ISHI. El último de su tribu
Traducción: Antonio Desmonts
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El Pueblo del Final
Las lunas de las sucesivas estaciones pasaban de crecientes llenas y envejecieron y palidecieron muchas, muchas veces. Cuando las Cinco Hermanas del Mundo Celeste bailaban sobre la cabeza de Ishi, él sabía que era la mitad del invierno y hacía una muesca en el mango de su arpón. Cuatro muescas formaban una fila. Había completado cuatro filas e iniciado la quinta desde la primera fiesta de la cosecha en Wowunupo.
Tushi recorría el mango del argán con los dedos, contando.
«¡Aquí están marcados más de dos veces diez estaciones de la luna! Tú y yo ya no somos jóvenes, wanasi. Hemos aprendido bien la vida de la cueva, de estar escondidos, ¿su?».
«Sí, Pequeña Concha Blanca, nosotros el Pueblo del Final».
Los primos se miraron el uno al otro y sonrieron.
Puede que ella ya no sea joven en lunas, pero mi Prima es para mí como siempre ha sido. Sus mejillas mantienen el color de la haya toyón; su pelo es suave y resplandeciente como cuando la Abuela se lo enrollaba; anda derecha y ligera de pies, a la manera de las mujeres Yahi; su voz es suave como la de la codorniz: sigaga sigaga, me llama.
Desde hace muchas lunas vamos juntos cuando estamos lejos de Wowunupo. Si yo cazo, ella anda por las colinas y hace faenas de mujer mientras cae la pieza. Recogemos juntos bellotas y leña, y todos los días planeamos juntos dónde iremos; qué vamos a hacer. Ella llena las lunas de mis días.
Para sí, Tushi dice: «Mi primo, el wanasi, tiene el mismo aspecto que tenía la primera vez que se levantó el pelo al viejo estilo de los Cazadores Yahi. He ido detrás de él desde que aprendí a andar; siempre he esperado su llamada; entonces voy. Mis días están llenos de él, ya ni siquiera sigo soñando mi Sueño Blanco».
Ishi ya no solía ir al Punto de Observación a ver el Monstruo y también su Sueño se había alejado de él. Ishi y Tushi vivían la vida de la cueva, como decía Tushi. Pensaban en el enemigo sólo para tener cuidado en evitarlo.
Estaban enterados de que cada vez había más ganado y caballos y borregos en las colinas de los Yahi, y más cabañas de los saldu. Había saldus que vivían en el Riachuelo de Yuna aguas abajo y habían visto una serrería construida en la Cañada de las Bellotas. Por el olor, por el eco de las voces extrañas y por la penetrante percusión de los cascos herrados en la roca, supieron que llegaba una recua. Siguieron a pasitos lentos su marcha hasta una cabaña, donde vieron la comida de los caballos, los sacos de harina y café, y las lonchas de carne salada descargadas y colocadas en estantes. Permanecieron cerca de la recua hasta que salió de las colinas.
Los mineros saldu, que buscaban piedras y polvo brillantes en los riachuelos, viajaban solos con un caballo o un burro, cavaban y separaban el oro con la gamella durante la estación de las lunas calurosas, y se iban, sin saber que un hombre Yahi y una mujer Yahi observaban todos sus movimientos.
Una vez llegaron saldu con picos y palas y comenzaron a ensanchar el sendero que bajaba al cañón. Ishi y Tushi sonrieron cuando vieron que los saldu cambiaban el curso del sendero, de manera que cruzara el Riachuelo de Banya más arriba, donde la maleza era menos densa, y se dirigían hacia el sur, fuera del Mundo de los Yahi.
«El Abuelo fue quien hizo que el primer saldu se fuera hacia el sur, lejos de los cañones», dijo Ishi.
Durante todas aquellas lunas, ni pescadores, ni mineros ni cazadores saldu, ni tampoco ningún cuadrúpedo saldu, penetraron en la espesa maleza que rodeaba Wowunupo.
Cuando estaban lejos del poblado, Tushi solía andar por las huellas de Ishi. Mientras Ishi observaba vigilante lo que pudiera haber, Tushi se aseguraba de que no quedara detrás ningún trocito desgastado de cuerda que demostrara que habían estado allí. Ishi nunca dejaba caer una punta de flecha ni una pluma, y Tushi no dejaba que saliera nada de sus cestas. Cuando llovía, sus pasos se hundían en el barro. Entonces se paraban para rellenar tales huellas con piedras y tapar las piedras con hojas.
Donde podían, saltaba de una piedra a otra piedra, de peña en peña, de manera que no quedase rastro a sus espaldas. Y nadaban largas distancias por debajo del agua, o bien caminaban por el agua donde era poco profunda y estaba protegida por sauces colgantes. El agua no retenía señal de su paso y se movían por el agua con el mismo silencio que por la tierra.
Haciendo un poco cada vez, habían despejado y horadado túneles entre la maleza, de escasa altura y lo bastante anchos para arrastrarse. Por este procedimiento, entraban y salían de Wowunupo sin hacer senderos, o bien iban al bosquecillo de bayas favorito de Tushi, o al riachuelo o a los otros lugares donde solían ir.
A veces Ishi trepaba al pino gris del centro de Wowunupo. Desde el árbol veía el riachuelo en el fondo del cañón y un trozo del borde superior. También oía mucho mejor que dentro de la criba filtradora de la maleza que encerraba la aldea. Recogía las grandes piñas antes de que cayeran o se las apropiaran las ardillas. Estaban llenas de piñones gordos que él y Tushi sacaban, destinando las piñas al fuego cuando estaban vacías.
Mientras Ishi estaba subido en el pino gris, Tushi se tumbaba en el círculo despejado de debajo, mirando el cielo entre las ramas oscuras y las frondosas agujas largas. Un día llamó a Ishi: «Baja, Primo-wanasi. Creo que este árbol es el Poste del Cielo. Si tú vas a visitar el Pueblo del Cielo, yo también quiero
Hablaron del Pueblo del Cielo cuando los cisnes silbantes, los gansos grises y los patos descendieron sobre las praderas y luego salieron volando hacia el cielo. Sabían que estas aves de vuelo alto volaban fácilmente por la abertura donde el Poste del Cielo horada el cielo. Tushi se preguntaba cómo debía ser el Pueblo del Cielo.
«El Pueblo Celeste suele venir a la tierra de visita», dijo Ishi, «pero yo creo que, con el enemigo por todas partes, el Poste ha sido recogido dentro del Mundo Celeste. El Abuelo decía que estaba cerca de la falda del Waganupa, pero el Tío Mayor no recuerda dónde, y yo lo he buscado muchas veces pero nunca lo he visto».
Cuando no cazaban, pescaban ni recolectaban, se sentaban alrededor del fuego de la Madre en la cueva, o bien al aire libre bajo el pino gris. Repetían las historias que el Abuelo y la Abuela acostumbraban contar; cantaban las viejas canciones y, a veces, bailaban. Conforme estaban más rodeados por el enemigo saldu y sus animales, las cuatro personas, la Madre, el Tío Mayor, Ishi y Tushi, vivían escondidos, vigilantes y desconocidos para el saldu más próximo y por todos los saldu. Y la pauta de sus vidas no cambió.
La Madre, que toda la vida había subido y bajado por la escalera de la casa y por los escarpados senderos del cañón como si fuera una jovencita, cayó enferma, con una mala enfermedad que hinchó los tobillos y le causaba mucho dolor. Tushi le lavaba las piernas y le ponía emplastos, envolviéndoselas en hierbas del pantano con agua caliente y en piel de ciervo blando con agua fría, pero seguía sin poder andar. Siempre había sido pequeña, pero ahora, una vez que Ishi la sacó a tomar el sol, dijo: «Un cervatillo medio crecido pesa más en los brazos que tú, madre mía».
La Madre llamaba a Tushi «Hija» y Tushi se acordaba de la Abuela cuando la Madre hablaba de una cierta manera y cuando se reía. Sentada bajo el pino gris con sus labores, iba siguiendo las estaciones por el cambio de color de las hojas de los árboles del otro lado del cañón.
Una codorniz llevó sus polluelos al espacio despejado bajo el pino. Las peludas crías corrían sobre los pies de la Madre sin miedo. Vinieron pinzones a picar las migajas de pan de bellota que ella les guardaba. Ella observaba la familia de búhos que, estación tras estación, anidaba en el tejado del almacén.
El Tío Mayor se sentaba al sol a su lado. Hablaban de los Viejos Tiempos mientras él tallaba un nuevo juego de removedores y palas, o hacía una bolsa, y la Madre seleccionaba las hierbas y tejía una estera o un nuevo gorro para Tushi.
«Nosotros somos los Ancianos de Wowunupo», decía la Madre.
El Tío Mayor tomaba baños de sudor e iba al riachuelo a nadar con tanta frecuencia como le era posible hacer la empinada escalada de regreso desde el río; e iba a pescar cuando podía, sobre todo desde que ya no le era posible cazar ciervos. Ishi le había hecho dos palos pulimentados de la madera de manzanita más fuerte que encontró, para que le ayudaran a subir y bajar por el sendero. Cuando los utilizaba el Tío Mayor se llamaba a sí mismo «Viejo Cuadrúpedo» y «Tejón». Se quejaba: «Mi aire se está volviendo tan pesado como el de la Abuela».
Pero escuchaba atentamente las noticias que Ishi y Tushi le traían del mundo exterior. Deseaba saber dónde se construían nuevas cabañas de saldu; si los saldu talaban las encinas; si los ciervos se iban pronto a la montaña; cuantas cestas de bellotas blancas esperaban traer Ishi y Tushi; y cuándo tenía previsto Ishi ir al lado sur del Cañón de Yuna, donde crecía el tabaco.
El Tío Mayor colocaba todos los días ofrendas de tabaco exactamente a la salida del poblado y se aseguraba de que Ishi dejaba hojas de tabaco con regularidad en la Cueva de los Antepasados. Era un buen Majapa de su Pueblo; y el fuego de la Madre era el lugar más brillante del mundo; eso se decían Tushi e Ishi el uno al otro.
Era la época de la cosecha; Tushi e Ishi estaban en el riachuelo de los Tejones, donde habían acampado la primera vez que fueron a Wowunupo. Ahora recogían bellotas, que almacenaban en un escondrijo bajo los árboles para más adelante transportarlas a casa. Tushi había puesto a secar al sol frambuesas negras y bayas de manzanita extendidas sobre esteras; cada vez que pasaba, las revolvía con una pala de madera para que el secado fuera homogéneo.
Los bastidores de ahumar y secar estaban llenos de ciervo y salmón. En cuanto el pescado y la carne se secaban y podían recogerse y almacenarse, se volvían a llenar los bastidores; pronto las cestas rebosarían.
Mientras cogían las bellotas gordas y blancas, los primos hacían planes para la Fiesta de la Cosecha. La cosecha era grande y ellos pretendían que los Ancianos tuviesen una Fiesta como las que Ishi y Tushi recordaban de Tuliyani. La Madre no podía aún andar, pero dijo: «¡Entraré en el Año Nuevo andando sobre mis propios pies. Ya lo veréis!».
Tushi estaba susurrando una canción hecha por ella; Ishi oía la canción de su arco sonando dentro de él. Cuando Tushi canta, la vida es buena. En la Fiesta de la Cosecha asaremos piñones y cantaremos juntos. Ella bailará la Danza de la Mujer y luego me hará que baile la Danza del Cazador, yendo hacia el oeste mientras ella va hacia el este. La Madre reirá y cantará con Tushi mientras el Tío Mayor marca el ritmo con sus bastones.
Al día siguiente, Tushi e Ishi volvieron al Riachuelo de los Tejones. Tushi removió las bayas y fue al escondrijo donde Ishi almacenaba otra cesta de bellotas.
«Creo que he oído golpes», dijo, señalando con la cabeza en dirección a la cabaña de saldu situada en el riachuelo, por encima de ellos. Ishi escuchó: un ruido hueco de talar, y luego el estruendo del árbol abatido.
Se ocultaron entre la maleza, avanzando como serpientes sobre el vientre en dirección a la cabaña. Allí vieron a ocho saldu con palas, hachas y sierras, y el extraño palo de tubo que les resultó parecido al palo de fuego. Lo recordaban de la época en que los saldu cambiaron el sendero: un hombre miraba por el tubo, diciendo a otro dónde poner una cuerda negra en línea recta sobre el suelo. Luego se clavaban estacas en esta línea cada pocos arcos.
Tushi no se quedó; volvió a casa para advertir al Tío Mayor y a la Madre. Ishi se quedó donde pudiera observar lo que hacían los saldu.
No hacen un sendero; se trata de una zanja que tomará agua del Riachuelo de los Tejones. Pero ¿hacia dónde irá la zanja?... ¡Aii! Las estacas señalan hacia el saliente, hacia Wowunupo. ¿Pretenderán los saldu hacer una serrería como la de la Cañada de las Bellotas?
Al final del día, Ishi volvió a casa. Tushi estaba esperándolo al borde del poblado. Anduvieron más allá de la cueva hasta el Punto de Observación, donde podían hablar sin alarmar a los
Ancianos. Estuvieron de acuerdo en que los saldu los descubrirían con toda seguridad si intentaban trasladarse ahora con la Madre sin poder andar;debían mantenerse escondidos en Wowunupo. Incluso si cavaban la zanja hasta el saliente, podrían salvarse. La parte exterior del saliente era menos tupida y desde allí no se veían la cueva ni los almacenes.
Ishi dijo: «Podemos escondernos como se escondió el Pueblo de Tres Lomas en sus casas la primera vez que llegaron los saldu».
«Pero debemos tener un plan para el caso de que descubran el poblado».
«Yo llevaré a la Madre a la maleza».
«Y el Tío Mayor y yo podemos bajar rápidamente por el sendero del tetna».
«Pero no hay ningún lugar en que podáis estar ni siquiera por una noche».
«Podemos cruzar el riachuelo e ir a tu refugio de pescar. Está escondido y es lo bastante grande para nosotros dos».
Y así fue decidido.
Los primos estaban sentados el uno junto al otro en el Punto de Observación, el Mundo de los Yahi a su alrededor y a sus pies. Hacia allá, dijeron, señalando, estaría Tuliyani; por allí, la Cueva Verde. Distinguieron las tres lomas y las rocas por encima del Prado Redondo, el antiguo lugar de sus juegos. Podían ver la cumbre de las cascadas del Yuna. Tushi se inclinó mucho para probar a ver la hoya profunda situada junto a Gahma.
«Es una buena tierra», dijo Tushi irguiéndose. «Pero creo que sabremos dejarla».
Los labios de Ishi se apretaron tanto que no podían pronunciar bien las palabras. «¿Qué quieres decir, Pequeña Concha Blanca, con 'dejarla'?... Escaparemos de estos saldu como hemos escapado de los demás, los cuatro».
«Wanasi... Creo que no debo escapar. No te lo he dicho, porque su significación no estaba clara para mí, pero hace ya lunas que he vuelto a soñar con el antiguo Sueño Blanco otra vez, noche tras noche. Me parece que el sueño me está preparando».
«Preparando... ¿para qué?».
Tushi se puso en pie y se quitó el collar de las cuentas azules y blancas entre las conchas. Removiéndolo en la mano, de modo que las conchas entonaran una canción seca y cascabeleante, dijo: «Mírame, Primo-Hermano. ¡Soy la Mujer de la Concha! Mis conchas cantan y su canción llena el aire. Tú no puedes oír al Monstruo y el sonido de las desagradables voces de los saldu se pierde en mi canción. Mis conchas cantan sobre Tuliyani, por encima de Wowunupo, todo el camino hasta el Waganupa.
Wa-ku
Hus-taya
Shu-shu-shu!».
Era una extraña canción, lenta y extraña la danza que ella bailó con la canción. Tushi tiene ahora el aspecto que tenía la primera vez que bailó alrededor del fuego con la larga varita de mimbre de la Abuela en la mano.
El movimiento de las conchas se hizo más lento y se detuvo. Tushi se las puso alrededor del cuello y se sentó al lado de Ishi. «Todas las noches oigo el lejano cascabeleo de las conchas. Canto la canción de las conchas y voy un poco más lejos en el Sueño Blanco. Ahora huelo la hierba verde y las flores de muchos colores que me dijo mi madre que están en el hielo. Esta noche podré verlas como las veía ella. Estoy segura de que un día iré a la Tierra Blanca a encontrar a mi Madre».
Ishi siguió sin poder decir nada. «No deseo dejarte, Tehna-Ishi. No me iré a menos que deba hacerlo. Y... cuando me sigas Sendero abajo, yo iré a tu fuego de campamento». Tushi puso una mano en el brazo de Ishi durante unos instantes. «Me reuniré contigo y, juntos, iremos al fuego de campamento de tu padre».
Ishi se restregó las manos por la cara. «¡Suwa! ¡Así sea, Mujer de la Concha de Wowunupo! » De nuevo guardó silencio y, al cabo de un rato, Tushi dijo: «Primo, tú sabes mi Sueño. ¡Cuéntame el tuyo!».
Ishi miró a su prima. Dijo: «En los Viejos Tiempos, el Abuelo dijo que los hombres sólo hablaban sus Sueños en el watgurwa. Pero... estos no son los Viejos Tiempos, estos son los Tiempos del Final. Y tú, Prima mía, perteneces ahora a la Mujer de la Concha. Hace muchas lunas que he querido contarte mi Sueño como tú me has contado el tuyo...».
Ishi contó a Tushi su Sueño y, al final, Tushi dijo: «Es como yo me pensaba; hay algo que tú tienes que hacer».
«¿Hacer? ¿ Qué puedo yo hacer?».
«No lo sé. Es tu Sueño y no puede entenderlo ninguna otra persona».
No hablaron más de sus sueños, sino de la Madre, del Tío Mayor y de lo que ellos hacían cuando eran niños y más adelante, juntos.
Estuvieron en el Punto de Observación hasta que el Sol se ocultó por el borde occidental del mundo. « Ahí está el Monstruo, recordándote tu Sueño», dijo Tushi.
Antes de abandonar el Punto de Observación, Ishi cogió tabaco, echó una pizca en todas las Direcciones de la Tierra y otra pizca sobre la cabeza de Tushi, haciendo un movimiento con sus manos como si fueran el humo que la envolviera. Luego partieron, Tushi hacia Wowunupo e Ishi bajando hacia el riachuelo. Dijo que traería salmón para la comida de la tarde, pero iba para estar solo, para pensar en todo lo que había dicho Tushi y en todo lo que había ocurrido aquel día.
¡Su! No puedo hacer el brazalete de hierba dulce para Tushi. Es mi Prima Hermana. ¡Es mi amiga, es la Dambusa!
Wa-ku
Hus-taya
¡Shu-shu-shu!
Cuentas de Conchas Blancas
Como las alas del halcón
¡Shu-shu-shu!
Cruzando el río por el tronco del aliso, Ishi cogió el arpón de su escondite y fue nadando hasta una roca pulida y plana, casi en mitad de la corriente, pero tan cubierta por un sauce de ramas colgantes que sólo se veía desde el arenal bajo de la ribera opuesta.
Limpiaré el refugio del arpón, por si acaso Tushi y el Tío Mayor tienen que pasar aquí una noche.
Pasó un salmón. De un golpe rápido, lo arponeó. Lo llevó a la roca se dispuso para otro golpe, con los ojos fijos en el agua, cuando, por debajo de los párpados, vio cuatro huellas de herradura en el arenal.
Levantó la mirada, con el arpón suspendido. Allí estaban dos saldu, asombrados como si vieran un fantasma.
¡Nunca había venido aquí un saldu! Nunca se habían movido con tanto silencio. No he oído nada. No he olido nada. ¡Sólo estaba pensando en Tushi!
«¡Heexai-sa! ¡Heexai-sa!». ¡Iros! les gritó Ishi, blandiendo el arpón. Ellos dieron media vuelta y echaron a correr hacia la maleza.
¿Están en todas partes estos saldu? ¿Qué es lo que hacen aquí? Ishi esperó, pero no apareció nadie más ni volvieron los dos vistos. Estaba casi oscuro cuando emprendió el regreso a casa.
No hicieron fuego en Wowunupo aquella noche ni la mañana siguiente. Tan pronto como hubo luz, Ishi descendió parte del sendero del riachuelo. No había ido lejos cuando oyó que algo subía por el sendero. Tensando el arco, esperó. Uno de los saldu de la noche anterior entró en su campo de visión arrastrándose a gatas por el sendero. Ishi apuntó y disparó, ladeando su flecha el sombrero que el hombre llevaba en su cabeza.
Tenía lista una segunda flecha, pero el saldu se deslizó sendero abajo e Ishi lo dejó ir, pues no pretendía matar a menos que fuese necesario.
Al no oír nada más allí, regresó a Wowunupo. Las cuatro personas permanecieron muy juntas en la entrada de la cueva. La Madre estaba tendida en la boca de la cueva, protegida por la bóveda colgante. Tushi dijo incomodada: «Nuestras cercas de maleza me asustan hoy. Tapan lo que necesitamos saber».
«Voy al pino gris. No, no te preocupes», Ishi vio que la Madre iba a protestar. «Sólo subiré hasta que mis ojos y oídos se liberen de la maleza».
Regresó en seguida. «Creo que pueden estar en el saliente. No veo nada, pero oigo el ruido de los cuchillos de los saldu, cortando la maleza».
Tushi preguntó: «¿Qué tan cerca están?».
«Están en la maleza espesa ——creo que cerca——; me cuesta decirlo, nunca habíamos tenido el enemigo aquí...».
El Tío Mayor dijo: «Tal vez renuncien y caven la zanja en otro sitio».
Ishi no dijo lo que sabían tanto él como el Tío Mayor: la zanja sólo podía cavarse en el saliente. Estaba preocupado. Si no están cavando, ¿qué es lo que están haciendo? ¿Colocando la línea de estacas para orientarse? O bien, al haberme visto anoche en el riachuelo, ¿buscan ahora el poblado? El que subía esta mañana por el sendero no estaba, desde luego, haciendo la zanja.
Ishi volvió a trepar al pino gris. Ahora oyó las voces de los saldu, murmurando y refunfuñando. Son pies de cuerpos pesados en movimiento. ¡Están muy cerca! ¡Han debido encontrar uno de nuestros túneles, porque en otro caso no avanzarían tan de prisa!
Al final del túnel, cerca del refugio del almacén, desde donde una vereda tortuosa conducía al pino gris y al centro de la aldea, apareció la cara de un saldu.
Ishi saltó al suelo, justo por delante del saldu, arrastrándose hasta fuera del túnel y poniéndose de pie. Echó a correr hacia la cueva, llamando suavemente a Tushi: «¡Su, su! ¡Sigaga, sigaga! ¡Saldu! ¡Saldu! Corred, corred, tú y el Tío Mayor!».
No había tiempo para llevar a la Madre a la maleza. Ishi echó una capa y una manta sobre ella y se encaramó en el árbol más próximo. Observando entre las hojas, vio a Tushi y al Tío Mayor, apoyándose pesadamente en el brazo de ella, que salían en dirección al sendero del tetna.
Se habían perdido de vista en el instante en que el saldu que iba en cabeza entró en el círculo descubierto alrededor del pino gris, donde se detuvo, gritando algo en tono de sorpresa a los que venían detrás. Ishi veía poco de lo que estaba ocurriendo, pero oía las voces excitadas de los saldu, hablando, llamándose y exclamando.
Parecían estar todos en la aldea y uno de ellos encontró la cueva. Ishi sólo veía el borde exterior del suelo de la cueva, pero oía cómo eran removidas las cestas de los estantes del interior. Luego, la manta de piel de conejo que cubría a la Madre, un trozo de la cual salía fuera donde él podía verlo, se movió y desapareció. Un saldu debía haber descubierto a la Madre.
Debajo de él, en la cueva, la Madre yacía quieta, temblando, atemorizada, con Ishi abrumado arriba, listo para saltar si ella gritaba o alguien la tocaba. Pero uno de los saldu le habló con voz tranquila: « ¿Malo?». Y la Madre respondió: « mahde». Enferma, enferma. Debía haber visto sus piernas vendadas. Dijo alguna otra cosa, pero la Madre no le entendió. Se acercaron otros a mirar y el primero de ellos pareció ordenarles que se alejaran. Entonces hubo mucha conversación entre los saldu; Ishi pensó que se estaban peleando. El final fue que el que había encontrado a la Madre, tiró al suelo la capa y la manta de ella y se fue, seguido por el que llevaba el tubo.
Los que se quedaron no prestaron más atención a la Madre, que se quedó quieta y desamparada mientras ellos sacaban las cestas y los demás objetos de la cueva al exterior para verlos con luz. Ishi vio instantáneas de cómo tocaban con los dedos sus herramientas. Uno de ellos había encontrado la cesta inacabada de Tushi y la estaba enseñando a los demás.
Así son los saldu: penetrarán incluso en la casa de Las mujeres. Nada quedará en su sitio cuando acaben estos demonios. Sin embargo, Tushi y eL Tío Mayor se han alejado y no tocan a La Madre... Pero, ¿cuándo se irán?
Finalmente, las voces se perdieron por el sendero, dejó de oírse el ruido de los últimos pasos con botas. Ishi se dejó caer al suelo, cogió a la Madre en sus brazos y la llevó a su hondonada de trabajar. Se quedó inmóvil para escuchar y miró una vez más. Luego la llevó, atravesando el trecho de piedra arcillosa desnuda, a los madronos y, rodeándolos, al extremo más lejano del Punto de Observación. Allí la bajó.
«¿No te han tocado? ¿No te duele nada?».
«No tengo dolor. No me han tocado. ¿Dónde están la Pequeña y el Tío Mayor?».
«A salvo. Los vi marcharse por el sendero del tetna».
«Aiku tsub... Entonces, dejemos que esos groseros se vayan y, después de un amanecer o dos, volveremos a nuestro hoyo del fuego... El que me descubrió quería llevarme a alguna parte, creo, pero los otros se opusieron... Tenía la voz amable».
El Sol calentaba la tierra donde yacía la Madre y un matorral plumoso la protegía. Dijo que estaba cómoda.
Ishi dijo: «Voy a cerciorarme de que no han vuelto y cogeré algunas cosas de la cueva».
Ishi regresó a Wowunupo con la intención de llevarse el arco y una cesta de agua, un poco de comida y mantas. Se mantuvo al principio entre la maleza hasta estar seguro de que no había vuelto ningún saldu. Allí no había nadie. Estuvo bajo el pino gris del centro del poblado, mirando a su alrededor. No encontró el desorden que esperaba, sino vaciedad, como en una aldea mucho tiempo deshabitada.
¿Dónde está todo?
La puerta del almacén estaba abierta, las estanterías vacías. Miró detrás; no había nada. Fue a la cueva; estaba vacía, a excepción del fardo de los tesoros de la Madre, que había sido descuidada, junto con otras cuantas cosas que la acompañaban en su estante alto. Fue a los bastidores de secar, a la casa de ahumar, al watgurwa. Despacio, muy despacio, comprendió: la aparente vaciedad era real.
Habían desaparecido su arco, las flechas y la aljaba de piel de nutria; su arpón y su taladro; sus cuchillos, rascadores y escoplos; la mayor parte de los utensilios domésticos y de cocina, y toda la comida. Buscó la capa de mapache y león de montaña de Tushi, la manta de piel de oso, la capa de plumas de la Madre, las mantas recosidas y desgastadas de piel de conejo. No había nada.
Soy un dawana. Rondaré como un coyote, sin sentido. Mis ojos miran al suelo, así que no veo lo que tengo delante. Lo encontrare todo cuando me vuelvan los sentidos. Mientras tanto, no diré nada de esto a la Madre.
Ishi buscó por la maleza desde una punta a otra del poblado y en los túneles por los que se entraba en la aldea. No encontró nada.
En la cueva había quedado una cesta parcialmente llena de agua y dos cestas con algunas bayas y semillas. Las cogió y regresó con la Madre. Ella no le preguntó por el arco, por las mantas ni por la comida. Le hizo una cama de ramas y helechos. Era una noche cálida. Se sentó al lado de la Madre quien, muy cansada, se durmió. Totalmente despierto, él estuvo mirando fijamente el cañón a la luz de la luna.
¡Si supiera que Tushi y el Tío Mayor están a salvo!
A la mañana siguiente, Ishi estaba recogiendo bayas para la Madre cuando oyó a alguien por la maleza. Habían regresado dos de los saldu. ¿Vienen por más? Tendrán que coger las casas y los bastidores de secar; no hay otra cosa.
Ishi los estuvo observando escondido en un bosquecillo de manzanitas. Eran los dos que se habían ido antes que los otros el día anterior. Ishi estaba seguro de que ahora buscaban a la Madre. Registraron la aldea y la maleza de alrededor, buscando huellas u otras señales que los guiaran. Se sentaron, sudorosos y desanimados, cerca de la manzanita en que estaba oculto Ishi. Antes, la chaqueta de uno de ellos había rozado el chamizal que ocultaba a la Madre, tendida. No la vieron; tampoco oyeron la respiración de Ishi.
Cuando iban a irse, volvieron otra vez a Wowunupo. Uno de ellos se detuvo en la cueva y, sacando del bolsillo una navaja y un saquito de tabaco, los colocó en la estantería inferior. Luego dio media vuelta y desapareció.
Negras nubes de lluvia se cernían sobre Wowunupo, al igual que en los dos días anteriores, pero el tiempo seguía siendo bueno en el Punto de Observación. Cuando los saldu se hubieron ido, la Madre dijo con firmeza: «Creo que esos dos no querían hacerme ningún daño. En todo caso, hoy no volverán a este lugar. Ve, ve, Hijo mío, por Tushi y el Tío Mayor. Pueden necesitarte. Yo no me moveré y nada me molestará aquí».
Quedaba un poco de agua en la cesta y estaban las bayas que Ishi había recogido. Él estaba en pie, dudando si dejarla o no dejarla.
«Ve. Vete en busca de esos dos».
Durante un momento él puso las manos sobre los hombros de la Madre. La Madre le sonrió, luego se había ido.
No utilizaba el sendero del tetna que iba al riachuelo desde que los saldu lo conocían, sino que llegó al agua más abajo del sendero, cerca del arenal. Primero estuvo mirando la otra orilla del río, donde estaba oculto en la maleza el refugio de pescar. Nada daba muestras de que Tushi y el Tío Mayor estuvieran allí. Eso era de esperar, pero se sentía muy preocupado por ellos porque el río iba crecido y fangoso. Debía haber llovido mucho en la montaña durante los últimos tres días.
Además, había encontrado los bastones del Tío Mayor en Wowunupo. Sin ellos, le resultaría peligroso pasar por el tronco aliso. Tampoco existía ningún lugar donde pudieran estar dos personas cerca de Wowunupo: la pared del cañón y la orilla del riachuelo eran demasiado escarpadas y, hoy, buena parte de la orilla del río estaba inundada. El agua cubría el mismo arenal y las huellas dejadas por los saldu dos noches antes estaban bajo el agua. Ishi anduvo aguas arriba, hacia el tronco aliso, con los ojos fijos en el suelo mojado, por si acaso encontraba más huellas. Y así fue como vio algo que brillaba en el barro, donde las aguas removidas arrojaban espuma, guijarros y arena del riachuelo.
Se puso de rodillas para ver de qué se trataba: un trozo de cinta de piel de ciervo y, sujetas a la cinta dos cuentas de concha blanca y un fragmento partido de cuenta azul y blanca. ¡EL collar de Tushi! ¡La pieza de la Cueva Verde! ¡Las conchas blancas que yo mismo taladré y sujeté para ella!
Olvidando a los saldu, olvidando a la Madre, Ishi corrió por la orilla hasta el tronco mojado de aliso y, cruzando por él, al refugio de pescar. Estaba igual que lo había visto la última vez. Tushi y el Tío Mayor no estaban.
Volvió a atravesar corriendo el riachuelo y volvió adonde había encontrado las cuentas, y estuvo mirando arriba y abajo. Luego fue al sendero del tetna. En el sendero encontró huellas débiles y marcas como si Tushi y el Tío Mayor hubieran descendido la última parte empinada resbalando. Ishi pensó que no se trataba de que el Tío Mayor se hubiera caído, sino que arrastrarse era su única forma de descender sin los bastones.
Ishi buscó arriba y abajo del tronco de aliso y por la maleza junto al río. No había señal de pies ni de manos; ningún cabello cogido por los matorrales espinosos. La maleza estaba tan vacía como Wowunupo. El mensaje de las cuentas era evidente. La espuma todavía lavaba, alta y atemorizada, por encima del tronco resbaladizo.
Saltó al agua, agarrándose a una rama que arrastraba la corriente. Utilizándola para sostenerse contra la fuerza de las aguas crecidas, comenzó a buscar por el riachuelo. La rama fue arrastrada y él perdió el equilibrio. La corriente lo golpeó contra los pedruscos del centro del arroyo, lo lanzó a un remolino y lo volteó de un lado a otro. Fue arrastrado corriente abajo y arrojado a la orilla mucho más allá del arenal.
Allí se quedó, respirando con dificultad, semiinconsciente, mientras poco a poco recuperaba las fuerzas. Cuando pudo, entró de nuevo en el río para regresar, a pie y a nado, al tronco de aliso. No parecía posible luchar contra la riada, pero ahora le había tomado la medida y conocía el lecho del río como conocía los senderos secos. Tratando de no ceder al pánico, aferrándose a las rocas, capuzando hasta el fondo en las partes más hondas, se quedó satisfecho de haber cubierto los embolsamientos y los puntos más agrestes y los bajos fondos desde el tronco de aliso hasta donde el cañón comenzaba a abrirse.
¿Pueden estar abajo del cañón, donde el riachuelo se ensancha, donde empiezan las casas de los saldu? ¿Tan lejos como en el Río Daba? ¿Era eso lo que mi Sueño me decía?
Volvía a lanzarse al agua. ¡Iré hasta el Daba! ¡Los seguiré!
Regresó a la orilla y, con esfuerzo, salió del agua. Su, su. ¡El Sol estaba alto cuando dejé a la Madre! ¡Lleva sola todo este tiempo, sin poder moverse! ¡Ahora el Sol está muy al oeste!
Ishi se detuvo en el refugio de pescar para recoger una cesta vieja. Cruzó de nuevo el riachuelo a la orilla del Wowunupo, llenó la cesta de agua y fue trepando, a paso regular, hasta el Punto de Observación. Estaba molido de cuerpo y alma. La Madre le dio la bienvenida tranquila, sin hacer preguntas.
Ella no había estado inactiva. Había cogido todo lo que estaba a su alcance, había arrancado raíces de verduras viejas y duras y unos pocos bulbos tardíos, y había sacudido las semillas maduras de las hierbas cercanas. Dio a Ishi un puñado de semillas, diciéndole: «Cómelas, cómelas todas. Yo he estado todo el día picando».
Ishi le contó lo que ella sabía por su cara desde el momento en que lo vio: que no había encontrado al Tío Mayor y a Tushi. Ambos dijeron para el otro que aquellos dos podían presentarse en el Punto de Observación al cabo de unos días; debido a la riada, habrían encontrado otro sitio donde instalarse. Ishi no dijo nada a la Madre sobre las cuentas del collar.
De nuevo la noche fue cálida y la Madre durmió o hizo como si durmiera. Ishi estuvo mirando la oscuridad del cañón, la oscuridad de sus pensamientos. Al día siguiente fue al Riachuelo de los Tejones. No había ningún saldu a la vista, pero sus hachas y palas estaban apoyadas contra la valla.
De nuevo fue al Riachuelo de Banya. Registró el riachuelo y ambas riberas desde Gahma, arriba del tronco de aliso, hasta el final del cañón. Fue a los lugares cercanos al arroyo donde él y Tushi habían ido juntos muchas, muchísimas veces; lugares donde Tushi sabría que él iría a buscarla. Dejó el riachuelo y fue a la cumbre del promontorio y avanzó por el promontorio. Tushi y el Tío Mayor no estaban en ninguno de esos sitios ni había rastro de ellos.
Ishu no llevó la cuenta de los días, de las noches ni de los cambios de la luna. Debía haberse dormido, no recordaba cuándo ni dónde. De todas formas, bajó a la Madre por la empinada ladera del cañón, y cruzando por el tronco de aliso, al pequeño refugio de pescar. Allí había agua, y redes, hilo de pescar y anzuelos, y unos cuantos trozos descascarillados de cestas y esteras, uno o dos viejos rascadores y un cuchillo de obsidiana roto: todo lo que quedaba para volver a empezar.
Hubo comida mientras se mantuvo el tiempo: bayas maduras, nueces y pescado. El Riachuelo de Banya ya no iba crecido; Ishi cogía pequeños salmones y truchas con la red, o con hilo y anzuelo, o metiendo las manos en agua con movimiento de pez. Los peces nadaban hacia ellas como si fueran sombras de otros peces.
Fabricó un taladro para hacer fuego con una plancha fuerte de cedro que encontró junto al arroyo, excavando un solo hueco y haciéndole surcos. Como taladro utilizaba un palito de zumaque. El agujero y el taladro no encajaban muy bien; le llevó mucho rato y esfuerzo conseguir una chispa. Al fin, el pedacito de cuerda de asclepias raída, colocado en el surco como yesca, se encendió, y con él dio fuego a un manojo de hierbas secas. Ishi sopló suavemente sobre el nuevo fuego, agregando pedacitos de madera hasta que tuvo una llama segura. La Madre cuidaba este Nuevo Fuego cuando Ishi se iba o dormía; no podía dejarse enfriar hasta que Ishi hubiera hecho un nuevo taladro, endurecido y reforzado con ayuda del propio fuego.
No tenían cestas de guisar. Cocinaron en la cesta del agua hasta que Ishi consiguió un poco de resma para impermeabilizar una cesta mayor. Cogía más peces de los que comían; levantó un bastidor y colgaban los peces sobrantes a secar en tiras. Los trozos estaban más bien desgajados que cortados, pues tenía que utilizar el cuchillo roto y romo.
Trajo algunas bellotas del almacén no saqueado del Riachuelo de los Tejones donde estaban trabajando él y Tushi cuando ella vio por primera vez a los saldu; y molió las bellotas entre piedras que utilizaba tal y como las encontraba en el riachuelo, sin darles forma. La Madre guisaba con lentitud la harina burda y mal machacada, convirtiéndola en unas gachas que podían comer.
Puso trampas y redes y guardó las plumas y las pieles de todos los pájaros y cuadrúpedos que atrapaba, incluso de los más pequeños. La Madre las unía unas a otras. No tenía aguja, pero Ishi les clavaba cordel de reparar agujeros con un trozo puntiagudo de hueso de asta, y ella las enlazaba con cordón de asclepias. Primero fue una gorguera; creció hasta cubrir los hombros de ella y, antes de que llegaran las lunas de la nieve, era una capa, la parte alta de plumas, los bajos de zorro y ardilla.
Ishi hizo esto y otras muchas cosas. La Madre seguía sin poder andar, pero hacía lo que podía, sin quejarse nunca. Ella e Ishi hablaban de la pesca, de los cuadrúpedos que estaban haciendo nidos y madrigueras de invierno junto al riachuelo, sobre las últimas bandadas de patos y gansos. Hablaban utilizando las viejas sentencias; y cuando acababan una comida, Ishi decía a la Madre, como acostumbraba a hacer el Tío Mayor: «La harina de bellotas está fresca y dulce en tu hoyo del fuego, Madre mía». Y la Madre contestaba: «Tengo un Hijo que caza para mí, un wanasi, un buen cazador».
Las cestas en que comían eran bastas y de hierba nueva, o bien eran las cestas viejas y descascarilladas encontradas en el refugio. La Madre servía las gachas con un palo que Ishi había tallado burdamente con ayuda del cuchillo roto y del fuego.
Todo este tiempo, Ishi no supo al final del día qué era lo que había hecho. Se movía como quien ha perdido el alma, que vaga por la noche para no volver hasta el regreso de la luz del día. El
Espíritu de su padre o Jupka debían estar dirigiendo sus manos y su entendimiento.
La Madre me mira atentamente cada vez que salgo y cada vez que vuelvo. Ella sólo piensa en los otros y desea hablar de ellos. También yo deseo hablar con ella. Pero no puedo hablar de ellos; no puedo soportar tener que hablarle de ellos. Ishi fue al fuego y se quemó el pelo un poco más cerca de la cabeza; y mezclando carbones con pez, renovó las pinturas mortuorias que le cruzaban el rostro. Sin embargo, la Madre no dijo nada y trató de ocultarle las lágrimas.
Todos los días cruzaba Ishi por el tronco de aliso y caminaba aguas abajo hasta el lugar donde había encontrado las cuentas. Allí las sacaba de la bolsa de piel de topo donde las guardaba y, sosteniéndolas apretadas en la mano, decía una plegaria y aventaba tabaco hacia arriba, hacia abajo, hacia el este, hacia el norte, hacia el oeste y hacia el sur. Entonces le parecía oír la voz de Tushi, desmayada pero familiar, reptitiendo la llamada de ellos entre la maleza: ¡flika, flika! Y la llamada más profunda del Tío Mayor: ¡gagka, gagka!
Iba en dirección a estas voces, buscando huellas, buscando un matorral del que hubieran sido arrancadas las bayas. Registró los bosques, la maleza, detrás de cada peña, en todas las cuevas de punta a punta del cañón. Si veía un buharro en lo alto, encontraba la carroña alrededor de la cual trazaba sus círculos. Descubría las presas del león de montaña, del oso, incluso del zorro.
Las últimas lunas de la cosecha dieron paso a una luna lluviosa, que fue creciendo y luego envejeció. La primera de las lunas invernales trajo consigo una ligera precipitación de nieve. Ishi se quedó en casa en lugar de atravesar el riachuelo como de costumbre. Amontonó tierra contra el pequeño refugio para protegerlo de la nieve y del viento. Mientras él trabajaba, la Madre se sentaba cerca del fuego y tejía una estera. Cuando habló fue para preguntar: «¿No cruzas hoy el riachuelo, Hijo mío? Pronto se hará oscuro».
Ishi negó con la cabeza. «No es bueno. No puedo encontrarlos».
La Madre hablaba muy flojo. «No están aquí Wanasi; los hubieras encontrado hace mucho tiempo». Ishi se acercó a la Madre. Con los brazos de ella rodeándolo, lloraron juntos, y aquella fueron unas buenas lágrimas que rompieron la pena solitaria, contenida, que había durado lunas. Y de esta forma volvieron a hablar del Tío Mayor y de Tushi, aunque nunca utilizaban sus nombres, sino que los llamaban los Perdidos.
Dijo la Madre: «Puede que esté siendo trabajoso para los Perdidos emprender el Sendero, pero el Viejo tiene mucha sabiduría y la Pequeña tenía el Sueño de la Concha Blanca. Algún día encontrarán el Sendero».
Hubo una gran nevada. La Madre miraba el mundo blanco. «Será más fácil para los Perdidos, ahora que ya no hay olor de flores que los atraiga hacia la maleza». Todas las noches la Madre tiraba el agua de la cesta del agua. Ella e Ishi sabían muy bien que las flores y la cesta de agua tientan al Espíritu a demorarse, a oler y a probar, y de ese modo vuelve a perder su camino.
Fue un invierno de mucha nieve. Pero la nieve reposaba como una manta de piel de conejo sobre la tierra. El sol brillaba luminoso y no hacía mucho viento; Ishi mantenía el fuego encendido día y noche. La Madre estaba caliente y seca en el pequeño refugio cubierto de tierra.
Un día hablaban junto al fuego al tiempo que Ishi desollaba un conejo. La Madre dijo: «Vuelves a parecer un cazador».
«¡ Su! » El levantó el conejo. «Un wanasi de conejos, ¿eh?».
«No importan conejos o ciervos, eres como tu padre. Te pareces mucho a él... ¡Suwa! ya no tengo miedo por ti, Hijo mío».
Ishi sonrió a la Madre cuando ella dijo estas palabras. Había una gran ternura en sus ojos y en su voz suave.
Era por la mañana, cinco amaneceres después. Ishi se levantó temprano para echar troncos nuevos al fuego. No era completamente de día, pero el fuego se reflejaba contra un montón de nieve e iluminaba la cara de la Madre. Ella estaba dormida, con los pesados párpados cerrados y los labios curvados en una semisonrisa de arco Yahi. Estaba acurrucada como un niño, con una mano reposando en la mejilla. En las delgadas muñecas, Ishi vio el viejo brazalete gastado de hierbas aromáticas que por regla general ella guardaba en su fardo de los tesoros.
Era el sueño final de la Madre. Se había despedido del amado hijo, Tehna-Ishi, para irse con el padre.
Ishi llevó a la Madre a la Cueva de los Antepasados. Allí hizo para ella el fuego funerario purificador, tras lo cual la enterró con algunos de sus tesoros, su palo de cavar y una cesta de harina de bellotas. Ella estaba con sus Antepasados, con los Ancianos y con el Desasosegado, con Aquel cuyo brazalete de hierbas aromáticas llevaba puesto.
Cuando todo esto estuvo hecho y la lápida de piedra hubo vuelto a su lugar en la cueva, Ishi regresó al refugio de pesca. Toda fuerza y toda intención le abandonaron y siguió un tiempo sin memoria, de vaciedad. No le quedó recuerdo de nada de lo ocurrido durante el resto del invierno. Hasta que se iniciaron los días cálidos del Año Nuevo no volvió su alma al cuerpo y entonces fue capaz de levantarse para encender un fuego y tomar un baño de sudor.
Se zambulló en el Riachuelo de Banya precisamente antes de que llegaran dos saldu por la orilla del río. Metiendo la cabeza bajo el agua, nadó silenciosamente corriente abajo hasta que estuvo lejos de ellos.
Así nadaba yo en mi Sueño; así podría seguir nadando, llegando al final del Océano Exterior. El Viejo Salmón podría decirme si los Perdidos fueron también al Océano Exterior.
Ishi nadó y nadó; el riachuelo empezaba a ensancharse y la corriente disminuía; casi había salido del cañón. Luego estuvo seguro de oír a la Pequeña llamándole desde una gran distancia, desde muy arriba del cañón, hacia el monte Waganupa. Se dio la vuelta y nadó contracorriente. Los saldu habían desaparecido. Cansado, salió del agua y se fue al refugio de pescar.
¡Ahh! ¡Mientras mi alma vagabundeaba, los Perdidos me llamaban! Iré a Waganupa y encontraré allí una casa de pedernal. Pronto aprenderé a utilizar el polvo de pedernal como capa, pues no tengo otra; y el humo del tabaco sagrado habrá de servirme de comida.
Llevó consigo el cuchillo roto, una especie de arco de niño que se había fabricado mientras la Madre estaba con él en el refugio, varias redes de pescar y trampas, dos cestas viejas, su taladro para el fuego, la bolsa y el fardo de los tesoros, y lentamente, deteniéndose a descansar en muchas veces, fue hacia la Pradera Alta. Allí, anduvo de un lado a otro por la pradera, recorriéndola muchas veces, creyendo oír las voces de los Perdidos, siempre desde un lugar distinto de aquel en que estaba.
Viviendo de esta forma, una enfermedad penetró en su cuerpo. No podía comer y estaba muy débil. Le parecía oír al Viejo Perdido diciéndole: «Recuerda, el Puercoespín es amigo de todos los Yahi. Sólo si un Yahi está hambriento y ha perdido el arco y las flechas y el arpón y está demasiado débil para cazar y pescar, sólo entonces puede matar y comer Puercoespín, esta es la regla, porque es muy fácil de cazar». Entonces Ishi mató y comió puercoespín. La enfermedad abandonó su cuerpo; la cabeza se le despejó; podía caminar y colocar trampas y pescar, de nuevo.
Abandonó la pradera y se fue hacia la montaña, buscando una casa de pedernal donde vivir. En la ladera del Waganupa encontró una cueva oscura, pero cálida y seca.
Me parece que esta es la cueva que el Desasosegado iba buscando. Una vez el Abuelo dijo: «El Waganupa es distinto de los demás montes, al estar caliente por dentro. Eso se debe a que cuando el Pueblo fue creado por primera vez, dos Héroes se fueron a vivir dentro de la montaña». A esos dos no les importará que yo vaya a vivir cerca de ellos una pequeña temporada.
Hizo un nuevo fuego dentro de la cueva y salió en busca de piedras para bloquear la entrada, pero ya se acercaba una osa parda. Él le dio un grito y, sin mirar ni pensar en lo que hacía, cogió una rama ardiendo del fuego. La osa se irguió sobre las patas traseras y le lanzó un zarpaso, desgarrándole la carne del brazo y del hombro. Al mismo tiempo, él impelió la rama ardiente dentro de la boca abierta de la osa. La osa la mordió; luego, con un rugido de dolor y terror, se alejó.
Como pudo, cuando la osa se hubo ido, Ishi recogió hierbas de la montaña junto a un arroyo que pasaba más abajo de la cueva y se puso un emplasto en el brazo y el hombro, y un cabestrillo. Incluso arrastró rocas a la entrada de la cueva. Perdió mucha sangre por la herida que le había hecho la osa, lo que se sumó a su debilidad. De la llegada de las nieves no le quedó recuerdo. Encerrado en su casa de pedernal, siguió para Ishi otra época sin memoria, de vaciedad.
Estaba dormido; luego, de pronto despertó y estaba de pie. Oía fuera, con toda claridad, a la Pequeña llamando flika flika, y oía al Anciano Perdido llamando gagka gagka. Estaban cerca, las voces eran fuertes, no desmayadas ni lejanas.
A toda prisa, Ishi apartó una de las rocas y se lanzó desnudo a la noche helada. El mundo era blanco, como cuando estaba con la Madre en el refugio de pescar. Las ramas de los pinos estaban pesadas de nieve y carámbanos colgantes. La noche era brillante y las Cinco Hermanas bailaban sobre su cabeza.
Ishi respondió a las llamadas. Al no oír nada más, corrió subiendo y subiendo por la montaña, llamando, llamando, gritando, rogando. Corrió hasta el amanecer, pero sólo oyó el quejido del viento sobre los campos helados y sólo veía las Hermanas Danzantes en el cielo del pleno invierno.
Al amanecer regresó a la cueva. De la boca de la cueva colgaba una franja de carámbanos de hielo puntiagudos y brillantes. ¡Es el Sueño Blanco de la Pequeña! ¡Los Perdidos están a salvo! Eso es lo que trataban de decirme.
Aterido de frío y cansancio, sollozando por la sorpresa de la breve proximidad de los Espíritus de los dos Perdidos, se tambaleó sobre la nieve, pero se recuperó y se arrastró bajo la fila de carámbanos protectores, para no importunarlos: para él eran sagrados, eran los Carámbanos de la Mujer de la Concha Blanca.
Dentro de la cueva, arrastró la piedra a su sitio y cayó, inconsciente, en el suelo de ramitas del fondo de la cueva.
Los desapacibles vientos de la primavera barrieron la montaña; las lluvias cálidas derritieron la nieve que corría en riadas por prados y riachuelos. La radiación del emplumado peinado del Sol llenaba el cielo y calentaba la tierra.
Desde la boca de la cueva, Ishi escudriñó la empinada ladera del Waganupa. Mientras trataba de masticar un trozo de carne seca rancia, le llegó, traído por una brisa cálida procedente de las faldas bajas de la montaña, el dulce olor del trébol nuevo.
Echó a un lado una de las rocas que bloqueaban la entrada de la cueva y se arrastró al exterior. La luz lo cegó. Se sentó, protegiéndose los ojos con la mano. ¡Su, su ! El viejo mundo se está renovando otra vez.
Los ojos se fueron habituando a la luz y el Sol lo calentó. Se frotó los codos y las rodillas, doblándolos y estirándolos. ¡Hojas de laurel y agua caliente y una buena sesión de sudor es lo que necesitas! Estás rígido como un viejo tetna al final de su sueño invernal... ¿Cuántas lunas has estado en esta oscuridad? Ishi se restregó los ojos con las manos.
De un bosquecillo de pinos situado debajo de la cueva salió una osa parda con su osezno, pasando cerca de Ishi pero no prestándole ninguna atención. Al verla, los hombros de Ishi se dolieron del viejo dolor; creyó haber visto una cicatriz en los labios de aquella osa.
¡Su! ¿Fuiste tú quien trató de arrancarme el brazo? ¿Somos amigos ahora? No siempre ha sido así. Tú también querías una casa de pedernal. ¿Por qué, me pregunto, no te dejé tener esta? ¿Qué hago yo aquí? ¿Y qué es esta carne seca que mastico?
Ishi se levantó y entró en la cueva, mirando su interior como si nunca lo hubiera visto antes de esta mañana.
No es carne seca de ciervo: ¿qué es lo que como? Y qué es lo que hago con este arco de ardilla? Tiró el arco a un lado y recogió el cuchillo roto. En el suelo había cáscaras de bellotas y piñas vacías.
Las barrió al exterior. En la cueva no quedaba comida.
Se tendió en el lecho de ramitas. ¡Su! ¿Aquíes donde he dormido? ¿Por qué?... ¿Por qué no me he dormido como se durmió mi Madre, sin despertar?... Las voces de Los Perdidos han sido lo que me ha aferrado a la vida. Pero ahora no oigo esas voces. Mientras estaba tendido mirando el techo de la cueva, le volvió un recuerdo de la noche de mitad del invierno y del Sueño Blanco. Se irguió; trató de levantarse, olvidando que la cueva era demasiado baja.
¡No es de extrañar que ande como un tetna! ¡Ya no habrá más de este dormir en la oscuridad, de este estar semierguiido como un cuadrúpedo sobre sus cuartos traseros! Ishi apartó las rocas de la entrada de la cueva y volcó piedras y tierra sobre el hoyo del fuego. La Osa Madre verá que la cueva está vacía, ella y su osezno. En este lugar no se volverá a hacer Nuevo Fuego.
Fue al riachuelo, donde se lavó y bebió el agua dulce de la nieve derretida del Waganupa. Más abajo que él, en el río, la Osa Madre reclamaba a su hijo fuera del agua y partía con él de regreso, colina arriba. Ve en paz, tetna. Nosotros nos hemos entendido mutuamente bastante bien.
Ishi sabía que debía comer pronto; estaba aturdido de hambre y las articulaciones le molestaban mientras andaba dolorosamente bajando la escarpada ladera de la montaña. Debo encontrar un poco de fuerza, Lo bastante para que me lleve por el Mundo de los Yahi. Debo asegurarme de que los Espíritus de los Perdidos ya no me llaman, ya no me necesitan.
Pasó la primera noche fuera de la cueva al borde de la Pradera Alta. Allí comió tréboles nuevos y dulces bulbos jóvenes. Su sueño no contuvo sueños y despertó menos rígido y menos derrengado. Se acordó de cuando había estado allí hacía algunas lunas, cómo le parecía que los desaparecidos estaban en todas partes excepto donde él podía alcanzarlos. Ahora la pradera no tenía la presencia de ningún Espíritu. El amarillo de las flamenquillas de los pantanos era como un segundo sol; Ishi se sorprendió a sí mismo riendo como cuando él y la Pequeña acostumbraban a reír, caminando sobre las flamenquillas, con los pies desnudos hundiéndose profundamente en el fango negro y frío de la pradera palustre.
Las flamenquillas le hicieron pensar en el Prado Redondo. Iré al Cañón del Yuna, a los lugares donde íbamos la Pequeña y yo cuando éramos niños. Si no he entendido el Sueño Blanco, allí podría encontrar algún rastro de los Perdidos.
Ishi fue a Tres Lomas, a la Roca Negra, a Tuliyani, al Prado Redondo e incluso al pantano de los castores. Los castores estaban en su faena; las crías de los ciervos y los conejos, de las codornices y de los zorros, jugaban en el prado.
Cuando salimos de este cañón, el hermano de mi padre rogó que los rastros del Pueblo quedaran bajo la tierra y que los pies de los saldu quedaran cogidos en la maleza alta... Y ahora yo veo que estas cosas están comenzando a suceder; los rastros del Pueblo casi han desaparecido; el Mundo se está volviendo como era en el principio; y los saldu están aquí incómodos, viven como extranjeros. Pronto el cañón los habrá olvidado.
Los días primaverales se hicieron más largos y más cálidos. Las luces calurosas estaban sobre la tierra y el verano llegó pronto, caliente y seco. Las fuerzas que Ishi había sacado de los renovadores días del trébol verde y del salmón se desvanecieron conforme los verdes de las hierbas se hicieron amarillos y ocres quemados bajo el calor del peinado de plumas del Sol en un cielo sin nubes.
Moviéndose siempre, sin de scanso, en guardia para no ser sorprendido por los saldu, Ishi había estado en todos los antiguos lugares del Cañón de Yuna antes de la mitad del verano. Palpitante, hambriento y débil, fue a los pinos situados por encima de Tres Lomas donde hacía un poco más de fresco. Allí vivió como pudo, hasta que las lunas calientes decayeron.
Entonces atravesó el promontorio del Cañón de Banya, tomando el viejo camino familiar, cañón abajo, de la Cueva de los Antepasados, donde quemó tabaco y resma de pino, rezando mientras el humo fragante llenaba la cueva.
Aquí no queda ninguna Presencia de Espíritus. Soy el último del Pueblo; cuando yo haya desaparecido, será como si nunca hubiéramos existido.
Abandonó la Cueva de los Antepasados y fue bajando al cañón, hasta el aliso que lo atravesaba. Encontró el refugio de pescar erosionado por el tiempo pero intocado. Allí hizo un fuego, tomó un baño de sudor y se metió en el Riachuelo de Banya. El agua le sentó bien, pero nadar lo dejó sin respiración, boqueante. Escasamente era capaz de montarse en la roca plana donde había estado pescando la tarde que aparecieron los dos saldu en el arenal.
Se tendió bocabajo, con las manos colgando muertas en el agua. Cuando abrió los ojos vio su reflejo en la tranquila piscina. Mis ojos son como los del Tío Mayor cuando eran las últimas lunas de su vida, profundamente hundidos en sus cuencas y mirando hacia dentro, no los ojos de un cazador.
Vio una cara más delgada y más arrugada que la del Tío Mayor, con el pelo feo y cerdoso, pues llevaba el pelo quemado hasta cerca del cráneo en duelo por la Madre y los Perdidos.
Descansó hasta que tuvo más fuerzas, luego nadó de vuelta contracorriente hasta Gahma. La luna de tierra, el agua oscura con reflejos, eran igual que el día que Jupka entregó el mundo al Pueblo Yahi. Pero las casas se habían caído, los cuadrúpedos habían cavado y habían echado raíces y los saldu habían ensuciado Gahma con botellas rotas y latas de zinc.
Ishi anduvo de nuevo bajo las ramas colgantes, corriente abajo, hasta el lugar de la ribera donde había encontrado las cuentas del collar de la Pequeña. Tal como esperaba, este lugar también carecía de ruidos y de significación, y dio la vuelta alejándose del Riachuelo de Banya. Despacio, subió por la empinada pared del cañón, deteniéndose para recuperar la respiración debajo del pino donde había disparado contra el sombrero del saldu. Avanzando de nuevo, empujándose de un matorral a otro, a gatas, alcanzó el saliente plano y estuvo en Wowunupo.
Los bastidores de secar estaban derribados, el tejado del almacén había desaparecido. el depósito estaba lleno de hojas, las paredes desmoronadas. Los zamaluques comenzaban a crecer en el claro alrededor del pino gris. Ningún cuadrúpedo se había instalado allí, ninguno mayor que ratones y ardillas. Tampoco había estado allí ningún saldu.
Unas cuantas lunas más de lluvia y viento y habrá desaparecido lo que hicimos aquí. De nuevo quedará la cueva vacía, Wowunupo-mu-tetna, el Escondite del Oso Pardo.
Ishi sintió algo agudo contra el pie. Se agachó y recogió un fragmento roto de una punta de flecha. Lo hice con un material blanco y duro que el Desasosegado y yo encontramos en la montaña. Dejó que la punta de flecha rota volviera a caer en el sueño de la cueva, donde encontró también un trozo de uno de los sombreros de cesta de su madre. Al verlo le dolió el corazón. Se lo echó al cinto.
Tendido en la estantería más baja de la cueva y roja de robín estaba la pequeña navaja que el saldu había puesto allí y, al lado, el saco podrido de tabaco saldu. Como en la ocasión anterior, Ishi no los tocó. Estaba cansado, pero siguió caminando despacio, trepando hasta el Punto de Observación. Los únicos ruidos eran la llamada quejosa y baja de una paloma desde algún lugar del cañón y el susurro veraniego de las hojas. Recogiendo un puñado de hojas de laurel, las aplastó entre las manos y aspiró hondo su olor fresco y picante.
Un pequeño lagarto galtsuna se le unió en el Punto de Observación, latiendo arriba y abajo sobre sus cortas patas delanteras, con el pecho resoplante. Ishi dio unos golpecitos al lagarto con la yema de un dedo y lo tranquilizó. Se rió. «Así que», dijo, «estás aquí, Hermanito. Tú siempre estarás aquí, yo creo».
Ishi se tumbó de espaldas mirando el curvado Mundo Celeste. Una mariposa jupka se posó un momento en su mano. Observó el lento abaniqueo de las delicadas alas. «¿Tú también estás aquí, oh el Grande?». Levantó la mano hasta poder ver los extraños ojos de la mariposa. «El Pueblo que tú creaste ya no existe. Sólo permanece la tierra, y tú, y Kaltsuna, aquí a mi lado. Tal vez sabes todo esto. Tal vez da lo mismo que no lo sepas».
Ishi estuvo tendido al sol caliente, con los ojos cerrados. El Sueño Blanco decía la verdad. Se ha terminado, la larga búsqueda de los Perdidos. Ellos han encontrado el Sendero en medio del hielo y están en la Tierra de los Muertos. No hay nada que esperar en esta tierra vacía, nada: soy libre de irme. Me iré con la Pequeña y el otro Perdido; con el Desasosegado; al hoyo del fuego de mis Antepasados. Y allí encontraré a mi madre y a mi padre.
Ishi se fue del Punto de Observación y regresó al saliente de Wowunupo, donde había estado su habitual lugar de trabajo. Torció, bajando el cañón, hacia el oeste. Detrás del saliente, el sendero era muy tenue, pero él sabía que este sendero se unía a otro, más ancho y más llano, un poco más abajo: el Sendero de la Tierra de los Muertos.
No está lejos. Cada paso me acerca. ¡Suwa! ¡aiku tsub!.