Los últimos charrúas

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El primer charrúa que cruzó el atlántico 

Fue conducido por el Teniente de Navio Louis Marius Barral, comandante de la corbeta L'Emulation, que había sido encargado de una misión hidrográfica en las costas del Brasil y de relevar en detalle el Río de la Plata. Partió de Montevideo el 16 de enero de 1832, y arribó a Tolón el 19 de abril. Ese mismo día, el comandante avisó al Ministro de Marina, en los siguientes términos, de la presencia a bordo de un pasajero insólito:

"Estando en Montevideo en la época de la última expedición del Gral. Fructuoso Rivera contra la nación indígena de los Charrúas, pensé que sería quizá agradable a Vuestra Excelencia ofrecer al Ministro del Interior uno de los individuos de esta nación, elegido entre los que fueron hechos prisioneros. En consecuencia, solicité y obtuve del gobierno de la República de la Banda Oriental del Uruguay, un indio Charrúa, de 18 a 20 años de edad, y lo embarqué en UEmulation el 15 de enero, víspera de mi partida a Francia. Está ahora en Tolón a disposición de Vuestra Excelencia... El indio Ramón Mataojo, llamado así por causa de haber sido capturado en el río Mataojo grande, está casado con varias mujeres. Cuando llegó a bordo trató de rehusarse a ingerir alimentos, para forzarme a traer a sus esposas. Hablé entonces con el Sr. Capitán Verillac, que había tenido la bondad de hacer las gestiones necesarias para embarcar al indígena, quien me tranquilizó di-ciéndome que el amor de los Charrúas por sus mujeres es poco duradero. En efecto, en los días siguientes Mataojo comió y pareció acostumbrarse a su viudez- Como estaba lleno de piojos le hice cortar el cabello, lo que pareció contrariarlo extraordinariamente "

"Yo deseaba conservar el traje o, más bien, los harapos que cubrían a Mataojo, pero una consideración similar a la que me decidió a sacrificar sus cabellos me llevó a hacer lo mismo con sus vestimentas. Lo vestí con las ropas de a bordo ".

"Traje a Francia, Señor Ministro, una lanza tomada a los Charrúas. Me fue imposible conseguir un arco, una boleadora o flechas de esta nación salvaje. Esta lanza queda también a disposición de Vuestra Excelencia".

"Encontré gran similitud entre la corpulencia y figura de los Charrúas con las de los indios de Tierra del Fuego que fueron llevados por el Sr. Capitán King a Inglaterra. Si yo creyese a Mataojo, la carne humana sería de su agrado y su nación sería antropófoga como la de los indígenas de Tierra del Fuego. Ahora que Mataojo está en París, él mismo podrá expresarse claramente, y podríamos recoger informes que nos ayudaran a conocer a los indígenas a los cuales él pertenece. La adquisición de este indio sería además, Señor Ministro, preciosa bajo el doble punto de vista de la historia natural y la del hombre en particular".

A esta carta, el Comandante Barral agrega una "Noticia sobre los indios Charrúas", extraída de la obra de Azara, a la que sigue una nota "Sobre Mataojo, durante la travesía", que reproduzco aquí:

"El indio Charrúa Mataojo mostraba, durante la travesía, una gran alegría al percibir otras naves, y era a menudo el primero en señalárnoslas con el dedo. Jamás quiso trabajar, y cuando uno se lo decía, se ponía a llorar diciendo 'Je suis pauvre". Comía la carne cruda con avidez* Se hizo gran amigo del encargado del equipaje, al que quiso muchas veces examinarle las partes sexuales; creía hacerle un gran cumplido diciéndole que se casaría con la mujer de éste al llegar a Francia. A menudo preguntaba si había caballos en nuestro país ".

Contrariamente a lo legítimamente esperado por el Comandante Barral, Ramón Mataojo no fue conducido a París. El 2 de mayo, el Ministro de la Marina y las Colonias,
el Conde de Rigny, escribía a Cuvier, por entonces secretario vitalicio de la Academia de Ciencias, agregando a su carta una copia del informe del Comandante Barral. Pero, en una carta fechada el mismo día, dirigida a su colega del Interior (El Conde d'Argout), su deseo parecía ser el de desembarazarse rápidamente del exótico marinero:

"Pido a Vuestro Excelencia me dé a conocer el destino que se dará a este extranjero, que no puede quedar a cargo de mi Departamento".

Es probable que el Ministro del Interior se desinteresara del asunto; al menos, me fue imposible encontrar rastros de su respuesta.

La Academia de Ciencias recibió la comunicación de la carta del señor de Rigny en sucesión del 7 de mayo(7). No parece que esta noticia haya despertado la curiosidad de los académicos.

La prensa mostró la misma apatía. Solo encontré tres revistas en las que se reproducían las notas del Comandante Barral. Me contento aquí con reproducir algunas frases que no son la repetición de las del Comandante:

"Los Charrúas, que formaban antes una nación poderosa, están actualmente reducidos a un pequeño número de familias. Su aversión por los extranjeros es todavía la misma que en los primeros tiempos de la conquista; ellos ya no pueden acariciar la esperanza de echar fuera del país a los intrusos, de destruir sus establecimientos, pero al menos los hostigan lo más que pueden. Aparecen por sorpresa cerca de alguna granja aislada, obstruyen a los habitantes y, después de apropiarse de lo que puede ser transportado, destruyen el resto, incendiando las edificaciones, derribando los cercados, cortando los jarretes de los animales domésticos que no pueden llevar en su rápida retirada y, en resumen, hacen todo el mal que le es posible. Es bastante difícil el tomar represalias ya que nunca se sabe dónde están. Como nunca les ha interesado la agricultura, están poco aferrados a la tierra y, desde que tienen caballos, cuando temen ser hallados se trasladan sin demora a otro lugar, dejando sus miserables tiendas, que pueden reconstruir en dos horas. No obstante, pese a las facilidades que les ha dado este género de vida semi nómade para escapar a las persecuciones de los criollos, estos últimos han sido tan largamente atormentados, que decidieron al gobierno a realizar expediciones, cuyo éxito depende de la rapidez al ejecutarlas,.. No parece de ningún modo cierto que ellos (los Charrúas) usaran flechas envenenadas".

"Este (Mataojo), es un hombre de estatura media, con complexión proporcionalmente fuerte, y cuyos miembros dan una imagen de fortaleza; su color es marrón claro, y sus cabellos, negros, lisos y grasosos, llenos de piojos...; tiene pies pequeños y manos lindas y muy agradables, cabeza gruesa y cara hinchada, aspecto que le es dado por la prominencia extrema de la mandíbula. Su nariz es pequeña, chata, y apenas sobrepasaría una línea que uniera la parte más saliente de los pómulos. Este salvaje tiene los ojos pequeños, sombreados por grandes cejas, y su vista es extremadamente aguda. No tiene barba ni pelo alguno en ninguna parte del cuerpo ".

"Ramón, que estaba casado con cinco mujeres que, como él, eran prisioneras de guerra en Montevideo, habla y comprende un poco el español. Como no pudo obtener que lo embarcaran con sus esposas, pasó los primeros días del viaje en una notable impasibilidad. A veces lloraba cuando lo contrariaban, diciendo que él era 'pauvre'. Poco a poco se fue familiarizando, y le gustaba sonreír. Se puso sin repugnancia las vestimentas que le dieron en sustitución de los jirones del 'poncho', que apenas lo cubría. Sufrió un poco para acostumbrarse a los zapatos; su andar suscitaba hilaridad pero él no se ofendía. Ramón Mataojo debió contentarse con víveres de a bordo, aunque alguna vez mostró veleidades antropofágicas: un día le dijo muy seriamente a un joven imberbe que sería excelente para comer y confió a varias personas de la tripulación que había matado y comido a diez blancos ".

"Sonreía con la idea de su llegada a Francia, donde se le habían prometido mujeres y caballos. Su previsión no iba más lejos".

"Ramón Mataojo decía tener 29 soles, que contaba con los dedos..."

Cuvier no tuvo tiempo de ocuparse del asunto, ya que falleció el 13 de mayo. Banal, que había dejado la Comandancia al llegar a Tolón, alcanzando el grado de Capitán de Corbeta en el Depósito General de Cartas y Planos de la Marina, calle de l'Université, número 13, en París, hizo una última tentativa: el 7 de setiembre de 1832 escribió a Geo-froy St-Hilaire la siguiente carta:

"Conduje de Montevideo a Tolón, en la corbeta 'UEmu-lationf que yo comandaba, a un indio Charrúa que el señor Ministro de la Marina puso a disposición del difunto Barón Cuvier. Este sabio debía hacerlo venir a París como objeto curioso para la historia natural del hombre ".

"Este indio Charrúa está todavía en Tolón, a disposición del sucesor del Barón Cuvier. Creo que si éste toma la tarea de conducirlo a la Capital, él podría ser empleado en el Jardín Botánico. Los gastos de viaje serían mínimos, ya que el indígena podría ser llevado de brigada en brigada hasta París, gracias a la Gendarmería ".

"En su momento, dirigí al Sr. Ministro de la Marina una nota sobre los indios Charrúas. Los diarios la publicaron y creo que el Ministro la envió a la Academia de Ciencias. De todos modos, señor, usted debe conocer mejor que yo de lo que se trata. Esta nación indígena fue considerada por Azara como una de las más belicosas de América del Sur. El Capitán King, a su regreso de la exploración a la Tierra del Fuego, condujo a Inglaterra tres indígenas que me pareció que eran, en su corpulencia, color y conformación, similares al mío. Creí entonces proceder bien, en interés de la historia natural, al imitar el ejemplo del capitán inglés ".

"Estaría muy halagado, señor, si usted se dignara aceptar el ofrecimiento que tengo el honor de hacerle. Pienso que los oficiales de la Marina deberían aprovechar todas las oportunidades que haya de aumentar las riquezas de nuestro magnífico Jardín Real".

Los profesores del Museo recibieron la comunicación de esta carta el 11 de setiembre, lo que pareció turbarlos. Se tomaron unos días para reflexionar y, en la reunión del 18 de setiembre, decidieron declinar la invitación que se les hacía. Su respuesta, de la que pude encontrar el original merece ser reproducida (está fechada el 24 de setiembre):

"La asamblea de profesores del Museo ha considerado en su última sesión la carta que usted dirigió a uno de sus miembros, el Sr. Prof. Geojfroy St-Hilaire, donde usted ofrecía conducir al Museo, para ser allí empleado, al joven indígena Charrúa que trajo de Montevideo".

"Tenemos el honor de informar a usted que no existe en el Museo ningún empleo vacante que ser posible dar a este joven, y que el estado de los fondos del establecimiento no permite crear uno para él".

"La Asamblea lamenta no poder aceptar el ofrecimiento que usted ha tenido la amabilidad de hacerle y nos ha encargado, señor, suplicarle que acepte sus agradecimientos".

Esta respuesta desconcertante debió causar una amarga decepción al Comandante Barral. Pero, aún si ella hubiera sido favorable a su proyecto, habría llegado demasiado tarde.

Por la indiferencia de los sabios, del público y sin duda también de las autoridades navales, Ramón Mataojo debió quedarse a bordo de "L'Emulation", comandada por el Teniente de Navio Francois Charles Cauchiprat. Estaba inscrito en el rol de la tripulación como marinero. Tuvo una corta enfermedad, por la que necesitó una estadía en el Hospital de Tolón del 22 al 29 de abril, y después participó en diversos viajes del barco por el Mediterráneo. "L'Emulation" partió el 24 de junio con tropas para Argelia, donde arribó el 28, dejando la ciudad el 3 de julio para regresar a Tolón el 7. Partió de nuevo el 16 para Nauplia y Navarino, ancló en este último puerto el 25, partió el 17 de setiembre y entró en Tolón el 23, pero sin su melancólico marinero. Ramón Mataojo murió en el mar el 21 de setiembre; su cuerpo fue, sin duda, echado al mar con el ceremonial usual. Su acta de deceso, enviada al Ministro de la Marina el 25 de octubre de 1832, no da ninguna indicación acerca de la causa de su muerte.

De este modo termina la lamentable odisea de este pobre "salvaje" arrancado de su país y de los suyos con un propósito científico, pero donde la indiferencia culpable de los estudiosos produjo un sacrificio inútil.


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Fuente:

Los últimos Charrúas. Prólogo y traducción: Mónica Sanz. Edciones de la Plaza. 2.002