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Tradiciones y Leyendas Puertorriqueñas

Tradiciones y Leyendas Puertorriqueñas

Cayetano Coll y TosteCayetano Coll y Toste.
(Puerto Rico, 1850 -1930)

Poeta e historiador, recopiló las tradiciones y leyendas puertorriqueñas que cubren tres siglos y medio de vida colonial. Aquí reproducimos las de los primeros tiempos:

1511 Guanina
1511 El Capitán Salazar
1512 La fuente mágica
1513 El Cristo de los Ponce
1514 Becerrillo
1520 Las garras de la Inquisición
1523 Una visita de ultratumba
1524 La casa encantada
1530 El grano de oro
1536 Los milagros de San Patricio
1540 Santa Rosa de Lima
1560 Los restos de una cadena de oro
1568 El milagro de la Guadalupe
1591 Los negros brujos
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Guanina (1511) 

Guanina y SotomayorEsta leyenda fue premiada con medalla de oro en el Certamen que se celebró en San Juan cuando la fiesta del 4º Centenario de la Colonización cristiana de Puerto Rico, el 12 de agosto de 1908.

I

Caía la tarde envuelta en radiantes arreboles. Don Cristóbal de Sotomayor, sentado en un taburete en el amplio aposento que se había hecho fabricar en la aldehuela india de Agüeybana, aspiraba amodorrado los efluvios aromosos que la brisa de la tarde le traía del inmediato boscaje, pensando melancólicamente en la Corte valisoletana y en la Condesa de Camiña, su señora madre, cuando penetró en la alcoba con precipitado paso una hermosa india, de tez broncínea, ojos expresivos, levantado pecho, suaves contornos y cabellos abundosos, medio recogidos en trenzas, a estilo antiguo castellano.

— ¿Qué ocurre, querida Guanina, que te veo asustada y tus grandes y hermosos ojos, tan vivaces siempre, están llenos ahora de lágrimas?

—¡Huid, señor...! Huid, amor mío... Tu muerte está, acordada por todos los caciques boriqueños. Yo conozco las cuevas más recónditas de nuestra isla y yo te ocultaré cuidadosamente en una de ellas.

— ¡Estás delirando, Guanina! Los tuyos han doblado ya la cerviz para no levantarla más — replicó don Cristóbal, atrayendo hacia sí a la gallarda india, besándola en la frente, y tratando de tranquilizarla.

— No creas, señor, que los míos están vencidos. Los consejos de mi bondadoso tío Agüeybana hicieron que los boriqueños os recibieran con placer y paz; y os agasajaron. Os creyeron verdaderos Guaitiaos; pero los hechos han venido a probar desgraciadamente, que no sois tales confederados y amigos, sino que pretendéis ser amos. Además, algunos de los tuyos han abusado inconsideradamente de la bondad Indígena, Y finalmente, el rudo trabajo del laboreo de las minas, en compactas cuadrillas, buscando esas tan deseadas piedrezuelas de oro, que tanto apreciáis, los ha llevado a la desesperación, que como sabéis muchos se quitan la vida por no lavar esas malditas arenas.

Vocabulario:

Significado de las palabras que el autor destacó con cursiva.

Achiote: Árbol, con sus semillas producían pigmentos para pintarse el cuerpo.

Agüeybana: Importante cacique taíno.

Areyto: Canción acompañada por baile.

Batey: Plaza para asambleas o juegos de pelota.

Bohique: Sacerdote taíno.

Guaitiaos: Personas que se han juramentado sincera amistad.

Guanín: Pieza de oro, en forma de lámina, que solían llevar al cuello los indios principales.

Guarionex: Cacique taíno.

Guasábara: Ataque guerrillero indígena.

Guaynia: Nombre del poblejo del cacique Agüeybana, en el Boriquén.

Jagua: Fruto de árbol con el que producían tinta negra.

Lengua: Traductor.

Mabó Damáca: Cacique taíno.

Naboira: Sirvientes indios.

Nitayno: Lugarteniente del cacique.

Zemí: Espíritu ancestral

— Te veo. Guanina, también rebelde — díjole don Cristóbal, sentándola a su lado y besándola cariñosamente.

— Digo lo que siento, amor mío. Y como tu muerte está acordada por los caciques, quiero salvarte. Vengo a avisarte, porque no quiero que te maten — volvió a exclamar Guanina, con los ojos llenos de lágrimas y abrazándose fuertemente al joven hidalgo, que la retuvo entre sus brazos con placer.

II

De repente penetró en la alcoba, Juan González, el intérprete, cortando imprudentemente el amoroso coloquio de los jóvenes amantes.

— Señor don Cristóbal, no hay tiempo que perder. La rebelión de los indígenas va a comenzar y será formidable. Acabo de presenciar un Areyto, en el cual tus propios encomendados, danzando y cantando, han jurado tu muerte y la de todos nosotros.

— ¡Tú también, buen Juan, estás impresionado! Veo con pesar, que se te están pegando las timideces de estos indios. Esos son desahogos de siervos y nada más.

— Hace noches -repuso el astuto González—, que observo luminarias, y que oigo, en el silencio nocturno, el grito de alarma del caracol en la montaña, tocando a rebato con insistencia. Son éstas, indudablemente, señales de aliento, acordadas ya. Pronto la isla toda arderá en terrible conflagración contra nosotros. ¡Huyamos, señor, huyamos! Conozco todos los atajos y vías" que conducen a la Villa de Caparra, ¡Aún es tiempo, señor don Cristóbal!

— ¡Yo huir, Juan González! —dijo con énfasis y comprimida rabia don Cristóbal, levantándose airado del taburete, y desprendiéndose de los brazos de Guanina, que tenía sobre los hombros del gallardo mancebo reclinada su gentil cabeza, y repitió:

— ¡Yo huir, Juan González! ¿No sabes tú, que me llamo Sotomayor, y que ninguno de los míos volvió jamás la frente al enemigo? Saldré de aquí por la mañana, a pleno sol, alta la visera, con pendón desplegado, seguido de mis amigos y con mis equipajes al hombro de esta canalla, que atruena ahora el batey con su vocinglería y que pronto castigaremos. Nada más. Retírate.

Mientras tenia lugar este diálogo entre los dos cristianos, Guanina se había retirado al alféizar de la ventana y miraba con ojos tristes la obscuridad del bosque, como queriendo escudriñar sus secretos con sus penetrantes miradas de criatura salvaje, y maquinalmente terminaba de trenzar su negra y abundosa cabellera, a estilo castellano, según se lo había enseñado el joven hidalgo español, en sus raptos de amor con la esbelta doncella indígena.

— Ven. Guanina, siéntate a mi lado. Estoy irritado con los tuyos, pero no contra ti. Tu amor llena mi alma. Bésame para olvidar con tus caricias las penas que me agobian.

Y la hermosa indio ciñó con sus brazos el cuello del gallardo doncel y le besó risueña, mostrando, al reírse, sus amarfilados dientes, que parecían una ringlera de perlas finas.

III

La mañana fué luminosa, esplendente. Bien de madrugada el buen Juan González, el astuto intérprete, llamaba quedamente a la puerta de la alcoba de don Cristóbal.

— Señor, señor, soy yo. Juan González.

— Entra. ¿Qué hay?

— Toda la noche hemos estado velando vuestro sueño, ¡Partamos, señor don Cristóbal, partamos!

— Llama a Guaybana. mi cacique encomendado.

- Ya le había citado, señor. Está abajo en el portal esperando vuestras órdenes.

— Dile que entre.

Juan González obedeció la orden de su Capitán, y Guaybana, el cacique principal de Boriquén. penetró en el salón. Saludó a don Cristóbal fríamente, llevándose la mano derecha a la frente, pero manteniendo el ceño muy fruncido. Era Guaybana un joven robusto, desenvuelto y altivo. Había heredado el cacicazgo de su tío Agüeybana, y odiaba mortalmente, de todo corazón a los invasores.

— Necesito, Guaybana —díjole don Cristóbal—, que nombres una cuadrilla de tus naboiras, para que lleven mi fardaje a la Villa de Caparra. Estoy de viaje y quiero partir inmediatamente.

Juan González, el lengua, interpretó a su Capitán.

— Serás complacido —contestó el cacique secamente, retirándose de la alcoba sin saludar, y con el ceño fruncido como cuando entró en el aposento.

— Señor don Cristóbal, ¿qué habéis hecho? ¿Por qué habéis indicado a Guaybana la ruta que vamos a seguir? — exclamó el intérprete, aterrado con la imprudente franqueza de Sotomayor, que no daba gran importancia al movimiento insurreccional de los boriquenses.

— Juan, mi buen Juan, es preciso que sepan estos gandules que nosotros no huimos de ellos. No temáis, amigo mío, que el Dios de las victorias está con nosotros. Nadie puede humillar el pendón castellano. ¡Ea, González, a preparar el viaje!

Y el intrépido joven descolgó de la pared su espada toledana, su casco y su rodela, colocándolos sobre la cama. Guanina al ver lo que hacía su amante, se acercó a él y le dijo, al oído:

— ¡Llévame contigo, amor mío! No quiero quedarme aquí sin tu compañía. ¡ Llévame... !

—Imposible ahora. Guanina. Tan pronto salgamos de estos sitios, habrá una fuerte guasábara y yo no quiero que una flecha te alcance y pueda herirte o matarte. Una rozadura de tu piel me partiría el corazón. Pronto volveré por ti, muy pronto. Te lo prometo.

Y estrechándola entre sus brazos la besó en la boca con ardor juvenil. Guanina, puso a llorar tristemente, sin que los sollozos que salían de su pecho hicieran cambiar de resolución al noble y arrogante doncel.

Los naborias, sirvientes indios, empezaron a entrar en el aposento de don Cristóbal y a repartirse la carga.

Los indígenas miraban de reojo, con mal disimulada cólera, a la hermosa Guanina, que tenía los párpados hinchados de tanto llorar.

La comitiva estaba en el batey, esperando las últimas órdenes. Don Cristóbal dispuso que Juan González quedase a retaguardia con los equipajes y que sus cinco amigos marcharan con él a vanguardia, bien prevenidos, para evitar una emboscada. El adalid, buen guía, había de ir marchando a la descubierta. Como iban de viaje y a pie, no podían llevar toda la armadura, y se pusieron solamente petos de algodón, para resguardar el tronco de algún flechazo.

Don Cristóbal, puesto el casco de bruñido acero, ceñido el espadón y embrazada la rodela, subió precipitadamente los escalones del caserón de su estancia para besar por última vez a su querida Guanina. No se dijeron ni una sola palabra. Se abrazaron y se besaron de nuevo convulsivamente. Cuando bajaba la escalera, llevóse don Cristóbal el dedo meñique de la mano izquierda, a la mejilla, para borrar furtivamente dos hermosas perlas que se habían desprendido de sus ardientes ojos y que el arrogante joven no quería fueran sorprendidas por sus compañeros de armas. Era el tributo justo de amorosa reciprocidad del soberbio paladín a la encantadora india, que había sacrificado a su amor los sentimientos de patria, raza y hogar indígenas.

IV

La comitiva de don Cristóbal de Sotomayor, aprovechando el ambiente fresco de la mañana tropical, se puso en marcha por el camino que conducía hacia la Villa de Caparra. Bien pronto se perdió de vista el reducido pelotón. Entonces Guaybana reunió trescientos indios, de sus mejores guerreros, y les dijo:

— Sonó, amigos míos, la hora de las venganzas. Muchas lunas me han sorprendido llorando nuestra desgracia. Hay que destruir ahora a todos los invasores o morir por la patria en la desmanda. Todos nuestros hermanos de las otras comarcas de la isla están ya preparados para la lucha. El zemí protector manda morir matando. El sol de hoy nos será propicio con sus lumbres. Es preciso, pues, no seáis vosotros inferiores en valor a los valientes guerreros que capitanean Guarionex y Mabó Damáca. Fijad la puntería de las flechas y amarradas a las muñecas las manijas de las macanas. ¡Adelante, adelante!

Guaybana lucía su penacho de plumas multicolores, llevaba al cuello el guanín de oro, distintivo de jefe, y blandía con la mano derecha la terrible hacha de sílex, con que derribaba sus bosques de úcares y cedros.

Seguían al decidido cacique trescientos indios, bien armados, con sus carcajes al hombro, llenos de flechas, el arco en la mano izquierda y la macana en la diestra. Llevaban el pelo recogido al occipucio con un cordón de maguey y el cuerpo pintarrajeado en franjas con la pasta del achiote amarillo y el jugo negro de la jagua.

Marchaban los indios sin orden ni formación por la vía que poco antes había tomado don Cristóbal, en cuya busca iban. Todos hablaban o gritaban, produciendo una algarabía infernal. Habían perdido por completo el miedo a los extranjeros.

V

sintió que se aproximaban los boriquenses, en sentido hostil, fué el intérprete Juan González, que marchaba a retaguardia. El astuto lengua dió orden en seguida a los naborías de detenerse y hacer alto, para escudriñar lo que era aquel ruido. Y al mismo tiempo que se daba cuenta de lo que ya él, con su buen juicio, se presumía que fuese, se le echaron encima unos y recibió dos macanazos, que le rompieron la cabeza y le salpicaron de sangre. Afortunadamente no perdió el conocimiento y arrodillándose ante el soberbio cacique Guaybana, que acababa de divisar, le pidió la vida y ofreciósele a servirle perpetuamente.

— ¡Dejad a este bribón, no le matéis! — gritó Guaybana y volviéndose con arrogancia a los suyos, exclamó:

— ¡Avanzad en busca de don Cristóbal y su gente!.

La mesnada india obedeció; y corrió por el atajo, lanzando furiosos gritos de guerra. Los naborías saquearon el equipaje, que poco antes llevaban a cuestas, y se desparramaron en distintas direcciones.

Viéndose Juan González solo, dió gracias a Dios por haberle salvado la vida, curóse como pudo las heridas de la cabeza, y trepóse en un frondoso árbol para esperar la noche y poder huir hacía Caparra con mayor seguridad de salvación, El buen lengua prefirió más ser un Sancho que un don Quijote, librando la ruin pelleja a costa del honor. A pesar de su desgracia, sentía hondamente no poder avisar a su amo de cómo era la avalancha de enemigos que iban en su contra.

VI

Don Cristóbal y sus cinco amigos caminaban con sumas precauciones al ojeo. De cuando en cuando la brisa les traía voces inacordes y ruidos extraños, procedentes del bosque. Cruzaron los senderos cautelosamente. Una ráfaga de viento les trajo vocablos más inteligibles. Eran gritos indígenas. Bien pronto comprendieron que se acercaban los indios en actitud belicosa y que habría guasábara.

El adalid, a pesar de ir a vanguardia, paróse, y dió la voz de alerta. Don Cristóbal dió el alto; y volviéronse todos del lado que venían las inacordes voces, bien embrazadas las rodelas y los aceros al aire libre. Pronto la flechería les advirtió que los enemigos eran muchos y que la lucha sería empeñada y sangrienta.

— Amigos míos — dijo el hidalgo don Cristóbal —, preparaos a dar buenas cuchilladas. Aunque somos pocos triunfaremos. No debemos separarnos ni por un instante. Tened el ojo avizor, pie firme y el brazo siempre en guardia, y que las estocadas sean rectas para que sean mortales. En la mano izquierda tened la daga. Y que Dios nos proteja.

— ¡Santiago y Sotomayor! —gritaron sus amigos—.¡Santiago y Sotomayor! — repitieron.

Como se precipita un torrente desbordado, acrecentado por las lluvias continuas, así cayó aquella turbamulta de indios sobre el pequeño destacamento castellano. Los primeros indígenas que se acercaron, mordieron el suelo inmediatamente. Se atropellaron de tal modo contra los cristianos, que no les fué posible usar de los arcos y las flechas; porque se peleaba casi cuerpo a cuerpo. La sangre humana lo teñía todo con su rojo color. Los gritos agudos y rabiosos, herían la atmósfera. Don Cristóbal y sus amigos lanzaban a su vez voces estentóreas de guerra para contrarrestar la de sus contrarios; y con cada estocada certera iba una maldición. La pequeña hueste revolvíase ágil a diestro. Los boriqueños acosaban a los castellanos por todas partes con terribles macanazos. volaban las macanas partidas en dos por los tajantes espadones. Poco a poco se fué apagando la estruendosa gritería y las respiraciones eran jadeantes. El suelo estaba lleno de cadáveres por todos lados. Los indios podían reemplazarse los españoles no. El último de ellos que cayó, fué el Cristóbal, con el casco abollado y la espada rota, pero de frente a sus contrarios. En vano trató de alcanzar al soberbio Guaybana, pues cuando llegó a divisarle corrió hacia él, para atravesarle con la espada, tropezó ésta en una liana, recibiendo al mismo tiempo un macanazo en la cabeza que le privó de la vida, a la vez que otro formidable golpe de macana dado de soslayo, le rompía la espada.

Guaybana y sus guerreros se acogieron a una loma cercana para descansar de las fatigas del combate, enterrar a sus muertos y orientarse en la campaña que iban a emprender contra los cristianos. El primero que habló fué el soberbio régulo de Guaynia:

— ¡El gran Zemí está con nosotros! En verdad que mi guaitao don Cristóbal era todo un valiente. No retrocedió ni un paso. Si fuéramos caribes, nos beberíamos su sangre para que nos infundiera su gran valor. Es preciso hacerle los honores de un gran guerrero y enterrarle con la pompa correspondiente a su categoría de cacique español. Tú, Naiboa, ve donde el bohique principal Guacarí y que se cumplan mis órdenes.

Cuando el nitayno o lugarteniente Naiboa, fué con veinte indios a recoger el el cadáver del desgraciado hijo de la Condesa de Camiña, se encontraron a Guanina, lavándole el rostro a su amante, y tratando, en su delirio de volverle a la vida con sus ardientes besos. Regreso la comitiva india, llevando la noticia infausta a Guaybana, que su hermana Guanina no había dejado que tocaran el cadáver de don Cristóbal.

- Bien, Naiboa. El Zemí tutelar así lo habrá dispuesto -replicó el régulo boriqueño-. Respetad el dolor de Guanina, amigos míos. Mañana será sacrificada sobre la tumba de su amante para que le acompañe en la otra vida.

Y añadió con triste voz el cacique vencedor:

— Tú, bohique Guacarí, dirigirás el rito cruento.

El augur se puso en pie y marchó con sus acólitos en demanda de la víctima infeliz y del cadáver del Capitán cristiano, a fin de preparar la fúnebre ceremonia para el día siguiente.

Cuando llegaron al sitio de la desgracia, encontraron a Guanina muerta, descansando su cabeza sobre el pecho ensangrentado del hidalgo español.

VII

Los cadáveres de don Cristóbal y Guanina fueron enterrados juntos al pie de una gigantesca ceiba. Y sobre esta humilde tumba, brotaron espontáneamente rojas amapolas silvestres y blancos lirios olorosos. La naturaleza misma ofrendando en el altar del amor ingenuo, alma del mundo, hálito misterioso, soplo divino y dicha perenne de las almas puras.

Cuando al declinar el día, la purpúrea luz enrojece el Occidente, como si lo bañara en sangre, y la sombra de la gigantesca ceiba, añosa y carcomida por la edad, arropa una gran extensión de terreno, creen los campesinos de la cercanía escuchar en aquella loma dulces cantos de amor, con el suave susurro de las hojas. Sabedores por la tradición, que allí fueron sepultados el valiente don Cristóbal de Sotomayor y la hermosa india Guanina, creen que son las almas de los dos jóvenes amantes, fieles a su intenso amor, que salen de la tumba a contemplar la estrella de la tarde y a besarse a los rayos de la luna.

  El Capitán Salazar