ISHI. El último de su tribu

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plusISHI. El último de su Tribu.
Theodora Kroeber

Glosario de términos Ishi.

àiku tsub está bien; es bueno
àizuna suyo, de usted; mío
auna fuego
banya ciervo
daana bebé
Daha gran río, el Sacramento
dambusa bonita, gentil
dawana loco, salvaje
hàxa
¡hèxai-sa! ¡vete!, ¡fuera!
hildàga estrella
hìsi, ìshi hombre
Jùpka nombre de un Dios; mariposa
Kaltsùna nombre de un Dios; lagarto
kùwi doctor, hechicero
mahdè enfermo
majàpa jefe
maliwàl lobo
marìmi mujer
Mechi-Kùwi Doctor del Diablo
moocha tabaco
nizè ah Yàhi Yo soy del Pueblo
sàldu hombre blanco; hombres blancos
sigàga codorniz
sìwini madera de pino
¡su! ¡ah! ¡bien!
¡suwa! ¡así es!
Thna-Ishi Muchacho Osezno
tètna oso
Waganùpa Mount Lassen
wakàra luna llena
wanàsi joven cazador; cazadores
watgùrwa casa de los hombres
wòwi casa familiar
Wowùnupo-mu-tètna escondite del oso pardo
Yàhi el Pueblo
yùna bellotas

La Cueva

Tres veces llegaron a llenas y envejecieron las lunas de todas las estaciones. Tres veces despertó el Año Nuevo al Mundo de los Yahi, sacándolo del sueño invernal.

A veces el Tío Mayor llamaba a Ishi «Hermano Menor», ahora que los orificios de la nariz estaban dos dedos por encima de los de su tío cuando se colocaban codo con codo. «El Hermano Menor estaba dos dedos más cerca del Mundo Celeste que yo», decía el Tío Mayor.

Ishi, el último de su tribu«Es derecho y delgado como un aliso joven», dijo el Abuelo a la Abuela.

«Anda como su padre», dijo la Abuela. «Parece como si sus pies no tocaran la tierra».

«También tira con el arco como lo hacía nuestro Hijo Menor, con el mismo movimiento de muñeca cuando la flecha sale lanzada de la cuerda del arco», dijo el Abuelo. «Eso no lo ve una vieja».

«¡Su, su! Una vieja ve lo que ve. Ese wanasi es muy guapo. Me acuerdo de cuando tú eras guapo y llevabas el pelo enrollado en lo alto de la cabeza, como lo lleva él cuando ha estado en algún sitio, rezando y ayunando... ¿Dónde puede ir durante tanto tiempo estando los saldu y sus cuadrúpedos por todas partes, como ocurre ahora?».

El Abuelo no sabía la respuesta a la pregunta de la Abuela, pero ese no era asunto para tratar con las mujeres, así que respondió: « A un sitio u otro».

Había terminado la migración del salmón de primavera; Timawi e Ishi habían traído ciervos; las cestas estaban llenas. Era buena época para que el joven wanasi fuera Solo a las colinas a la salida y la puesta del sol. Timawi había estado fuera y volvía a estar en casa. En el watgurwa, Ishi pidió permiso para ir. El Tío Mayor dijo: «Ve, encuentra un lugar de rezar para soñar, lejos de los saldu. Que tu sueño sea bueno y te traiga mucho Poder».

Ishi salió de Tuliyani antes del amanecer del día siguiente, mientras los demás dormían. No iré al lugar de rezar. En vez de eso, viajaré a la vieja aldea y a las cuevas de que habla el Abuelo. Por él sé los nombres y algunas cosas que le ocurrieron al Pueblo en cada uno de los sitios.

Puede ser peligroso ir adonde atacaron los saldu, adonde fueron arrancadas cabelleras. Puede haber por allí espíritus en pena, en busca de sus perdidos fardos de los tesoros, de sus cabelleras deshonradas, de sus cabellos robados.

Pudo haberme faltado coraje para este viaje, de no ser porque pregunté al Tío Mayor: «¿Cogieron los saldu la cabellera de mi padre?». Y él respondió: «Ni las manos ni los cuchillos de los saldu tocaron a mi Hermano Menor. Una sola bola de fuego le penetró en la espalda y en el corazón». Luego pregunté: «<Sus huesos, ¿dónde están?» Y el Tío Mayor respondió «<Están a salvo de los saldu y de los animales que escarban, en la Cueva de los Antepasados del Cañón de Banya». ... ¡Su! Iré adonde el Pueblo vivió y murió. Esto puede ser el principio de un Viaje de Ensueño.

Solo, con su arco de caza, Ishi emprendió su viaje. Se mantuvo entre la maleza, excepto cuando estaba profundamente hundido en los cañones. Rehuyó los senderos y, cuando tuvo que atravesar alguno, lo saltó o bien borró sus pisadas. No dejó caer nada al suelo; no hizo fuego, sino que comió pan duro y tasajos que llevaba consigo, bulbos y verduras frescas, y frutas tempranas que arrancaba o cogía por el camino.

Vio mineros saldu, con sus burros, sus cacerolas y sus palas. Vio vacas, caballos y borregos de los saldu, paciendo en las tierras de los Yahi. Ni ellos ni sus perros ni sus pastores lo vieron ni lo olieron.

El Abuelo dice: «Maniente a sotavento del ciervo que cazas y de los saldu que te cazan».

Primero fue a la Roca Negra, donde rezó a Jupka y a Kaltsuna. El Sol salió por encima del Waganupa; lejos, muy lejos, el Monstruo llamaba: Pii-PIIII-pi.

«¿Tú también eres un Dios?», preguntó Ishi en voz alta. Cuando aventó pellizcos de polvo de tabaco sagrado en todas las direcciones, al final de sus plegarias, echó un poco hacia el Gran Valle, diciendo: «Para ti, oh Dios Monstruo».

Luego fue hacia las tres lomas que dominaban la aldea del mismo nombre. Al igual que los primeros saldu, Ishi cogió el sendero escarpado que iba hacia al aldea, pero, una vez siguió un sendero en dirección a una casa cubierta de tierra y destrozada, situada en el borde del poblado, cerca de los árboles, y entró en el interior de la casa.

Aquí viví con mi padre y mi madre. Aquí es donde aprendí a andar como el tethna, el osezno, y mí padre me dio el nombre de oso. Este es el agujero del humo por donde mi Padre me enseñó las Estrellas Hermanas Danzantes en el Mundo Celeste. Junto a este hoyo del fuego me hizo mí primer arco. En mi fardo de tesoros hay hoy tres de las flechas de sauce que me hizo mi padre, con pluma de ala de colibrí.

Ishi salió de su antigua casa.

Veinte saldu y más, escondidos detrás de las tres lomas, atacaron la aldea al amanecer mientras todo el mundo dormía en las casas. Recuerdo a mi padre escondiéndonos, a mi madre y a mí, en los árboles de detrás de la casa. La gente gritaba: el trueno de los palos de fuego llenaba la atmósfera; y había olor a quemado. Disparando desde el refugio de la pared de la casa, mi padre luchó contra el enemigo. Era su arco contra veinte palos de fuego y hubo algunos saldu entre quienes quedaron muertos en los senderos del poblado.

Río abajo había más saldu escondidos, Uno de ellos disparó y mi padre cayó -aqu- delante de su casa. La Madre corrió hacia él y lo arrastró a la maleza. Nadie la vio en medio del humo. Ella y yo yacimos junto a mi padre bocabajo, todo el día. Ella dice que yo no me moví ni grité ni hablé. Me parece que parte del tiempo estuve dormido.

Al fin oscureció y los saldu se fueron. El Tío Mayor y el Abuelo nos encontraron, a mi madre y a mí, aquí, junto a mi padre, y nos llevaron a Tuliyani. Recuerdo que el Tío Mayor me llevó en brazos y recuerdo que la Madre lloraba. Mi madre lloró todo el camino de bajada por el cañón y mi abuela lloró toda aquella noche y durante muchos días y noches. No olvidaré las lágrimas de mi madre ni las de la madre de mi padre.

¡Suwa! ¡El Espíritu de mi padre no me olvida! Ando como andaba mi padre. Sostengo mi arco como mi padre sostenía su arco. El arco gira en mi mano, aunque sea muy poco; mi brazo adopta una posición distinta. Oigo la voz de mi padre, diciendo: «Así debe ser; hazlo así, bien, aiku tsub!».

Desde Tres Lomas, Ishi atravesó el promontorio entre el Riachuelo de Yuna y el Riachuelo de Banya y rodeó la Pradera Alta hasta Bushki, donde había nacido Timawi. Bushki estaba cerca de los pies del Waganupa, sobre una corriente de aguas poco profundas que fluía hacia el Banya; ningún salmón llegaba tan lejos.

Veo por qué Timawi dice que el cañón es como la trampa en que caen los osos. Aquí, todo es abierto yla montaña está cerca; su cima cubierta de nieve parece estar a sólo un paso de La aldea. Timawi dice que vendrá conmigo alguna vez si salimos de los cañones y viajamos alrededor del borde del mundo.

Timawi se enfurecería de saber que, ahora, en medio del antiguo poblado se levanta la cabaña de un saldu; creo que no voy a decírselo.

Ishi descendió por el pequeño arroyo al Riachuelo de Banya y luego siguió descendiendo hasta el Cañón de Banya.

Se detuvo en las muchas cuevas del cañón. Algunas habían estado habitadas durante su propia vida, otras sólo se habían utilizado como lugares de acampar al ir o venir de la montaña, o bien como escondites de comida durante la época de la cosecha.

Llegó a la Cueva de los Antepasados. Allí rezó y dejó una ofrenda de hojas de tabaco en la plancha de piedra situada dentro de la cueva. Este es un lugar sagrado y de paz, no un lugar terrible como la Cueva Verde. Aquí, bajo la losa, yacen los huesos de los Yahi, cuyos Espíritus fueron liberados en el Sagrado Fuego de los Muertos. No había ningún Yahi vivo aquí cuando vinieron los saldu. Y los saldu no saben nada de los Antepasados.

Fue bajando por el cañón hasta Gahma. Gahma estaba construida en una medialuna de tierra a nivel del riachuelo. Profundas y quietas, las aguas llegaban al borde redondeado de la antigua aldea. Esta es la aldea donde nací. Yo sólo era un niño de pecho cuando la Madre y el Padre se fueron a vivir a la aldea de Tres Lomas, pero recuerdo algo de este lugar por las visitas que la Madre, el Tío Mayor y yo hacíamos. Veníamos a ver a los padres de mi madre y a celebrar con ellos una Fiesta de la Cosecha.

Recuerdo a los hombres pescando desde la orilla cercana a los watgurwa; y me acuerdo de estar mirando, desde el agujero del humo, las aguas claras y oscuras. La Madre dice que Gahma era en los Viejos Tiempos la más bella de las aldeas de los Yahi. Los Yahi venían le todas partes a verla. La llamaban la dambusa Gahma.

Y fue en Gahma, en la casa de los padres de mi madre, donde por primera vez vi a Tushi. Ella y yo jugamos juntos en Gahma y, cuando estábamos haciendo nuestros paquetes para regresar a Tuliyani, Tushi se echó a llorar porque nos íbamos. Entonces la madre de la Madre hizo un fardo para Tushi y ella se vino con nosotros... Si se hubiera quedado en Gahma, hubiera muerto aquel día.

Cuando salimos de Gahma, nos detuvimos en lo alto del promontorio para mirar hacia atrás y decir adiós con la mano. Lo veo ahora como estaba aquel día: las casas de tierra roja apretadas unas a otras por el agua; los hombres arponeando y aventando cerca de los watgurwa, las mujeres recolectando semillas de brea en la ladera de detrás del poblado; los bebés en sus cestas-cunas, a cuestas de las madres o apoyados contra la maleza a la sombra; los chiquillos corriendo de un lado a otro por la ladera, jugando o ayudando a la recolección.

La Madre deseaba que pudiéramos quedarnos en Ghama. «Es mucho más bonito que el cañón de Tuliyani», dijo.

Avanzamos colina abajo, desde donde ya no podíamos ver Gahma. No habíamos llegado lejos cuando oímos, procedentes del otro lado del promontorio las explosiones de muchos palos de fuego y el clac-clac de los caballos. Nos arrastramos sobre el vientre por la maleza mientras el Tío Mayor volvía a la cima desde donde era visible Gahma.

«Ve, ve donde haces falta», dijo mi madre «Yo llevaré a estos dos a salvo a Tuliyani». El Tío Mayor nos dejó y no regresó a Tuliyani en muchos días.

Ahora sé lo que sucedió aquí. El Tío Mayor me lo contó durante las pasadas lunas de la nieve. Los saldu a caballo sorprendieron al vigía situado encima de Gahma, luego cabalgaron colina abajo disparando y utilizando sus cuchillos largos. Nadie escapó en Gahma, ni quienes estaban en las colinas ni los del riachuelo. El Tío Mayor dijo: «Aquel día el Banya iba rojo de la sangre del Pueblo».

El agua es profunda y tranquila alrededor de la medialuna de Gahma, la dambusa Gahma. Tal vez en la Tierra de los Muertos exista tal poblado donde se pueda mirar la oscuridad de las aguas desde el agujero del humo de los watgurwa.

Ishi abandonó Gahma y el cañón. Manteniéndose oculto, atravesó la Pequeña Cañada hasta la Cañada de las Bellotas, donde se echó al suelo cerca de la casa allí construida por un saldu.

Conozco esta casa. Una noche, hace siete ciclos de la luna, la Abuela, la Madre, Tushi y yo aguardamos aquí entre la oscuridad. El Abuelo, el Tío Mayor y Tima entraron en la casa y mostraron al saldu que había allí sus tres mejores arcos de caza, pidiendo por señas que, a cambio de los arcos, nos devolviera a tres de nuestro pueblo que él había hecho prisioneros aquel día. Se trataba de una vieja, su hija y su nieta, que era tan grande como es ahora Tushi.

Los prisioneros estaban en la casa, también, pero estaban atados y guardados por varios saldu con palos de fuego. Los saldu cogieron los arcos, pero no devolverían a las tres personas. El lugar olía a peligro y la vieja gritó al Tío Mayor que se fueran antes de que los cogieran a todos. No se atrevió a quedarse. Los siete estábamos en la maleza espesa y entre la oscuridad antes de que los saldu se hubieran dado cuenta de que nos íbamos. Nos buscaron, pero sus perros no seguían nuestro olor y por la mañana estábamos a salvo en la garganta del Cañón de Yuna.

El Tío Mayor volvió en secreto a la Cañada de las Bellotas, pero los saldu se habían ido, llevándose consigo los prisioneros. Los rastreó hasta el borde del Valle, pero no pudo ir más allá, al no haber maleza que lo cubriera y sí muchos saldu.

Desde aquel día, ningún saldu nos ha visto ni sabe que vivimos escondidos entre la maleza y las rocas de nuestro propio mundo.

Desde la Cañada de las Bellotas, Ishi fue a la Aldea del Laurel, aguas abajo del Yuna. Entre los árboles y las viejas casas del poblado, cerdos y ovejas rebuscaban plantas y raíces. Esta fue la primera aldea que cayó en poder de los saldu, dice el Abuelo, porque es la que está más cerca del Gran Valle.

Pronto, como aquella noche de hacía siete ciclos de la luna, estuvo Ishi profundamente metido en la garganta del Cañón de Yuna. La atravesó y dejó el cañón para trepar a la Cueva Seca del otro lado. En esta cueva arrancaron la cabellera a dieciocho cazadores Yahi, los últimos wanasi a excepción de Timawi. Me parece que los saldu no vienen ahora por aquí. No hay olor de ellos ni de sus perros.

Avanzó colina arriba, deteniéndose para poner un pellizco de tabaco sagrado en la base de un viejo roble. Aquí, dice el Abuelo, fue ahorcado el primer Yahi. ¡Aiiya! ¡Los saldu con sus cuerdas, con sus ahorcamientos! ¡Puedo ver cómo un hombre cuelga contra el cielo desde una rama alta!

Ishi fue a la Cueva Verde. Esta vez mantuvo los ojos abiertos y penetró en el interior de la cueva. Dentro crecían los helechos y por un manantial claro brotaba agua fresca. Recuerdo haber venído aquí con mi madre a jugar con otros niños pequeños mientras ella hacía la visita a los Ancianos. Ahora, debajo de los helechos están los huesos de los Jóvenes y los Ancianos que estaban con ellos: había más gente del Pueblo en esta cueva que en Gahma. Siempre veo al Abuelo, al Tío Mayor y a Timawi enterrando y enterrando huesos.

Cuando Ishi salió de la Cueva Verde, la luz del Sol le hizo guiñar los ojos y ponerse la mano de forma que hiciera sombra entre los ojos.

He olvidado dónde estaba... ¡Cuánto tiempo ha pasado desde el día en que vine aquí con mi madre!... Ahora he completado el viaje que juré hacer para poder sentir bajo mis pies la tierra, los senderos, los suelos de las cuevas, todos los lugares donde mi Padre y mi Pueblo vivieron y murieron. He hecho ofrendas de tabaco sagrado en estos lugares y ahora conozco algo de mi tierra... Más allá, en el Sueño, están el Océano Exterior y el Borde del Mundo.

Ishi se arrastró sobre el estómago para cruzar el espacio descubierto del borde del Cañón de Yuna. Una vez entre la espesa maleza, se dejó caer hasta el riachuelo. Allí se construyó un refugio con matorrales y, por primera vez desde que saliera de Tuliyani, hizo fuego y tomó un baño de sudor. Se bañó en el Riachuelo de Yuna y, cuando estuvo fuera del agua, recitó las oraciones purificadoras que el Tío Mayor y el Abuelo le habían enseñado a utilizar cuando hubiera estado en lugares de enterramientos o con otros poderes o peligros especiales. Luego, rápidamente, llegó al Prado Redondo y atravesó el riachuelo en dirección a Tuliyani.

El Tío Mayor y la Madre no le preguntaron dónde había estado ni qué había visto o soñado. Sabían, como quiera que fuese, que el Ishi que había vuelto a casa con ellos ya no era mentalmente un niño, sino un hombre; y, más que nunca, igual que su padre.

Era la primera comida de Ishi desde el viaje. «La Madre guisa harina de bellotas y estofado de carne de ciervo como la Luna Kakara los guisa en su Cesta Celeste», dijo en voz baja. Nunca antes había pronunciado palabras como aquellas alrededor del fuego del wowi. El Tío Mayor asintió manifestando su acuerdo; la Madre sonrió con su sonrisa de arco Yahi a modo de respuesta.

El Abuelo dijo: «Tak, tak, el wanasi come como los Primeros del Pueblo. Sólo conocían el fuego frío hasta que, un día, una vieja robó unos cuantos carbones de fuego caliente al Pueblo del Fuego y los trajo aquí escondidos en la oreja. Sacudiéndolos para que cayeran de su oreja al hoyo del fuego y añadiendo más y más leña, guisó un estofado de carne de ciervo con piedras calentadas en el fuego. Los Primeros del Pueblo comieron de ese estofado hasta que se vació la cesta».

«Eso es lo que pasa hoy en nuestro wowi», dijo la Madre. «Celebramos el retorno de nuestro Joven, el Hijo».

Las palabras del Abuelo volvieron los pensamientos de Ishi a su viaje. El Abuelo dice la verdad; además las aldeas Yahi sólo tienen fuego frío; todas menos Tuliyani. Ahora somos siete el Pueblo del Fuego; tan sólo nosotros tenemos Fuego Caliente.

Sus pensamientos volvieron a quienes estaban alrededor del fuego. Está bien ver a la Madre sonriendo; oír la risa de la Abuela y de Tushi. Está bien oír las gachas haciendo pukka pukka y mirar a Tushi que remueve el estofado con la pala de la Madre. Los olores del wowi son buenos: pescado seco y condimentos, y el olor de la pradera en el tabaco que cuelga sobre mi cabeza.

El pelo emblanquece en la cabeza del Abuelo y las arrugas profundizan en su rostro. La voz de la Abuela se parece cada vez más a la de un pájaro. Está tan flaca que parece un pájaro cuando se baña en el río. Y sube desde el riachuelo por la vereda como un mirlo, brinco y picotazo, brinco y picotazo, parándose a reír con Tushi o el Abuelo.

Me acuerdo de cómo el Abuelo decía muchas veces a la Madre durante el invierno: «Eres una buena nuera, Esposa de mi Hijo Menor». Cuando se le hinchan las articulaciones y no puede sentarse ni estirarse cómodo, la Madre lo tiene a su lado y le pone emplastos calientes allí donde el dolor se ha instalado en el cuerpo. Durante toda la noche, le da de beber té fresco y le frota suavemente las articulaciones dolorosas con aceite de hojas de laurel.

La Abuela le dice: «Haces de ese viejo un niño. Lo mimas tanto que no puedo hacer nada a su gusto». La Abuela ríe cuando dice eso y toca la cabeza de mi Madre con la mano. La Abuela ve a mi madre como el Abuelo, como todos: sin la Madre no habría ninguna clase de fuego para nosotros.

Timawi no es feliz. De nuevo se pasa el día entero en el watgurwa o bien va a un lugar desde donde pueda ver las montañas. Pero sus pensamientos no versan sobre las montañas. Son sobre sí mismo, sobre Tushi.

Tushi no va tanto conmigo como acostumbraba. No puede ir conmigo a cazar y suele estar en su propia casita charlando con la Abuela, o bien está sola. Timawi y yo cantamos canciones fuera de la casa de ella cuando ella está dentro por la noche. Ella hace como sí no nos oyera, tal como le ha enseñado la Abuela. A veces la veo cuando vamos a las colinas al amanecer, a rezar o a recoger leña para fuegos especiales. Hacemos como si no nos viéramos. Esta mañana subía yo por el sendero del riachuelo. Había ido a bañarme solo y estaba frotándome el pelo para secarlo. Allí estaba Tushi junto a la senda, y parte del agua de mi pelo cayó en forma de gotas sobre su cara y su cuello. Alargué mi mano, tocándole el pelo y el collar donde brillaban las gotas, queriendo decir que lo sentía. Ella sonrió, pero luego echó a correr hacia casa por el sendero, tan de prisa que no pude alcanzarla.

En Tuliyani todo el mundo estaba ocupado en la tarea del final de la primavera. El Tío Mayor e Ishi mantenían los secaderos llenos de salmones y carne de ciervo. El Abuelo y la Abuela iban todos los días al riachuelo en busca de truchas y pececillos. Mientras él limpiaba su pesca, la Abuela estaba sentada pelando los tallos negros de las cincoenramas para hacer nuevas cestas.

Una mañana el Tío Mayor pidió a Ishi que fuera al cruce del aliso a contar los castores que vivían en los pantanos. Los castores sólo se atrapaban cuando los pantanos estaban poblados y la familia de castores comenzaba a trasladarse corriente abajo, fuera del cañón y más allá del alcance de los Yahi.

Puesto que Ishi no iba a cazar -quizá colocara alguna trampa para castores-, la Madre dijo a Tushi que podía ir con él y coger bulbos de brodiaea que crecían muy gordos en la ladera de los pantanos.

No hablaron mientras fueron atravesando la maleza, Tushi detrás de Ishi. Cuando llegaron a los pantanos y estuvieron sentados el uno al lado del otro, observando los castores, Tushi dijo: «Para mí, el Sol viajó lentamente por encima y por debajo de la tierra mientras tú estuviste fuera, Primo mío».

«También para mí», replicó Ishi. «Pero... Timawi estaba contigo en Tuliyani».

Tushi no dijo nada.

«Primita, Timawi me ha contado que trató de regalarte un barazelte de hierbas aromáticas, pero que tú no quisiste cogerlo».

De nuevo hubo silencio entre ellos. El golpear de la cola de los castores añadiendo barro a su presa era el único ruido de los pantanos.

«¿Puedo decirle a Timawi que otra vez lo cogerás?».

Tushi denegó con la cabeza.

«Timawi dice que tú eres dambusa como la muchacha joven del relato de la Abuela... Si tú llevaras el brazalete de Timawi, él no se sentiría solo en Tuliyani».

Tushi estaba tratando de no llorar. «Timawi desea irse de Tuliyani; llevarme con él a Buski, para que sea su marimi de Bushki. Esa es la razón de que yo no lleve su brazalete. ¿Te ha contado él eso?».

«No. No dijo nada de que deseara irse ni de que pretendiera llevarte con él».

Las lágrimas resultaron incontenibles. Tushi lloró, cubriéndose el rostro con las manos, dejando que los rizos del pelo cayeran sobre la cara. «¡Yo nunca abandonaré a la Abuela ni a la Madre ni a ti!».

Ishi puso las manos sobre la cabeza de Tushi. «No, no llores, no, Hermanita. Yo hablaré con Timawi. Iré a cazar con él en las montañas. Cuando Timawi vea lo que han hecho los sadu en la aldea de Bushki, no querrá llevarte allí ni quedarse él... ¡Pobre Tushi-Concha Blanca! Es difícil ser marimi, lo sé. También es difícil ser wanasi!».

¡Un Doctor del Diablo debe haber metido una enfermedad a Timawi! El no diría esa clase de cosas a Tushi si estuviera bien en el fondo de su corazón. ¡No debe hacerla llorar!

Tushi se secó los ojos. Ishi se alejó por un tronco del pantano a contar cuántos castores veía entre las aguas oscuras.

«¡Su, tetna!». Era el rápido susurro de alarma de Tushi. Un viejo oso pardo, con la piel floja colgando por las costillas, comenzaba a atravesar el pantano. Estaba bebiendo y, cuando los peces se acercaban a la superficie del agua para comer, trataba de cogerlos. Se trataba de peces muy pequeños, así que, una y otra vez, su garra salía del agua chorreando y vacía. renunció y siguió su camino en dirección al bosquecillo de bayas de la Cañada de las Bellotas.

Tushi arrancó bulbos de brodiaea mientras Ishi reunía un fardo de maderas aromáticas del pantano. Tushi estaba todavía ocupada en llenar su cesta cuando él tenía toda la leña que podía acarrear. Él le echaba ojeadas mientras ella trabajaba, con la cabeza baja, pensando solamente en su labor de arrancar. No había ruidos ni otros olores que los habituales olores de la tierra; el mundo parecía estar vacío a excepción de ellos dos. Ishi cogió su red y empezó a subir la ladera, por encima de Tushi, para cazarle una mariposa. La mariposa, grande y de colores brillantes, que él quería se mantuvo fuera de su alcance, revoloteando arriba y más arriba cada vez, llevándole a una posición cada vez más alta del promontorio. Al fin se posó en una flor e Ishi se agachó sobre una roca para deslizar la red encima.

No oyó nada, pero las narices se le llenaron de olor a saldu y a caballos. Sin alterar la postura, dio la vuelta al arco y cogió una de las tres flechas que llevaba sujetas al cinto y la colocó. Estaba muy cerca de la cima del promontorio por donde pasaba el sendero de la Cañada de las Bellotas y la piedra tras de la que estaba tendido lo separaba del sendero. Echó una rápida mirada por encima de la roca; lo que vio le llenó la boca del agua salada del miedo.

Encima de él, por el sendero y perfilado contra el cielo, iba un saldu a caballo. Había dejado caer las riendas e iba tieso sobre los estribos. Entre las manos llevaba el lazo; estaba dando la primera vuelta de muñeca que pondría la cuerda en movimiento, haciendo un gran círculo cada vez más amplio. Tenía los ojos puestos en Tushi; la cuerda tenía por objeto caer sobre ella.

La parte interior de la muñeca retorcida apareció blanca por un instante. Hubo el relámpago de una flecha resplandeciente en vuelo, un agudo grito de dolor y el lazo cayó al suelo sin hacer ningún daño; una segunda flecha relampagueó, gritó el animal un bufido y el caballo, con una flecha en el bajo vientre, se encabritó pateando al aire. Las patas traseras patinaron en el barro del sendero y cayó de espaldas, quedando fuera de la vista caballo y jinete al caer por el otro lado del promontorio.

Tushi estaba ordenando lo que había recogido cuando Ishi la agarró del brazo y tiró de ella con tanta rapidez que sus pies parecían no tocar la tierra. Corrieron de esta forma hasta llegar al riachuelo situado debajo de Tuliyani. Tushi lloraba de terror — del terror de Ishi—— ella no sabía quién había gritado ni de qué estaba huyendo. Ahora Ishi se dejó caer sobre el vientre, sollozando. Al cabo de un rato, se arrastró cuestabajo hasta la orilla y hundió la cabeza en el agua. Luego se sentó, echó a la espalda sus cabellos negros y contó a Tushi lo que había ocurrido.

La charla se prolongó en el wowi hasta muy entrada la noche e incluso después en el watgurwa. El Tío Mayor dijo: «Desde hace siete ciclos de la luna, nuestra ocultación del enemigo ha sido total. Esto puede traerlos al cañón; sabrán que todavía vivimos algunos».

Timawi interrumpió: «¡Deberías haberme enviado a mí al pantano de los castores y a guardar a Tushi!».

Ishi apartó la cara. Duele oír a Timawi hablar de esta forma a mi tío. Yo soy la causa de que se comporte así y él no dice otra cosa que la verdad... Yo sólo veo aquella cuerda curvada, circular, más y más cerca.

El Abuelo habló furioso: «¡Su! ¿Va a decir el wanasi de Bushi a Kaltsuna cómo se hacen las flechas?».

El Tío Mayor batió una mano delante del rostro con la palma hacia afuera. «La paz de siete lunas se ha roto. Tenemos miedo y estamos furiosos. Vemos de nuevo a los tres que fueron cogidos por el lazo y arrastrados. Pero no volquemos nuestra rabia y nuestro miedo unos contra otro en el watgùrwa.

»A ti, Timawi, te digo que mires bien dentro de tu corazón antes de seguir hablando. Y recuerda, la Pequeña duerme a salvo con la Abuela y la Madre.

»Tú, Ishi y yo iremos juntos por la mañana a ver si los saldu se reúnen en la Cañada de las Bellotas como hicieron en el pasado cuando se ponían en camino para destruir alguna aldea. También iremos al pantano de los castores y allí enseñarás al Joven Cazador en qué consistió su error. aprenderá de tu mayor habilidad y mayor conocimiento».

Timawi se sonrojó y apartó la mirada y luego volvió a mirar al Tío Mayor. Timawi dijo: «Escucho las palabras de Majapa. Iré contigo como tú dices, para saber qué debemos hacer, no para enseñar ni para presumir».

Llovió durante la noche; los vados del Riachuelo de Yuna estaban cubiertos de aguas blancas y el borde del sendero tenía una ancha capa de barro. Por la mañana, el Tío Mayor y los dos wanasi fueron al pantano de los castores, ascendieron por la ladera que Ishi había recorrido el día anterior, luego por la cumbre del promontorio, y descendieron parcialmente por el otro lado.

Allí encontraron el caballo, muerto. Ishi recuperó su segunda flecha; buscó de un lado a otro del ba dirigida a la muñeca retorcida del jinete. No estaba en el sendero ni en la parte baja de la ladera correspondiente, ni llegó a encontrarla.

La brida había desaparecido, pero la montura, empapada en sangre y lluvia, todavía estaba ajustada alrededor del caballo. El jinete debía ir solo; estaban las huellas del caballo ascendiendo la colina y las de un hombre con botas de montar yendo colina abajo. Timawi e Ishi siguieron las huellas en dirección de la Cañada de las Bellotas. Ni yendo ni viniendo había habido ninguna desviación con respecto al camino de la casa de los saldu en la cañada, ni tampoco confluía con ellas ningún otro rastro.

Timawi e Ishi no se atrevieron a ir más lejos. Estaban en el borde del valle. Pero resultaba evidente que el jinete saldu había salido de las colinas sin buscar ayuda de quienes estaban más a mano.

Los tres juntos fueron a la roca situada detrás de aquella en que Ishi se había agachado. Tanto el Tío Mayor como Timawi sabían las dificultades de disparar colina arriba contra un blanco móvil. El Tío Mayor se limitó a decir: «Huum. ¿Su?», y miró a Timawi, quien dijo: «Es una suerte que la mariposa llevara al Joven Cazador hasta esta roca, donde no necesitó cambiar de postura para tirar».

Volvieron a Tuliyani. La lluvia cesó. No apareció ningún saldu golpeando la maleza en busca de cabelleras y venganza. El esqueleto del caballo fue limpiado a mordiscos por los leones de la montaña, los coyotes y los buharros. La montura, masticada por los cuadrúpedos y arrastrada entre el matorral, nunca fue reclamada.

En el watgurwa discurrieron mucho sobre el hombre que había venido y se había ido con tanto secreto. El Abuelo dijo:

«Ese no debía tener amigos en su propio mundo. Hay saldu que están más solitarios que nosotros en Tuliyani». Pero ya no se sentían seguros en Tuliyani. Llegaban muchos saldu a las colinas; se oían los balidos de los borregos recién nacidos en el extremo del cañón y era la época de parir las vacas.

Timawi urgió al Tío Mayor para que se trasladaran al Waganupa. este le recordó que allí había algunos saldu y algunos animales de los saldu. El Abuelo movió de un lado a otro la cabeza. «El Pueblo nunca ha vivido a mayor altitud que la Pradera Alta. Las montañas sólo proporcionan refugio y alimento durante la mitad de las lunas. Allí no hay salmones; la nieve continúa durante el verano y el viento sopla todos los días».

Timawi dijo: «Dejad que vayamos Ishi y yo; miraremos; quizás encontremos una cueva u otra clase de refugio contra los vientos. Aquí, estamos metidos en una especie de trampa, si los saldu encuentran Tuliyani».

« Id, pues», dijo el Tío Mayor. «Yo ya no estoy seguro de qué debemos hacer».

Timawi e Ishi partieron, contando con estar fuera cinco o seis días. Cuando se hubieron ido, el Abuelo dijo: «Son buenos wanasi; cazan y disparan el arco mejor que tú y que yo, hijo mío, cuando nosotros éramos jóvenes. El wanasi de Bushki es más pesado de figura y más pesado de pensamiento que el Joven, pero tiene gran valor y destreza. El Joven es más veloz en el movimiento de la muñeca para el arco y comprende mejor el Camino, o así es como yo lo veo».

Tushi, desde la maleza situada detrás de la casa de la Madre, dijo adiós con la mano a Timawi e Ishi cuando partían. Sonrió a Timawi al volver él la cara, pero fue a Ishi a quien estuvo observando hasta perderlo de vista. Se dijo para sí: «Esta noche me iré a mi casita. Allí soñaré. En mis sueños Timawi, el Fuerte, me ofrecerá un brazalete de hierbas aromáticas. Dirá: 'Te sacaré de este cañón de pedernal. Tú serás mi marimi de Bushki'.

»Yo negaré con la cabeza y pondré las manos en la espalda. Entonces vendrá el Joven Cazador, mi primo, alto, delgado, con su espesa melena recogida y enrollada alrededor de la parte alta de la cabeza, con adornos de hueso de ciervo tallado en la nariz y las orejas, cayendo por su espalda la funda de rabo de león del arco. Corriendo de prisa como un ciervo, me cogerá las manos y me llevará, con mis pies rasantes sobre el suelo, rápidamente, por la orilla del riachuelo, hasta muy lejos. Allí, tendidos a lo largo y apretados, sollozará y sollozará. Las lágrimas de un hombre son más terribles que las de una mujer, dice la Abuela. Luego lavará su cabeza en el río y regresará, se pondrá en pie y me mirará con los ojos aterrorizados».

La Abuela encontró a Tushi de pie, mirando hacía donde los wanasi se habían perdido de vista. «Es guapo, ese Timawi, ¿eh? Los días y las noches serán largos mientras él esté fuera».

Tushi regresó al wowi con la Abuela. «Tienes que contarme cuentos de cuando eras joven y el tiempo no se hará largo.» Cogió la mano de la Abuela con una de las suyas; la otra mano quedó reposando en las cuentas azules y blancas de su collar.

Ishi y Timawi sólo cogieron sus arcos y flechas, sus cuchillos de cazar y sus hondas, una red para pescar y un taladro para hacer fuego. No llevaron comida ni cestas. Daba gusto moverse sin carga, estar fuera del cañón, oler los pinos, ver el Waganupa cada vez más cerca.

Para cuando echaron el primer sueño estaban bien adentrados en la Pradera Alta, a una distancia que los Ancianos hubieran necesitado dormir tres veces para recorrerla. Hacían carreras entre ellos. Cuando coronaban un promontorio, bajaban a la otra ladera saltando a un árbol y deslizándose por entre el árbol hasta el suelo.

Timawi se acordaba de una cueva de la montaña. También se acordaba de varios peñascos que se erguían separados, más cerca que la cueva, en la ladera sur. Podían ser incluso mejores como lugar donde vivir, decidieron él e Ishi. Las casas construidas entre las rocas quedarían ocultas, pero servirían para ver la montaña.

Pescaron en uno de los pequeños arroyos que brotaban de las nieves derretidas del Waganupa. Los peces eran pequeños, «peces de montaña», los llamaba Timawi, «más ricos que los grandes peces de más abajo». Hicieron fuego y cuando los pescados estuvieron cocinados y comidos, hablaron sobre la nueva aldea: dónde estaría el watgurwa, y dónde la casa de la Madre, y dónde construiría Tushi su casita, y cómo llamarían al poblado.

«Me pregunto: ¿llevará Tushi mi brazalete en la nueva aldea?».

«Llevará tu brazalete si no tratas de separarla de la Abuela y la Madre».

«Ni de ti. Tú le gustas más que yo».

Ishi tocó su arco. Eso es cierto y se debe vivir en la verdad, dice el Tío Mayor.

«Haya paz entre nosotros, Timawi. Bien lo sabes tú, Tushi es mi prima hermana. En nuestra infancia no hemos tenido otros compañeros de juegos que nosotros. Entre Tushi y yo no puede haber otra cosa que la amistad del fuego. Procedemos de la misma aldea, de los mismos Ancianos.

«Tú, tú eres de muy lejos, eres un Bushki. Comes pez de la montaña y marmotas. Hay palabras que tú dices de distinta forma a como se dicen en el cañón. Tú miras hacia la montaña. Tushi es tu Dambusa, procedente de personas que miran hacía el agua. Tú y Tushi tendréis un día una casa cubierta de tierra para los dos».

«En Bushki, una mujer se fue al poblado del hombre».

«No tiene por qué ser así. El Padre llevó a la Madre a Tres Lomas sólo una vez que yo hube nacido».

«La mujer de Bushki se va con el hombre».

«Bueno... nosotros somos pocos y Tushi es joven. Dejemos que la luna dé otra vuelta alrededor de su casita».

No hubo más conversación aquella noche. Vieron humo al oeste, lo que quería decir que había saldu. Ishi apagó el fuego e hicieron un cobertizo en el enebro del borde del prado. Pero no durmieron. Los coyotes aullaban y hubo constantes ladridos de los perros borregueros de los saldu. La luna de finales de la primavera estaba llena; había mucha luz en la tierra descubierta del prado. También había balidos de ovejas. Timawi se arrastró por el suelo hacia las que balaban más cerca, regresando con dos corderos.

«Nosotros juramos después de la entrega de los arcos, no tomar la comida de los saldu», dijo Ishi cuando los vio.

«Los saldu comen nuestra comida. Ese juramento es viejo. Y estúpido. ¿Por qué no hemos de cazar nosotros los cuadrúpedos de los saldu como ellos cazan los nuestros?».

«Oleremos a borrego y a saldu durante el resto de este viaje.»

«Mañana no habrá tiempo de cazar ni de pescar; es mejor llevar esta comida con nosotros».

Siguieron su camino adelantándose del Sol; y el Sol estaba bajo y en el oeste antes de que alcanzaran el segundo sitio de dormir, donde esperaban hacer fuego y guisar una parte del ganado que habían transportado todo el día. El grupo de peñas era como había dicho Timawi; a Ishi le pareció un buen lugar para un poblado de montaña.

Pero en cuanto hubieron encontrado el sitio, distinguieron huellas recientes de oso, y al acercarse, procurando situarse a sotavento, una gran osa seguida de dos oseznos salió de detrás de los riscos. Se había percatado del olor a borrego y, con un gruñido, se lanzó cuestabajo hacia ellos. Ellos hicieron lo único que podían hacer: echarle los borregos y correr. Corrieron hasta un bosquecillo de enebros, dos promontorios y un arroyo quedaron interpuestos entre ellos y la osa. Al otro lado del arroyo, se detuvieron. Estaban en el Riachuelo de Bushki y encima del antiguo poblado de Timawi.

No habían comido en todo el día ni podían arriesgarse a encender fuego: estaban en un terreno donde los saldu podían estar acampados en el mismo promontorio que ellos. Pero Timawi no tenía hambre: conocía el arroyo, ¡era su casa!

«Podríamos hacer una nueva aldea de Buski para todos nosotros», dijo.

«En Bushki hay saldu».

«Y hay formas de hacer que los saldu se vayan. El Abuelo lo hizo; y tu padre. Nosotros también podemos hacerlo».

Mi amigo y yo nos pelearemos si seguimos esta conversación. Ha sido un mal día; no como el de ayer. «La Abuela dice que la luz del día es más sabia que la oscuridad. Vamos a dormir ahora y mañana haremos planes».

Ishi cayó en un sueño profundo pero poblado de pesadillas. Intentaba despertarse, pero volvía de nuevo a las pesadillas. Cuando al fin se despertó lo suficiente para ponerse en pie estaba sofocado; el aire era espeso y pesado; creyó oír un trueno a lo lejos. Había fuego aguas abajo del arroyo. Alcanzaba a ver las copas de los pinos altos ardiendo. También vio, por encima del humo, la estrella de la mañana brillando en el cielo claro; no había habido fuego celeste, no había habido truenos.

Habló a Timawi en un susurro, pero Timawi ya no estaba a su lado. Lo buscó en la oscuridad y se fue arrastrando en círculos cada vez más amplios, en su búsqueda. Llamaba:

«Yagka, yagka», su llamada. Timawi se había ido. No hubo respuesta a su llamada.

¿A dónde habrá ido Timawi sin mí? ¿Por qué iría? Puede que quisiera ver su antiguo hogar a solas, ver si era cierto lo que yo dije: que los saldu han construido una casa en el centro de la aldea.

Ishi siguió el arroyo hacia Bushki, haciéndose el humo cada vez más espeso conforme avanzaba. El Sol estaba alto pero pálido a través del humo. Ardía el almacén de los saldu.

El trueno debe haber sido algo que ha explotado dentro del almacén. Seguro que Timawi no está aquí. ¿Debo volver al lugar donde hemos dormido o debo buscarle más abajo de Bushki?

Falto de decisión, Ishi removió los pies y tocó un trozo suelto de madera; por el tacto podía decir que era madera trabajada. Lo recogió para verlo. Era el taladro de encender el fuego de Timawi.

Ishi lo sostuvo durante Unos momentos. ¿Qué significa el que esté aquí? ¿Metió Timawi fuego al almacén?

Ishi se puso hojas húmedas sobre la cara para no sofocarse mientras rebuscaba por el suelo, Encontró restos de plumón y carbón, lo bastante para indicarle dónde podía haber hecho un fuego Timawi; y muy cerca había ramitas de otro lo suficientemente secas para servir de antorchas. Pero, si Timawi incendió la casa, ¿por qué no volvió adonde cayó su taladro?

Había la huella de un pie, luego otra. Estaban muy separadas. Cuando la antorcha estuvo encendida, salió corriendo con ella, saltando a pasos muy separados.

El Sol había pasado la cima del cielo antes de que Ishi encontrara nada más, y eso ocurrió en la parte baja de la aldea: huellas de un caballo y de un perro. Olió el perro y los borregos y el perro borreguero. Luego encontró la honda de Timawi, masticada por un cuadrúpedo y con olor a perro borreguero; y a poca distancia de allí, su bolsa de tabaco y el fardo de los tesoros. Habían sido masticados, pero quedaban el tabaco y los tesoros. Ishi se tomó tiempo para recoger todo lo que vio para borrar sus huellas y las de Timawi.

Pronto llegó a un lugar donde la tierra estaba removida. Aquí había unas cuantas gotas de sangre y, desperdigadas cuatro flechas de Timawi. Aquí debe haberle atacado el perro; creo que es sangre de perro, porque hay pelo de perro. Timawi debe haber utilizado su cuchillo. Aquí hay huellas de Timawi; aquí las del perro; y de nuevo las de Timawi, ¡alejándose hacia el primer barranco deL cañón!

Ishi no esperó; corrió por donde había corrido Timawi y saltó al barranco como estaba seguro de que había hecho Timawi, a la copa de un roble, que disminuyó la velocidad del salto. Se deslizó sano y salvo al suelo. Timawi yacía cerca del nacimiento del roble. No parecía herido; Ishi le habló. Tenía los ojos cerrados como si durmiera. No se movió.

Quizá su alma ha abandonado el cuerpo; volverá cuando despierte; no lo molestaré.

Ishi se puso al otro lado de su amigo dormido. «¡Aii-ya! ¡Aquí hay sangre! ¡Amigo mío, amigo mío, háblame!». Ishi levantó la cabeza de Timawi, dándole la vuelta. «¡Aaaah! ¡No hablarás! He aquí la marca de humo donde te acertó una bola de fuego, en el momento de saltar, ¡ay Timawi!».

Pero no había huellas de saldu en Bushki. ¡Ah! ¡El caballo! ¡ Un perro y un saldu a caballo! Ishi se tiró al suelo, rodeando con ambos brazos a Timawi y llorando. Todo se empañaba ante sus ojos y no supo lo que hacía.

Hacía mucho que el Sol se había puesto; la luna llena hacía el mundo tan brillante como de día. Ishi daba traspiés y cayó. Entonces volvió en sí. Vio que había pasado mucho tiempo, que era de noche y que ya no estaba bajo el roble. Iba bajando por el sendero del Cañón de Banya y llevaba a cuestas a Timawi.

Se levantó, se echó a Timawi a la espalda, como debía haberlo llevado antes de la caída, y siguió caminando. Un coyote aulló cerca; un león de montaña atravesó el camino por delante de él, con un conejo en la boca; un ciervo se movió cautamente entre la maleza. Adelantó a una serpiente de cascabel, enrollada y despierta en media de la noche.

¿Qué hago yo aquí y a dónde voy? No hay saldu en este cañón; los saldu no saben que mi amigo saltó o no se atrevieron a seguirlo. Me siento a salvo, y es como si mis pies supieran dónde ir.

En este estado de duermevela, Ishi siguió adelante. La luna se había puesto y había llegado el amanecer, e Ishi estaba en la Cueva de los Antepasados. Sólo entonces supo que era allí adonde lo iban llevando sus pies. Entró en la cueva, barriendo el polvo de la pulida lápida que recordaba de su viaje. Con suavidad, llevó allí a su amigo, lo extendió sobre la piedra limpia y arrastró rocas, cubriendo la entrada de la cueva para que ningún cuadrúpedo pudiese penetrar.

Allí, solo, Ishi celebró los ritos funerarios tal como los había aprendido en el watgurwa (nunca los había visto). Cuando se hubieron convertido en ceniza y enfriado el fuego, el tabaco y la resma de pino que le había echado, levantó la lápida por un lado, dejó que su amigo yaciera en la tumba forrada de rocas, con los Antepasados, Y volvió a colocar la caja de piedra en su sitio. Durante la mayor parte del tiempo Ishi trabajó en la oscuridad.

No llevó la cuenta de los días y las noches, ni comió ni durmió. Era de noche cuando salió de la cueva, cambió por última vez las rocas de la entrada de la cueva y partió hacia su casa. Se bañó en el riachuelo por encima de la Roca Negra, antes de bajar el sendero de Tuliyani. Entonces era mañana temprana.

Para los que quedaron en Tuliyani, los días pasados desde la marcha de Timawi e Ishi fueron largos, cada vez más largos y más nerviosos que los anteriores. El Sol se levantó sobre el Waganupa y se fue bajo el borde occidental de la tierra por siete, por ocho veces.

Tushi se metió en la maleza cercana al sendero hasta donde la Madre lo hubiera permitido, mirando y escuchando en busca de los wanasi ausentes. Era la mañana de la novena salida de sol. Tushi estaba casi en la Roca Negra cuando oyó el ruido de las pisadas de unos pies desnudos, de pies corriendo sobre la tierra ¡Ishi y Timawi debían estar bajando por el sendero de las tres lomas! Esperó y, al cabo de poco tiempo, una sola cabeza apareció un instante por un claro del chaparral: era Ishi.

Un instante, pero lo bastante largo para que Tushi viera que estaba solo. Se puso una mano en la boca y no hizo ningún ruido. El gran mechón de pelo de Ishi había desaparecido, quemado hasta muy cerca de la cabeza, lo que significaba que había muerto alguien querido por él, y sobre la cara llevaba cruzadas las anchas franjas negras del luto.

Tushi echó a correr y lo alcanzó, pero no dijo una palabra, esperando a que él hablase. Él sólo dijo: «¿Nuestro tío?». Tushi señaló hacia el riachuelo. «Pescando», dijo ella. Ishi le indicó con un gesto que regresara a casa. Ella lo observó perderse de vista y luego se dirigió a Tuliyani.

Ishi tomó el sendero del riachuelo. Allí estaba el Tío Mayor preparándose para pescar. Sus palabras de bienvenida se le helaron en los labios. «¿Dónde está nuestro amigo?», preguntó.

«En el Cañón de Banya, en la Cueva de los Antepasados».

« ¿Y el... su Espíritu?».

«Se ha hecho todo lo que he podido. Su Espíritu se ha liberado. Él reposa con los Antepasados. Yo me he lavado y he pronunciado la plegaria de la purificación».

Las manos del Tío Mayor temblaban tanto que le costó trabajo coger su bolsa del cinturón. Colocándolo sobre la palma plana, sopló un poco de tabaco sagrado en dirección a Ishi, repitiendo las oraciones que le protegerían de los peligros que le restaran por haber estado en la proximidad del Mundo de los Espíritus.

Luego, una vez tras otra, sopló cinco veces tabaco sagrado hacia el oeste, por donde sabía que estaría viajando el Espíritu de Timawi camino de la Tierra de los Muertos; y repitió las oraciones por los Muertos. Sólo cuando lo hubo hecho y hubo devuelto la bolsa a su sitio, dijo el Tío Mayor: «Siéntate. Cuéntamelo... desde el principio».

Al acabar la narración, Ishi dijo: «Cuando mi alma volvió a mi cuerpo y vi que estaba en el cañón, no tuve miedo. Los Espíritus de los Antepasados debieron venir a mí al pie del roble; quizás olieran los pinos quemados. Me parece que hice las cosas como ellos deseaban que las hiciera. Hice fuego en el cementerio y pronuncié las plegarias que me enseñó el Abuelo, y me aseguré de que el arco y las flechas del wanasi, su bolsa y su fardo de los tesoros, y una cierta cantidad de bellotas para comer, estuvieran a su lado para el viaje. Pero fue una equivocación ir a la Cueva de los Antepasados... No es fácil ser sabio estando solo».

Ishi se pasó la mano por el rostro. Tenía los ojos inyectados de sangre; estaba ojeroso, pálido y delgado. Ahora el Tío Mayor lloraba, sin tratar de esconder las lágrimas. «Tú eras sabio antes de las lunas de tu vida, Hijo mío. No debías haber dejado que nuestro amigo fuera a la montaña, pero parecía que el cañón ya no podía sujetarlo. Pronto estará en el fuego de campamento de su gente de Bushki. Habrá osos contra los que luchar en la Tierra de los Muertos; montañas y pinos altos; y quienes le enseñaron a disparar el arco y a saltar cuando era muchacho.

«Aflijámonos por nosotros, Hijo de mi Hermano Menor, porque lo que haremos nosotros sin él, no lo veo claro... Pero ve ahora, ve con la Madre y su cesta de comida. No has comido desde hace seis soles o más. Ni dormido. Come un poco de buena harina de bellotas de la Madre. Esta noche dormirás. Debes dejar que tu corazón se alivie un poco».

Los que estaban en Tuliyani llevaron luto por Timawi. Nunca más volvieron a pronunciar su nombre, llamándole en su lugar «Nuestro Amigo» o bien «El Desamparado». Ishi se vio obligado a contar una y otra vez todo lo ocurrido en Bushki. El Abuelo dij o: «Nuestro amigo era valiente; no hubiera sido cazado tan fácilmente, de no ser por el olor a borrego que atrajo al perro».

Tushi fue la primera que cambió de conversación para recordar a El Desasosegado tal y como era en vida. Pronto los demás dejaron de hablar de su muerte, para hablar del cazador de alces de Bushki, del gran nadador, del que gustaba de pasar despierto toda la noche de verano contando historias de cazadores.

Ishi no vio a Tushi llorar, pero estaba seguro de que había llorado, a solas, en su casita. Un día le indicó que fuera con él. Ella lo siguió al riachuelo donde se sentaron uno junto al otro en un terraplén de tréboles nuevos. Tushi no había hablado en todo el camino; mantenía la cara vuelta en otra dirección; Ishi la vio secarse los ojos con el dorso de la mano.

«No llores, Primita, y si tienes que llorar, ¿puedes decirme por qué lloras?».

«Es por el cazador de Bushki... Querría, ay querría haberle permitido que me regalara su brazalete de hierbas aromáticas».

«Aquí está». Ishi abrió su bolsa. «Lo llevaba en el fardo de los tesoros. No lo puse con los otros tesoros, para que fuera con él, porque sabía que tú querrías tenerlo. He estado esperando para dártelo. Tenlo, Pequeña Concha Blanca». Ishi se lo alargó. «Póntelo».

«¡No, no!».

«Es tuyo. Nosotros hablamos -el Desasosegado y yo- sobre tú y él. Yo le dije que algún día tú serías su marimi de Bushki. Yo le dije: 'Tushi llevará tu brazalete. Espera tan sólo unas cuantas lunas».

«¡Aiku tsub! Lo pondré con mis tesoros».

«Póntelo, Tushi».

«No, nunca me lo pondré».

«¿Por qué no? Estaba previsto que, un día, tú y nuestro amigo tendríais una casa cubierta de tierra para los dos».

Tushi echó una extraña mirada a Ishi, como si ella fuera mayor que él, tan vieja como la Madre, tan vieja como la Abuela.

«Ese es el sueño de los Ancianos. Mi sueño es diferente y no tiene nada que ver con este mundo vacío. Nosotros no somos Héroes ni Dioses; esto no es el comienzo de los tiempos; no podemos hacer Pueblo para llenar el vacío, para combatir a los saldu».

«¡Suwa, Muchacha de la Concha Blanca! Pero, ¿cuál es ese sueño del que hablas?».

«Es un sueño de mujer».

«¿Está prohibido contárselo a un hombre?».

«No está prohibido. Te lo contaré, porque tú me has dado el nombre de concha blanca y mi sueño también es blanco».

Y allí, sobre la alfombra de tréboles verdes, al sol de la primavera, Tushi contó a Ishi su Sueño Blanco.

«Mi sueño comienza en la verdura, como los tréboles verdes que hay aquí. Todo tiene el mismo aspecto que cuando estoy despierta. Luego -atravieso al otro lado del riachuelo- bien pudiera ser aquí. En la otra orilla, las rocas, la tierra y los matorrales están cubiertos de moho, son suaves e inmóviles. Me dirijo hacia el norte y conforme me voy alejando, siempre hacia el norte, la suavidad del verde se transforma en blanco. Todo es blanco y suave e inmóvil. Lejos, muy lejos de casa, llego a una vivienda. Alguien que hay dentro de la casa me pide que entre.

«La casa es más grande que cuantas yo he las casas de que habla la Abuela, de cuando el Pueblo era mucha gente. Esa casa es así de grande. Entro por la entrada destinada a los niños pequeños, pero no necesito doblarme ni arrastrarme, sino que camino erguida a su través. En el interior, están sentados un viejo y una vieja. Tienen el pelo blanco. Todo es blanco. La casa está hecha de hielo, los asientos donde se sientan los dos Ancianos son de hielo. El hoyo del fuego es blanco y está recubierto de hielo. Incluso las pestañas del hombre y de la mujer son blancas.

«Al principio pensé que los Ancianos debían ser de piedra, pero la mujer habla. Dice: 'Ve con tu madre. Mira, está allí sentada'. ¡Y allí está verdaderamente mi madre! Me echa los brazos alrededor y me aprieta mucho contra ella. Dice: 'Ven, Hija Mía, come. Debes estar hambrienta después del largo viaje'. Yo como. Eso le hace sonreír, y la comida tiene buen sabor, aun cuando es hielo.

«Mi hermana mayor está allí. Creo que está toda mi familia, detrás de mi madre, si pudiera verla. Mi madre dice, y mi hermana: 'Este es un buen sitio; hay flores y hiervas verdes. Aquí nosotros somos felices'.

«Luego desaparece la casa. Estoy de nuevo al aire libre y el viejo me llama, diciendo que es hora de que vaya a casa.

«En medio de todo ese hielo no tengo frío. Y mi madre y mi hermana no tienen frío. No veo las flores ni la hierba, pero mi madre las ve... Creo que es un buen sueño».

«Yo también creo que es un buen sueño», dijo Ishi cuando Tushi hubo acabado.

Puede ser un Sueño de Poder. La Mujer de la Concha Blanca vive en el Océano Exterior. Ella puede proporcionar a Tushi un Sueño de Poder.

Pero el enemigo estaba más cerca que los sueños. El Desasosegado estaba en lo cierto; debían trasladarse de Tuliyani. ¿A dónde? No hacia las montañas; no bajando por el cañón. ¿A dónde?

Durante cuatro días Ishi estuvo fuera desde el amanecer hasta el crepúsculo, e igualmente el quinto día y la quinta noche. Cuando regresó y estuvieron en el watgurwa él y el Tío Mayor, su tío dijo: «¿Ha encontrado el wanasi un tesoro secreto? ¿Un poco de pedernal rayado de Kaltsuna o una piedra de cristal azul?».

Ishi sonrió. « El wanasi no ha encontrado ningún tesoro que se pueda traer a Tuliyani. Ha encontrado un lugar escondido para vivir nosotros: la guarida de un oso».

«¡La guarida de un oso! Mi Hermano hablaba con verdad cuando te puso el nombre de Tehna, Osezno».

«¿Vendrás conmigo a verla?».

«Iré si así lo deseas, aunque mis días de cazar osos están acabados».

«¿Y la Madre, vendrá?».

«¡Su! No creo que la madre desee compartir el hoyo del fuego de un oso».

Tushi convenció a la Madre; de modo que el Tío Mayor y la Madre, Ishi y Tushi hicieron un viaje de cinco jornadas a la guarida del oso de Ishi, dejando en casa al Abuelo y la Abuela.

Viajaron bajo la cobertura de los árboles y la maleza. Ningún saldu que pasara por el camino del promontorio o pescara en el Riachuelo de Yuna oyó tan siquiera una pisada mientras, hora tras hora de calor, los cuatro se iban abriendo camino por el cañón, rodeando las tres lomas y pasando por el promontorio al Cañón del Riachuelo de Banya. Era un rodeo, distinto del camino que hizo Ishi cuando fue solo, pero el camino más seguro para atravesar el alto promontorio que separaba los dos cañones.

La primera noche durmieron bajo los árboles de la cumbre del promontorio y la segunda noche lo hicieron en el Riachuelo de los Tejones, que desembocaba en el Riachuelo de Banya. El día siguiente fue el peor, porque, aunque la distancia era pequeña, tuvieron que arrastrarse entre una maleza tan espesa que cada matorral, cada tanugo, era una barrera de pinchos que les bloqueaba su lento avance. Hacía mucho calor y no había agua. El trayecto del día fue desde el borde hasta menos de la mitad del descenso de la pared del cañón, a un saliente estrecho.

En el saliente estaba la cueva del oso: una cueva con gran boca en la base de un peñasco que se elevaba escarpado y desnudo hasta la cumbre del cañón. La cueva no se veía por ninguna parte hasta que estuvieron encima. Ishi la había encontrado de casualidad; estaba completamente revestida de zumaques, excepto por la parte superior de la bóveda arqueada, lo que le había hecho pensar en la Cueva Verde.

En la atmósfera de la cueva había un ligero olor a oso pardo, como el de la estera de oso de Tuliyani cuando estaba húmeda. Aunque desierta desde hacía mucho tiempo, era indudable que había sido, como dijo el Tío Mayor, Wowunupo-tetna: el Escondite del Oso Pardo.

La alta bóveda colgaba sobre la boca de la cueva; dentro, el suelo era plano en una extensión como la casa de la Madre, y luego ascendía, estrechándose al fondo en una serie de escalones o estantes de piedra.

Ishi había descrito la cueva a Tushi: en cuanto ella la vio, deseó vivir allí. Y la Madre hizo su lenta sonrisa de arco Yahi, limitándose a decir: «Me gusta». Había vuelto al país de sus años jóvenes. No podía ver Gahma, pero sabía que estaba exactamente debajo, en el fondo del cañón. Podía imaginarse los estantes de piedra llenos de cestas de todos los tamaños; comprendió que la pulida roca sería seca y fácil de mantener limpia y sin polvo. Había espacio para que durmiera todo el mundo dentro de la cueva en la época de las lunas de la lluvia y la nieve. Ishi trazó un círculo donde la Madre dijo que debería estar el hoyo del fuego.

El Tío Mayor no se hacía mucho a la idea de vivir en la madriguera de un oso: ¡ningún Yahi había hecho nunca una cosa así! Pero Wowunupo-mu-tetna era un lugar para alcanzar, el cual ningún animal de los saldu arriesgaría las piernas o los cuernos y la mentalidad de los saldu no sospecharía que se pudiera construir un poblado en la pared vertical del cañón. No estaba seguro de si cabían en su mente el que se pudiera.

Comieron pan de bellotas y pescado seco que habían llevado de casa la Madre y Tushi, y bebieron el agua que Ishi acarreó en una cesta desde el Riachuelo de los Tejones. El Tío Mayor dijo: «Deberíamos venirnos a Wowunupo antes del final de las próximas Lunas de la Cosecha... ¿Tú qué piensas, Madre de Tehna-Ishi?».

«Creo que estaría bien celebrar la Fiesta de la Cosecha en Wowunupo», fue la respuesta de la Madre. Tushi e Ishi se sonrieron el uno al otro. «Haremos una aldea en la que podría vivir el propio Hombre de Pedernal», dijo Ishi a Tushi, quien respondió: «Traeré en la oreja fuego caliente de Tuliyani para el Nuevo Fuego de Wowunupo».

Volvieron a Tuliyani igual que habían hecho el camino de ida, durmiendo de nuevo en el Riachuelo de los Tejones y bajo los árboles. El último día no había nada de comer salvo algunas abogaderas que cogieron al pasar. Llegados a Tuliyani, el Abuelo había cogido una trucha y, mientras guisaban el pescado sobre palitos verdes colocados frente al fuego, contaron al Abuelo y a la Abuela todo lo que habían visto y hecho, y sobre el nuevo hogar Wowunupo-mu-tetna, que Ishi les había encontrado.

Ishi y Tushi, que llevaron a cabo la mayor parte del traslado de Tuliyani a Wowunupo, hicieron muchos viajes arriba y abajo por el camino corto y escarpado que Ishi había descubierto entre las dos aldeas. Ishi llevó los pesados morteros de piedra y las cestas de mayor tamaño. Las comidas, las mantas, las herramientas, los fardos de los tesoros, todo debía ir. Tushi sólo llegaba al hombro de Ishi y era delgada, con las manos y los pies pequeños, como la Madre, pero, al igual que la Madre, era fuerte y sabía llevar la carga a la espalda, sujeta a la cabeza por una tira de piel de ciervo, lo que le dejaba las manos libres. Ya lo largo de muchas lunas, aprendió a mantenerse a la par de Ishi, cualquiera que fuese el paso que llevara. La Abuela dijo: «¡Ninguna mujer Yahi ha hecho nunca ese trabajo!».

Tushi rió. «Fuiste tú, Abuela, quien me enseñó que una mujer Yahi hace lo que hay que hacer».

«Yo no te he enseñado a ir por la maleza de noche con una carga a la espalda; ni a ir sola con tu primo».

La Madre y el Tío Mayor dejaban hablar a la Abuela y dejaban que Tushi fuera con Ishi. La Madre dijo al Tío Mayor: «Está muy bien que la Abuela diga a Tushi cómo eran las cosas en los Viejos Tiempos... Tushi es como un pino joven, que crece a la sombra de los árboles mayores; y como el pino, también ella se yergue sola, con muy poco espacio a su alrededor».

El Tío Mayor asintió con la cabeza. «Sí, ese es el caso de la Pequeña desde la desaparición del Cazador de Bushki».

Se completó el traslado. Ishi echó tierra sobre las cenizas frías de los hoyos del fuego del wowi y del watgurwa. El Tío Mayor echó humo de su pipa sobre el poblado vacío. Desde este momento, Tuliyani ya no era para los Yahi vivos: pertenecía a los Antepasados.

El Tío Mayor dijo:

¡Suwa!
Que las huellas de los pies y de las manos Del Pueblo
De una punta a otra del cañón
Sobre las colinas
Y en las praderas
Vayan bajo la tierra
Sin dejar señal ni memoria
En las rocas, los árboles ni los arroyos.
Que todas las cosas sean como eran
Antes de que Jupka creara al Pueblo.

Y el Tío Mayor dijo:

¡Suwa!
Que la maleza crezca vigorosa y alta
Tragándose las aldeas
Cogiendo los pies torpes
De los saldu y de sus cuadrúpedos
Arrojándolos a la tierra.
Pronto el enemigo
Con sus armas destructoras
Será aquí como nada.
El cañón ya lo ha olvidado.
¡Suwa!

El Abuelo, la Abuela, el Tío Mayor, la Madre, Ishi y Tushi regresaron de Tuliyana y del Cañón del Yuna al Cañón de Banya, a Wowunupo. No volvieron la cara para mirar por última vez, para llorar, para revivir los recuerdos tristes y felices que todos ellos dejaban.

El viaje a Wowunupo con los Ancianos fue lento y peligroso. El Tío Mayor iba en cabeza, asegurándose de que no iban a encontrarse con un grupo de saldu; había saldu y cuadrúpedos de los saldu en cada vuelta del camino, le parecía al Abuelo. Ishi y Tusti conocían los sitios buenos para descansar en el camino; hacían pequeños refugios de matorral donde pudieran dormir los Ancianos; y Tushi siempre se acordaba de tener una cesta de agua fresca a su disposición.

Como los demás viajes a Wowunupo, este con los Ancianos se hizo sin que se diera cuenta ningún saldu. El último día, bajando al saliente entre la maleza, Ishi sólo iba un paso por delante, echando hacia atrás las ramas, cortando o empujando a un lado las zarzas. Las largas horas de arrastrarse les procuraron arañazos, sed y calambres, pero cuando vieron Wowunupo, los Ancianos olvidaron su cansancio.

«En verdad que solos los Antepasados», dijo el Abuelo, sentándose en la cueva. «Somos el Hombre de Pedernal y la Mujer de Pedernal. Vivimos en una casa de Pedernal. En vez de capas, podemos espolvorearnos con polvo de pedernal como hacía Kaltsuna. Aiku tsub». Y si bien el camino al riachuelo era demasiado empinado y largo para que los Ancianos fueran a bañarse como estaban acostumbrados a hacer, nunca hablaron de eso. Se lavaban la boca, la cara y el cuerpo todos los días, utilizando solamente la cesta de agua fresca que Ishi o Tushi les traían por la mañana. Estaban tan ocupados como los demás transformando Wowunupo en un lugar para personas y no en el escondite de un oso.

La cueva se convirtió en la casa familiar, en el wowi, con una adición de recubrimiento de tierra, que cerraba parcialmente la entrada. Ishi la hizo fuerte y apretada, utilizando tiras de corteza de cedro para mantener unido el entramado. En el invierno, sólo habría una estrecha abertura que podría cerrarse con una lengüeta de piel de ciervo sujeta por dentro.

El Tío Mayor e Ishi construyeron un almacén, un refugio cubierto para secar y ahumar y un watgurwa, con el espacio apenas suficiente para albergar al Tío Mayor, el Abuelo e Ishi.

El watgurwa estaba bastante aguas abajo de la cueva y el saliente no fue despejado de los árboles y la maleza, de tal modo que cada casita estuviera solitaria y escondida, con sólo levísimas veredas entre los árboles que iban de unas a otras.

Cerca del almacén crecía un pino alto y gris; sus largas agujas se perfilaban contra el cielo; sus grandes pifias estaban llenas de piñones. Este pino era una especie de mojón que sobresalía sobre los árboles que lo rodeaban. Ishi despejó un círculo de tierra bajo el pino a manera de centro del poblado.

En Wowunupo no había agua. El agua de lluvia podía recogerse en cestas; y en los comienzos de la primavera habría pequeñas riadas cercanas, pero durante las largas lunas del final de la primavera, el verano y el otoño, todo el agua tendría que ser acarreada en cestas desde el Riachuelo de Banya, subiendo por senderos malos y escarpados. Ishi midió y señaló un espacio bajo el pino, a la sombra, de dos arcos por uno de tamaño. Este sería el lugar de amontonar nieve en invierno y de este modo ahorrarse muchos viajes al riachuelo helado. Cuando el Tío Mayor vio lo que estaba haciendo, le ayudó a apretar y apisonar el pesado suelo de adobe, dejándolo pulido y casi impermeable.

La Madre y Tushi hicieron un pequeño refugio para las mujeres cerca del wowi-cueva; sólo cabían de una en una. Almacenaron sus tintes, helechos y plumas para las bellas cestas de los estantes altos del fondo de la cueva; y allí guardaron también sus fardos de los tesoros.

Más allá del watgurwa, el saliente era menos profundo e Ishi construyó un dosel de corteza de árbol sobre una hondonada natural, donde hizo un escondrijo para el pedernal y la obsidiana. Al cabo de unos cuantos días, comenzaron a amontonarse allí astillas y pedacitos de piedra de cristal, pues Ishi trabajaba. Este era el extremo del poblado y el saliente también acababa a diez medidas de arco aguas abajo.

Los senderos que conducían a Wowunupo eran laberínticos y estrechos, no mayores que los caminos de los zorros y los tejones; y así se dejaron. Desde el pino gris, y descendiendo por el saliente hacia el riachuelo, había una leve senda hecha por los osos cuando vivían en Wowunupo. Ishi la llamó el Sendero de Tetna y también se dejó como estaba. El Sendero de Tetna estaba cubierto por la maleza en todo su recorrido. Acababa encima de la orilla del riachuelo, que era muy escarpada; y allí escondió Ishi una cuerda entre las matas, con la cual se descolgaba hasta el agua. No era fácil hacer la escalada de regreso por la escarpada orilla con una cesta llena de agua sujeta por una cinta a la cabeza, pero aprendió a hacerlo, agarrándose a la cuerda con manos y pies.

Entre Gahma, río arriba, y el extremo del Sendero del Tetna, en un ángulo escarpado crecía sobre el agua un alto aliso con las raíces semidescubiertas. Operando con cuñas y sogas, el Tío Mayor e Ishi liberaron las raíces, hasta que pudieron, empujando y colgándose con todo su peso del tronco del árbol, hacerlo caer sobre el Riachuelo de Banya, yendo a caer la copa en la otra orilla.

«¡Aliya! Ahora tenemos un aliso que lo cruza, como el del Riachuelo de Yuna». El Tío Mayor se puso contento.

«Pero este es mucho más alto... » Tushi miró con temor hacia abajo, desde el tronco al riachuelo. El estanque oscuro y tranquilo de Gahma quedaba lejos; aquí el agua rugía y espumaba sobre grandes cantos rodados.

«No hay otra forma», dijo el Tío Mayor a Tushi. «Las orillas son aquí más altas. Además, el Riachuelo de Banya es más profundo que el Riachuelo de Yuna. Un paso a menor altura sería arrastrado en la época de las crecidas».

Las copas cargadas de hojas de los árboles formaban un dosel compacto sobre el poblado de Wowunupo. La bóveda de la cueva se ennegreció con los fuegos de la Madre, pero mantenía el humo secreto para los extraños. En lugar de elevarse haciendo una espiral azul, se escurría y flotaba fuera de la cueva y entre la maleza como si fuera polvo de pedernal azul de Katsuna arrastrado por las corrientes.

Hasta que el watgurwa estuvo acabado, cavado el hoyo del fuego y la propia cueva bien cerrada para el invierno, Ishi no tuvo tiempo ni pensamientos para nada más. Ahora estas tareas estaban acabadas y las cestas llenas. Fue a su lugar de trabajo, en la hondonada del final del saliente. Comenzó a tallar una punta de lanza, pero pronto dejó el raspador en el suelo.

Ahora todo está hecho. Los Ancianos vuelven a reír y a cantar junto al fuego; La Madre dice que es una buena aldea... ¡Aii-ya! ¡Hoy Wowunupo me encierra como el Cañón de Yuna se le caía encima al Desasosegado... Desde La mañana en que él y yo salimos juntos de Tuliyani, no he cantado con mi arco ni he escuchado al Monstruo. ¡Y aquí no hay Roca Negra!

Ishi ascendió desde la hondonada. Un breve esfuerzo entre la maleza lo condujo a un claro de roca esquitosa. Pasando las rocas, trepó por un cortado de madroños y pinos grises hasta un risco que pendía sobre el cañón. Había visto este risco desde lejos, pero nunca había estado allí. Ahora fue hasta el borde y le sorprendió descubrir que se veía el fondo del cañón e incluso una obertura en forma de cuña que daba al Gran Valle.

¡Su! ¡Un punto de Observación de Wowunupo! Está más cerca del poblado que la Roca Negra de Tuliyani; y más cerca del Monstruo. Desde aquí sólo habrá un momento de visión de su cabeza humeante, pero lo oiré con toda claridad.

El Sol viajaba cada vez más abajo por el Camino Celeste en dirección al oeste. El Gran Valle y el cielo brillaban con los rojos y los púrpuras del tocado del Sol al final del día; el Río Raha se había convertido en una maroma de fuego retorcido. El Monstruo apareció brevemente en la soflama de la puesta de sol, con su humo rosado contra el cielo rojo; mientras seguía el río haciendo un recodo y se perdía de vista.

Ishi puso una ofrenda de tabaco en una piedra y sólo abandonó el Punto de Observación cuando el último color había desaparecido y las primeras estrellas comenzaban a brillar en el Mundo Celeste. Por primera vez en muchas lunas, de nuevo mi Sueño parece estar cerca de mí. Había llegado a pensar que ya no sabría tener sueños.

Algunas noches después el Tío Mayor dijo al Abuelo y a Ishi en el watgurwa: «Pronto las lunas traerán lluvia. Vayamos, Hijo de Mi Hermano Mayor, tú y yo, a cazar en la montaña. Las cestas están llenas, desde luego, pero el Año Nuevo y el trébol verde pueden ser lentos en llegar y el invierno puede quedarse largo tiempo en Wowunupo».

Ishi se acordó toda su vida de este viaje con el Tío Mayor. Estuvieron fuera por espacio de más de media luna; los días eran los días de sol bajo de la época de la cosecha, las noches eran luminosas con la luna de la cosecha. Hablaron, los dos, como entre hombres. Y durante toda la cacería estuvieron libres de saldu, que habían abandonado los prados para cazar en la otra ladera de la montaña. El Tío Mayor e Ishi instalaron su campamento cerca de la Pradera Alta y desde allí fueron hasta la cumbre del Waganupa.

Ishi contó al Tío Mayor su viaje por el Mundo de los Yahi; y le enseñó dónde habían ido él y el Desasosegado, y le dijo de qué hablaron. El Tío Mayor le habló de sí mismo cuando era un joven wanasi; y de sus sueños. Le habló a Ishi de la esposa que había perdido cuando fue arrasada la Aldea del Laurel; y algo de lo que pretendía hacer de su vida antes de que los saldu pusieran fin a aquel antiguo mundo.

Sin duda mi tío pretendía ser cabeza de familia, el Majapa de un poblado, como aquellos grandes Majapas cuyos nombres y hazañas me ha relatado el Abuelo. El Tío Mayor debe sentirse aprisionado por Wowunupo, a veces por toda la vida. No dice nada de eso; no se olvida ni se queja del Camino.

La caza fue buena; en la pradera había ciervos, patos y gansos grises, y un rebaño de alces. Los alces no prestaron atención a Ishi y al Tío Mayor, quienes pasaron mucho tiempo escuchando sus balidos y aprendiendo a imitarlos; observaron cómo caminaba el jefe, con las hembras y los jóvenes machos siguiéndole a continuación; cómo, a veces, los jóvenes machos luchaban unos con otros, y a veces desafiaban al jefe. «Pero», dijo el Tío Mayor, «ese Viejo sigue siendo mejor luchador y más elegante que los jóvenes. Si lo perdieran, ninguno de ellos está preparado para conducir la manada».

Mataron a uno de los machos jóvenes, lo que les proporcionó buena carne y buena piel, astas y huesos. Cuando emprendieron el regreso, dejaron escondrijos por el camino que Ishi iría llevando a Wowunupo conforme pudiera.

El Tío Mayor entendió las señales de invierno temprano y largo. La luna del trébol verde tardó en llegar, pero Wowunupo-mu-tetna estaba caliente y seco, y con el extra de las cestas de comida procedentes de la cacería en la montaña, los de la cueva estuvieron a salvo del hambre hasta que, finalmente, llegó el salmón de la primavera por el Riachuelo de Banya.

Todo fue bien para el Pueblo de Wowunupo durante una y otra vuelta de las lunas de las estaciones. Los dos Ancianos iban de la cueva al espacio despejado y soleado alrededor del pino gris situado en el centro de la aldea, envueltos en sus capas y mantas cuando hacía frío. Se referían a sí mismos como los «Antepasados» y en verdad que cada vez más eran como Antepasados. Mientras el Sol iba desde lo alto hasta lo bajo atravesando el Mundo Celeste, se sentaban cara al oeste, sosteniendo el Abuelo la pequeña garra que era la mano de la Abuela en su propia mano no mucho más grande.

El Abuelo nunca se ponía enfermo, pero estaba envarado y ya no era fuerte. Los dolores se le habían metido en las articulaciones y no había Kuwi, Doctor, que los extrajera. Le producían inflamaciones y le hacían dolorosos y difíciles todos los movimientos. Cuando llegó por segunda vez la primavera a Wowunupo, ya no volvió al watgurwa y la Madre pudo ver que pronto los abandonaría. Era su gran edad lo que le hacía volar los ojos y los pensamientos hacia el oeste.

Dijo él a la Madre: « El viaje a Wowunupo fue mi último viaje. Soy demasiado viejo para ir a ninguna parte que no sea Sendero abajo».

Antes de que las lunas trajeran el feroz calor del verano, el Abuelo había desaparecido.

La Abuela no lloró mucho, pero cada amanecer, a partir de la desaparición del Abuelo, le costaba más y más trabajo respirar. « El aire se va haciendo cada vez más pesado», decía. «Ya no puedo llevarme el aire a la boca. Necesito el viejo Kuwi para que sople un aire más ligero».

Tushi intentó abanicarla con aire más ligero e hizo viaje tras viaje, en medio del calor, para traer agua fresca con bayas frías machacadas dentro, porque la Abuela no comía absolutamente nada.

Cuando llegó la Madre con una cesta de té para ella, la Abuela vio que había estado llorando. Puso las manos en la cabeza de la Madre a la antigua usanza. «No llores por los Antepasados, Hija mía. Ni tú ni Tushi sois quienes me necesitan ahora, sino el Anciano que se olvidó de esperarme. Yo sólo deseo seguirlo Sendero abajo. Llevábamos tanto tiempo juntos que no consigo recordar cómo se vive separada de él».

Antes de la tercera cosecha de Wowunupo, la Abuela había seguido al Abuelo a la Tierra de los Muertos.

Tushi lloró al desaparecer la Abuela. Recurrió a la Madre; pero la Madre sólo podía llorar con ella. Las lágrimas caían rodando por el rostro del Tío Mayor. Ishi se llevó el arco a la hondonada, donde lloró a solas, pensando a ratos en los Ancianos, pero pensando también en la pena del Tío Mayor y en las lágrimas de Tushi y de la Madre. ¡Aa-hh! ¡Las lágrimas de mi Pueblo! ¡Las lágrimas de mi Madre! ¡Sólo una vez la había visto llorar de esa forma!

Cuando Ishi regresó a la cueva, el Tío Mayor estaba diciendo a la Madre: «Debemos ayudar a nuestra Pequeña a vivir. La Vieja, con los pensamientos muy perdidos en el pasado, hablaba de los Viejos Tiempos y de ese modo traspasó su propio pasado a la Joven. Ahora Tushi sólo tiene el recuerdo de los recuerdos de la Vieja para vivir. Eso no es suficiente. Tú, Madre, debes rezar a la Mujer de la Concha Blanca; ella tiene mucho poder y sus sueños son sueños curativos».

Ishi vio cómo la Madre se secaba las lágrimas y el Tío Mayor dejaba a un lado su pena; cómo mantuvieron el círculo alrededor del fuego, de modo que cada cual mirara los rostros de los demás y no se amontonaran los cuatro; cómo hablaban a veces a la manera de los Ancianos, de modo que la conversación alrededor del fuego no careciera de relatos ni de las pequeñas bromas de los Ancianos; cómo hablaban muchas veces de ellos como si estuvieran vivos, hasta que Ishi e incluso Tushi aprendieron a hablar de ellos y a pensar en ellos sin llorar.

Ishi fue al Punto de Observación por primera vez desde la desaparición de los Ancianos. Estuvo mirando el panorama del cañón y la cuña del Gran Valle.

Perder a los Ancianos es doloroso, muy doloroso. Eran los Antepasados, como ellos decían, tanto vivos como muertos. Mucho antes de su tiempo llegaron los Primeros del Pueblo, los Iniciadores. Ahora, pasado su tiempo, no vendrá nadie. Sólo quedan cuatro: una Madre, un Tío y dos Primos. Este es el pueblo que debe vivir sin Jóvenes ni Viejos, sin esperanza. El Pueblo del Final, eL Último Pueblo. Jupka hizo este mundo para el Pueblo; pero Jupka se convirtió a sí mismo en una mariposa antes, mucho antes, de que el enemigo viniera aquí: no sabe nada de Los pálidos saldu.

Ishi estaba tendido, mirando con los ojos semicerrados hacia las plumas caídas del peinado del Sol. Una mariposa jupka revoloteaba ante sus ojos, tomando sus alas los colores de la puesta de sol.

Es una hora tardía del día para una jupka. Pronto estará aquí el invierno, en que sólo se ven las casas blancas que son los capullos de las mariposas.

La voz del Monstruo llegó hasta Ishi desde el Valle; en la quietud del aire sonaba casi familiar y amigable. No se irguió para verlo; estaba ya medio dormido. Cuando el Monstruo hubo desaparecido por el recodo, él se durmió y mientras dormía tuvo un sueño.

En su sueño viajaba hacia poniente, convirtiéndose en parte del poniente, desplazándose sin esfuerzo Río Daha abajo, con el río brillante como una maroma ardiendo, y más allá hacia las aguas confluyentes donde los ríos discurren juntos. Y de este modo llegaba hasta el Borde del Mundo.

Allí las cosas eran como el Abuelo le había contado hacía mucho tiempo: el Sol se hundía bajo el borde del mundo por el Océano Exterior, haciendo que el mar hirviera por encima de la tierra, enviando olas hasta muy tierra adentro. Las olas volvían a retroceder, dejando conchas blancas y púrpuras sobre la costa. Son regalos de la Mujer de la Concha Blanca cuyo hogar está en el Océano Exterior.

En el sueño, Ishi se lanzaba también al Océano Exterior, siguiendo al Sol por toda la cara inferior del Mundo, en dirección oeste-este, un viaje que le llevó toda la noche. De este viaje, el Abuelo le había dicho: «Cuando la tierra era plana y estaba vacía, el Dios Jupka le dio la vuelta y construyó un camino ancho y recto en la parte inferior que iba de oeste a este, y luego la volvió a poner derecha otra vez. Este es el camino por donde viaja el Sol durante la noche, cuando está oscuro».

Ocurrió tal como el Abuelo decía y, por la mañana, el Sol ascendió de vuelta por el borde oriental sobre la tierra, brotando y extendiendo las largas plumas de su peinado hasta que toda la tierra y todo el cielo estuvieron iluminados. Entonces comenzó una vez más su viaje diario por el Camino del Cielo, por encima de la tierra, de este a oeste.

Ishi abrió los ojos. Estaba en el Punto de Observación, tendido como cuando se echó a dormir al sol poniente; el Monstruo llamaba Pii-PIIII-pii desde el Valle, y la mariposa jupka de la noche anterior estaba adherida a una roca junto a él, con sus alas quebradizas expuestas al viento de la mañana.

Ishi estuvo quieto un rato más. El sol brillaba caliente sobre él; quería pensar en su sueño. Mi Sueño nunca es el mismo. Pero su camino es, sin lugar a dudas, el camino del Sol. Y esta vez el Monstruo ha aparecido al comienzo y al final.

Ishi se puso en pie. Levantó los brazos, arriba del todo, extendidos hacia el Sol. ¡Suwa! ¡Es bueno soñar!... Mi Sueño me da valor. El Sol luce. Mi arco está a mi lado. Abajo, en Wowunupo, están mi Madre, mi Tío y la Pequeña Concha, mi prima. ¡Aiku tsub!.

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