ISHI. El último de su tribu

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plusISHI. El último de su Tribu.
Theodora Kroeber

Glosario de términos Ishi.

àiku tsub está bien; es bueno
àizuna suyo, de usted; mío
auna fuego
banya ciervo
daana bebé
Daha gran río, el Sacramento
dambusa bonita, gentil
dawana loco, salvaje
hàxa
¡hèxai-sa! ¡vete!, ¡fuera!
hildàga estrella
hìsi, ìshi hombre
Jùpka nombre de un Dios; mariposa
Kaltsùna nombre de un Dios; lagarto
kùwi doctor, hechicero
mahdè enfermo
majàpa jefe
maliwàl lobo
marìmi mujer
Mechi-Kùwi Doctor del Diablo
moocha tabaco
nizè ah Yàhi Yo soy del Pueblo
sàldu hombre blanco; hombres blancos
sigàga codorniz
sìwini madera de pino
¡su! ¡ah! ¡bien!
¡suwa! ¡así es!
Thna-Ishi Muchacho Osezno
tètna oso
Waganùpa Mount Lassen
wakàra luna llena
wanàsi joven cazador; cazadores
watgùrwa casa de los hombres
wòwi casa familiar
Wowùnupo-mu-tètna escondite del oso pardo
Yàhi el Pueblo
yùna bellotas

Hacia el Borde del Mundo

La oscuridad sorprendió a Ishi; noches sin luna. Ya no podía ver por dónde andaba, dónde se sostenía. Esperaba haber llegado al sendero ancho mucho antes.

No importa. El viaje ha comenzado. Pronto encontraré el sendero; no puede estar muy lejos.

Débil de hambre y con los huesos y el corazón cansados, se tendió y se durmió. Su sueño fue poco confortador. En las pesadillas continuaba su viaje, que le conducía a una tierra salvaje y extraña.

Ishi, el último de su tribuLas piedras sueltas rodaban bajo sus pies, haciéndole tropezar. Lo peor de todo, unos demonios alados le picaban en la cara, lo empujaban por los brazos y trataban de echarlo fuera del sendero.

Sus alaridos lo despertaron cuando comenzaba a amanecer.

Miró a su alrededor, una ojeada rápida antes de que los demonios volvieran a echársele encima. No había rastro del sendero que iba buscando; las colinas, oscuras contra el sol naciente, no eran las colinas que él conocía. Estaba tendido en la tierra, encogido contra la valla de un corral; un amargo olor a carnicería le llenaba las narices, y olía a saldu y a perros de los saldu.

Colgando de la valla había pieles de bovino y, al otro lado del corral, un matadero saldu. Ladrándole, lloriqueándole y amenazándolo, lo rodeaba un anillo de perros. Más allá de los perros había cinco o seis saldu, amenazándole también con sus palos de fuego. Ishi no se movió.

¿Por qué no hacen explotar esos demonios sus palos de fuego? Yo ni siquiera tengo el arco de caza de mi padre.

Pero los saldu espantaron los perros a palos. Teniendo cuidado de no acercarse demasiado a Ishi, mantuvieron los palos de fuego apuntándole.

¿A qué esperan? ¿Querrán colgarme? ¡Que lo hagan! ¡Que me arranquen la cabellera... ¡Su, su! Tienen miedo. ¿Qué pueden temer del último de los Yahi? No tiene cuchillo ni arco; está ya medio muerto. Pronto se acabará, su miedo y el mío.

Ishi cerró los ojos, abriéndolos sólo cuando hubo pasado algún tiempo y se acercaba un carromato que traía más saldu. Uno de los recién llegados era un Jefe; los otros le llamaban «Sheriff». El sheriff caminó derecho hacia Ishi, le habló con voz tranquila, le ayudó a levantarse del suelo, atándole las muñecas con unos anillos de un material duro. Luego cogió un delantal que había usado alguien para hacer de carnicero -estaba sucio y manchado de sangre- y lo echó sobre los hombros de Ishi.

El sheriff señaló con la cabeza hacia el carromato. Entre el miedo, la debilidad y el olor de la sangre rancia y de los saldu, Ishi se iba despejando. Se bamboleaba, pero el sheriff lo sujetó, agarrándolo del brazo y ayudándole a subir a la alta carreta, a su lado. El carromato trepidó al echar a andar los caballos, e Ishi estuvo a punto de caer. El sheriff detuvo los caballos el tiempo suficiente para librarle las muñecas, de modo que pudiera agarrarse. Los otros, en el asiento de atrás refunfuñaron cuando lo hizo, pero él les habló tajante y no dijeron nada más.

Ishi había visto carros tirados por caballos, pero era la primera vez que subía en uno. Carretera adelante, vio un gran árbol y, más allá del árbol, las casas del extremo de un poblado saldu. El sheriff puso los caballos al paso.

Ahora llegamos al árbol de ahorcar, que es una encina.

Pero el sheriff no se detuvo bajo el árbol; siguió hacia dentro del poblado y por su calle principal adelante. Iba despacio porque la gente salía de sus casas y se arremolinaba alrededor de la carreta, hablando y mirando. El sheriff tuvo que ordenarles que se alejaran de las ruedas para poder avanzar. Mi tío me dijo que así es como los saldu se comportan en los ahorcamientos. Se apiñan todos, mujeres, niños y Ancianos, como en una Fiesta o Danza Circular.

Se detuvieron delante de una casa grande, la casa del sheriff. El sheriff indicó a Ishi que fuera con él a la casa. En el interior, lo llevó a una pequeña habitación sin ventanas y separada de otra mayor por barrotes.

La habitación exterior se llenó inmediatamente de la multitud que había seguido el carromato. Los hombres se inclinaban hacia los barrotes, mirando fijamente a Ishi y diciéndole palabras que él no comprendía. Cuando contestó: «Nize ah Yahi» -Soy del Pueblo, un Yahi-, se rieron. El ayudante del sheriff trajo una bandeja en la que había una taza de café, un cuenco de sopa y pan. La ofreció a Ishi, quien denegó con la cabeza.

Probablemente la comida y la bebida están envenenadas. De todas formas no comeré mientras estos saldu sin modales, esos demonios ruidosos, me estén mirando.

Ishi se alejó de los barrotes todo lo que pudo. Se sentó en el suelo de piedra, reclinando la cabeza contra la pared y cerrando los ojos, y el entendimiento, a los saldu que no le quitaban la vista de encima. Trataba de acordarse de las noches anteriores.

¿Qué Mechi-Kuwi, Doctor del Diablo, ha guiado mis pies a esta tierra? ¿He caminado mientras dormía? ¿Dónde estoy ahora? ¿Cómo encontrará mi Espíritu la forma de volver al Sendero cuando ellos hayan acabado conmigo aquí?

Atravesando la pared, llegó hasta los oídos de Ishi una débil y sofocada llamada conocida: ¡Pii-PIIII-pi! La llamada se repitió más clara y más cerca. Con un ruido de piedras cayendo, el Monstruo pasó muy cerca de la casa del Sheriff.

La casa tembló y reposó luego; el Monstruo desaceleró y se detuvo. Ishi pudo escuchar su respiración profunda y palpitante.

Después de algunos momentos, su respiración se hizo más pesada y se alejó, desapareciendo el ruido.

Ishi se agitó. Estaba sorprendido de ver que la casa se mantenia en pie, de que todo seguía como antes. ¡Su, su! ¡Estoy metido en el Sueño! ¿Serían Kaltsuna y Jupka quienes me condujeron, dormido, fuera del Sendero? ¿Tratan de decirme que atraviese el Gran Valle hasta eL Río Daba y que lo siga hasta el Océano Exterior?

En la habitación se amontonaban más saldu, ponían las caras contra los barrotes y trataban de hacer hablar a Ishi. Reían y escupían jugo de tabaco. El aire era espeso y asqueroso. Después de algunas horas, el sheriff se acercó con más comida, pero Ishi negó con la cabeza.

¿Ouerrá decir que debo comer? No importa; no puedo.

Algunos rieron cuando Ishi se alejó de la comida que le ofrecían. El sheriff dijo algunas palabras; no elevó la voz, pero la habitación quedó en silencio. Señaló hacia el exterior. Al principio no se movió nadie; habló de nuevo; la multitud comenzó a desplazarse arrastradamente hacia la entrada. Hubo unos pocos comentarios sofocados. Esta vez, al hablar el sheriff, su mano se movió hacia el palo de fuego que llevaba al cinto. Hubo un tropel de ciervos huyendo, luego la habitación estaba vacía a excepción del sheriff, su ayudante e Ishi.

El sheriff se volvió hacia Ishi y dijo algo de lo que Ishi entendió el significado, si bien no las palabras. «¿Es mejor así?».

Sus ojos eran amables cuando hablaba. Ishi respondió:

«¡Aiku tsub!». Y se acordó de las palabras de hacía mucho tiempo en el watgurwa de Tuliyani: «No todos los saldu son malos. Recuérdalos en las lunas por venir, cuando yo no esté contigo».

El sheriff dio un cigarro a Ishi y, sacando otro para él, encendió los dos cigarros con un palito de encendido rápido. Cuando Ishi hubo tomado unas cuantas caladas de su cigarro, el sheriff sonrió y, lentamente, Ishi le devolvió la sonrisa.

El ayudante salió, regresando con una camisa y unos pantalones de saldu limpios. Indicó a Ishi que se pusiera las prendas. Ishi le dijo por señas que deseaba lavarse, y el ayudante dispuso un balde de agua y una toalla en la habitación, al mismo tiempo que retiraba el delantal sucio que llevaba Ishi. Ishi se lavó tan bien como pudo.

Esto es como el Abuelo y la Abuela con su cesta de agua en Wowunupo.

Cuando estuvo limpio y se hubo deshecho de lo peor del olor del matadero, se puso las toscas ropas de los saldu. Esta materia es la misma de que están hechos el techo y las paredes de las carretas. ¡Su! De todas formas está limpia. Y el Jefe parece complacido de que me las haya puesto.

Una vez más, el sheriff ofreció a Ishi algo de comer. Este hombre no tiene ojos de envenenar. Es amable y rehusar sería una grosería.

Ishi comió unos cuantos bocados de la extraña comida y bebió un poco de agua. De nuevo rió el sheriff y dijo algunas palabras simpáticas. Ishi sonrió también: «¡Aiku tsub!».

El sheriff dejó entrar a unas cuantas personas. Estas intentaron hablar con Ishi y él trató de responder, pero no se entendían. No saben nada de la lengua del Pueblo. No importa, salvo porque el Jefe está disgustado.

Luego volvió el Monstruo. ¡Nunca había habido tanto ruido! Es como cuando el Waganupa tiembla y ruedan las peñas por el cañón. También es como la llegada de un amigo ruidoso. ¡Me gustaría poder ver al Extremecedor de la Tierra! Este watgurwa ni siquiera tiene agujero para el humo.

Antes de irse por la noche, el sheriff le trazó una taza de café, que Ishi bebió. Luego le señaló la armadura de madera de pino con tela de carreta extendida encima situada en un extremo de la habitación. Ishi se tendió en la extraña cama.

Estaba cansado, cansado. Escuchaba los ruidos de los saldu en la oscuridad; las pisadas de los pies con botas; la explosión de un palo de fuego. Los ruidos de los saldu disminuyeron de número y se desvanecieron; sólo quedaron los ruidos familiares de la noche: un ratón royendo la pared; grillos cantando en un árbol y el lejano alarido de un búho.

Así terminó el primer día de Ishi en el Mundo de los Saldu.

Cuando el sheriff echó una ojeada para decirle buenas noches, los ojos de Ishi estaban cerrados y él no los abrió. Se estaba deslizando hacia el sueño; no deseaba espabilarse.

Quizás mi Sueño me conduzca de nuevo al Sendero perdido.

Pero su Sueño no condujo a Ishi al Sendero. A la mañana siguiente se despertó en la habitación con barras y lo que le despertó fue la voz del Monstruo.

Más entrada la mañana, se presentó un extraño en la casa del sheriff. Ishi lo observó con atención; era distinto de todos los saldu que había visto.

EL Jefe parece contento de verlo. Se agarran por las manos derechas. Así es como Los saldu se dan la bienvenida. Este viene de lejos: lleva un fardo de viaje. Sus ropas no son rígidas; siguen la línea del cuerpo. lleva pelo en La cara, pero parece estar recortado con un cuchillo afilado u otro instrumento. No escupe jugo de tabaco... Tiene los ojos distintos, sin la mirada de coyote de quienes miran fijamente entre los barrotes. No lleva cuchillo ni palo de fuego en el cinto. Él y el Jefe hablan juntos; hablan de mí. Ahora el Jefe lo trae hacia mí. ¡Su! Yo haré el agarrón de manos, puesto que es Lo que se espera.

¡No! Ve que no quiero hacer el agarrón de manos. Se sienta a mi lado. Sonríe bien; no tiene el fuerte olor de los saldu. Coge su bolsa y saca unos trozos de corteza de árbol blanca con señales azules, como huellas de pajaritos en el polvo... Ahora mira las marcas de cerca y me dice algo...

¿Qué debo responder?

Vuelve a mirar las huellas de los pájaros y dice algo más. Los sonidos me recuerdan las canciones que el Abuelo aprendió de las gentes que vivían en la ladera más lejana del Waganupa antes de que llegaran los saldu. Ahora habla como el Perdido me dijo una vez que hablaba el Pueblo del norte del Riachuelo de Yuna.

¡Aii! ¿Qué dice el saldu? ¿Siwini?

Ishi habló por primera vez desde que el Extraño entró en la habitación. Repitió la palabra, siwini, y palmeó la armadura de la cama.

El Extraño asintió, sí. «Siwini, pino».

El Extraño dijo: «Auna, fuego».

Ishi repitió: «Auna», e hizo como si prendiera un palito de encendido rápido.

El Extraño rió y asintió, sí de nuevo. Ishi estudió los trozos de corteza de árbol blanca. No entiendo nada de la magia saldu, pero es poderosa. Estas huellas de pájaros hacen que el Extraño hable en la Lengua del Pueblo. ¿Quizá sea un truco? Tal vez estoy dawana y sueño y oigo la Lengua de nuevo después de muchas lunas de silencio. Trataré de hablarle.

Ishi dijo: «¿Moocha?».

El Extraño miró la hilera de huellas de pájaros, luego repitió: «Moocha», y sacando una bolsa, la abrió. «¿Moocha? ¿Tabaco?». Ishi asintió.

El Extraño dijo: «Hildaga».

Ishi señaló al Mundo Celeste, abriendo los dedos para indicar muchas hildaga, muchas estrellas.

Ishi dijo: «¿Wakara?».

El Extraño señaló hacia arriba e hizo un cuenco con las manos. «Wakara, luna».

Luego dijo: «Daana». Ishi se cogió los brazos como si acunara a un niño, un daana.

Ishi dijo: «Wowi». El Extraño señaló alrededor de la pequeña habitación. «Wowi, hogar».

Ishi se encogió de hombros y ambos sonrieron cuando dijo:

«Wowi». ¿Este lugar sin agujero del humo es mi hogar?... ¡Ayii! No importa; el Extraño y yo nos decimos palabras el uno al otro.

Al cabo de un rato, las palabras sueltas crecieron hasta ser breves preguntas y respuestas. ¡Hablamos la Lengua! ¡Ni siquiera mi Sueño revelaba semejante magia! ¡Conforme hablo otra vez me vuelven las fuerzas! Hay muchas palabras no pronunciadas que me han oprimido desde la mañana en que se perdieron de vista por el sendero del tetna los Perdidos; desde que mi madre se fue dormida durante la noche blanca.

Ahora las palabras no dichas brotaban a más velocidad de la que el Extraño era capaz de marcarlas o buscarlas en sus listas: palabras de soledad, de búsqueda, de hambre, de vivir solo en una cueva. El Extraño escucha. A veces sabe las palabras; a veces entiende por las señas y por lo que le dice mi voz por encima de las palabras. Y puesto que entiende no puedo dejar de hablar... Pero ahora, después de tanto hablar, estoy muy cansado.

Ishi se tendió en la cama, incapaz de decir nada más. El Extraño lo dejó durante un rato, haciéndole comprender que volvería cuando el Sol estuviera vertical arriba del Mundo Celeste.

Ishi medio durmió, medio soñó; la palabra siwini, siwini, siwini, zigzagueaba por su sueño.

El Extraño regresó como había dicho que haría. Ahora hablaron juntos despacio, tranquilos. Al final del día habían intercambiado muchas palabras; estaban comenzando a hablar como dos amigos que hablan juntos.

Ya no pienso en palos de fuego, árboles de ahorcar y alimentos en que se ha puesto veneno. Espero para hablar la Lengua, para oír a este Extraño hablarla.

Aquella noche el sueño de Ishi no tuvo pesadillas. Despertó al primer ¡Pu! lejano del Monstruo. Aquella mañana las gachas y la bebida zangosa, el café, le supieron bien.

Con ayuda del Extraño, el sheriff habló con Ishi. Le preguntó si deseaba volver al Mundo de los Yahi. Y dijo que le ayudaría a encontrarlo si deseaba ir allí. Ishi negó con la cabeza.

Para el Extraño dijo: «El amable Jefe saldu no sabe que el Mundo ya no existe».

Luego, el sheriff preguntó si le gustaría ir a la Reserva. Allí habría algunas personas del Pueblo que solían vivir en el Valle.

De nuevo Ishi negó con la cabeza. Para el Extraño dijo:

«Se refiere a los Gordos, de poca memoria y vientres llenos, los Olvidados del Camino».

El Extraño dijo: «Ven conmigo a mi casa. Es un watgur-wamuseo. Creo que te gustará estar allí ».

«¿Está muy lejos?».

«Haxa, sí. Está donde el Río Daha y otros ríos desembocan en el Océano Exterior».

¡Aii-ya! Esto es el Sueño. ¿Es seguro que el Extraño no habla del Borde del Mundo? « watgurwa-museo se llega en carreta?».

«No, en tren». El extraño imitó el sofocado Pii-PIIII-pi del Monstruo.

«¿ El tren.., arrastra la carreta?».

La voz de Ishi sonó tan incrédula que el Extraño preguntó:

«¿Tú has visto el tren?».

«Muchas veces. Pero desde muy lejos, desde el Punto de Observación y desde la Roca Negra. Incluso desde el Waganupa. Lo conozco desde que comencé a andar solo por los senderos... Forma parte de mis sueños; es mi amigo».

«Yo también quiero formar parte de tus sueños; ser tu amigo. ¿Vendrás conmigo en el tren?».

Ishi tocó ligeramente el hombro del Extraño. «Tú hablas la Lengua del Pueblo; tú eres mi amigo, Majapa, Majapa del museo. Yo iré contigo a tu watgurwa».

Al día siguiente, Ishi estaba despierto antes del alba. El sheriff le ayudó a vestirse: ropa interior, camisa, traje, corbata, calcetines, zapatos. Ishi se miró a sí mismo cuando estuvo vestido. «Tok, Tok. ¡Un Yahi saldu!». Anduvo de un lado a otro de la habitación varias veces. Luego se sentó y se quitó los zapatos y los calcetines y los devolvió al sheriff.

En aquel mismo momento llegó el Majapa, e Ishi le dijo:

«Ahora lo sé: no hay nada que esté mal en los pies de los saldu. Lo que está mal es lo que vosotros llamáis zapatos». Miró los zapatos del Majapa: «Cómo sabes por dónde andas cuando tus pies no tocan la tierra?».

«La mayor parte de las veces no sabemos por dónde andamos».

«Creo que me estoy volviendo saldu. La noche que vine aquí, mis pies no sabían por dónde andaban».

El Majapa se rió. «No temas, no te convertirás en saldu. Pero doy gracias a tus pies por haberte traído donde pudiera encontrarte... Sabes, yo te estaba buscando antes; pero, para contarte eso, primero debo aprender a decir más palabras en Yahi».

Es muy extraño, este nuevo Amigo. ¿Qué querrá decir? Es como los Sueños de Poder, que no se pueden conocer o entender en el primer momento.

Ishi, el sheriff y el Majapa anduvieron a la estación del ferrocarril. Y allí, junto a la estación, estaba el Monstruo resoplando. Era más grande, más negro y más fuerte de lo que Ishi hubiera imaginado que nada podría ser. Después de un momento dubitativo, se adelantó hacia él, arrastrado por su antiguo y amigable sentimiento. Midió su propia estatura contra las grandes ruedas negras. Miró la cabeza humeante. Dijo al Majapa: «Realmente es el Humeante. Sale el humo como de la pipa de un Dios. La cabeza y la carne son las de un Estremecedor de la Tierra. Jupka y Kaltsuna tuvieron razón en dirigir mis pies hacia esta maravilla».

El sheriff estrechó la mano de Ishi y dijo: «¡Buena suerte!». Ishi dijo: «¡Buena suerte!» y siguió al Majapa al interior del tren. Casi al mismo tiempo que se sentaron, el Monstruo comenzó a tirar del tren, lentamente, luego más de prisa cada vez, hacia el Sueño cada vez más profundo del Mundo de los Saldu.

El chu-cu-chu de las ruedas rodando sobre los raíles se adaptaba a una vieja canción Yahi que Ishi acostumbraba a cantar con su arco:

Yahina-weh,
Yahina-ini,
Yahina-weh,
Yahina-ini.

La cantó sin pronunciarla, para sus adentros; le ayudaba a mirar más allá de los pasajeros del tren que estaban pendientes de su pelo quemado y de sus pies desnudos.

Ishi miró por la ventana. El gran valle, del que él había visto estrechas panorámicas desde la Roca Negra y desde el Punto de Observación, se extendía por todas partes. Se le cortó la respiración del asombro.

El Gran Valle es más grande que la mayor de las praderas. No uno, sino muchos ríos atraviesan trazando vueltas y curvas. Las encinas crecen altas y cargadas de bellotas. ¡Y las hierbas cubren la tierra! En un tiempo, el Pueblo del Valle y los ciervos del Valle engordaban aquí y había gran cantidad de ellos. Ahora engordan los saldu y sus vacas. ¡Muchos saldu! Están en todas partes... ¡demasiados saldu!

¡Yahina-weh, Yahina-ina! Los postes de telégrafos corrían al ritmo de la canción, al ritmo del chu-cu-chu de las ruedas.

Las imágenes de la ventana cambiaban tan de prisa que casas, caballos, postes de telégrafos y personas se confundían y emborronaban unos a otros.

El Sol casi había terminado su viaje del día sobre el cielo cuando el Monstruo llegó a la confluencia de aguas en que dos ríos, el mayor de ellos el Daha, corrían juntos y se convertían en uno. Ishi olió el lejano olor salado del Océano Exterior. Él y el Majapa y los demás pasajeros salieron del Monstruo y montaron en una cosa que el Majapa llamaba el ferryboat.

El ferryboat flota en las aguas de los ríos como una vez debió flotar el mundo recién pescado en el Océano Exterior.

«¿Esto es el Océano Exterior?», preguntó Ishi al Majapa.

«Esto es la bahía». El Majapa señaló hacia el oeste, por encima del agua, hacia dos cabos. « Al otro lado de los cabos está el Océano Exterior».

«Es mayor de lo que yo recuerdo. En mi Sueño, yo estaba nadando y no veía muchas cosas».

Ishi y el Majapa se inclinaron sobre la barandilla para mirar el agua que rodaba, ola tras ola, por debajo y más allá del barco. El Sol pasó el borde de la tierra, hundiéndose en el océano. Ishi dijo: «Esta agua no es como el agua del Riachuelo de Banya».

«No, esta agua es salada».

Ishi asintió. « El agua del Océano Exterior es también distinta de la sal de nuestras praderas».

Entonces se produjo el gruñido estridente y breve de las gaviotas; el quejido confuso de las sirenas. Las plumas del Sol desaparecieron debajo de las aguas; las olas se volvieron de un verde negruzco conforme rodaban y rodaban entre los cabos y eran tragadas por el Océano Exterior.

¡Las olas verdes y negras, de piedra de cristal, del Waganupa! La montaña que era el centro del Mundo, los cañones y los riachuelos de la patria flotaban ante los ojos de Ishi, despertándole una nostalgia que lo aturdía. Las olas de piedra de cristal se van para siempre, demasiado grandes, demasiado numerosas... ¡Su, su! Estar a salvo en la Cueva de los Antepasados, donde no hay ruidos, donde no hay claridad: un mundo muerto.

Rígido de cansancio, Ishi siguió al Majapa, desembarcando y subiendo en un tranvía que los llevó lejos, muy lejos, por el interior de la Ciudad. El tranvía traqueteaba y daba tirones; no se acompasaba a ninguna canción que supiera Ishi. La Ciudad era un extraño lugar reluciente de estrellas caídas del Mundo Celeste, que iluminaban anchos senderos inacabables que se perdían a todo lo lejos que el ojo era capaz de ver.

Luego descendieron del tranvía y el Majapa cogió a Ishi del brazo, guiándolo por un gran tramo de escaleras de piedra. Delante de ellos había una pesada puerta. El Majapa sacó sus llaves y abrió la puerta de la casa de piedra.

«¿Esta es la Casa del Hombre de Pedernal?».

«Esto es el watgurwa-museo».

El Majapa lo condujo por muchas salas y escaleras, encendiendo la luz conforme entraban en una sala y apagándola al salir. Al fin el Majapa dejó en el suelo el saco que llevaba.

«Esta es tu habitación». Abrió las cortinas y destapó el cobertor de la cama. «Aquí está el armario de la ropa; aquí el cuarto de baño».

Ayudó a Ishi a desnudarse y a meterse en la gran cama. Le echó las mantas por encima. «¿Estarás bien?».

«Muy bien».

«Mira, aquí está el conmutador. Para oscurecer la habitación, empuja el botón oscuro. Para iluminar, empuja el botón blanco.

»¿Apago la luz por ti?».

«Apaga».

«Volveré por la mañana. Que duermas bien; buenas noches».

«Buenas noches».

Cuando Ishi despertó, el Sol le daba de plano en la cara. Pensó que estaba en el Punto de Observación, pero luego vio que estaba en una habitación y tendido dentro de una cama. ¡La habitación de los barrotes! Pero aquí no hay barrotes y la manta que me cubre es suave como la capa de plumas de la Madre.

Ishi salió de la cama y fue a la ventana. Debajo de él había una larga hilera de escalones de piedra que conducían a un terraplén de hierba. Más allá, una calle empinada con fachadas de casas, un bosque del que sólo veía las copas verdes de los árboles, y colinas desnudas y abruptas, y agua azul.

Le volvían recuerdos borrosos del Monstruo, del tranvía, del ferryboat, de las gaviota, de las sirenas de los barcos. La Ciudad: esto es la ciudad, el watgurwa-museo. Pero ¿dónde está mi amigo?

Vio sus ropas, echadas sobre una silla. Se vistió despacio. No era fácil vestirse. Al acabar de abotonarse el cuello de la camisa y de hacerse el nudo de la corbata, ya no podía seguir mirando la perspectiva de la ventana.

Aquí el mundo es demasiado grande. En este watgurwa estoy tan lejos del suelo como en la copa del pino gris de Wowunupo. Si salgo de esta habitación, estaré más perdido que cuando me descarrié del Sendero. Se encontraba mal, sintiendo tan sólo su soledad y su extrañeza. ¿Por qué no mantuvo Pupka mis pies en el Sendero?

Hubo un golpe en la puerta; era el Majapa. No da muestras de percibir mi miedo.

Su amigo le preguntó si había dormido bien; si tenía hambre. «Es hora de desayunar», dijo.

Bajaron por un largo pasillo y unas escaleras hasta el comedor del museo, donde ya estaban reunidos varios hombres del museo alrededor de la mesa. Estrecharon la mano de Ishi y repitieron las palabras: «Bienvenido, bienvenido al museo».

Ishi respondió: «¡Bienvenido, bienvenido!». Y uno de los hombres le pasó la mano por el hombro y le dijo: «¡Eso está bien, muy bien!».

De desayuno había gachas de harina de avena. Preguntaron a Ishi si eran tan buenas como las gachas de bellotas. Él asintió educadamente. «Haxa, sí que es bueno con un poco de sal. La leche de vaca lo perjudica». También había la bebida fangosa de los saldu, el café; y pan, tocino y huevos.

¿Tendrán que ir lejos para encontrar los nidos con los huevos?

Quizá no fuese una pregunta educada.

Los hombres del museo no estuvieron pendientes del pelo ni de los pies desnudos. Sabían algunas palabras de Yahi y escuchaban atentamente cuando él hablaba. «Es como en los Viejos Tiempos, cuando mi abuelo se sentaba junto al hoyo del fuego de los vecinos; las personas hablaban amistosa y cortésmente en distintas lenguas», dijo Ishi al Majapa.

Los hombres del museo no me acosan; sus voces son tranquilas.

Después del desayuno, el Majapa llevó a Ishi a su despacho y luego a una sala donde había muchos arcos y flechas. Abrió las cajas donde estaban guardados los arcos e indicó a Ishi que podía cogerlos si quería. Uno por uno, Ishi fue examinando todos los arcos. Unos estaban hechos de enebro, o bien de otras maderas que él conocía; otros de maderas que le eran desconocidas. Palpó las empuñaduras y estuvo sopesándolos, y los sostuvo en posición de tensarlos y doblarlos. Algunos arcos eran muy viejos; Ishi comprendió que se partirían en caso de ser tensados y doblados. El Majapa le explicó que habían estado en cuevas o enterrados en la tierra durante muchas lunas.

Yo podría hacer que las flechas volaran con estos arcos. Pero no conozco los Pueblos que los fabricaron: algonquinos, comanches, navajos, dice el Majapa; y persas, escitas, macedonios; los nombres cantan como el canto de mi arco perdido. ¡Aii-ya! ¡Disparar el arco, volver a disparar el arco! ¡ Ver mis flechas volando al salir de estos arcos de guerrero!

«Aquí no tienes ningún arco Yahi».

«No he visto ninguno».

«Son distintos de estos. Yo podría hacerte un arco Yahi, pero no tengo herramientas».

«Veremos. Tal vez encontremos herramientas».

Hoy decimos más palabras que ayer. Las palabras en Yahi de mi amigo están a veces equivocadas. Pero él escucha cuando yo hablo. Y siempre hace nuevas huellas de pájaro en la corteza blanca que lleva en el bolsillo. Luego me repite las palabras, muchas veces, hasta que las dice a la verdadera manera Yahi. Es como cuando yo hago una hermosa punta de flecha, utilizando herramientas de taller cada vez más pequeñas y más delicadas, de la misma forma que lo hubiera hecho Kaltsuna.

Ishi repetía una y otra vez los nombres saldu: tren, tranvía, coche, ferryboat. Escuchaba las conversaciones de los hombres del museo y pronto supo los nombres de los distintos alimentos que llegaban a la mesa del comedor del museo. Aprendió los nombres saldu de los muebles de aquella habitación: cama y silla, mesa y lámpara. Y aprendió el nombre de todas las personas que conocía, repitiéndolo y recordándolo. Estaba empezando a hablar la lengua de los saldu.

Un Kuwi, un Doctor, entró en la sala de los arcos con su joven hijo para conocer a Ishi. Eran amigos del Majapa. Ishi sonrió al muchacho, diciendo a su padre: «Es un guapo wanasi. ¿Va a ser cazador o tendrá poder sobre ciertos dolores?».

El Doctor denegó con la cabeza. «¿Quién sabe?», dijo. «Es un soñador».

«Aiku tsub. ¿Y qué quieres tú hacer?», se dirigió al muchacho.

El Majapa tradujo y, cuando lo hubo comprendido, el muchacho sonrió y dijo: «Quiero ser cazador. ¿Me enseñarás a hacer un arco y dispararlo?».

«Haxa, haxa! ¡Sí, sí! Tú y yo seremos wanasi; cazaremos para este watgurwa-museo».

El Majapa preguntó si el Kuwi podía examinar a Ishi para asegurarse de que no tenía ningún dolor, ninguna MechiKuwi, ninguna enfermedad de Doctores del Diablo. Ishi asintió: «Haxa».

¿Tendrá este Kuwi saldu la destreza del Anciano de Tuliyani?

Pronto vio que el saldu era sabio en todo lo referente a la práctica médica. Le tomó el pulso y escuchó la entrada y la salida de su respiración, y le presioné en los lugares que están tiernos si el dolor ha penetrado de alguna forma en el cuerpo.

El Kuwi dijo que Ishi no tenía males. Le preguntó cómo trataban los Yahi las mordeduras de serpiente y los retortijones de estómago. Ishi se lo dijo y, a su vez, preguntó al Kuwi si tenía el poder de extraer dolores.

«Un poco de poder», dijo el Kuwi. «Como ves... ». Cogió una fuerte medicina, del tamaño de una piña, que llevaba en una cápsula dentro de su bolsa negra. La colocó en la oreja derecha de Ishi y, un momento después, lo arrancó de la axila izquierda de Ishi. Luego lo dejó caer en sus propias manos. Había desaparecido. Le indicó a Ishi que se mirara el bolsillo y ¡allí estaba la medicina!

Ishi dijo: «Creo que tú tienes un gran dominio sobre tu medicina».

Salieron al exterior, donde el Majapa fumó su pipa e Ishi y el Kuwi fumaron cigarrillos. El humo era ligero y dulce, como el del tabaco sagrado; la corriente lo arrastraba hacia el Océano Exterior mientras hablaban de la caza con arco. Descendieron por las altas escaleras del museo, pasaron las filas de casas blancas, hasta el bosque que Ishi había visto desde la ventana y que los saldu llamaban parque. Allí había tranquilidad, con senderos que iban entre la maleza y estanques con patos, gansos y cisnes y una colina sin vegetación con búfalos y antílopes.

Así transcurrió el primer día de Ishi en el watgurwamuseo. Después de comer, por la tarde, el Majapa pasó por la habitación de Ishi. Las pocas ropas de Ishi, su fardo de los tesoros y todos los demás objetos que poseía estaban cuidadosamente colocados en las estanterías. En la mesa había una tetera e Ishi y uno de los hombres del museo tomaban el té.

El Majapa señaló la habitación que había a todo alrededor. «¿Te gusta? Aizuna, es tuya».

Ishi sonrió. «Wowi aizuna, wowi aizuna». Mi propio hogar. Se despidió del Majapa con la mano y volvió con su visitante, que le estaba hablando de la pesca en el Océano Exterior. Gran parte de la historia resultaba clara para Ishi. Del resto, sólo entendió alguna palabra suelta, pero sabía historias de pesca y estaba seguro de que esta era una buena historia. Cuando sepa hablar más saldu, contaré a este hombre del museo una historia de pesca.

Al día siguiente, Ishi dijo al Majapa: «Este watgurva es más grande que todo el poblado de Wowunupo».

«¿Me llevarás a visitar Wowunupo en la época del salmón de primavera?».

Ishi movió la cabeza negando. «Es un mundo muerto».

«Yo creo que no está muerto. Tú te acuerdas de él y yo me acuerdo de él».

¿Tiene este amigo un Sueño de Poder que lo lleva aguas arriba con el salmón? ¿Cómo, si no, puede acordarse del Mundo de los Yahi? A veces pienso que debería contarme su Sueño.

Al día siguiente, el Majapa llevó a Ishi a una sala donde había cestas y nada más que cestas. El Majapa dijo: «Estas cestas no proceden del otro lado del océano, como era el caso de algunos arcos. Todas son de Pueblos como el Yahi que vivían en la tierra antes de que llegaran los saldu».

Ishi asintió, dirigiéndose luego hacia las cestas, mirándolas estante por estante, fila por fila, hasta que llegó a una determinada fila, en la cual se detuvo.

«Estas cestas son de mi Pueblo». Entonces habló casi en un susurro: «Pero ¿cómo tiene estas cestas el watgurwamuseo?». Señaló dos, situadas una junto a otra.

El Majapa miró las dos cestas. «Son de los Yahi, ¿no es cierto?».

«Estas cestas fueron hechas por mi Prima. Ella las hizo en Wowunupo». Ishi se sentó en un banco. Tenía las piernas débiles; el corazón le oprimía el pecho; en sus ojos se formaron lentas lágrimas.

Estas son las cestas de la Pequeña; pero este amable saldu, mi Amigo, no estaba entre los que fueron a Wowunupo. Yo les vi la cara; yo les oí la voz; él no era uno de ellos. ¿Cómo han llegado aquí estas cestas?

El Majapa había puesto las dos cestas a su lado sobre el banco; Ishi no las tocó. «Mi Amigo, tú hablas a veces como si hubieras estado alguna vez en el Mundo de los Yahi, yo no sé si en un viaje del Sueño o si despierto. ¿No fuiste tú quien encontró estas cestas?».

«¡No, no! Yo no he visto ninguna cesta en el Mundo de los Yahi... ¿Te acuerdas de los saldu que estuvieron en Wowunupo?».

«Haxa».

«¿Hubo uno que habló con tu madre?».

«Haxa. Me acuerdo de ese».

«¿No robó en Wowunupo?».

«No tocó nada. Habló a mi madre con cortesía».

«Y regresó al día siguiente e intentó encontrar a tu madre?».

«Haxa».

«Ese vino a la ciudad, al watgurwa-museo, a contarme que había descubierto vuestra aldea y que había allí una vieja enferma de las piernas. En cuanto me fue posible -no fue hasta finales de las lunas de calor, al cabo de mucho tiempo-, fui al Gran Valle y él y yo hicimos el camino juntos a Wowunupo. Durante el tiempo que dura una luna te estuvimos buscando.., buscando a tu madre. No encontramos nada de nada...».

«¿Por qué queríais encontrarla?».

«Sabíamos que no podía estar sola y quienquiera que estuviese con ella estaría sin herramientas ni mantas... Esperábamos poder ayudar... Llegamos demasiado tarde.

Los pensamientos de Ishi volvieron a los dos saldu de los que había huido nadando, después de la desaparición de la Madre, y al otro saldu que había visto de vez en cuando. El Majapa no era ninguno de ellos. Debió ir a Wowunupo mientras yo estaba buscando a los Perdidos en la Pradera Alta.

Pero el Majapa hablaba: «Alguien del poblado del sheriff envió esas cestas al museo, hace dos lunas. Las puse con las otras cestas más parecidas... Aquí... Son tuyas...».

El Majapa levantó una de ellas y se puso a quitar la etiqueta del museo, pero Ishi lo detuvo, moviendo la mano con la palma hacia afuera, de un lado a otro. «Deje estar la marca del museo. Las cestas de mi prima forman parte de este watgurwa de tesoros». Cogió la cesta que el Majapa le ofrecía y recogió la otra, llevándose las dos a la cara y oliéndolas. «¡Ahh! ¡Huelen a la cueva, a Wowunupo!». Siguió con el dedo el dibujo tejido en una de ellas. «Esto es pedúnculo de helecho. Se saca del Prado Redondo. Esto es flor de lis. La Pequeña y yo la encontramos al otro lado del riachuelo, muy arriba... ¡Su! La Pequeña se convierte en parte del Mundo de los saldu, tanto como yo».

El mismo día, más adelante, Ishi se acercó al Majapa con una pregunta. «Hablando de los dos saldu que no robaron en Wowunupo, tú que los conoces, ¿por qué no impidieron que los otros robaran?».

«Eso pregunté yo. Intentaron impedirlo, pero el Jefe no estaba dispuesto a hacer nada... Entre nosotros hay buenos y malos Jefes, como hay personas buenas y malas a las órdenes de los Jefes».

«Eso me dijo mi tío hace mucho tiempo».

«Los dos de que hablamos no siguieron trabajando para el Jefe después del día que intentaron encontrar a tu madre. Entre nosotros pasa lo mismo que entre los tuyos: quien no está de acuerdo con el Majapa debe irse del watgurwa».

Era el día siguiente. El Majapa dijo: «Es el momento de ir al Océano Exterior».

De nuevo subieron al tranvía, pero el tranvía los llevó fuera de la ciudad, rodeando un alto risco que recordó a Ishi el Punto de Observación. El risco era uno de los cabos que el Majapa denominaba la Golden Gate (Puerta de Oro), donde los ríos desembocaban en el Océano Exterior. Y allí, debajo de ellos, siguiendo hacia el oeste todo lo que el ojo era capaz de ver y más allá aún, estaba el Océano Exterior.

Cerca de la costa había rocas negras donde dormían los leones marinos, o trepaban y se dejaban resbalar al agua. Sus ladridos y los graznidos de las gaviotas eran audibles por encima del rugido de las olas. Ishi y el Majapa bajaron por un declive que los condujo a la costa arenosa y húmeda, al Borde del Mundo.

El viento del mar les removía los cabellos y espolvoreaba de sal la boca y los ojos. Rieron y corrieron hacia las olas y, cuando las olas estaban a punto de caer sobre ellos, retrocedieron corriendo sobre la arena húmeda, alejándose. Una ola echó a la costa una concha blanca y perfecta; Ishi se paró para recogerla y pensó en su Sueño.

El Majapa e Ishi se sentaron en un madero traído por el mar y fumaron. No intentaron hablar por encima del ruido del océano. Tal vez el Majapa esté en su Sueño como yo estoy en el mío.

Antes de irse, el Majapa sacó harina de maíz de una bolsita de cuero. Sopló un poco de harina hacia la ola más próxima, que se la llevó mar adentro.

«Aprendí a hacer esta ofrenda de alguien como tú, que vive muy en el interior, pero que también guarda en su fardo de los tesoros conchas del Océano Exterior, y que a veces deja su casa del desierto para visitar el mar».

«Es un buen presente. Desde este día ofreceré gachas de bellota al Océano Exterior si eso te parece bien».

«Aiku tsub. Me parece bien, muy bien».

Caminaron por la arena alejándose del mar, por una arena tan metida tierra adentro que estaba seca y saliente al pie. El pie de Ishi se hundió profundamente en la arena; a él se le cortó la respiración. Tuvo la sensación de que una llamarada le subiera por el pie y la pierna hacia el vientre y el pecho, hasta la cabeza; cerró los ojos.

Ando con la Pequeña por las piedras calientes del suelo del cañón; vamos de camino hacia el Prado Redondo, a jugar a los Animales de la Pradera.

Abrió los ojos. ¡Su! Es con el Majapa con quien ando por las arenas del Borde del Mundo. El Océano Exterior me ha echado una concha como las conchas deL collar de la Pequeña. Sus cestas están en mi habitación deL watgurwa-museo. Y de este modo nuestros Sueños, el de la Pequeña y el mío, se acercan.

Anduvieron alejándose del mar hasta el parque y atravesaron el parque, deteniéndose para ver los búfalos. Ishi preguntó: «¿Es cierto lo que dijo el hijo del Kuwi, de que los Pueblos como los Yahi en un tiempo tiraban a los búfalos con arcos y flechas, como nosotros tirábamos a los ciervos?».

El Majapa asintió: «Esos pueblos comían carne de búfalo y utilizaban los huesos y las pieles como vosotros utilizabais la carne, la piel y los huesos de los ciervos».

Ishi se quedó mirando los búfalos. «Cuando Maliwal aprenda a tirar el arco, tú, él y yo vendremos aquí y cazaremos búfalos, ¿eh?».

Anduvieron otra cierta distancia, hasta que Ishi se detuvo señalando hacia una colina. «¡Wowi! ¡Wowi aizuna!». Miraba y señalaba el watgurwa-museo, muy por encima de ellos.

Cuando hubieron subido la colina y los altos escalones de piedra, se dieron la vuelta para mirar el parque y recoger tantos lugares sobresalientes de su camino como se vieran. Ishi pasó su mano por la panorámica. «Hoy nosotros hemos recorrido todo vuestro Mundo ».

«Ahora también es tu mundo».

«Haxa, sí. Tu Mundo y el mío».

Llegó y se fue toda una luna y otra estaba desvaneciéndose. Ishi se sentaba en lo alto de los escalones del museo, mirando los árboles del parque y, más allá, los cabos de la Golden Gate, y sus pensamientos se dispersaban como solía ocurrirle cuando estaba en la Roca Negra.

Pensaba en el Sendero que había perdido y pensaba en Wowunupo. En Wowunupo vacío, saqueado. Wowunupo, con el fuego caliente en el hoyo del fuego y los Ancianos y la Pequeña sentados alrededor del fuego. Oía de nuevo el murmullo de sus voces. Pero entonces sus pensamientos tornaban al Majapa y a los hombres del museo; el watgurwamuseo; al cigarrillo que estaba liando como le había enseñado el Majapa.

Iba de una habitación a otra del museo. Comenzaba a conocer este watgurwa como había conocido los almacenes y las viviendas de Wowunupo. Estudiaba los peinados de plumas, las polainas de piel de ciervo, la casa de las pieles de búfalo, las cajas de madera tallada, las máscaras, los postes totémicos, las cestas y todos los demás tesoros que se encontraban allí. Estas cosas eran nuevas para él, pero se daba cuenta de qué herramientas las habían moldeado; sabía cómo había empuñado la mano el instrumento.

Había salas donde se reparaba la cerámica y los objetos de vidrio y huesos rotos; donde se limpiaban los cueros y las pieles; donde se arreglaban los tesoros para mostrarlos a los hombres, las mujeres y los niños que llenaban el museo por las tardes. En una de estas salas de trabajo encontró un trozo de piedra de cristal, de vetas derechas y sin defecto, que había sido tirado. Había también algunas herramientas de tallar, no las mejores, pero bastante buenas. Ishi hizo una almohadilla de tela de carreta para protegerse la mano del cristal y se puso a la obra. Aquella misma mañana, más tarde, fue al despacho y dejó una punta de flecha en la mesa del Majapa.

«Es un trabajo muy fino», dijo el Majapa, mirándolo a través de un vidrio amplificador. «¿Dónde la has encontrado?».

«Lo he hecho yo».

«¿Dónde? ¿Cómo?».

«Ven. Te lo enseño».

Fueron al taller. Ishi enseñó al Majapa el raspador de cuerno que había utilizado para hacer la punta de flecha. «Pero para hacer una cabeza de flecha valiosa para Waltsuna, utilizó un raspador más fino... Yo puedo hacer ese raspador... Yo puedo hacer puntas de flecha... un arpón... un arco como el que quiere Maliwal... Las buenas herramientas que estaban en los estantes de Wowunupo... Se podrían colocar en los estantes del watgurwa-museo... Si te parece».

«Me gustaría mucho, muchísimo. Tú harás una habitación Yahi aquí, en el museo. Los visitantes verán un arco Yahi y un arpón Yahi. En tu habitación aprenderán algo del Mundo de los Yahi».

Algunos de los materiales que Ishi necesitaba estaban ya en el museo. Muchas clases de madera, helechos, hierbas y tintes los encontró en el parque, o en los campos cercanos a la Ciudad. Él y Maliwal dieron largos paseos en tranvía a lugares apartados, regresando con buena madera de enebro o piedra de cristal. Y cuantas veces iban al campo los hombres del museo, a regresar traían algo de lo que Ishi había dicho que necesitaba. Los estantes de su cuarto comenzaron a tener el aspecto de los estantes de Wowunupo.

Un día Ishi levantó la cabeza de su trabajo; oía acercarse una carreta rápida. Por regla general eso significaba nuevos tesoros de algún lugar lejano; salió corriendo para abrir la puerta del sótano y ayudar a transportarlos en un gran barril. Escudriñaba quitando la tapadera del barril y, en el momento en que llegó el Majapa, Ishi tenía muy adelantado el desempaquetamiento.

«Sí, en un tiempo fueron muy utilizados. Son antiguos, muy antiguos».

« ¿De qué Mundo proceden, Majapa?».

«Del Mundo de los Griegos, un lugar en algún sentido parecido al Mundo de los Yahi».

«El Mundo de los Yahi no tiene cestas de barro».

«No; quiero decir que el Mundo de los Griegos era plano como el Mundo de los Yahi y estaba rodeado por un Océano Exterior que era llamado el Río Océano... Había Dioses y Héroes, y el centro del Mundo de los Griegos era una montaña que se llamaba el Olimpo».

Ishi cogió uno de los antiguos vasos griegos, manteniéndolo a la distancia del brazo extendido, y estudió los dibujos que llevaba pintados. «¡Aii-ya! ¡Aquí hay uno que dispara el arco!». Miró otro. «¡Aquí cazan! ¡Cazan un ciervo! Los wanasi griegos son fuertes; doblan el arco con la curvatura de la luna nueva. Saltan como salta el ciervo».

Ishi colocó la vasija en un estante del armario al lado de las demás, cerró la puerta del armario y echó la llave, y arrastró el barril vacío al exterior. Luego siguió al Majapa a su despacho. En el despacho, Ishi preguntó: «¿Cómo se saben esas cosas si, como tú has dicho, el Mundo de los Griegos es un mundo de hace mucho tiempo?».

El Majapa cogió un libro de la biblioteca situado detrás de su mesa y, abriéndolo por una determinada página en la que había un dibujo, se lo enseñó a Ishi. «Aquí dice: 'El Antiguo mundo Griego'. Ahí ves el Mundo y el Río Océano que lo rodeaba por completo. Las palabras de esta página y de otras páginas cuentan la historia de los Dioses y los Héroes Griegos».

«¿Tú puedes hacer un dibujo parecido a este?».

En un cuaderno de papel amarillo, el Majapa hizo un croquis de colinas, una montaña y arrojos. Señalando la montaña, dijo: «Esto es el Waganupa». Y señalando a los arroyos: «Esto es el Riachuelo de Yuna; aquí el Riachuelo de Banya; aquí el Río Daba.» Escribió los nombres en su sitio. «¿Dónde está Wowunupo?».

Ishi estudió el dibujo. «Aquí». Marcó un punto. El Majapa escribió el nombre debajo.

«Aquí está Gahma», dijo Ishi. Luego trazó una linea de puntos. «Este es el sendero de Tuliyani a Tres Lomas». Hizo un pequeño semicírculo por la Roca Negra y otro mayor por la Cueva Verde. De nuevo el Majapa escribió los nombres y luego los leyó, señalándolos. «Daha, Wowunupo, Gahma».

Ishi hizo un dibujo en otro trozo de papel amarillo, con las líneas de los límites, semicírculos para las aldeas y puntos en los senderos. El Majapa escribió los nombres tal y como él los decía. Era un mapa-dibujo del Mundo de los Yahi. Cuando estuvo acabado, Ishi preguntó: «¿Podrías tú contar la historia de los Ancianos? ¿Podrías tú hacer un libro?».

«Sí. Podría comenzar por tu dibujo-mapa. Tendría las palabras Yahi que tú me has dicho y tantas palabras como tú quieras decir». Señaló la fila de cuadernos de apuntes de su mesa.

«Muchas lunas después de que tú y yo hayamos viajado por el Sendero de los Muertos, quienes vivan en mundos lejanos podrán leer y saber cómo hablaba el Pueblo y quiénes eran sus Dioses y sus Héroes, y cuál era su Camino.., si tú quieres».

«Quiero. Aiku tsub. Yo hablaré la Lengua; tú escribirás mucho Yahi. Los Ancianos vivirán en el libro».

Las lunas completaron el ciclo de las estaciones una vez, dos veces y otras dos veces más. Ishi se sentaba en el exterior del museo, en lo alto de los escalones de piedra, anudando una red de pescar hecha de fibra de asclepias, levantando la vista de su trabajo para mirar los barcos de pesca pintados con colores brillantes que regresaban del Océano Exterior con la captura de la madrugada.

El Kuwi se detuvo por un momento para ver lo que hacía y miró hacia los barcos de pesca. «Creo que hoy traerán salmón fresco», le dijo Ishi.

La gente pasaba por el malecón de abajo. Muchos de ellos saludaban a Ishi, «Buenos días», e Ishi les respondía con la mano y replicaba a sus palabras.

El Majapa salió y se sentó a su lado. «Esta es la cuarta repetición del día en que llegaste por primera vez al watgurwamuseo», le dijo.

«¡Su, su! Ese día parece estar tan lejos como los días de Tuliyani».

«Me gustaría ver Tuliyani y el Cañón del Yuna».

«¿Todavía lo deseas?».

«Sí. Tu Sueño te ha traído al Borde del Mundo. Pero yo nací en el borde del mundo y mi sueño me lleva aguas arriba, hacia los riachuelos y las colinas... Yo estuve tierra adentro una vez, en un lugar donde me hice amigo de unos Ancianos que me enseñaron lo que recordaban de la Lengua de sus Abuelos. Esa lengua se parecía bastante a la lengua que tú y yo hablamos juntos cuando nos conocimos, ¿te acuerdas?».

Ishi sonrió. «Me acuerdo muy bien, Majapa».

«Yo hice el viaje despierto cuando estuve buscándote en el Cañón de Banya y fui a Wowunupo; pero sólo en mis sueños he estado en la cima del Waganupa y en el fondo de la garganta del Cañón de Yuna».

«Eres joven, Majapa. El Sueño necesita su tiempo».

«Su, es bueno soñar». El Majapa sacó un saquito y papel del bolsillo y lió dos cigarrillos, dando uno a Ishi. Ishi dejó a un lado su trabajo para encender una cerilla. Prendió los dos cigarrillos y observó cómo se consumía la cerilla.

«Este encendido rápido de la punta de un palito es la mejor magia de los saldu».

« A veces me parece que es magia de coyote: mala».

Ishi miró al Majapa para ver si estaba haciendo un chiste: no era así. Ishi dijo: «Hablo con la experiencia de quien ha conocido lo que es encontrar frío el hoyo del fuego y estar sin taladro para hacer fuego... pero tú, Majapa, ¿estás quizá pensando que los palos de fuego también son de encendido rápido?».

«Haxa, sí. Los palos de fuego y todas las demás cosas: cañones, armas de fuego, guerras». A continuación hubo un silencio entre ellos.

Luego Ishi preguntó: «¿La guerra que hay ahora al otro lado del océano, vendrá a este mundo?».

«Tal vez no, no esta vez. Pero nosotros cruzaremos el mar para ir a luchar en esa guerra. O eso creo yo».

«¿Irás tú, Majapa?».

«Pero tú eres un hombre de paz. Tiras al blanco y das en el ojo del toro, disparas mejor que el hijo del Kuwi y que yo. Sin embargo, tú no irías con nosotros ni siquiera a tirar contra un conejo para la comida».

«Sí soy un hombre de paz. Pero no habrá posibilidad de elegir».

«Cuéntame, Majapa, ¿por qué razones hacen los Pueblos la guerra entre ellos?».

El Majapa contó a Ishi algunos de los acontecimientos que condujeron a la Guerra Mundial. Ishi escuchaba con atención y, al final, asintió con la cabeza. « El país Bélgica es como el Mundo de los Yahi cuando aparecieron los saldu entre el Pueblo», dijo Ishi. «Pero no toda la gente de Bélgica morirá como murieron los Yahi, puesto que algunos de sus vecinos lucharán contra ellos».

«Aun así, no bastará: El enemigo es poderoso».

«Entonces, ¿tú lucharás contra ese enemigo?».

«Haxa... Pero ahora tenemos que trabajar, ¿eh?».

Pasaron adentro, el Majapa a su despacho, Ishi a su esquina de trabajar, donde extendió la tela de carreta para recoger el cristal que iba rascando para hacer una punta de flecha, y las virutas de hacer arcos y flechas. Los arcos y las flechas Yahi, las redes de pescar y otros muchos instrumentos estaban ahora en la estantería inmediata a la de las cestas de la Pequeña.

«Los estantes se llenan igual que tus cuadernos», decía a veces Ishi al Majapa, cuando este se sentaba con él en la tela de carreta, observándole hacer y describiéndolo todo lo bien que le era posible en sus cuadernos. Muchas veces interrumpía el trabajo cuando Ishi repetía las palabras Yahi correspondiente a lo que estuviera haciendo, y el Majapa las decía hasta que ambos quedaban satisfechos.

Pero hoy el trabajo no lo retuvo mucho tiempo. La gente -los visitantes del museo- se acercaban y se detenían. Por regla general, le gustaba hablarles, preguntarles, si se mostraba interesados y amigables, y los invitaba a sentarse un rato a su lado.

Pero la conversación sobre la guerra hacía que estos saldu extraños resultaran enemigos para Ishi; sus enemigos y los del Majapa. Dio una sacudida a su tela de carreta, la dobló y se fue a la calle. No solía salir del museo solo. Pero hoy se fue por su cuenta al Océano Exterior.

Allí, el viento llevaba la niebla sobre la arena y el mar en forma de corriente blanca y fría. Las sirenas gemían como el somorgujo en las praderas. Ishi se erguía solitario sobre la arena húmeda del Borde del Mundo, de cara al viento y la niebla, pensando en el Majapa, en la guerra, mientras las olas frías corrían alrededor de sus pies desnudos y dejaban el regalo de una concha blanca.

Ishi recogió la concha, echándola en su fardo de los tesoros. Cogió un puñado de harina de maíz y la plio arco sobre las olas a sus pies. Mientras la observaba desperdigarse tranquilamente sobre el agua, pronunció una plegaria:

¡Suwa!
¡Es el Viejo Diablo una vez más!
¡ La Violencia y la Muerte y el Miedo y el Odio!
¡Que el enemigo que destruiría el Camino
Sea él destruido
Que vaya bajo la tierra y sea arrastrado
Hacia el Océano de Resina Negra!
Que la harina de maíz
Extendiéndose, extendiéndose
Traspase su fuerza
A los Seguidores del Camino
Tranquilizando los corazones de los hombres
Como aquieta las olas
del Océano Exterior. ¡Suwa!

Con el corazón apaciguado, Ishi dio media vuelta, alejándose del mar, y regresó al museo. Ahora, la tela de carreta volvía a ser una vez más un buen sitio para sentarse y trabajar. Y las personas que se acercaban a hablarle ya no eran enemigos; era buena gente, gente que sonreía al hablar él, que tomaban asiento a su lado en la tela de carreta, aprendiendo lo que hacía, contándole cosas sobre lo que ellos hacían y pensaban.

Varias veces a la semana, mientras Ishi trabajaba o cuando salía del museo, el hijo del Kuwi lo acompañaba. Fue Ishi quien le dio nombre, Maliwal, Joven Lobo. Para el Joven Lobo, Ishi era el Hermano Mayor. Juntos hicieron un arco, flechas y una aljaba. Maliwal aprendía a tirar con el arco en el parque, donde Ishi colocaba blancos, unos en tierra, otros a la altura del hombro y otros en alto. Los colocaba para tirar de cerca y para hacerlo de lejos.

Maliwal fue ganando habilidad con el arco; aprendió a convocar la caza; se movía en silencio por la maleza y sobre la tierra áspera, con los pies desnudos, Cuando fue capaz de hacer todas estas cosas y supo seguir el rastro de los distintos habitantes de la maleza y pudo comenzar a decir, por el olor de la tierra, qué se encontraría allí y qué clase de cuadrúpedos la habían hollado recientemente, entonces fueron más allá del parque. A veces cogían mantas y pasaban la noche al aire libre. Su cena consistía en pescado de rompiente, si estaban cerca del mar o en pescado de agua dulce, si estaban junto a una corriente de agua dulce, o en guiso de ardilla, conejo o codorniz asada, si estaban adentro.

Maliwal e Ishi no consideraban estas ocasiones que pasaban juntos como juegos ni bromas, aun siendo felices y por mucho que les gustara lo que hacían. Maliwal se tomaba demasiado en serio el aprendizaje de todo lo que pudiera enseñarle el Hermano Mayor; y para Ishi, la significación iba más allá de lo que hacían.

El wanasi delgado me ve como el Anciano, el Sabio, como yo vi en su tiempo al Tío Mayor. Y, cuando tira con su arco, La flecha va más allá del blanco, desde este Mundo del Monstruo hasta el Antiguo Mundo de los Yahi. El arco de la flecha hace que los dos Mundos se acerquen.

A veces, cuando Maliwal había estado con él, y luelgo le decía adiós por esta vez, una terrible añoranza se apoderaba de Ishi. Anhelaba oír la voz suave de Tushi, porque Maliwal por unos instantes se la había acercado; necesitaba sentir que ella se movía sin ruido por la maleza a sus espaldas; que si se daba la vuelta, ella estaría allí, sonriéndole.

En otras ocasiones, Ishi salía del museo por la puerta trasera y, alejándose unos cuantos pasos del edificio, se perdía de vista en el Bosque de Sutro. El bosque comenzaba en la hondonaba de la empinada colina situada detrás del museo, cubría la colina, continuaba por el otro lado, hacia el oeste, y sobre colinas más bajas, casi hasta el Océano Exterior, donde los árboles se aclaraban y ocupaban su lugar las dunas de arena, desnudas y sin árboles.

Los árboles del bosque eran viejos eucaliptos, de un verde grisoso, que se acercaban más al Mundo Celeste que los pinos más altos. Ishi no había conocido árboles como aquellos. Se tendía en la tierra, observando cómo el viento llevaba sus hojas color pedernal en locas danzas circulares, y respiraba el aire procedente de ellos, cargado de perfume de hierbas como el del laurel y el del enebro juntos.

Ningún ruido de la Ciudad interrumpía la seca voz cascabeleante de las hojas al viento. Atravesaba el bosque un arroyo profundo y en el fondo del arroyo, fluía una pequeña corriente alimentada por un manantial. En el arroyo vivían conejos, mofetas, ratas y zorros sueltos, pero no había ciervos.

Habiendo probado a masticar las hojas amargas y aceitosas, Ishi estaba seguro de que a los ciervos no les gustarían.

La Ciudad y los saldu han olvidado este lugar. Aquí, los cuadrúpedos y los pájaros me ven como una criatura del monte igual que ellos. No huyen de mí; nunca han oído un palo de fuego. Es un buen lugar y creo que no ha conocido ningún otro bípedo.

Una mañana soleada, su añoranza había llevado a Tushi al bosque. Estuvo sentado durante un rato junto a un estanque del arroyo. En el estanque vivían renacuajos, ranas y culebras de agua.

Crecían nenúfares y los pájaros se acercaban a bañarse en el agua verde.

Ishi dejó el estanque y fue lentamente al arroyo. El arroyo tenía más pendiente y el agua chapoteaba suavemente sobre las rocas. No había ningún otro ruido. Un poco más lejos, crecían los cincoenramas y los juncos bajos, allí donde el manantial nacía de la ladera o de la colina.

Uno podría estar en estas rocas planas y beber del manantial sin mojarse los pies. esta es la clase de lugar que le gustaba a la Pequeña. Ella decía: «Donde el agua sale fresca de la tierra, el agua es dulce con sabor a bulbos y a raíces de helecho». Ahora puedo verla allí, con un pie en cada piedra, doblándose por encima, bebiendo.

La muchachita que se agachaba para beber del manantial del arroyo no era la Pequeña de Ishi. Cuando se puso derecha, al cabo de su largo trago, vio que era una niña saldu de pelo rubio y ojos azules. Pero sus pies desnudos y los brazos, la cara y el cuello estaban tan moneros del sol como los de Ishi. Tenía el tamaño de la Pequeña cuando se le permitió por primera vez ir al Prado Redondo con Ishi y también era delgada y de movimientos rápidos.

Cuando se alejaba del manantial y vio a Ishi, él le echó una sonrisa. Ella también sonrió, aceptándolo como hacían las demás criaturas del bosque. Ishi levantó la mano, con la palma hacia fuera y los dedos extendidos; ella comprendió esta señal de silencio. Él señaló hacia un helecho. Ella miró donde él indicaba y permaneció tan inmóvil como Ishi, mientras una serpiente verde se deslizaba por debajo del helecho sobre sus pies desnudos y el agua.

Ella e Ishi siguieron el decurso de la serpiente verde corriente abajo, hasta alcanzar el estanque, que atravesó, desapareciendo en la hierba de la otra orilla. Por debajo del estanque, la muchachita había comenzado a hacer una presa. Se la enseñó a Ishi y, juntos, trabajaron en ella. Ishi rajó una piedra plana que era demasiado grande para la presa y le enseñó cómo los castores echan barro en las hendiduras entre las rocas y los palitos.

El Sol estaba casi en la cima del cielo; era la hora del almuerzo. Anduvieron sendero abajo junto al riachuelo; luego Ishi se fue en dirección al museo y la muchachita por otro camino, hacia su casa. Mientras pudieron verse, estuvieron vueltos diciéndose adiós.

Después de este primer encuentro, Ishi y la muchachita se vieron muchas veces, siempre en el bosque. Ella era el único saldu que él hubiera conocido que nunca le preguntó su nombre ni dónde vivía.

Ella cree que vivo en eL bosque, como yo creo que ella debe vivir allí.

Un día ella fue al museo, varias lunas después de que Ishi la hubiera conocido junto a la fuente. Él la vio y le sonrió, pero no intentó hablar con ella en el museo.

Creo que está con su padre y su madre. Ellos no hablan conmigo así que ella tampoco. Es tímida como un cervatillo al verme en el watgurwa, pero no se espanta cuando me ve en el bosque. ¡Suwa! Nosotros somos bípedos de la maleza, ella y yo. Nuestro lugar de conversación está en el arroyo y no aquí, entre tantos saldu.

La Pequeña era incluso más apacible que lo había sido Tushi. No hacía muchas preguntas y, por regla general, esperaba a que Ishi hablara. Ella podía decir: «Hay una familia de mofetas; ven, te la enseñaré». Se sentaba y permanecía inmóvil, como él cuando esperaba a que saliera un conejo del matorral. Las codornices iban a sus manos en cuenco con la misma falta de miedo que a las manos de Ishi.

Una vez anduvieron hasta el final del bosque y la vuelta. Cuando estaban juntos, Ishi era quien decidía hasta dónde debían ir; él era quien abría camino. Ella le seguía detrás, como acostumbraba a seguirle la Pequeña; y al igual que aquella, a veces cotorreaba, pero en voz floja; y si él deseaba decir algo, ella se mantenía callada y escuchaba.

Un día, ella cogió una rama de un eucalipto joven, con las hojas curvadas, verde claras, y las arrastran por el agua donde les daba el Sol.

«Quiero que lo veas», dijo a Ishi. «Son tan bonitas».

Ella dijo bonitas como La Pequeña decía dambusa. Dice que son bonitas las flores y los insectos que corren por encima de este estanque verde, como acostumbraban a correr sobre el Prado Redondo.

Reunieron cápsulas de semillas de eucalipto, las más grandes y más gruesas que pudieron encontrar, e Ishi ató los casquetes a modo de cuentas con un cordel, haciéndose un collar.

Cuando esta Pequeña dice con su voz de matorral: «Son bonitas, son bonitas», entonces me parece que la otra Pequeña estuviera muy cerca de mí. Dambusa. Dambusa.

El mensajero fue al museo con un paquete para Ishi. «Firme aquí, por favor», dijo.

Ishi firmó en la línea en blanco de la lista amarilla: Ishi. Luego fue con el paquete sin abrir al despacho del Majapa. Suponía que era corteza de cedro, plumas o madera para flechas. Sea lo que sea, los paquetes de tesoros que vienen de lugares lejanos tienen magia. Son como las conchas del Océano Exterior que llegaban a manos del Pueblo después de haber pasado por muchas manos en su ascenso por el Río Daha, por los riachuelos hasta las aldeas de Yana y de Banya.

Ishi sopesó el delicado paquete. Tiene la longitud de mi brazo hasta la punta de los dedos... Mi nombre resulta extraño en letras cuadradas, distintas de como el Majapa me enseñó a hacerlas. ¿Qué puede haber en este paquete?... ¡Su! Estos nudos son difíciles de soltar, pero la cuerda es buena, no se debe inutilizar cortándola. Y eL papel es bueno.

Ishi enrolló la cuerda haciendo una bola y desplegó el envoltorio exterior y luego el interior. El tesoro quedó al descubierto sobre la mesa.

«¡Aaaah! ¡Su!». Ishi tocó con las yemas de los dedos la aljaba de piel de nutria. «¡Es mi aljaba de Wowunupo!». Dentro de la aljaba había otro paquete más pequeño. Lo abrió; era su viejo cuchillo de piedra de cristal en su vaina de piel de ardilla. Con el cuchillo había un trozo de papel escrito. Los ojos y el entendimiento de Ishi se nublaron; se dirigió al Majapa. «¿Gracias a qué magia me han llegado estas cosas?».

El Majapa movió la cabeza de un lado a otro. Ishi le entregó el papel escrito. «Qué es lo que dice?».

El Majapa leyó en voz alta: «Estimado Señor Ishi: Durante mucho tiempo he sentido mi corazón inquieto porque estuviera usted sin su aljaba y su cuchillo. Así que se los envío al museo donde me han dicho que vive. Los he cuidado bien desde que me fueron entregados. Lo firma 'Un amigo».

Llamaron al Majapa; él devolvió el papel a Ishi, quien lo dobló y se lo metió en el bolsillo; luego se sentó, sosteniendo su tesoro, tocándolo.

El cuchillo y la aljaba no me llegan por casualidad. ¿Habrán metido Jupka o Kaltsuna la idea de enviármelos en la cabeza de los saldu?... ¿Y por qué este paquete me hace pensar en el sueño del Majapa?... No ha dicho nada del sueño desde que hablamos de la guerra.

El Majapa regresó mucho después. Ishi habló con cierto esfuerzo. «He esperado para hablar contigo... Nosotros, tú y Maliwal y yo podríamos ir al Mundo de los Yahi en la época del Año Nuevo... Si tú quieres... Podría enseñarte los lugares de los dibujos del mapa... Podríamos llevar este cuchillo, esta aljaba y los nuevos arcos y flechas que he hecho en el watgurwa-museo».

Los panes y los paquetes para el viaje estaban preparados, esperando, en el watgurwa-museo. La luna fría del final del invierno envejeció y la nueva luna del trébol verde colgaba como un arco Yahi doblado del cielo vespertino, y luego se fue llenando y redondeando.

«Es el momento de ir», dijo Ishi. Así comienza el Sueño. Pero hoy seguimos el Sueño del Majapa, lejos del Borde de la Tierra. Si es bueno o malo, eso no puedo saberlo. Está bien vivir el Sueño, pero los Ancianos pueden enfurecerse de que lleve a los saldu, incluso de que regrese a la tierra vacía...

El Monstruo llevó a Ishi, el Majapa y Maliwal por el Gran Valle hasta el poblado saldu del borde de las colinas donde nacía el Riachuelo de Banya, sale del final del cañón al valle. Allí cargaron en caballos los arcos, los arpones, las cestas, los paquetes y las mantas que habían llevado desde el watgurwamuseo. Fueron a caballo por las colinas y ascendieron por un sendero hasta arriba del Cañón de Banya. Era media tarde cuando llegaron al Riachuelo de los Tejones, cerca de la vieja cabaña de los saldu y de las encinas donde Ishi y la Pequeña habían recogido bellotas la mañana que los saldu comenzaron a trabajar en la zanja.

Los nuevos tréboles, una suave alfombra, recubrían las laderas de las colinas y los peñascos escabrosos del Mundo de los Yahi. En los prados y en los cañones, estaban en flor los ranúnculos y las margaritas, los altramuces y los lirios, las flores de lis y los trilios; la atmósfera era dulce del olor de los madroños, las azaleas y las manzanitas con sus flores blancas. E Ishi volvía a su casa.

Ishi estaba demasiado incómodo, demasiado inseguro de lo que les esperaba en el Mundo de los Yahi para preocuparse mucho de ir a caballo, pero se daba cuenta de que no le gustaba. Se sintió aliviado cuando desmontó y estuvo sobre sus propios pies; cuando se bajaron los paquetes de los caballos, se fueron los caballos y el arriero.

El Majapa preguntó: «¿Haremos aquí el fuego de campamento?».

«Podríamos...». La voz de Ishi se arrastraba insegura.

«¿Estás pensando en otro sitio?».

«Podríamos guardar en un escondrijo las cosas que no necesitamos para esta noche... ». Ishi no dijo que estaba pensando en el escondrijo donde la Pequeña y él habían guardado bellotas. «Luego podríamos ir al Riachuelo de Banya, a Gahma». Si nos quedamos aquí, donde los saldu han hecho sus campamentos durante muchas lunas, ¿sabrán los Espíritus de los Antepasados que estos saldu, mis amigos, son distintos de los otros?

«Hagamos eso», dijo el Majapa.

«Es un viaje difícil desde aquí a Gahma».

«Pero cuando lleguemos a Gahma, estaremos donde comenzó tu vida...».

Ishi asintió. Mi amigo es un verdadero Majapa sabio. Ningún mal puede surgir de traerlo al Mundo de los Yahi.

Así que, llevando solamente lo que necesitarían para la noche, los tres se deslizaron y arrastraron por la escarpada pared del cañón, entre manzanitas, chaparrales y zumaques, saliendo al Riachuelo de Banya a la altura de Gahma. Llano, libre de matorral, alfombrado con una estera de tréboles verdes, las aguas profundas corrían lentamente junto al arco de tierra en forma de luna creciente.

«Ahora comprendo cómo los Yahi llamaban a Gahma el Poblado Dambusa», dijo el Majapa.

Ishi hizo fuego con su taladro, escogiendo un sitio más abajo de las antiguas casas. Dentro del fuego, puso a calentar rocas del riachuelo. Mientras el fuego se consumía, él, el Majapa y Maliwal erigieron encima un burdo refugio. «Esto no es un watgurwa bien hecho, pero servirá», dijo Ishi. Luego, los tres se tendieron dentro del refugio. Desde el día que dejó el Mundo de los Yahi no había sentido Ishi la profunda vaciedad del baño de sudor del watgurwa, y Maliwal y el Majapa no la conocían hasta ahora.

Ishi se irguió y cantó las antiguas canciones rituales y recitó la Plegaria del Final. El pelo, las caras y los cuerpos desnudos de los bañistas estaban surcados de sudor; el sudor les caía por los hombros y por la punta de la nariz. Se metieron en las tranquilas aguas de Gahma y nadaron contracorriente y a favor de la corriente al volver. Luego se sentaron en la orilla mientras Ishi encendía una pipa de tabaco sagrado y expulsaba el humo al Mundo Celeste, al Mundo Subterráneo, y al Norte y al Oeste y al Este y al Sur: en todas las direcciones de la Tierra. Ishi dio al Majapa y a Maliwal tabaco en polvo para que lo echaran desde sus palmas planas y abiertas mientras él recitaba la Plegaria de la Purificación.

«¡Aiku tsub! Ha comenzado bien. Ahora descenderemos por el riachuelo». Fueron hasta más abajo del tronco de aliso.

Ishi indicó a los demás que lo esperasen mientras iba solo al lugar donde había encontrado las conchas de la Pequeña.

Está igual que la última vez que estuve aquí.

Volvió y cruzó por el tronco de aliso al refugio de pescar. Estaba igual que la última vez que lo había visto, purificado y vacío. Llamó al Majapa: «¡Ven, pescaremos!». Con los pies desnudos, el Majapa y Maliwal cruzaron corriendo por el resbaladizo tronco.

Ishi llevó a Maliwal donde pudiera coger un salmón desde la orilla. Él y el Majapa nadaron hasta la roca del centro del riachuelo. «Es mi antiguo puesto de pesca», dijo Ishi. «Quiero que coja el primer salmón aquí».

Los salmones nadaban de prisa, río arriba, a contracorriente. El Majapa dio un buen golpe, arponeando uno de los peces sagrados de la primavera y el Año Nuevo, un salmón de escamas resplandecientes como la luz de la luna.

«¡Aiku tsub! ¡El pez sagrado ha ido a ti! ¡Los Espíritus no están enfadados ni temerosos de tenerte aquí!».

Dejando el arpón al Majapa, Ishi se metió dentro del riachuelo, hasta donde el agua era rápida y profunda, para coger un pez del Año Nuevo a la antigua manera, con las manos desnudas; para nadar, una vez más, como nada el salmón, con fuerza, aguas arriba.

Más tarde, asaron sus presas pinchadas en palitos, goteando la grasa en el fuego: chsss-chsss. Al comer dejaban las espinas sobre hojas para que se secaran delante del fuego, para ser molidas y comidas posteriormente, para poder participar de la fuerza del salmón.

Estaban sentados alrededor del fuego, hablando poco, Ishi y el Majapa fumando. Cuando se agregaba un tronco, Maliwal alejaba las espinas secas de salmón de la llama reavivada. En la oscuridad, murciélagos y vencejos batían el aire sin hacer ruido, cazando. La luna llena del Año Nuevo se elevaba sobre el Waganupa, convirtiendo el cañón en una mezcolanza de blancos y negros planos.

Había la inquietud que la luna llena procura a los cuadrúpedos; de las ramitas chasqueando entre la maleza; de una carrera secreta e invisible entre los árboles. En las ramas altas de un pino gris muerto se posaron unos buharros; estuvieron cambiando de lugar de reposo mucho después de lo que habitualmente estaban dormidos. Había parloteo entre los pájaros pequeños y un nido de pájaros carpinteros verderoles se despertó y gritaba ¡yagka, yagka!

Del cañón brotaba un melancólico coro de palomas, búhos, sapos y ranas. El Majapa y Maliwal estaban tendidos junto al fuego y dormían. Ishi estaba completamente despierto, escuchando. La noche era clara como la noche que llevó a su amigo por el Cañón de Banya abajo; era como la noche que estuvo sentado junto a la Madre, con la mirada fija en la oscuridad, preguntándose si los Perdidos estarían a salvo en el refugio de pescar del otro lado del riachuelo.

Se puso en marcha: sabía lo que debía hacer. A la luz de la luna se movía con mayor rapidez que a la luz del día. A veces resbalaba, y se arañaba y golpeaba con matorrales espinosos y rocas cortantes, invisibles en la negrura de las sombras. Corriendo, siguió adelante y así llegó a la Cueva de los Antepasados. Dentro de la cueva, rezó y quemó tabaco en la lápida de piedra pulida bajo la que reposaban los Antepasados. La luna brillante de la primavera se había hundido tras el borde de la tierra antes de que Ishi saliera de la cueva, pero regresó con el corazón en paz.

Me parecía que el Espíritu de mi padre me exhalaba el aliento en la cueva, dejándome entender que todo estaba bien, que debo lanzar las flechas que hice en el watgurwa-museo; que debo cazar ciervos una vez más.

Ishi regresó a Gahma antes de que el Sol diera en los dormidos y los despertase.

Ishi, el Majapa y Maliwal construyeron en Gahma un refugio de verano con una techumbre de ramas y hojas de plátano para conseguir una leve penumbra. Cavaron un hoyo para el fuego donde guisaban, y sus comidas eran salmón, trucha, codorniz, bulbos de brodiaea, verduras frescas, bayas tempranas y ciruelas.

Yendo con los pies desnudos, el Majapa y Maliwal se movían sobre las colinas verdes y por entre el matorral con casi tanto silencio como Ishi. Sus voces, también, se hicieron más parecidas a la de Ishi, más próximas a la voz melodiosa del Pueblo. Cazaban con arco y pescaban con arpón y con red. Todos los días tomaban un baño de sudor y nadaban en el estanque profundo situado junto a Gahama. Por la noche se tendían bajo las estrellas brillantes, mientras Ishi contaba lo que recordaba de los cuentos de la Abuela sobre el Pueblo de las Estrellas; o bien el Majapa contaba historias de Estrellas de otros Pueblos. Cantaban canciones Yahi y Maliwal aprendió a bailar con Ishi la Danza del Joven Cazador.

Una noche dijo Ishi: «Hemos hecho un fuego tan grande como jamás lo haya hecho mi Pueblo, que yo recuerde. No se atrevían a dejar que las llamas se elevaran y se repitieran de arriba abajo en el agua. Eso hubiera indicado a los saldu dónde estábamos». Luego se rió. «Resulta raro decir los 'saldu' en ese viejo sentido: los saldu, el enemigo. Los saldu: ¡mis amigos!».

Dijo el Majapa: «Una vez sentiste miedo de llegar a transformarte en un saldu. ¿Tú crees que, si Maliwal y yo vivimos aquí durante el curso de las cuatro estaciones dejaremos de ser hombres blancos?».

Ishi estudió a sus amigos antes de responder. «¡Su! Tú, Majapa, ya fumas en la pipa de piedra y has aprendido mucha sabiduría. Tu piel y la piel de wanasi van adquiriendo el color de la corteza del madroño bajo el Sol del cañón. El wanasi tira con el arco como yo tiraba cuando sólo llegaba a los adornos de la nariz del Tío Mayor, que estaban a la misma distancia del Cielo que ha crecido Maliwal.

«Pero... no debería haber pelo en la cara del Majapa. Tendrías que arrancarte todos los días esos pelos que crecen durante la noche. Y el pelo de la cabeza debería crecer largo. En cuanto a este Joven Lobo, creo que deberíamos utilizar tinte para su pelo sin color, o bien será como un ciervo blanco en medio de una manada de ciervos castaños».

Ishi y Maliwal jugaban a los Animales de la Pradera; trepaban a rocas desnudas y verticales con ayuda de una cuerda; y saltaban sobre riscos para caer en los árboles cargados de hojas, deslizándose hasta el suelo sin peligro, como solían hacer Ishi y el Desasosegado. Maliwal se convirtió en un nadador capaz de ir contracorriente durante largas distancias. A veces, cuando la corriente era demasiado para él, se cogía a la brocha del pelo de Ishi, como en una ocasión hizo la Pequeña.

Maliwal no siempre iba con los otros dos, prefiriendo cazar solo durante un día, o bien ir a las colinas altas sin otro propósito que soñar. «Es la edad de comenzar a soñar», dijo Ishi, dejándole ir. El Joven Lobo puede cuidarse solo. Quizás le venga un Sueño de Poder.

Juntos, Ishi y el Majapa repitieron el viaje que Ishi había hecho cuando era joven, y fueron aún más allá de ese viaje, más allá de la Pradera Alta y de Bushki, a la Cueva del Sueño Blanco, a la cima del Waganupa, y descendieron hasta el fondo de la garganta del Cañón de Yuna. Viajaron de un lado a otro, por las tierras bajas y por las tierras altas del Mundo de los Yahi, y al final volvieron a Wowunupo.

La luna del Año Nuevo había venido y se había ido y otra luna había llegado llena desde que los tres salieron del watgurwa-museo. Ishi se sentaba junto al Riachuelo de Banya en Gahma, al lado del arroyo de su casa. Arriba, en el saliente situado sobre él y oculto, estaba Wowunupo. Aguas abajo, el refugio donde él y la Madre pasaron las últimas lunas juntos. Ishi se sentaba a solas, pensando en su Madre, en la Pequeña y en su tío.

¡Aii-ya! De nuevo me siento junto a este arroyo y sueño con todo lo que existió y ya no existe.

Las sombras del final de la tarde se extendían sobre el riachuelo. El Majapa se acercó silenciosamente al cabo de un rato y se sentó junto a Ishi. Ishi llenó la pipa y pasó la bolsa de tabaco al Majapa. Fumaron en silencio, mientras el Riachuelo de Banya fluía y fluía, hacia el Daha y el Océano Exterior. El Majapa lanzaba guijarros planos que botaban en el agua. Ishi sonreía.

«Estos son los cuadernos de notas», dijo el Majapa una vez que acabaron de fumar, las pipas habían sido vaciadas a golpes y devueltas a sus bolsas.

Un libro estaba lleno de conversaciones en Yahi. «Hemos dicho esas palabras tantas veces, de todas las maneras, que sé lo que quiere decir ese escrito». Ishi hojeó el cuaderno de notas, murmurando algunas de las palabras escritas.

Otro cuaderno contenía los nombres de las plantas que utilizaban los Yahi, y de los cuadrúpedos y los pájaros y los peces de los Yahi. Había tres cuadernos de dibujos-mapas. Ishi los miró uno por uno. Sus viajes con el Majapa de una punta a otra de los Cañones del Banya y al Waganupa estaban señalados en un mapa; y las colinas y los promontorios, los riachuelos, las gargantas, las cascadas, y las cuevas y los prados del Mundo de los Yahi estaban en otro. Aún había otros que mostraban la situación de los vados; donde estaban construidas las encañizadas para pescar; donde se recogían bellotas, helechos y hierbas; donde se cortaba la madera de enebro y la leña para los fuegos sagrados del watgurwa. Y había mapas con las aldeas donde había vivido Ishi y las antiguas aldeas donde habitó el Pueblo en la época anterior a la llegada de los saldu; con los lugares donde enterraban a sus muertos, donde bailaban y hacían las fiestas y donde cazaban.

Ishi cerró el último cuaderno. El Majapa dijo: «Se ha hecho mucho. No todo, pero una parte del Camino está aquí». Acarició los cuadernos de notas. «Te parece bien?».

«Bien, bien». Ishi sonrió a su amigo. «Nosotros somos como Kaltsuna y Jupka, tú y yo. Nos sentamos en el Waganupa y decimos dónde están los poblados y cómo se debe hacer la caza y qué debe hablar el Pueblo».

«¿Nos convertiremos nosotros en un pequeño lagarto y en una mariposa?».

«M'm'h-su. De ser así, yo seré el Lagarto, el hacedor de flechas, y tú la Mariposa, el hacedor de palabras».

Hubo otro largo silencio antes de que el Majapa dijera:

«Debo regresar al watgurwa-museo. Viéndote aquí sentado, junto al arroyo de tu casa, me pregunto si deseas quedarte».

Ishi negó con la cabeza. «No, no deseo quedarme... Hace mucho tiempo te dije que este era un mundo muerto; tú dijiste que no estaba muerto, que tú y yo lo recordábamos. Entonces no estaba seguro de lo que querías decir... Pero aquí está muerto». Ishi blandió el brazo en dirección al Waganupa y las colinas. «Aquí sólo hay los huesos muertos de los Yahi muertos. El Pueblo está en la Tierra de los Muertos, y en los cuadernos.

»Contigo es con quien hablo la Lengua. Tu Sueño, el mío y el de la Pequeña confluyen en el Borde del Mundo, que en parte es de los saldu y en parte de los Yahi.

»Estando aquí sentado, en Gahma, pienso en el watgurwamuseo, en mi sitio de trabajar. Hay muchas cosas que todavía no he hecho para la sala de los Yahi y muchas cosas que todavía no has escrito tú en los cuadernos».

«Los cuadernos se llenan aquí de prisa, oh Hermano Mayor de Maliwal». El Majapa en parte bromeaba, en parte estaba serio. «Y yo voy a perder Gahma».

«¡Aii! Perderás Gahma. ¡También tú! Y Maliwal perderá Gahma. ¿Podemos decir que volveremos cuando podamos, nosotros tres?».

«¡Aika tsub!».

El Majapa e Ishi hablaron aquella noche hasta tarde, junto al último fuego. El Majapa dijo: «Nosotros hablamos aquí de los Antiguos Caminos, de los Viejos Tiempos. Pero, dice, amigo mío, ¿qué te pace el Mundo de los saldu, ahora que estás de nuevo, por espacio de dos lunas, en tu propio Mundo?».

Ishi cogió un palo, con el cual removió las cenizas del borde del fuego, haciendo un dibujo-mapa en las cenizas como los que había hecho en el papel del cuaderno. Finalmente, dejó caer el palo dentro del fuego y pasó el pie por el dibujo hecho de cenizas. «Tu pregunta no se puede contestar con una palabra... Hay muchos saldu, demasiados me digo a mí mismo a veces, cuando los veo apretujándose unos a otros por las calles y oigo sus voces desagradables, demasiado fuertes y pendencieras.

«Hay muchas clases de saldu. Los hay como tú y Maliwal y el Kuwi y mis demás amigos; por estos siento lo mismo que por mi Tío Mayor, que por el Desasosegado, que por mi Pueblo.

«Los Dioses de los saldu y los Héroes de los saldu están más allá de la comprensión de un Yahi. Son inteligentes, mucho más inteligentes que Jupka y Kaltsuna y que los Héroes de los Yahi. Dieron a su Pueblo ruedas, fuego-rápido y hierro y acero, fuertes para hacer herramientas; les dieron muchas, muchas cosas buenas... Pero, a mí me parece, no se preocuparon demasiado de que su Pueblo fuera sabio. Al parecer no establecieron un Camino -un Camino claro- para que lo siguieran los saldu.

«Esta es la razón de que, incluso si deseara quedarme en Gahma, deba regresar al watgurwa-museo. El Hermano Mayor debe estar cerca del Joven Lobo. El wanasi tiene ahora las ideas claras sobre el Camino. Lo sigue. Mi deseo es que no lo pierda ni lo olvide; que no sea arrojado a la duda y la confusión por quienes ya están dubitativos y confundidos.

«Y -tú, Majapa- mi corazón no está tranquilo por lo que a ti respecta. Si viene el mal de la guerra, yo deseo estar cerca del Océano Exterior hasta que el mal pase. Quiero aquietar las olas con harina de maíz, y el humo del tabaco sagrado te llegará a través del aire y dará vueltas a tu alrededor.

«Cuando vuelvas de la guerra, trabajaremos, tú y yo. Y volveremos otra vez a Gahma, unos días.

«Por lo demás, quiero envejecer en el watgurw-museo. con mis amigos, es donde moriré».

Ishi vivió muchas lunas, como un hombre del museo entre los hombres del museo. La muerte le llegó como él la deseaba: en el watgurwa-museo, junto a sus amigos. El Majapa y los hombres del museo liberaron su Espíritu siguiendo el viejo procedimiento Yahi. Y para eso cuidaron de que Ishi llevara consigo las cosas que un cazador Yahi debe llevarse del Mundo de los Vivos para el viaje hacia el oeste: su mejor arco y cinco buenas flechas; un cestito de harina de bellotas, suficiente para cinco días; y su fardo de los tesoros.

En este fardo estaban los trozos del sombrero de la Madre en Wowunupo, las conchas del collar de Tushi encontradas por Ishi en la ribera del Riachuelo de Banya, las conchas que él había recogido en el Borde del Mundo y unos cuantos fragmentos de su piedra de cristal favorita. Al cinto llevaba la pipa de piedra y su bolsa llena de tabaco sagrado.

Durante cinco días, el Majapa y Maliwal fueron al Océano Exterior a la puesta del sol. Allí, al Borde de la Tierra, lloraron por su amigo y esparcieron harina de bellotas sobre las olas y pronunciaron plegarias. Pero las lágrimas de Maliwal no tenían fin y el Majapa vio que debía ayudarle. Recordó a Maliwal las palabras de Ishi: «Hay un viaje de cinco días de descenso por el Sendero de los Espíritus y, al final, está la Tierra de los Muertos Yahi, donde viven los Ancianos, los Antepasados. Tushi se reunirá conmigo allí y me llevará al hoyo del fuego de mi familia. Estarán el Abuelo y la Abuela, y el Tío Mayor y mi madre y mi padre. Nunca volveré a separarme de Tushi ni de mi padre».

A Maliwal le pareció que el propio Ishi estuviera a su lado, hablando con su voz melodiosa. Enjugó las lágrimas y, con el Majapa, se alejó del mar. Juntos anduvieron de vuelta por las húmedas arenas de la costa. El sol estaba debajo de la tierra, camino del este y del viaje del día siguiente por el Cielo. La arena ya no estaba húmeda bajo los pies. Llegaron al borde del parque. Sobre las copas de los árboles brillaba la nueva luna de primavera como un arco Yahi en completa tensión.

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