuela le sirvió un poco de té; se lo bebió demasiado caliente, le hizo daño al bajar por la garganta y le quitó la respiración, pero le dejó con una sensación de calor y sueño. Se tendió junto al fuego, semidespierto, semidormido, y escuchó la conversación de las mujeres y el clic-clac de los palitos del juego de palitos de las mujeres.

Tushi preguntó a la Abuela: «¿Eras tú muy vieja cuando los saldu salieron del Waganupa?».

La Abuela rió. «Era como es ahora la Madre».

«Pero ¿cómo era entonces la Madre?».

«Como tú. De tu tamaño. Pero yo no la conocía entonces».

«¿Por qué no la conocías?».

«Porque mi casa estaba en Tuliyani y la de la Madre en Gahma, muy lejos, en el Riachuelo de Banya. Conocí a la Madre cuando mi Hijo Menor la trajo a casa como esposa suya».

Jugaban al juego de los palitos. La Abuela se puso las manos en la espalda y Tushi trató de adivinar en qué mano estaba la única ficha blanca de un manojo de fichas rojas. Tushi escogió la mano que sólo contenía rojas, así que la Abuela se guardó los palitos y marcó una «victoria» en una piedra blanca con un trozo de hueso.

Guaseándose de Tushi la Abuela dijo: «Tac, tac, una mujer debe jugar bien al juego de los palitos. Necesita aprender lo que dicen los ojos de la otra jugadora, y debe saber cómo contar de manera que sepa cuántas veces ha ganado o perdido, y cuántas conchas tiene su collar».

«¡Yo sé cuántas conchas tiene mi collar!».

Ishi hacía cuentas. Cuando La Madre era tan grande como Tushi, las colinas y el valle del río estabanllenos de gente. Había otros mundos, además, hacia el sur y hacia el este y hacia el norte y hacia el oeste... Anoche el Tío Mayor dijo que sólo quedaban los Yahi en las colinas cuando yo nací. Y hace tres ciclos de la Luna, cuando eL Tío Mayor nos trajo a Tuliyani, salvo nosotros no quedaba ningún Yahi.

A la mañana siguiente, Timawi e Ishi recogían leña para el fuego del watgurwa e Ishi preguntó: «¿Por qué no pudo el Pueblo echar a los saldu como hizo el Abuelo con los primeros?».

Timawi respondió: «Eran demasiados; vinieron demasiado de prisa. Eso dice el Tío Mayor. El Abuelo dice que fue debido a que todos los saldu llevaban palos de fuego y cazaban a la Gente, con la intención de vaciar las montañas de nosotros».

«¿Por qué, entonces, no murieron todos los Yahi como murieron los demás?».

«Creo que fue porque tu padre aprendió a combatir al enemigo. Y una vez que aprendió, dejaron de pasar por el sendero del promontorio y de atravesar el país de los Yahi, puesto que podían caer traspasados por las flechas de los wanasi. Tu padre enseñó al Pueblo -no sólo a los wanasi, sino a los ancianos, a los niños y a las mujeres- a esconderse en el fondo de las cuevas oscuras, bajo montones de hojas en medio de los bosquecillos de zumaques o de manzanita espinosa. Les enseñó la forma de echarse bocabajo junto a los senderos, a veces escondidos tras de una roca, a veces sin nada. Los caballos podían pasar casi por encima de ellos sin que fueran descubiertos.

» y los buenos nadadores aprendieron a estar mucho tiempo debajo del agua, cogidos a una peña, y a nadar hacia la umbría donde podían salir a respirar como hacen las ranas, y a sumergirse sin que los vieran. Con tu padre, los wanasi incluso aprendieron a pasar por debajo de las cascadas mientras los saldu los buscaban y luego tenían que renunciar a la búsqueda porque no podían verlos detrás del agua».

«Dime qué más hizo mi padre».

«Yo le he oído decir en el watgurwa: Jupka y Kaltsuna no nos dieron ninguna clase de armas para luchar contra los hombres, pero los saldu no tienen ninguna magia que proteja su corazón de las flechas bien lanzadas; pueden penetrarlo como penetran el corazón de los ciervos».

«¡Penetraron las flechas de mi padre y de los demás wanasi en el corazón de muchos saldu?».

«No en muchos, no en los bastantes; los Yahi fueron los cazados. Pero tu padre echó muchas veces a los enemigos de las aldeas, lejos de las mujeres, los niños y los Ancianos, que no tenían arcos ni flechas. Lo hizo dejándose ver, él y sus wanasi, dejando rastros donde habían hecho fuego. Pero se mantenían fuera del alcance de los palos de fuego de los saldu. Recuerdo una vez en que estuvieron fuera durante más de dos lunas. Tu padre condujo un gran partida de saldu, dando la vuelta por la ladera del Waganupa, a la parte más alejada. En todo este tiempo, los saldu no mataron a un solo Yahi ni cogieron una sola cabellera. Al final, tu padre torció hacia el sur y dejó a los saldu bien fuera del Mundo de los Yahi y de esta forma llegó sano a casa con todos sus hombres. ¡Aii-ya! ¡Si yo hubiera tenido estatura para ir con él! ¡Haber lanzado mis flechas contra el enemigo!».

«¿Y qué hizo luego mi padre?».

«Tú has oído al Tío Mayor decir: 'Un hombre no puede aguantar siempre contra veinte saldu con palos de fuego'. Eso es lo que trató de hacer él en la Aldea de Tres Lomas, donde cayó».

Al día siguiente Ishi cogió una marmota gorda. Sólo una pata estaba en la ligera trampa, que había arrastrado dentro de la maleza, e Ishi la mató con su arco. Ahora sé porqué el Tío Mayor dice que un arco es mejor que una trampa. La flecha mata; la trampa puede que sólo provoque miedo y dolor.

Limpió la marmota y la puso en su cesta. En lugar de ir a casa, fue a la Roca Negra. Deseaba pensar en su padre, en el Mundo de los Yahi. Cuando hubo revivido todo lo que Timawi le había dicho y tuvo ante los ojos imágenes de aquel viaje de varias lunas alrededor del Waganupa que había dirigido su padre, sus pensamientos volvieron a la Roca Negra.

La Aldea de Tres Lomas está detrás de mí; Tuliyani, debajo; Gahma, muy lejos en el Cañón del Banya. Estas son las aldeas que conozco.

Recuerdo una Fiesta de la Cosecha en que estaba sentado en las rodillas de mi Madre y escondía la cara de toda la gente que había. Tantas caras, caras extrañas, veinte o treinta caras. Nunca creí que hubiese tanta gente en todo el mundo.

Ishi sopló tabaco puesto en la palma abierta de su mano hacia el Waganupa y hacia las Direcciones de la Tierra -oeste, norte, este y sur-, diciendo una plegaria. Luego volvió a sentarse en la Roca Negra con los ojos cerrados, pensando en su valiente padre. Mucho después abrió los ojos, sorprendido de estar todavía en la Roca Negra, con su capa muy apretada al cuerpo y contra un viento frío. El Monstruo gritaba, lejos y solitario y el Sol se iba bajo el borde de la tierra, con su peinado rojo como si fuese un pájaro carpintero pelirrojo. Ishi recogió la cesta con su marmota.

A la Madre le gustará esta gorda.

Corrió hacia casa entre la oscuridad invernal y el Tío Mayor lo encontró al acercarse a la aldea. Puso una mano en el hombro de Ishi. «¿Dónde has estado todo este tiempo, Hijo del Hermano Menor? He estado preocupado por ti».

«Estuve en un lugar secreto de rezar, Tío Mayor. Allí me vino un sueño que no he comprendido. Recé pidiendo sabiduría para combatir a los saldu, pero el sueño no me trajo ninguna clase de sabiduría».

«Apártalo de tu pensamiento hasta más tarde; luego cuéntamelo».

Después de la comida de la tarde, el Tío Mayor se excusó para buscar algo en el almacén y se llevó consigo a Ishi. «Cuéntame tu sueño ahora, Tehna-Ishi».

«No es la primera vez que lo he soñado. El sueño siempre discurre por el Gran Valle de donde procede mi Madre, junto al Río Daha. En el sueño de hoy, estaba sentado cerca del borde del cañón como cuando estoy despierto. Luego ya no estaba allí. Estaba en el Riachuelo de Yuna, buscando mi camino bajo la nieve y entre el agua. Descendía más y más, nadando, por las cascadas, atravesando la garganta del cañón fuera de las colinas del Mundo de los Yahi y atravesando el Gran Valle.

»Esta vez no me detuve allí, sino que era arrastrado al Río Daha y descendía por este río a la Acumulación de Aguas de que habla el Abuelo y hasta dentro del Océano Exterior.

»En el Océano Exterior, el Salmón Sagrado me esperaba. Permanecía con él hasta que pasaban las lunas de la nieve y era la época del Año Nuevo y de la luna del trébol verde. Entonces volvía a casa con el Salmón, nadando como nada él desde el Océano Exterior hacia el Río Daha, hacia el Riachuelo de Yuna que iba crecido como le ocurre en primavera, ascendiendo por las cascadas, saltando entre los grandes cantos rodados como hace el Salmón.

»Luego desperté. Una vez más estaba en la parte alta del cañón; hacía frío; y el Sol estaba yéndose bajo el borde de la tierra».

El Tío Mayor mantuvo una mano sobre el hombro de Ishi. Su voz sonó amable. «Dobla el arco dentro de tus fuerzas, Hijo mío. Utiliza para tu honda las piedras adecuadas a su mano. Y no te preguntes por la intención de los Dioses en los sueños que nos envían. No sé lo que significa tu sueño, pero es un Sueño de Poder. Sigue el Camino y, en las lunas venideras, aprenderás su significado... Hace frío, vamos dentro».

Cuando Timawi hubo encendido el fuego del watgurwa y los tres hombres e Ishi estuvieron sentados alrededor, el Tío Mayor dijo: «Hablamos aquí mucho de los saldu. Te toca a ti, Abuelo, enseñar a Timawi e Ishi todo lo relativo a los Dioses y los Héroes, pues estás lleno de sabiduría. Yo debo darles las habilidades de los pies, de las manos, de los ojos y de la nariz propias de los wanasi. Por lo demás, deben aprender a evitar al enemigo en su pensamientos al igual que lo esquivan en las praderas y los montes».

Timawi habló cuando hubo terminado el Tío Mayor.

«¿Quieres que olvidemos lo que los saldu hicieron al Pueblo? ¿Lo has olvidado tú?».

«¿Olvidar? Timawi, hablas como una marimi, una mujer... No es lo mismo recordar que dejar nuestro camino por un camino de violencia y de error».

Timawi no quedó satisfecho. «Ishi y yo somos, como tú dices wanasi; somos jóvenes y fuertes. Nuestro deseo es vengar los agravios hechos a nuestro Pueblo».

«¿Vosotros dos solos? Mi Hermano Menor y yo tratamos de responder a la violencia con la violencia. No se trata tan sólo de que seáis dos contra un enemigo que suma muchas veintenas. Vosotros, como lo era todo nuestro Pueblo, estáis preparados para el arco silencioso del cazador que sólo caza para vivir él y los de su wowi. Las armas que sostiene en las manos no fueron hechas para cazar hombres; no entiende de colgarse al cinto la cabellera de otro, como tú, Timawi, te cuelgas del cinto esa cola de mapache.

»Yo no he olvidado a los destructores del Pueblo; no me olvido de los saldu que dejaron a mi Hermano Menor inmóvil delante de su propia casa, que nos cazarían si supieran que estamos vivos. Pero no todos los saldu, no la mayoría de los saldu, son dawana, peligrosos. Hay saldu que no nos desean ningún mal, que no arrancan cabelleras, que sólo cazan para comer; su Camino es un camino de paz. Recordad esto, Timawi e Ishi, en las lunas por venir, cuando yo no esté para recordároslo».

Ishi preguntó: «Entonces, Tío Mayor, ¿por qué esos saldu no impiden a sus dawana que hagan el mal?».

«No lo sé, Thena-Ishi. Creo que yo soy demasiado viejo para entender a los saldu, y que tú eres demasiado joven. Pero no siempre serás joven... Quizá los saldu no estén bien enseñados por sus Ancianos. Quizás hayan olvidado las enseñanzas en su largo viaje por los desiertos».

Envuelto en su manta de piel de conejo cerca del Tío Mayor, Ishi escuchaba la respiración soñolienta de los hombres. Sentía dolor en los brazos, en las piernas y en la cabeza. Las palabras del Tío Mayor se repetían solas una y otra vez.

Ser wanasi, casi adulto, no es fácil. Con la mano en el arco, durmió y soñó con Tushi. Sus mejillas eran rojas como las bayas del toyón y llevaba el collar de conchas con las nuevas cuentas de flores. Corría sobre la nieve profunda y mientras corría los saldu dawana alzaban sus palos de fuego contra ella. Querían la cabellera de Tushi. De prisa, de prisa, él lanzaba flecha tras flecha, pero caían a poca distancia y desaparecían en la profundidad de la nieve. No le quedaban más flechas y cavaba y cavaba en la nieve pero no encontraba sus flechas.

Ishi se despertó. Tiene razón el Tío Mayor. No es bueno pensar siempre en el enemigo.

Yació de espaldas, contemplando bien despierto el círculo del Mundo Celeste que podía ver por el agujero del humo. Allí, en lo más alto del cielo, estaban las Cinco Estrellas Hermanas, danzando. Conocí las Estrellas Hermanas antes de conocer el Monstruo. Me las enseñó mi padre. Mire y me reí porque él las señalaba y se reía. Desde aquel momento, siempre tengo ganas de reír cuando las veo. Se puso de lado y se durmió. No entraron en sus sueños más saldu dawana; sólo las Estrellas Hermanas, que danzaban y danzaban.

«Las lunas de la nieve siguen después de que les haya pasado su turno», dijo el Abuelo, tiritando de frío. «Es igual que la primera vez que vinieron los saldu».

Era la época de la migración primaveral del salmón, del trébol verde, de que los venados regresaran de la montaña con sus cervatillos recién nacidos; la época de que la

tara de encima la manta de nieve y comenzase un Año Nuevo para el Pueblo.

Pero había hielo en el cañón donde no daba el Sol; no había venados, ni yemas verdes, ni tréboles. La Madre rascaba el fondo de las cestas de comida llenadas en la época de la cosecha. Timawi e Ishi pusieron más trampas de lazo; cavaban con palos en las madrigueras; llevaban a casa lo que podían -un pájaro de las nieves, un ratón de campo, una ardilla listada-, para que la Madre lo echara en el estofado, hecho ahora con las últimas bellotas, que sabían a viejas y pasadas.

Una mañana Ishi estaba tendido en un afloramiento de rocas, rascando el liquen que crecía sobre la piedra. Serviría para dar sabor al estofado de la Madre y, quizás, Timawi encontrara alguna cosa; había ido al agujero de encontraba algún cuadrúpedo dormido.

Mientras rascaba, Ishi practicaba la jerga de la maleza. Chiflaba como el ratón de campo, olía como el conejo, cotorreaba como la ardilla. Un conejito de rabo algodonoso salió de la maleza, brincando y acercándose cada vez más a él. Ishi dejó en el suelo el rascador y puso las manos en forma de cuenco sobre la roca, olisqueando suavemente con los labios. De un último brinco, el conejo aterrizó entre las manos de Ishi. Una vez dentro se acomodó, doblando las orejas hacia atrás. Ishi levantó el conejo a la altura de su cara. El latido del corazón hacía que la suave piel le pasara como una brocha contra la mejilla, no con el desigual golpetazo del miedo, sino con un latido regular.

Timawi llamó: «¡Yagka, yagka!» Quería que Ishi acudiera. Ishi puso el conejito en el suelo. Tengo hambre. Mi PuebLo tiene hambre. La obLigación deL cazador es coger Lo que pueda. Pero este cuadrúpedo no Lo cogeré. Ha venido a mí sin miedo, sabiendo que no estaba de caza.

Ishi encontró a Timawi en un roble desnudo donde él y una ardilla gris atenta se llamaban el uno al otro con idénticas voces rezongonas. La ardilla no se le acercaría ni estaría quieta lo suficiente para que Timawi pudiese utilizar la honda o el arco. Señalaba un aliso situado colina abajo del roble y, cuando Ishi estuvo listo con una flecha tensando la cuerda del arco, Timawi hizo temblar el roble con todas sus fuerzas. La ardilla dio un gran salto en dirección al aliso; Ishi le disparó en el momento que caía. Desollaron la ardilla y la llevaron a casa, con el peludo rabo colgando del cinturón de Ishi.

La Madre puso la ardilla y el liquen en la cesta de la sopa, pero movió la cabeza de un lado a otro. El Abuelo y la Abuela estaban sentados junto al fuego. En realidad nunca estaban calientes estos días en que faltaba comida. Ishi vio cómo les temblaban las manos cuando cogieron las cestas para que se las llenaran.

Más tarde, cuando llevó leña para el fuego de la Madre, dijo: «Los Ancianos no deben pasar hambre».

«Los Jóvenes no deben pasar hambre», fue la respuesta de la Madre. «El hígado de ciervo y el salmón opulento y el aceite de las nueces frescas es lo que hace que los huesos crezcan fuertes y derechos».

La Madre come menos que todos nosotros. Lleva la mano de la cesta a la boca para acabar al mismo tiempo. Pero no contiene nada dentro... El Tío Mayor tiene más cuidado en agradecer a la Madre la comida en los días de hambre que en los días de mucha comida. Ayer dijo: «Sólo tú, Esposa de Mi Hermano Menor puedes hacer tales gachas con las bellotas amargas». Hoy ha dicho: «Tienes buenos wanasi para que te cacen, en tu fuego comemos estofado de ardilla fresca en la época de la última luna de la nieve».

La mañana siguiente fue apacible, clara, muy fría. Ishi y Timawi visitaron sus trampas; no había nada en ninguna. Se apretaron más los cinturones, tratando de no pensar en el hambre. Fueron a casa con un nido de ratones. Los pájaros y los cuadrúpedos, como el Abuelo y la Abuela junto al fuego, se quedaban en sus nidos y agujeros, esperando hambrientos el Año Nuevo.

La Madre hizo un guiso con los ratoncitos y un puñado de harina de bellotas: fue todo lo que tuvieron para comer aquel día. El Tío Mayor no propuso ir al watgurwa; los hombres estarían en el fuego de la Madre hasta que pudieran volver a cazar.

Las mujeres se sentaron a jugar al juego de los palitos; nadie habló de tener hambre. Ishi y Timawi masticaban tendones para las cuerdas de los arcos. Ishi preguntó: «Tío Mayor, ¿por qué tenemos arco de caza, pero no arco de lucha, ningún arco destinado al enemigo?».

«Es debido a una batalla -la primera batalla del mundo- que tuvo lugar entre dos Héroes de los Viejos Tiempos. Es una historia que interesa a los hombres; pero las mujeres tienen su juego, así que te la contaré... Los Héroes se llamaban Ahamila y Jikula. Todo iba bien entre ellos hasta que ambos desearon casarse con la hija de la Luna. Ella eligió a Ahamila. La suya era una casa de paz y les nació un hijo, llamado Topuna.

«Pero Jikula no olvidó; esperó su oportunidad de venganza y esa oportunidad llegó en primavera. Ahamila dirigía los cazadores que iban a cazar ciervos y a llevárselos al Dios Jupka. Jikula utilizó una poderosa magia que hizo invisibles los ciervos. Durante toda una luna, Ahamila y los demás buscaron entre la maleza y los prados, y al final volvieron a casa sin haber visto ni un ciervo. Hubo quejas entre los cazadores.

«Entonces Jikula se jactó de su magia, cuando todavía iban de regreso, y comenzó una batalla entre Alahamila y sus hombres y Jikula y sus hombres: la primera batalla del mundo. Lucharon con lanzas, hondas y arcos. Murieron muchos por ambos bandos y Jikula mató a Alahamila. La batalla pudo haber seguido hasta que hubieran muerto todos los combatientes, pero Jupka oyó el ruido y fue adonde estaban luchando. Lanzándose entre las líneas de los combatientes, gritó: '¡Basta! Regresad, todos vosotros, a vuestros watgurwa.' Y así terminó la batalla».

El Tío Mayor hizo una pausa; Timawi tenía una pregunta: «Los Héroes debieron aprender mucho en esta batalla sobre la guerra. ¿Qué fue lo que se dijo en los consejos de los watgurwa?».

«Aprendieron un poco, Timawi. En el watgurwa, Jupka y Kaltsuna acordaron sólo dar al Pueblo Yahi armas de caza y enseñarles a vivir en paz entre ellos y con sus vecinos».

¡Dos largas hileras de Héroes Yahi combatiendo con hondas, lanzas y arcos!... Con un arco de caza, mi padre luchó contra veinte saldu.

La Abuela puso en el suelo sus palitos rojos y dijo: «Ese no es el final de la historia».

«Se convierte en un cuento de mujeres», replicó el Abuelo. «Entonces puede contarlo una mujer... Topuna vivía con su Abuela. Le dijo: 'Madre de mi padre, ¿por qué lloras?».

«Lloro porque no hay nadie que vengue la muerte de su padre.»

«Dame los arcos de mi padre, Abuela.»

«Se los entregó. El escogió el más fuerte, el que tenía la cuerda hecha con el tendón del brazuelo de un ciervo macho; y practicó hasta que supo disparar el arco igual que lo hacía su padre. Un día, Jikula fue a cazar pájaros, escondiéndose en un árbol. Topuna, que no había sido visto por Jikula, se escondió en el árbol de al lado. Allí, hizo el grito del pájaro carpintero pelirrojo, el zumbido del colibrí y la canción del pinzón amarillo. Jikula se fue acercando más y más; y un pie sobresalió de las hojas del árbol. Topuna disparó, entrando su flecha en el talón de Jiluka con tal fuerza que este cayó al suelo, donde quedó incapaz de moverse.

«Entonces Topuna disparó otra flecha y otra, atravesando a Jikula con una doble fila de flechas, una por arriba y otra por abajo. Llamó a la Abuela, que fue corriendo. Cuando ella vio lo que había hecho su nieto, bailó una y otra vuelta alrededor de Jikula, cantando: 'Jikula no volverá a levantarse. Jikula, el que mató a mi hijo el Héroe Ahalamila, no matará más'. Así murió el Héroe Jikula».

Cuando esté acabado mi nuevo arco de caza y el Tío Mayor diga que puedo doblarlo, seré como Topuna con el arco de su Padre... Timawi y yo no somos como los Héroes Ahalamila y Jikula; nosotros vivimos en paz como Jupka dijo que hiciéramos. Hagamos, pues, que el enemigo se mantenga fuera de nuestros cañones; lejos de nuestros watgurwa y de nuestros wowi, de nuestros Ancianos, nuestros Majapa, nuestra Madre y nuestra Prima. Si vienen, Timawi y yo recordaremos a mi padre; recordaremos a Topuna.

TUSHI estaba dormida cuando la Abuela terminó la historia de Topuna, pero el hambre mantenía a los demás al borde del sueño. El fuego se apagó; no había ruido ni movimiento.

Luego -había pasado ya la medianoche- hubo un fragor y un estruendo y la casa cubierta de tierra tembló. Los pinos y los abetos de las altas laderas gimieron y se quebraron al desgarrarlos el viento, que bajó quejándose al cañón y se arremolinó dentro de Tuliyani.

El humo y el polvo penetraron por el agujero del humo, llenando el wowi, sofocando a quienes estaban en el interior. Timawi amontonó leña seca sobre el fuego, que se incendió y obligó a que saliera el humo y el polvo. Los Yahi, viejos y jóvenes, sonrieron al escuchar el crujido de las ramas caídas y el gemido del viento entre los árboles. Había llegado la primavera, traída por los grandes vientos del Waganupa, como llegaba desde el comienzo del mundo.

Por la mañana, las casas y los senderos estaban cubiertos de ramas quebradas y hojarasca de los pinos, se había caído al sendero y las redes y las trampas de Ishi estaban destrozadas y enredadas. Con la salida del Sol, los vientos abandonaron Tuliyani; a los vientos siguió una lluvia cálida y plácida. Aquel día no hubo nada para comer. La Abuela coció un té de hierbas fuerte y lo bebieron en lugar de comer.

La lluvia cayó durante todo el día y toda la noche, mientras el Año Nuevo nacía bajo la tierra caliente: los pálidos retoños de bulbos y semillas dormidos se abrían paso hacia la luz.

Por la mañana, las plumas coloreadas del Sol tremolaban arriba, en el Mundo Celeste, arrojando calor sobre la tierra que despertaba. Y en las colinas pardas, de una punta a otra de las paredes del cañón, sobre los cantos rodados y las rocas desnudas, brotaban los tréboles nuevos y tiernos. Era el Año Nuevo, la época de la luna del trébol verde.

La nieve del Waganupa se deshizo y llenó los torrentes de agua blanca y rugiente durante cinco días. Los tréboles crecieron hasta el tamaño de recogerlos y comerlos, y al cabo de cinco salidas y puestas de sol, se aquietaron las aguas del riachuelo. Timawi e Ishi hacían carreras del watgurwa al riachuelo, dentro del riachuelo y bajo el agua hasta perderse de vista. En pie de nuevo, fuera del agua, gritando y braceando, levantaban en sus manos dos salmones, cogidos vivos, resplandeciendo con los colores de la luna: el Salmón Sagrado que cada primavera regresa del Océano Exterior por el Río Daha al Riachuelo de Yuna.

Más y más salmones nadaban ascendiendo contra la corriente Timawi e Ishi los arponeaban cuando se cansaron de coger los peces con las manos. Llenaban cestas y las llevaban a la Madre, volviendo al riachuelo a la carrera en busca de más.

La comida de la tarde fue cocinada al aire libre después que se hubo ido el Sol. Fue una fiesta y la Madre también comió peces frescos del mar y tréboles verdes tiernos. Jóvenes y viejos comieron alimentos de la primavera y del Año Nuevo. Dieron gracias al Salmón y guardaron las espinas, poniéndola a secar cerca del fuego. Más tarde, cuando las espinas se convirtieron en harina, las comerían, para que el poder y la fuerza del salmón penetrara en sus cuerpos.

Durante dos veces cinco días Ishi estuvo en el riachuelo, con el agua hasta la cintura o más arriba, pescando y pescando. Buceó bajo el agua. Nadó aguas arriba, esforzándose contra la corriente, como nada el Salmón. Sin aliento, salía del agua a un peñasco del centro de la corriente, donde yacía boqueando como un pez encallado. La espuma le lavaba y los resplandecientes cuerpos en forma de flecha de los salmones acometían desde detrás de él, saltando fuera del agua. Regresó a su sueño, nadando, saltando hacia casa desde el Océano Exterior.

Tengo hambre. Soy el pescador de mi Pueblo. ¡Soy el Salmón! Salto, siempre aguas arriba, contracorriente, desde el Océano Exterior hacia mi casa en el Riachuelo de Yuna.

Mientras Ishi vivía el inicio de la primavera, mitad pez y mitad Yahi, la Madre, la Abuela y Tushi vivían la primavera de las mujeres Yahi.

La Madre fregaba las cestas de almacenar, luego las ponía a secar al Sol de costado. La Abuela extendía las capas de pieles y plumas y las esteras y las mantas de piel de conejo y de oso donde les diera el Sol. Restregaba arena contra las pieles, luego las cepillaba de nuevo para limpiarlas. Cuando estaban bien soleadas, las enrollaba en alfombras de hierba y las colocaba en las estanterías del umbroso almacén. Las lunas de la primavera, el calor y la cosecha envejecerían antes de que plumas y pieles fueran desenrolladas.

Después de cada comida. Tushi extendía las raspas de salmón sobre una estera al sol hasta que se secaban. Luego las ponía en un mortero de piedra y las molía hasta hacerlas harina. Ishi y Timawi, camino del riachuelo con sus arpones, se detuvieron para observarla. El sudor le brillaba en brazos, piernas y cuerpo; la falda de corteza de árbol hacía shu shu, y las conchas del collar se cimbreaban y cascabeleaban al trabajar. Se enderezó para echarse hacia atrás la cesta-sombrero y apartar el pelo de los ojos. Las cuentas de concha quedaron quietas y blancas contra su garganta.

Ella es la bella, la dulce: la Muchacha de la Concha Blanca. Ella es la jovencita de la historia de la Abuela: su padre le hizo una fiesta en la época de la luna del trébol verde, y dado que ella era joven y dambusa, el Pueblo danzó para ella dando vueltas por el borde del mundo. Quisiera que el Pueblo fuesen muchos; entonces podríamos dar vueltas por el borde del mundo para Tushi.

Cuando la molienda estuvo hecha, la Madre, la Abuela y Tushi cogieron palos de cavar y anduvieron por la colina, recogiendo y cavando, y regresaron con las cestas llenas. Recolectaron tréboles y otras verduras para guisar el estofado de carne fresca de ciervo. Arrancaron bulbos, unos dulces, otros picantes. Recogieron flores de lis y helechos. En las laderas soleadas de las colinas había margaritas y altramuces; en las hondonadas sombrías, violetas y trilios.

Sobre las flores revoloteaban la mariposa jupka y otras mariposas cuyas alas negras, naranjas y marrones recordaban a Tushi los dibujos que estaba aprendiendo a trenzar en las cestas. Hasta donde alcanzaba la vista, las colinas estaban cubiertas de una suave alfombra de tréboles y flores brillantes, con mariposas agitándose por encima. Con las cestas llenas, las mujeres de Tuliyani se sentaron un rato al sol, disfrutando de las flores y de las mariposas; y vieron que el Mundo de los Yahi era dambusa, tal como Jupka había pretendido que lo vieran.

La primera migración de salmones de primavera había terminado; el trébol comenzaba a hacerse fuerte y duro. El Tío Mayor dijo a Ishi: «Mañana doblaremos tu arco. Es el momento de cazar el ciervo de primavera; más vale ahora, antes de que los saldu se les echen encima con sus palos de fuego y huyan los ciervos, asustados, a las montañas».

El arco estaba acabado; había sido templado durante dos lunas. Ishi había ayunado antes de cada paso de su hechura. Había ido a un lugar de plegarias, en los enebros sobre Tres Lomas, a rezar y cortar leña para el fuego sagrado del watgurwa. Siguiendo las instrucciones del Abuelo, había conformado, doblado y pulido su arco y lo había reforzado con tendones. El Abuelo dijo que estaba reforzado con mucha más fuerza que muchos arcos de mayor longitud y peso.

«Para tener un arco fuerte y zumbante», dijo el Abuelo, «mantén el arco sobre una piel de ciervo o en su propia funda siempre que no lo transportes. Pertenece al watgurwa, no al wowi. Y debe estar echado sobre la espalda, no sobre la cara. Nunca dejes tu arco en pie: sudará y se cansará y se debilitará; ya no será un arco que dispare lejos. Necesita descansar al igual que hace el cazador».

Ishi no comió nada la mañana en que dobló su arco por primera vez. Fue al lugar de rezar antes de que hubiera luz, corriendo todo el camino a la ida y a la vuelta. Rezó a Kaltsuna, el Hacedor de Flechas. Tomó un baño de sudor en el watgurwa y nadó en el riachuelo. El Tío Mayor, el Abuelo y Timawi lo observaron mientras encordaba el arco por primera vez y, luego, lentamente, lo doblaba hasta tensarlo completamente.

«¡Aiku tsub! ¡Está bien!» El arco de Ishi tenía forma de luna creciente.

«¡Ahora!» El Tío Mayor señaló hacia un tocón podrido. Ishi disparó una flecha, a poca altura del suelo, que horadó en su centro muerto. Su siguiente disparo fue en cunclillas, con sólo las plantas de los pies apoyadas en el suelo. En esta posición, lanzó muy a la derecha y muy a la izquierda. Luego, puesto en pie, disparó por encima de la cabeza, acertando su flecha en la lejana y bamboleante hoja de plátano que el Tío Mayor pusiera como blanco.

«Aiku tsub. Aiku tsuh. Las flechas van derechas y certeras». El Tío Mayor dio a Ishi una funda para el arco hecha de rabo de león de la montaña. «Ten esto que he hecho para ti; recubre y guarda bien tu arco. Eres un auténtico wanasi. Cuando los hombres de Tuliyani vayan a cazar venados, tú irás con ellos. Y si viene el enemigo, dispararás tu arco como tu padre disparó el suyo».

La primera vez que Ishi llevó el nuevo arco a la Roca Negra, lo subió hasta los labios, rozando ligeramente la cuerda. Cantó una antigua canción Yahi con la cuerda zumbante.

¡Hini-yasha!
¡Ru-hi-yamba!
¡Bi-banya!
¡Hini-yasha!
¡Hini-yasha!
¡Las canciones van!
¡El sendero del ciervo siguen!
¡El ciervo cazan!
¡Las canciones van!
¡Las canciones van!

Aguardó hasta que llegó el Monstruo y se fue por el lejano valle. Mi nuevo arco debe conocer el Monstruo como lo conocía el viejo.

¡El tío mayor dice que debo matar al primer ciervo del Año Nuevo! ¡Timawi y yo vamos hoy de caza! Nosotros, los wanasi de Tuliyani. Hemos ayunado y rezado y tomado el baño de antes de la caza. Dentro de muchas lunas, cuando haya llevado al poblado muchos ciervos, me llamarán Ishi el Cazador.

¡Hini-yasha!
¡Ru-hi-yamba!

Durante toda la noche, Ishi habló en sueños con su arco; él y Timawi estaban en camino antes del amanecer. Se enjuagaron las bocas con agua limpia, pero no tomaron alimentos. Sólo comerían después de regresar de la caza.

Cada wanasi llevaba en su gran cinto de piel de ciervo su cuchillo más afilado de piedra de cristal, envainado en piel de topo. Un carcaj lleno colgaba del hombro izquierdo y bajaba por la espalda, y bajo el brazo izquierdo llevaba otras tres flechas, al alcance de la mano sin cambiar de postura. También llevaron consigo una medida de cuerda, una cesta y una cabeza de ciervo disecada.

Empezaron a oler a ciervo antes de llegar a Tres Lomas. Manteniéndose a sotavento, hicieron un círculo en torno a las colinas, olisqueando, escuchando, probando el aire y la tierra en busca de cualquier señal de los saldu. Sólo se hacían señas entre sí mediante ruidos de pájaros y animales. Al fin, convencidos de que no había saldu, Timawi se escondió detrás de la cima de una colina e Ishi se agachó, con el arco doblado y listo, en un grupo de encinas, un poco ladera abajo con respecto a Timaw.

Timawi comenzó a imitar a los pájaros y conejos. Dos ciervos machos estaban al borde de la espesa maleza. Timawi hizo unos cuantos gritos de cervatillo; los ciervos levantaron la vista, pero volvieron a su pasto. Se cubrió la parte superior de la cabeza con la cabeza de ciervo, se irguió de modo que la cabeza quedara visible entera, luego la balanceó arriba y abajo, y la giró de un lado a otro, como si estuviera mirando y probando. Ahora los machos se interesaron; olisquearon el aire; no encontraron nada alarmante. Dejaron de pastar y se fueron acercando a la extraña cabeza bamboleante.

El campo de tiro era bueno, conforme se iban acercando a Timawi, y no estaban demasiado lejos. Ishi disparó sin alterar su postura agachada. Disparó demasiado alto; la flecha silbó rozando por encima el lomo del macho que iba delante, como si un pájaro pasara sobre él, y se alojó en un laurel. El macho sacudió una oreja al pasar la flecha, igual que hubiese hecho de ser un pájaro; siguió avanzando hacia Timawi. Ishi volvió a disparar; esta flecha fue penetrante, un buen disparo por debajo del brazuelo. El ciervo dio un golpe hacia arriba con la cabeza y un paso vacilante. Luego bajó la cabeza, se le doblaron las patas; estaba en el suelo.

Ishi se acercó de prisa, pero sin mover nada ni hacer ruido, sacando el cuchillo de la vaina mientras se acercaba. De un fuerte golpe en el cuello del ciervo agonizante, completó la muerte. El otro ciervo y los pájaros y los conejos que estaban cerca desaparecieron en la espesura: habían olido la sangre y la muerte, como cuando mata el león de la montaña. Pero no hubo pánico, ninguna clase de estampido ni de carrera. El segundo macho siguió mordisqueando los nuevos retoños de árbol que había abandonado al interesarse por la cabeza balanceante.

Durante un momento, Ishi quedó solo sobre el ciervo caído. Dijo en voz baja: «Te doy las gracias, Waganupa, Montaña del Centro del Mundo, por enviarme este ciervo. Te doy las gracias Kaltsuna, el Hacedor de Flechas, por guiar mi flecha». Estas fueron las primeras palabras que pronunció desde que dejaron el cañón.

Se acercó Timawi y, juntos, ataron la cuerda alrededor del ciervo, luego sujetaron una punta alrededor de una gran rama de roble y alzaron el cadáver hasta que quedó colgando, justamente por encima del suelo y cabezabajo. Timawi, dijo: «Es tu ciervo, tú lo mataste: tú debes hacer el primer corte». Con mano firme, Ishi cortó desde el rabo hasta la quijada, abriendo el vientre: el corte que iniciaba el desangramiento, la monda y el desuello.

Timawi dijo: «Este ha caído a la primera porque tu flecha le horadó el corazón». Le entregó la flecha a Ishi, quien quitó la punta de piedra de cristal, la limpió rascándola con hojas y la echó en su bolsa de los tesoros.

Cuando el ciervo estuvo desollado, Ishi pasó la mano por el pellejo. «No tiene defectos. La Madre tendrá una nueva falda caliente este invierno».

Envolvieron en hojas verdes el corazón, el hígado y las vísceras blandas y los guardaron en la cesta. Los grandes trozos de carne y los huesos los envolvieron en la piel del ciervo, haciendo un fardo que ataron con cuerdas. Cuando hubieron terminado, esparcieron tierra fresca, piedras y hojas por el suelo situado bajo el roble; no quedó rastro de la monda y carnicería del día.

Una vez a lo largo del día pasó un saldu por el sendero próximo adonde estaban. Se pusieron cuerpo a tierra e inmóviles, mientras oían cada vez con más y más claridad el cla-cla de los cascos del burro. Tal vez los oliera el burro; dio un respingo y luego continuó el ruido de los rasconazos contra la maleza espinosa, de un cazo que cayó resonando y de la voz aguda del saldu ; y luego el rebuzno estrangulado y mal sonoro del burro.

Tan pronto como prosiguió el cla-cla de los cascos sendero adelante, los dos cazadores treparon al laurel a que había ido a parar la primera flecha de Ishi. Vieron un saldu barbudo que llevaba un burro cargado con una manta enrollada, pico y pala, una olla negra, y la gamella y la artesa de madera que utilizaban para lavar el polvo brillante de los riachuelos. El saldu no olió nada raro; siguió con los ojos en la senda.

«No piensa en otra cosa que en el polvo brillante que le proporcionará poder», señaló Ishi al respecto.

Timawi dijo: «Todos los cuadrúpedos de los saldu tienen voces extrañas: el burro, el caballo y la vaca. Entre nosotros, sólo el somogurjo tiene una voz tan desagradable».

«Así son las voces de los saldu, desagradables y extrañas». Practicaron el rebuzno de burro, pero en voz baja. El Tío Mayor no les permitía utilizarlo en el cañón, porque podría atraer a los saldu al cañón.

Ishi se acordó de arrancar su flecha del árbol. El cazador recupera su flecha. Cuesta mucho trabajo hacer una flecha y una punta de flecha es un tesoro.

Cuando Timawi e Ishi llegaron a Tuliyani con la primera carga de ciervo de primavera ya estaba oscuro.

Durante la segunda luna del Año Nuevo, los hombres salieron del watgurwa para cazar ciervos, mientras la Madre, la Abuela y Tushi arrancaban raíces frescas y blancas de camas, de anís, de brodiaea y de otras muchas plantas bulbosas. A veces envolvían las nuevas raíces arrancadas en hojas de plátano y las guardaban en las cenizas calientes del hoyo del fuego, con más hojas encima y luego una capa de piedras calientes. Allí se cocían lentamente las raíces durante todo el día y, en la comida de la tarde, la Madre daba a cada persona un manojo con varias clases de raíces cocidas en su envoltorio de hojas de plátano.

Las cerezas y las ciruelas maduraban a finales de la primavera. Había setas para coger en los lugares de profunda oscuridad, mientras estaban pálidas y tiernas. Y una por una, las distintas bayas iban madurando conforme los días eran más cálidos y cada una era cogida a su tiempo, para comerla fresca o seca.

No volvería a llover hasta que las lunas del calor y de la cosecha envejecieran y dejaran paso a las lunas de la niebla, la lluvia y la nieve de finales del otoño y el invierno. Cada día el sol brillaba con más calor y durante más tiempo. Las margaritas y los altramuces desaparecieron; se formaron vainas de semillas allí donde antes habían habido flores. La alfombra primaveral que era verde sobre las colinas se volvió amarilla, luego se fue quemando con el sol hasta hacerse oro castaño. Hierba y los cuerpos bronceados al sol del Pueblo de Tuliyani tenían el mismo color.

Viejos y jóvenes, todos gustaban de las lunas del calor. Dormían a cielo abierto y trabajaban a la leve sombra de cobertizos de hojas que se removían a la menor brisa. No llevaban ropas e incluso el Abuelo y la Abuela nadaban en el Riachuelo de Yuna todos los días. Timawi e Ishi se bañaban antes y después de cazar, mientras pescaban y después de que el Sol se hubiera puesto y comenzara a refrescarse la tierra cálida. Atravesaban el río y volvían, y nadaban distancias más largas, aguas arriba y aguas abajo, con los ojos abiertos debajo del agua, aprendiendo dónde estaban los cortantes de las piedras y dónde las hoyas profundas en que se escondían las truchas.

Tushi nadaba con ellos. Si el agua iba rápida o era profunda, se cogía a los largos cabellos de Ishi. Timawi e Ishi trepaban y descendían por las paredes de la garganta del cañón con cuerdas, cayendo en el agua sin ruido, igual que las serpientes de agua. Incluso si el cañón era una especie de hoyo del fuego y la noche estaba tranquila y cálida, a nadie molestaba. Aquel feroz calor formaba parte de la vida; era el momento de descansar entre los largos días y noches de cazar, pescar y recolectar de la primavera y la época de la cosecha. Hacía que los días y las noches hambrientos del invierno quedaran lejos y parecieran irreales.

«¿Por qué no se dice nada en el watgurwa de ir al Waganupa?», preguntó Ishi a Timawi. «Siempre hemos ido durante las lunas del calor; todos los Yahi anteriores a nosotros han ido».

«El Tío Mayor ha decidido que es peligroso ir. Por allá hay saldu en todas partes, y el Abuelo y la Abuela no pueden correr ni trepar a los árboles para escapar de ellos, ni tampoco estar echados durante días en una cueva oscura, escondidos. Y es casi seguro que habría que hacer estas cosas en la montaña».

«Entonces, qué va a ser de ese ciervo otoñal que deberíamos coger, si no queremos pasar hambre durante las lunas de la nieve; ese ciervo no se quedará en las colinas bajas estando en el aire los estallidos de los palos de fuego».

«Quizá vayamos el Tío Mayor y nosotros dos».

«¿No podríamos ir nosotros dos solos?».

«El Tío Mayor tiene miedo de que, si se presenta la ocasión, hagamos como Topuna y nos venguemos del enemigo».

«¿Tú lo harías, Timawi?».

«Sí. En el fondo de mi corazón no puedo estar de acuerdo con el Tío Mayor».

Timawi y yo hablamos muchas veces en estos términos. Yo deseo ir con él; para vengar a mi padre y a mi Pueblo. Pero -el Tío Mayor es el Majapa- no pueden producirse divisiones dentro del watgurwa. Además, ¿qué supone una venganza contra uno, o contra cinco, o contra dos veces cinco saldu? Eso no resucitará al Pueblo.

Pasaron las lunas cálidas; el Sol ya no estaba tan alto en el cielo como en los comienzos del verano; las sombras eran largas y frías en el cañón. Las bayas de manzanita, las bellotas, las avellanas y los piñones estaban maduros. El rojo pardo de las nueces maduras de los castaños de Indias brillaba a través de sus cáscaras. El Tío Mayor y los dos wanasi fueron a cazar en la montaña, tan tarde como se atrevieron. La caza fue buena; se escondían en cuevas durante el día, cazando sólo durante la noche y haciendo escondrijos de carne de ciervo que Timawi e Ishi llevaban a Tuliyani, también durante la noche. Aquello no se parecía en nada a la antigua forma de cazar en las montañas, que consistía en unos días felices para los cazadores, para las mujeres y para los niños, pero significaba que habría carne en las cestas.

Patos y gansos y cisnes silbantes estuvieron unos días de paso en el Prado Redondo. Tushi y yo nos echamos en la hierba del prado, observando a estos pájaros de vuelo alto seguir a su guía por el Mundo Celeste. Van del norte al sur durante las Lunas de la cosecha y deL sur al norte durante las Lunas deL trébol verde, al igual que el Pueblo solía seguir a su Majapa a las montañas y luego de vuelta al cañón. Siguen a su guía como las plumas de pato y de ganso de una flecha siguen a la punta de piedra de cristal.

Una vez más brillaron las lunas de la cosecha, llenas y relucientes. Era el momento de recoger las últimas bellotas, de llenar las cestas; la época de reforzarlo todo para las lunas de la lluvia y la nieve; la época de celebrar la Fiesta de la Cosecha.

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