Naufragios. Alvar Núñez Cabeza de Vaca

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Alvar Núñez Cabeza de Vaca

Proemio

I. En que cuenta cuándo partió la armada, y los oficiales y gente que en ella iba.

II. Cómo el gobernador vino al puerto de Xagua y trajo consigo a un piloto.

III. Cómo llegamos a la Florida.

IV. Cómo entramos por la tierra.

V. Cómo dejó los navíos el gobernador.

VI. Cómo llegamos a Apalache.

VII. De la manera que es la tierra.

VIII. Cómo partimos de Aute.

IX. Cómo partimos de bahía de Caballos.

X. De la refriega que nos dieron los indios.

XI. De lo que acaeció a Lope de Oviedo con unos indios.

XII. Cómo los indios nos trajeron de comer.

XIII. Cómo supimos de otros cristianos.

XIV. Cómo se partieron los cuatro cristianos.

XV. De lo que nos acaeció en la isla de Mal Hado.

XVI. Cómo se partieron los cristianos de la isla de Mal Hado.

XVII. Cómo vinieron los indios y trajeron a Andrés Dorantes y a Castillo y a Estebanico.

XVIII. De la relación que dio Esquivel.

XIX. De cómo nos apartaron los indios.

XX. De cómo nos huimos.

XXI. De cómo curamos aquí unos dolientes.

XXII. Cómo otro día nos trajeron otros enfermos.

XXIII. Cómo nos partimos después de haber comido los perros.

XXIV. De las costumbres de los indios de aquella tierra.

XXV. Cómo los indios son prestos a un arma.

XXVI. De las naciones y lenguas.

XXVII. De cómo nos mudamos y fuimos bien recibidos.

XXVIII. De otra nueva costumbre.

XXIX. De cómo se robaban los unos a los otros.

XXX. De cómo se mudó la costumbre de recibirnos.

XXXI. De cómo seguimos el camino del maíz.

XXXII. De cómo nos dieron los corazones de los venados.

XXXIII. Cómo vimos rastro de cristianos.

XXXIV. De cómo envié por los cristianos.

XXXV. De cómo el alcalde mayor nos recibió bien la noche que llegamos.

XXXVI. De cómo hicimos hacer iglesias en aquella tierra.

XXXVII. De lo que aconteció cuando me quise venir.

XXXVIII. De lo que sucedió a los demás que entraron en las Indias.

 
Capítulo XV
De lo que nos acaeció en la isla de Mal Hado

En aquella isla que he contado nos quisieron hacer físicos sin examinarnos ni pedirnos títulos, porque ellos curan las enfermedades soplando al enfermo, y con aquel soplo y las manos echan de él la enfermedad, y mandáronnos que hiciésemos lo mismo y sirviésemos en algo. Nosotros nos reíamos de ello, diciendo que era burla y que no sabíamos curar; y por esto nos quitaban la comida hasta que hiciésemos lo que nos decían. Y viendo nuestra porfía, un indio me dijo a mí que yo no sabía lo que decía en decir que no aprovecharía nada aquello que él sabía, que las piedras y otras cosas que se crían por los campos tienen virtud. Que él con una piedra caliente, trayéndola por el estómago, sanaba y quitaba el dolor, y que nosotros, que éramos hombres, cierto era que teníamos mayor virtud y poder. En fin, nos vimos en tanta necesidad, que lo hubimos de hacer, sin temer que nadie nos llevase por ello la pena. La manera que ellos tienen de curarse es ésta: que en viéndose enfermos, llaman a un médico, y después de curado, no sólo le dan todo lo que poseen, mas entre sus parientes buscan cosas para darle. Lo que el médico hace es dalle unas sajas adonde tiene el dolor, y chúpanles alderredor de ellas. Dan cauterios de fuego, que es cosa entre ellos tenida por muy provechosa, y yo lo he experimentado, y me sucedió bien de ello; y después de esto, soplan aquel lugar que les duele, y con esto creen ellos que se les quita el mal. La manera con que nosotros curamos era santiguándolos y soplarlos, y rezar un Pater Noster y un Ave María, y rogar lo mejor que podíamos a Dios Nuestro Señor que les diese salud y espirase en ellos que nos hiciesen algún buen tratamiento. Quiso Dios y su misericordia que todos aquellos por quien suplicamos, luego que los santiguamos, decían a los otros que estaban sanos y buenos, y por este respecto nos hacían buen tratamiento, y dejaban ellos de comer por dárnoslo a nosotros, y nos daban cueros y otras cosillas. Fue tan extremada la hambre que allí se pasó, que muchas veces estuve tres días sin comer ninguna cosa, y ellos también lo estaban y parecíame ser cosa imposible durar la vida, aunque en otras mayores hambres y necesidades me vi después, como adelante diré. Los indios que tenían a Alonso del Castillo y Andrés Dorantes, y a los demás que habían quedado vivos, como eran de otra lengua y de otra parentela, se pasaron a otra parte de la Tierra Firme a comer ostiones, y allí estuvieron hasta el primero día del mes de abril, y luego volvieron a la isla, que estaba de allí hasta dos leguas por lo más ancho del agua, y la isla tiene media legua de través y cinco en largo.

Toda la gente de esta tierra anda desnuda; solas las mujeres traen de sus cuerpos algo cubierto con una lana que en los árboles se cría. Las mozas se cubren con unos cueros de venados. Es gente muy partida de lo que tienen unos con otros. No hay entre ellos señor. Todos los que son de un linaje andan juntos. Habitan en ellas dos maneras de lenguas: a los unos llaman Capoques, y a los otros de Han; tienen por costumbre cuando se conocen y de tiempo a tiempo se ven, primero que se hablen, estar media hora llorando, y acabado esto, aquel que es visitado se levanta primero y da al otro cuanto posee, y el otro lo recibe, y de ahí a un poco se va con ello, y aun algunas veces, después de recibido, se van sin que hablen palabra. Otras extrañas costumbres tienen; mas yo he contado las más principales y más señaladas por pasar adelante y contar lo que más nos sucedió.


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Fuente:

http://www.cervantesvirtual.com/